¿Sabés que sos mi último pasajero? Es este viaje y chau flete, qué te parece. Tampoco lo hago hace mucho. Más que nada salgo para no quedarme jugando a la play con los nenes, que mi señora no me vea sentado mucho tiempo. No me gusta. Yo más que nada fui camionero. Diecinueve años. Sí, pagan bien, pero es un trabajo esclavo, lejos de la familia. Una vuelta me ofrecieron 14 lucas para ir hasta Ushuaia y dije que no.
-Son catorce luquitas... -dijo el Coco.
-Y sí, pero no las valen. Pierdo a mi familia, me separo de mi mujer...
Y él no la ve. Ya va un año y no lleva una foto de su nena.
-¡¿No tenés foto de tu nena en la billetera?!
-Y no -dijo Coco.
Él se lo pierde, pero cuando le dije se le cayó una lágrima. Ya se va a dar cuenta. Yo cuando trabajaba eran tres días a la semana en casa, cuatro de viaje. No es fácil. En una época incluso eran dos y cinco, porque tenía una fija allá en Rosario. Mi señora nunca se enteró. Hay que ser gil para