La recuerdo con el mismo pulover rojo, yendo y viniendo a la cocina, feliz de la vida de vernos comer sus milanesas. Monitoreaba el almuerzo a la distancia indicando con precisión cuándo y dónde poner mayonesa, cuándo tomar un trago de granadina con soda (siempre al final, para no llenarse antes) y dónde estaba el pionono si veía que no lo tocabas lo suficiente. Eso me hacía rabiar. Comía menos para hacerla rabiar a ella, pero ella a su edad era incorregible. Antes también, claro.
Nunca se sentaba por más de tres minutos consecutivos. Siempre había algo que hacer en la cocina. Y si nos veía hablar mucho, nos callaba a la fuerza. Cuando se come no se habla, repetía enojada. A mi y a mi hermana nos daba risa. Siempre nos dio mucha risa y ganas de abrazar. Era de las pocas personas en este mundo capaces de ponerse genuinamente contentas si le regalaba un portaretratos con una foto mía en su cumpleaños. Y ahora que no está tengo el impulso de abrazar abuelas ajenas por la calle.
Su mantra era una frase de dos palabras idénticas: Cóme, cóme. Las decía en un acento polaco de lo más divertido. Todo lo que era bueno para ella era especial, y si alguien la quería embromar entrecerraba los ojos y decía que era mentira de José. Me daba bizcochos y sándwiches para llevar y se ponía como loca si me descubría compartiéndolos con mis amigos. La bautizamos Abuela Sanguchito.
Ella entendía todo todito, pero se lo callaba por estrategia. Siempre fue muy diplomática. Y como toda abuela era capaz de hacerme ir a su casa para arreglarle el televisor, que estaba desenchufado. Enana como ella sola, caminaba por la vereda en zig zag tambaleándose con los tacos altos. ¿Para qué tacos altos a esa edad, me querés decir? Es extraño, teniendo en cuenta que fue de una generación que no se preocupó por ser popular, sino por sobrevivir. Y ella lo hizo mejor que nadie.
El holocausto le comió siete hermanos, dos padres y un hijo de cuatro años que dejó escondido con los vecinos. Guardaba ampliada la única foto que le quedó de él. Era en blanco y negro y tenía una mirada profunda que siempre me dio escalofríos. Ella se salvó por fuerza y por suerte, y esperó en su pueblo tres meses la milagrosa aparición de su marido como habían acordado. Entonces miró para adelante sin detenerse a pensar nunca en el pasado que le entraba en la cabeza a la noche sin pedir permiso en forma de pesadillas. Está todo escrito en una carta que mandaron a Alemania para recibir la pensión. Eso y más. Pero no todo. Todo es imposible.
A veces invitaba amigos a almorzar en su casa para que vieran con sus propios ojos la estatura de su personaje. A Rochi la saludó contentísima confundiéndola con una amiga de papá que era treinta años máyor. A Diego siempre lo culpó de dejarla sorda por un petardo que tiró y le cayó cerca. A Juan lo obligó a levantarse del sillón de mi living en año nuevo para que apagara la música y se fuera con todos los demás porque esa no era casa de baile. Y eso que festejábamos en casa por mi silla de ruedas.
Un día se cayó y tuvo que aprender a convivir con una gorda que según ella le robaba las bombachas. Cuando se cayó por segunda vez yo estaba en el exterior. Volví un día, pero ella vivía en un geriátrico y ya no era la misma. Hablaba poco y nada, entendía menos, pero yo todavía sentía que me abrazaba un poco con sus ojos brillosos. Después ni siquiera.
Se sorprendió mucho un día, cuando se enteró que estábamos reunidos en el geriátrico para festejarle el cumpleaños. Se sorprendió de no acordarse de su cunpleaños. Por un instante sentí que se dio cuenta de todo. Después lo olvidó.
Ya no había razones para seguir viviendo. Pero ella seguía. Cada vez más desconectada, los huesos contraídos, regresando de a poco a la posición fetal original. Se hacía dificil verla, por mucho tiempo preferimos la culpa de no visitarla. Pero ella seguía. No le quedaba nada, sólo su inmenso instinto de supervivencia. Ella seguía. Y en mi imaginación su cerebro guardaba un único pensamiento; el mismo que le permitió atravesar la peor de las guerras desde el peor de los bandos: Tengo que sobrevivir.
Hablamos de ella el día del padre; nos preguntamos qué estaba esperando. De alguna manera se dio cuenta, y al otro día se fue. Tenía 95 años.
Siempre tuve miedo de que cuando llegara el momento no la lloraría como se lo merecía. Que sería igual que cuando mandaron a mi primer perro al campo y nos avisaron de su muerte seis meses más tarde. Pero cuando papá llamó por teléfono lo supe antes de que lo dijera por el tono con el que pronunció mi nombre. Y ahora ya se en qué pensar cada vez que necesite recurrir a la memoria emotiva, si es que algún día me decido a ser actor. Ahora quisiera tener a ese viejo perro para abrazarlo en silencio y morderle fuerte el cuello peludo.
Los perros son, sin dudas, los mejores compañeros de velatorio.
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miércoles, 24 de junio de 2015
viernes, 21 de enero de 2011
HEMINGWAY Y LA CHICA QUE ERA ALÉRGICA A LA HEROÍNA
Cata me da un sobre cerrado con cinco mil quinientos dólares en retribución por un cuento que Hemingway me dejó como herencia. Vamos a una fiesta. Una vez ahí ella se retoca la sombra verdefuxia del ojo izquierdo a la vez que me entrega su vaso de plástico color rojo.
-Me parece que lo que me diste de tomar tenía heroína. Y yo soy alérgica a la heroína. Chau, me muero.
Cae desmayada en el acto.
-¡Llamen a una ambulancia! –grito con ella en los brazos.
Dos peruanos emergen de algún lado y me la sacan de los brazos. La levantan sin camilla, uno de los pies, otro de los brazos, y la trasladan. Corremos a toda velocidad, imagino que al hospital, pero luego nos internamos en unas calles oscuras y entiendo en un segundo que fueron ellos quienes la drogaron para sacarle los órganos. Por el momento les sigo la corriente.
Llegamos a un galpón amplio con techo de zinc y goteras. Frente nuestro hay dos chicas atadas a unas sillas. Nos sentamos a esperar. No sé exactamente qué. ¿Al jefe? Cata también está atada a una silla. Sé que si los peleo me dan un tiro en la cabeza. También sé que a Cata la van a vender a un cafiolo para que labure de prostituta porque le acarician la mejilla y le dicen al oído:
-No te preocupes, te va a gustar.
Para sacarles conversación les pregunto a cuánto se vende una chica como ella e, inesperadamente, les hago una oferta mayor con la plata que Hemingway me legó. Les digo que la plata la tengo en el hostel y los convenzo. Vamos hacia allá.
De camino pasamos por las ruinas de Tipón (todo esto lo soñé en Perú). Para bajar hay que saltar de escalón a escalón. Los escalones son cinco rocas grandes cuadradas separadas un trecho de cada una. Es difícil bajar y en un movimiento los empujo como fichas de dominó, se golpean la cabeza y quedan dormiditos.
A esta altura ya me estoy despertando, pero antes de hacerlo quiero escribir la trama del sueño porque a mi entender es brillante. Claro que para escribirlo debo separar los párpados y, como todos saben, cuando amanece la luz por la ranura de los ojos los sueños aprovechan, se deslizan y fuishhh, si me viste no me acuerdo. Por eso decido escribirlo en mi mente, repasándolo.
Intento que el sueño cumpla a rajatabla los mismos pasos pero mientras las compuertas de los párpados están cerradas el inconsciente sigue despierto y se niega a dejar el juego. La historia básicamente es la misma, pero se agregan detalles. Tiene una pequeña participación Juan Roteta, que tiene el sueño de hacer una remera ingeniosa mientras el del melli, su amigo, es que sea económicamente redituable. Lindo conflicto, aunque algo incompatible. Cata ahora también es amiga de Capocha, el millonario hijo de Andreani, y nada por su pileta olímpica. Al verla se que ella tomaba merca en una época, algo que no me gusta. Ya no es tan inocente. La historia tiene grietas insalvables, se me viene abajo.
Trato de repasarla una tercera vez y en la mitad recuerdo que escribir todo en la mente es tan útil como ir al baño en los sueños. A la larga el problema persiste y solo al despertar pueden encontrar la verdadera solución. Decido entonces abrir los ojos con la idea de correr hasta mi cuaderno y escribirlo todo con urgencia.
Apenas lo hago se pierde la mitad del sueño. Los detalles, eso que hace a una historia única, personal, irrepetible. Estoy en la parte superior de una cama marinera y la lapicera y el cuaderno están allá abajo, lejos. Ya voy, ya voy.
Lo que queda es aquel bodoque de ahí arriba. Pura acción berreta de película clase b. Juro que era genial. Yo lo viví. Fue genial.
Por lo menos, en lo que quedó, sigo siendo el héroe.
-Me parece que lo que me diste de tomar tenía heroína. Y yo soy alérgica a la heroína. Chau, me muero.
Cae desmayada en el acto.
-¡Llamen a una ambulancia! –grito con ella en los brazos.
Dos peruanos emergen de algún lado y me la sacan de los brazos. La levantan sin camilla, uno de los pies, otro de los brazos, y la trasladan. Corremos a toda velocidad, imagino que al hospital, pero luego nos internamos en unas calles oscuras y entiendo en un segundo que fueron ellos quienes la drogaron para sacarle los órganos. Por el momento les sigo la corriente.
Llegamos a un galpón amplio con techo de zinc y goteras. Frente nuestro hay dos chicas atadas a unas sillas. Nos sentamos a esperar. No sé exactamente qué. ¿Al jefe? Cata también está atada a una silla. Sé que si los peleo me dan un tiro en la cabeza. También sé que a Cata la van a vender a un cafiolo para que labure de prostituta porque le acarician la mejilla y le dicen al oído:
-No te preocupes, te va a gustar.
Para sacarles conversación les pregunto a cuánto se vende una chica como ella e, inesperadamente, les hago una oferta mayor con la plata que Hemingway me legó. Les digo que la plata la tengo en el hostel y los convenzo. Vamos hacia allá.
De camino pasamos por las ruinas de Tipón (todo esto lo soñé en Perú). Para bajar hay que saltar de escalón a escalón. Los escalones son cinco rocas grandes cuadradas separadas un trecho de cada una. Es difícil bajar y en un movimiento los empujo como fichas de dominó, se golpean la cabeza y quedan dormiditos.
A esta altura ya me estoy despertando, pero antes de hacerlo quiero escribir la trama del sueño porque a mi entender es brillante. Claro que para escribirlo debo separar los párpados y, como todos saben, cuando amanece la luz por la ranura de los ojos los sueños aprovechan, se deslizan y fuishhh, si me viste no me acuerdo. Por eso decido escribirlo en mi mente, repasándolo.
Intento que el sueño cumpla a rajatabla los mismos pasos pero mientras las compuertas de los párpados están cerradas el inconsciente sigue despierto y se niega a dejar el juego. La historia básicamente es la misma, pero se agregan detalles. Tiene una pequeña participación Juan Roteta, que tiene el sueño de hacer una remera ingeniosa mientras el del melli, su amigo, es que sea económicamente redituable. Lindo conflicto, aunque algo incompatible. Cata ahora también es amiga de Capocha, el millonario hijo de Andreani, y nada por su pileta olímpica. Al verla se que ella tomaba merca en una época, algo que no me gusta. Ya no es tan inocente. La historia tiene grietas insalvables, se me viene abajo.
Trato de repasarla una tercera vez y en la mitad recuerdo que escribir todo en la mente es tan útil como ir al baño en los sueños. A la larga el problema persiste y solo al despertar pueden encontrar la verdadera solución. Decido entonces abrir los ojos con la idea de correr hasta mi cuaderno y escribirlo todo con urgencia.
Apenas lo hago se pierde la mitad del sueño. Los detalles, eso que hace a una historia única, personal, irrepetible. Estoy en la parte superior de una cama marinera y la lapicera y el cuaderno están allá abajo, lejos. Ya voy, ya voy.
Lo que queda es aquel bodoque de ahí arriba. Pura acción berreta de película clase b. Juro que era genial. Yo lo viví. Fue genial.
Por lo menos, en lo que quedó, sigo siendo el héroe.
jueves, 8 de octubre de 2009
PODER
Yo ya estaba más que conforme. Siempre me conformo a eso de las cuatro de la mañana. Pero ellos querían seguir. Hay que seguir, que seguir. En esa época nos juntábamos todos los viernes en un bar a tomar cerveza. Era de esos bares-kioscos que tienen afuera mesas de plástico con sombrillas que dicen frigor, y adentro gaseosas de pomelo marca pindapoy para que el vino pase más fácil.
Mientras el melli y Juan compraban las últimas botellas para llevar antes de que el bar cerrara, yo los miraba con las manos en los bolsillos, el frío en las mejillas y el cerebro doblado. La sensación de que en cualquier momento caía al piso. Había que concentrarse. Y eso que había caído tarde y de sorpresa, como de costumbre. Después que alguno haya gastado sus monedas en la rockola para establecer el clima (cumbia o roquenrol); cuando la mesa ya contaba con unas quince botellas vacías, la típica discusión de fútbol por la mitad y varios chistes malignos con un mismo destinarario.
Quizás llegaba tarde para que ya tengan elegido al muchacho al que iban a tener de punto esa noche. Pero lo cierto es que ir o no ir para mi era una decisión de último momento. Yo era algo así como un freelance del grupo: nunca esperado, siempre bienvenido.
Salieron con seis botellas y ningún plan. Como acto reflejo fuimos al auto -estacionado en esa misma cuadra, sobre Libertador a unos metros del puente de la Av. Gral Paz-, pusimos música, abrimos las puertas y las cervezas. Seguimos nomás. Hasta el final final. Tomar por deporte. Porque somos jovenes, qué tanto. En algo tenían razón: la cumbia sin el alcohol no sería lo mismo. Incluso con el alcohol para mi no era lo mismo. Y se ve que para algún vecino tampoco, porque cayó la policía. Eran casi las cinco de la mañana.
El melli salió del auto hacia los dos hombres de uniforme. Los demás nos quedamos mirando, expectantes. Los policías hicieron exactamente lo que suelen hacer: uno se tomó todo su tiempo para mirar fijamente a los ojos mientras pidió los papeles (método de intimidación nº 1) y luego los examinó muy muy despacio, como un padre millonario observando el boletín de calificaciones del mocoso. El otro aguardaba un paso atrás, en posición de pichi. Pero el melli estaba tranquilo. Como si tuviera experiencia.
Encontraron el desliz y parecieron sonreír. Pero por dentro. La cédula verde estaba a nombre del hermano del melli (mejor conocido como "el melli"). La suya estaba extraviada en su casa y, en el apuro, él manoteó la cédula de su media naranja fraternal.
-No sos el titular pibe. Vamos a tener que llevar el auto nomás -dijo con total seriedad. Como si no supiéramos que esperaba la coima.
-Bueno, pero dejame sacar el estéreo antes, que ya se cómo son ustedes...
Epale! El melli se puso combativo. Cana principal abrió los ojos desorientado.
-Ojito eh... qué querés decir con eso?
-Ojito nada, te creés que voy a dejarles el estéreo servido? Así como así?
No teníamos chances de interferir. Estabamos un metro detrás, testigos del desastre por venir, con las cervezas sobrantes escondidas. El melli sacó su celular y marcó un número frente a los dos policías que demoraron un poco en reaccionar. A esto sí que no estaban acostumbrados.
-Hola viejo? Si, disculpame que te llame a esta hora... pero acá hay un cana que si no tuviera el arma encima lo cago a trompadas. Me quieren llevar el auto, viejo.
El policía (no el pichi, ese siempre silencioso y detrás) dio un paso al frente.
-No te voy a permitir..
-Discúlpeme! -celular en el oído, la otra mano alzada en señal de deténgase (con el índice en alto!)- No me interrumpa! Que acá estoy teniendo una conversación privada con mi padre.. no ve que estoy hablando? Sí viejo, si. Por nada, se quieren pasar de vivos.
-Nene, no se quién te pensás que... pero a mi me tratás con respeto.
El melli lo miró a los ojos extendiéndole el teléfono.
-Es mi papá. Quiere hablar con usted.
Esa no se la esperaba. Atendió nomás, para sacarse la curiosidad.
-Si... si... ajá -decía. Cada tanto lo miraba al melli, parado, manos en los costados, pera levantada. Y ahora qué vas a hacer?
-Está bien... muy bien.
El cana cortó el celular y lo devolvió con respeto.
-Zafaste pibe.
No dijo más. Se dio vuelta y le indicó al pichi la retirada. No los vovimos a ver.
Después me enteré que el padre de los mellis es Juez.
Y que eso es tener poder.
Mientras el melli y Juan compraban las últimas botellas para llevar antes de que el bar cerrara, yo los miraba con las manos en los bolsillos, el frío en las mejillas y el cerebro doblado. La sensación de que en cualquier momento caía al piso. Había que concentrarse. Y eso que había caído tarde y de sorpresa, como de costumbre. Después que alguno haya gastado sus monedas en la rockola para establecer el clima (cumbia o roquenrol); cuando la mesa ya contaba con unas quince botellas vacías, la típica discusión de fútbol por la mitad y varios chistes malignos con un mismo destinarario.
Quizás llegaba tarde para que ya tengan elegido al muchacho al que iban a tener de punto esa noche. Pero lo cierto es que ir o no ir para mi era una decisión de último momento. Yo era algo así como un freelance del grupo: nunca esperado, siempre bienvenido.
Salieron con seis botellas y ningún plan. Como acto reflejo fuimos al auto -estacionado en esa misma cuadra, sobre Libertador a unos metros del puente de la Av. Gral Paz-, pusimos música, abrimos las puertas y las cervezas. Seguimos nomás. Hasta el final final. Tomar por deporte. Porque somos jovenes, qué tanto. En algo tenían razón: la cumbia sin el alcohol no sería lo mismo. Incluso con el alcohol para mi no era lo mismo. Y se ve que para algún vecino tampoco, porque cayó la policía. Eran casi las cinco de la mañana.
El melli salió del auto hacia los dos hombres de uniforme. Los demás nos quedamos mirando, expectantes. Los policías hicieron exactamente lo que suelen hacer: uno se tomó todo su tiempo para mirar fijamente a los ojos mientras pidió los papeles (método de intimidación nº 1) y luego los examinó muy muy despacio, como un padre millonario observando el boletín de calificaciones del mocoso. El otro aguardaba un paso atrás, en posición de pichi. Pero el melli estaba tranquilo. Como si tuviera experiencia.
Encontraron el desliz y parecieron sonreír. Pero por dentro. La cédula verde estaba a nombre del hermano del melli (mejor conocido como "el melli"). La suya estaba extraviada en su casa y, en el apuro, él manoteó la cédula de su media naranja fraternal.
-No sos el titular pibe. Vamos a tener que llevar el auto nomás -dijo con total seriedad. Como si no supiéramos que esperaba la coima.
-Bueno, pero dejame sacar el estéreo antes, que ya se cómo son ustedes...
Epale! El melli se puso combativo. Cana principal abrió los ojos desorientado.
-Ojito eh... qué querés decir con eso?
-Ojito nada, te creés que voy a dejarles el estéreo servido? Así como así?
No teníamos chances de interferir. Estabamos un metro detrás, testigos del desastre por venir, con las cervezas sobrantes escondidas. El melli sacó su celular y marcó un número frente a los dos policías que demoraron un poco en reaccionar. A esto sí que no estaban acostumbrados.
-Hola viejo? Si, disculpame que te llame a esta hora... pero acá hay un cana que si no tuviera el arma encima lo cago a trompadas. Me quieren llevar el auto, viejo.
El policía (no el pichi, ese siempre silencioso y detrás) dio un paso al frente.
-No te voy a permitir..
-Discúlpeme! -celular en el oído, la otra mano alzada en señal de deténgase (con el índice en alto!)- No me interrumpa! Que acá estoy teniendo una conversación privada con mi padre.. no ve que estoy hablando? Sí viejo, si. Por nada, se quieren pasar de vivos.
-Nene, no se quién te pensás que... pero a mi me tratás con respeto.
El melli lo miró a los ojos extendiéndole el teléfono.
-Es mi papá. Quiere hablar con usted.
Esa no se la esperaba. Atendió nomás, para sacarse la curiosidad.
-Si... si... ajá -decía. Cada tanto lo miraba al melli, parado, manos en los costados, pera levantada. Y ahora qué vas a hacer?
-Está bien... muy bien.
El cana cortó el celular y lo devolvió con respeto.
-Zafaste pibe.
No dijo más. Se dio vuelta y le indicó al pichi la retirada. No los vovimos a ver.
Después me enteré que el padre de los mellis es Juez.
Y que eso es tener poder.
miércoles, 8 de julio de 2009
CASI PEÑA
Quedamos en la puerta del teatro a las ocho, pero yo llegué tarde por culpa de mi hermana. Siempre que llego tarde es por culpa de mi hermana. Ella, reina de la impuntualidad, me hizo esperar tantas veces a lo largo de la vida que programó mi inconciencia a demorarse a propósito para no ser nunca más aquel gil que mira el reloj frustrado parado en una esquina.
Llegué tarde y las puertas del teatro permanecieron cerradas. Ella estaba enojadísima. Y con razón. Espero no haberla programado para llegar tarde a todas sus próximas citas. Aunque empezar una reacción en cadena que elimine la existencia de relojes podría generar un mundo más relajado.
Pero también más argentino.
Mejor apostemos a la puntualidad. No conviene correr el riesgo.
Caminamos por la vereda hasta que se nos ocurriera qué hacer en vez del teatro. Ella iba a paso rápido, como escapándose. Me costaba alcanzarla y tuve que contarle chistes desde la espalda para que aflojara. Finalmente aminoró el paso. No creo que haya sido por mi comentario de que el ritmo lento de mis piernas cortas era una toma de postura frente a la velocidad imperante del mundo y que si ella se sumara a la idea en una de esas haríamos revolución.
Fue, más que nada, porque no tenía otra opción.
Ya caminando a la par hacia ninguna parte, como en las mejores citas, intercambiamos nuestras teorías del amor.
La mía era que comenzar una relación era como encender un fuego.
Y uno para lograrlo contaba con dos cosas:
-el material a quemarse (metáfora de la personalidad).
-el elemento encendedor (metáfora del atractivo físico).
Seguro, había rubios alemanes de uno ochenta que encendían relaciones al instante con su potente lanzafuegos; pero si su vanidad les daba una personalidad papel-de-diario entonces la cosa no duraba demasiado. Tampoco convenía ser de esas personas con enorme corazón de carbón, capaces de mantener las brasas vivas por siempre jamás si una mujer piadosa tuviera alguna vez la paciencia suficiente para esperar que encienda su fuego con dos míseras piedritas de náufrago en isla desierta.
Yo, a mi entender, contaba con unos fósforos, tres papeles de diarios enrollados y una personalidad madera de tronco de grosor medio.
No estaba mal.
Ella tenía una teoría del amor distinta.
Las relaciones son como las prendas de ropa:
Había algunos muchachos-fuxia capaces de generar fanatismo y necesidad urgente de tenerlos, aunque al poco tiempo pasaban de moda. Y estaban los pibes-remera-de-adolescencia que por alguna razón cuesta descartarlos. Cada tanto se los saca del ropero y se duerme con ellos puestos una vez más para recordarlos.
Por supuesto que la ropa extranjera siempre llama la atención por ser exótica y distinta, y las prendas clásicas de un color liso siempre funcionan pero a la larga aburren. Ella decía que le daba lástima cómo se vestía cierta gente, aunque por otra parte en el amor todo es subjetivo.
Con tal de cubrirse un poco.
Esa noche salvamos la cita. Sin embargo, a la larga la cosa no funcionó y quedamos amigos. Pero después ella se negó a atenderme el teléfono por imaginar que no la buscaba como amiga. Y yo odié tardar en entender, y la odié por no dejarme explicar.
Tuve que expulsarla de mi vida para que ella volviera como amiga.
Seis meses después.
Y ahora, con la muerte del puto lindo, los dos pensamos en todas esas veces en que pensamos ir a verlo y no fuimos. Esa noche fue la más cercana de todas. Nuestra noche Casi Peña.
La guardaré por siempre en mi colección de recuerdos, junto a ese abrazo largo y verdadero de primera cita con la imagen reciente en la cabeza de un padre desplomándose en la arena de una playa sin avisar y una nena alegre corriendo a tirársele encima sin entender.
Todavía sin entender.
Igual que yo.
Llegué tarde y las puertas del teatro permanecieron cerradas. Ella estaba enojadísima. Y con razón. Espero no haberla programado para llegar tarde a todas sus próximas citas. Aunque empezar una reacción en cadena que elimine la existencia de relojes podría generar un mundo más relajado.
Pero también más argentino.
Mejor apostemos a la puntualidad. No conviene correr el riesgo.
Caminamos por la vereda hasta que se nos ocurriera qué hacer en vez del teatro. Ella iba a paso rápido, como escapándose. Me costaba alcanzarla y tuve que contarle chistes desde la espalda para que aflojara. Finalmente aminoró el paso. No creo que haya sido por mi comentario de que el ritmo lento de mis piernas cortas era una toma de postura frente a la velocidad imperante del mundo y que si ella se sumara a la idea en una de esas haríamos revolución.
Fue, más que nada, porque no tenía otra opción.
Ya caminando a la par hacia ninguna parte, como en las mejores citas, intercambiamos nuestras teorías del amor.
La mía era que comenzar una relación era como encender un fuego.
Y uno para lograrlo contaba con dos cosas:
-el material a quemarse (metáfora de la personalidad).
-el elemento encendedor (metáfora del atractivo físico).
Seguro, había rubios alemanes de uno ochenta que encendían relaciones al instante con su potente lanzafuegos; pero si su vanidad les daba una personalidad papel-de-diario entonces la cosa no duraba demasiado. Tampoco convenía ser de esas personas con enorme corazón de carbón, capaces de mantener las brasas vivas por siempre jamás si una mujer piadosa tuviera alguna vez la paciencia suficiente para esperar que encienda su fuego con dos míseras piedritas de náufrago en isla desierta.
Yo, a mi entender, contaba con unos fósforos, tres papeles de diarios enrollados y una personalidad madera de tronco de grosor medio.
No estaba mal.
Ella tenía una teoría del amor distinta.
Las relaciones son como las prendas de ropa:
Había algunos muchachos-fuxia capaces de generar fanatismo y necesidad urgente de tenerlos, aunque al poco tiempo pasaban de moda. Y estaban los pibes-remera-de-adolescencia que por alguna razón cuesta descartarlos. Cada tanto se los saca del ropero y se duerme con ellos puestos una vez más para recordarlos.
Por supuesto que la ropa extranjera siempre llama la atención por ser exótica y distinta, y las prendas clásicas de un color liso siempre funcionan pero a la larga aburren. Ella decía que le daba lástima cómo se vestía cierta gente, aunque por otra parte en el amor todo es subjetivo.
Con tal de cubrirse un poco.
Esa noche salvamos la cita. Sin embargo, a la larga la cosa no funcionó y quedamos amigos. Pero después ella se negó a atenderme el teléfono por imaginar que no la buscaba como amiga. Y yo odié tardar en entender, y la odié por no dejarme explicar.
Tuve que expulsarla de mi vida para que ella volviera como amiga.
Seis meses después.
Y ahora, con la muerte del puto lindo, los dos pensamos en todas esas veces en que pensamos ir a verlo y no fuimos. Esa noche fue la más cercana de todas. Nuestra noche Casi Peña.
La guardaré por siempre en mi colección de recuerdos, junto a ese abrazo largo y verdadero de primera cita con la imagen reciente en la cabeza de un padre desplomándose en la arena de una playa sin avisar y una nena alegre corriendo a tirársele encima sin entender.
Todavía sin entender.
Igual que yo.
jueves, 18 de junio de 2009
LLEGA PAPÁ
.
Cuando niño, papá llegaba a casa y yo oía el motor del auto de lejos como un perro que escucha las llaves del dueño. Corría a esconderme detrás de las cortinas de la puerta para asustarlo cada vez que venía.
Una y otra vez.
.
Cuando adolescente, papá llegaba a casa y yo oía el motor del auto de lejos como un gato que eriza los pelos antes que llegue el peligro. Corría a esconderme en mi habitación para que no me encontrara viendo tele en el living cada vez que venía.
Una y otra vez.
.
Cuando niño, papá llegaba a casa y yo oía el motor del auto de lejos como un perro que escucha las llaves del dueño. Corría a esconderme detrás de las cortinas de la puerta para asustarlo cada vez que venía.
Una y otra vez.
.
Cuando adolescente, papá llegaba a casa y yo oía el motor del auto de lejos como un gato que eriza los pelos antes que llegue el peligro. Corría a esconderme en mi habitación para que no me encontrara viendo tele en el living cada vez que venía.
Una y otra vez.
.
jueves, 23 de abril de 2009
PAPÁ
.
Tiene sus defectos,
los conozco y se los veo.
Pero tengo que reconocerle
su mejor hazaña: un logro eterno.
En un rapto de genialidad,
con su barba de montonero,
se ganó a Susana
y la hizo mi mamá,
al menos por un tiempo.
No debe haber sido fácil,
por eso te agradezco.
Ahora mismo la recuerdo;
fue tu mejor gesto.
.
Tiene sus defectos,
los conozco y se los veo.
Pero tengo que reconocerle
su mejor hazaña: un logro eterno.
En un rapto de genialidad,
con su barba de montonero,
se ganó a Susana
y la hizo mi mamá,
al menos por un tiempo.
No debe haber sido fácil,
por eso te agradezco.
Ahora mismo la recuerdo;
fue tu mejor gesto.
.
martes, 21 de octubre de 2008
ALGO PASO ENTRE NOSOTROS
Era mi primer clase de cine y estaba llegando tarde. Atravesé el pabellón sorprendido al enterarme que los colegios primarios tienen una doble vida: se convierten en centros culturales cuando cae el sol. Despacito, abrí la puerta del aula, incliné la cabeza frente al profesor como pidiendo disculpas y seguí derecho a buscarme un lugar entre las gradas. Eran unas gradas de madera, bien largas y con cinco escalones para sentarse. Encontré mi lugar en el cuarto escalón, dejé a un lado el morral y recién ahí me tranquilicé.
El profesor estaba parado allá abajo, hablando de algún plano secuencia delante de un pizarrón verde. Era un pibe joven que me cayó simpático. Claro que lo que más me intrigaba eran mis nuevos compañeritos. Siendo mi primera vez en un centro cultural, era un misterio saber si me encontraba rodeado de jóvenes hippies, yuppies arrepentidos o viejos buscando una manera de matar el tiempo antes de que el tiempo los matara a ellos. De eso dependía una pequeña, pero importante, parte del interés del curso: minitas.
Miré hacia mi derecha para estudiar el panorama y me topé con dos ojos clavados en los míos. Venían de allá al fondo y me obligaron a desviar la mirada inmediatamente. En ese segundo llegué a ver una sonrisa y unos cuántos rulos, pero ahora sólo podía ver al profesor diciendo algo del plano americano. Si mi piel fuera otra, tendría los cachetes enrojecidos. Me alegré de no ser tan evdiente.
Entonces el profesor agarró una tiza y escribió en el pizarrón: ALGO PASO ENTRE NOSOTROS. Dijo que había una cámara a disposición y que teníamos que dividirnos en dos grupos y salir a filmar por turnos un corto sin editar con ese título.
-En sus marcas, listos, ya!
Me tocó en el grupo de ella, claro. Ella, yo y otros cuatro muchachos.
-Ya sé -dijo uno-, un tipo está sentado en este piano tocando, no? Pero entonces viene alguien de atrás y lo empieza a ahorcar, y mientras él se ahoga sigue tocando cada vez más fuerte, no? Porque en realidad el que lo ahorca es él mismo, porque el tipo es esquizofrénico, entendés? Y mientras le cae sangre por el cuello se mojan las teclas del piano de rojo y el asesino se ve en el espejo y se da cuenta que es él mismo...
-Bueno bueno, pero cómo hacemos para filmar eso? -dije yo-. No tenemos sangre y cómo mostramos que él es el mismo. Es medio complicado, no te parece?
-Hagan lo que quieran -se enojó. Tenía unos borcegos grandotes, el ceño fruncido y un tic nervioso en el ojo izquierdo. Se corrió a un lado, frustrado, y encendió un cigarrillo. Mi parte esquizofrénica me dijo a mí mismo que me callara la boca.
Hubo otras ideas, pero ninguna convencía. El otro grupo ya estaba filmando y pronto nos traerían la cámara para que en diez minutos resolviésemos el asunto. Algo había que hacer. Por eso largué todo sin pensarlo:
-Y si hacemos esto? Un chico sentado en las gradas mientras el profesor da clases. El chico mira a la derecha para ver a una chica y descubre que ella ya lo estaba mirando desde antes. El chico, cagón, no puede sostener la mirada y se va al mazo: Algo pasó entre nosotros.
Por supuesto que todos coincidieron en que era fácil de hacer y que ella debía hacer de ella (era la única chica) y yo de yo (era el de la idea).
Plano 1: yo sentado mirando al frente, de pronto miro hacia la derecha.
Plano 2: ella mirandome fijo a los ojos.
Plano 3: el gil pone cara de sorprendido y corre la vista hacia el piso.
Listo el pollo. Tasa a tasa cada uno a su casa.
Pasaron seis meses hasta que hablé del tema con ella en el encuentro de fin del curso. En todo ese tiempo no intercambiamos más que un par de palabras.
Claro que se acordaba, cómo no se iba a acordar. Y por supuesto que se había dado cuenta; fue muy evidente. Esa noche encontré la manera de invitarla a salir, porque siempre pensé que la historia que debía contarles a mis nietos sobre cómo conocí a la mujer de mi vida tenía que ser parecida a esta.
Fuimos a una plaza de barrio norte a tomar un helado en un día de verano. Hablábamos de cine, la pasábamos bien, hasta que en un momento se largó una leve llovizna. Nos sorprendió, porque el día era perfecto, y nos dimos cuenta de que fuera de la plaza no llovía. Era una nube pasajera que estaba justo arriba nuestro, como si fuéramos ese dibujo animado del personaje pesimista al que lo sigue una nube que le llueve sólo a él porque todo le sale mal. Yo lo tomé como una señal: las cosas estaban saliendo muy bien. Era el momento de la película en que él aprovecha y le da el primer beso. Entonces le dije:
-Es el momento de la película en que la pareja perfecta se da el primer beso.
Y acerqué la cabeza.
Pero no siempre la vida es como en las películas.
Y sin embargo no puedo evitar seguir con la esperanza de que la mía sí lo sea. Por eso estoy atento a las señales, y cuando tropiezo con una buena historia, presto atención. No sea cosa de perderme a la mujer de mi vida.
El profesor estaba parado allá abajo, hablando de algún plano secuencia delante de un pizarrón verde. Era un pibe joven que me cayó simpático. Claro que lo que más me intrigaba eran mis nuevos compañeritos. Siendo mi primera vez en un centro cultural, era un misterio saber si me encontraba rodeado de jóvenes hippies, yuppies arrepentidos o viejos buscando una manera de matar el tiempo antes de que el tiempo los matara a ellos. De eso dependía una pequeña, pero importante, parte del interés del curso: minitas.
Miré hacia mi derecha para estudiar el panorama y me topé con dos ojos clavados en los míos. Venían de allá al fondo y me obligaron a desviar la mirada inmediatamente. En ese segundo llegué a ver una sonrisa y unos cuántos rulos, pero ahora sólo podía ver al profesor diciendo algo del plano americano. Si mi piel fuera otra, tendría los cachetes enrojecidos. Me alegré de no ser tan evdiente.
Entonces el profesor agarró una tiza y escribió en el pizarrón: ALGO PASO ENTRE NOSOTROS. Dijo que había una cámara a disposición y que teníamos que dividirnos en dos grupos y salir a filmar por turnos un corto sin editar con ese título.
-En sus marcas, listos, ya!
Me tocó en el grupo de ella, claro. Ella, yo y otros cuatro muchachos.
-Ya sé -dijo uno-, un tipo está sentado en este piano tocando, no? Pero entonces viene alguien de atrás y lo empieza a ahorcar, y mientras él se ahoga sigue tocando cada vez más fuerte, no? Porque en realidad el que lo ahorca es él mismo, porque el tipo es esquizofrénico, entendés? Y mientras le cae sangre por el cuello se mojan las teclas del piano de rojo y el asesino se ve en el espejo y se da cuenta que es él mismo...
-Bueno bueno, pero cómo hacemos para filmar eso? -dije yo-. No tenemos sangre y cómo mostramos que él es el mismo. Es medio complicado, no te parece?
-Hagan lo que quieran -se enojó. Tenía unos borcegos grandotes, el ceño fruncido y un tic nervioso en el ojo izquierdo. Se corrió a un lado, frustrado, y encendió un cigarrillo. Mi parte esquizofrénica me dijo a mí mismo que me callara la boca.
Hubo otras ideas, pero ninguna convencía. El otro grupo ya estaba filmando y pronto nos traerían la cámara para que en diez minutos resolviésemos el asunto. Algo había que hacer. Por eso largué todo sin pensarlo:
-Y si hacemos esto? Un chico sentado en las gradas mientras el profesor da clases. El chico mira a la derecha para ver a una chica y descubre que ella ya lo estaba mirando desde antes. El chico, cagón, no puede sostener la mirada y se va al mazo: Algo pasó entre nosotros.
Por supuesto que todos coincidieron en que era fácil de hacer y que ella debía hacer de ella (era la única chica) y yo de yo (era el de la idea).
Plano 1: yo sentado mirando al frente, de pronto miro hacia la derecha.
Plano 2: ella mirandome fijo a los ojos.
Plano 3: el gil pone cara de sorprendido y corre la vista hacia el piso.
Listo el pollo. Tasa a tasa cada uno a su casa.
Pasaron seis meses hasta que hablé del tema con ella en el encuentro de fin del curso. En todo ese tiempo no intercambiamos más que un par de palabras.
Claro que se acordaba, cómo no se iba a acordar. Y por supuesto que se había dado cuenta; fue muy evidente. Esa noche encontré la manera de invitarla a salir, porque siempre pensé que la historia que debía contarles a mis nietos sobre cómo conocí a la mujer de mi vida tenía que ser parecida a esta.
Fuimos a una plaza de barrio norte a tomar un helado en un día de verano. Hablábamos de cine, la pasábamos bien, hasta que en un momento se largó una leve llovizna. Nos sorprendió, porque el día era perfecto, y nos dimos cuenta de que fuera de la plaza no llovía. Era una nube pasajera que estaba justo arriba nuestro, como si fuéramos ese dibujo animado del personaje pesimista al que lo sigue una nube que le llueve sólo a él porque todo le sale mal. Yo lo tomé como una señal: las cosas estaban saliendo muy bien. Era el momento de la película en que él aprovecha y le da el primer beso. Entonces le dije:
-Es el momento de la película en que la pareja perfecta se da el primer beso.
Y acerqué la cabeza.
Pero no siempre la vida es como en las películas.
Y sin embargo no puedo evitar seguir con la esperanza de que la mía sí lo sea. Por eso estoy atento a las señales, y cuando tropiezo con una buena historia, presto atención. No sea cosa de perderme a la mujer de mi vida.
miércoles, 1 de octubre de 2008
LO MAS CERCA
Ella y yo. Ella y yo acostados en un colchón finito tirado en el piso de una habitación. El colchón es de una plaza; la habitación no tiene ventanas, es del tamaño de un pequeño depósito y está rodeada de polvo, alguna que otra garrafa y bolsos tirados en el piso.
Ella y yo. A las seis de la mañana.
Afuera está Ibiza, nada menos. Pero estamos adentro. Ella vino a visitar, yo la saqué a pasear. Somos amigos, está claro? Amigos y nada más que amigos. Los dos pensamos lo mismo.
Ya pasó la paranoia de su primera pastilla; la saqué del boliche y caminamos y caminamos. Le susurré tranquilidad al oído hasta dejarla sonriendo y mirando, mirando a todos lados, con la botellita en la mano y el agua chorreándole de la boca cada tanto. Ahora estamos en el colchón, apretados por comodidad.
Ella y yo.
Yo tengo sueño: mañana hay que trabajar.
-No te duermas che -me mueve el hombro.
Yo boca abajo, ojos cerrados, chito la boca.
-¿Me drogás y te dormís? No me podés dejar así.
-Mmnhm, mmmgrr, mmm -gruñido gutural, estilo Marge Simpson.
-Dalee, hablemos un rato. Vamos, vam!, arriba, arriba -intenta levantarme, pero peso muerto, muertísimo, y fracasa-. ¡Despertate!
-Si me despierto te cojo
Boca abajo, sin abrir los ojos, tono jocoso.
-Ay boludo!
-Te cojo o no te cojo?
-No seas forro.
Músculos dormidos, tranquilidad absoluta. Paz.
-Te cojo.
-Dale, taradito.
-Entonces dejame dormir.
Me dejó nomás. Y para los Harrys del mundo quedó demostrado que efectivamente existe la amistad entre el hombre y la mujer.
Eso es lo más cerca que estuvimos de perderla.
Y no fue para tanto.
Ella y yo. A las seis de la mañana.
Afuera está Ibiza, nada menos. Pero estamos adentro. Ella vino a visitar, yo la saqué a pasear. Somos amigos, está claro? Amigos y nada más que amigos. Los dos pensamos lo mismo.
Ya pasó la paranoia de su primera pastilla; la saqué del boliche y caminamos y caminamos. Le susurré tranquilidad al oído hasta dejarla sonriendo y mirando, mirando a todos lados, con la botellita en la mano y el agua chorreándole de la boca cada tanto. Ahora estamos en el colchón, apretados por comodidad.
Ella y yo.
Yo tengo sueño: mañana hay que trabajar.
-No te duermas che -me mueve el hombro.
Yo boca abajo, ojos cerrados, chito la boca.
-¿Me drogás y te dormís? No me podés dejar así.
-Mmnhm, mmmgrr, mmm -gruñido gutural, estilo Marge Simpson.
-Dalee, hablemos un rato. Vamos, vam!, arriba, arriba -intenta levantarme, pero peso muerto, muertísimo, y fracasa-. ¡Despertate!
-Si me despierto te cojo
Boca abajo, sin abrir los ojos, tono jocoso.
-Ay boludo!
-Te cojo o no te cojo?
-No seas forro.
Músculos dormidos, tranquilidad absoluta. Paz.
-Te cojo.
-Dale, taradito.
-Entonces dejame dormir.
Me dejó nomás. Y para los Harrys del mundo quedó demostrado que efectivamente existe la amistad entre el hombre y la mujer.
Eso es lo más cerca que estuvimos de perderla.
Y no fue para tanto.
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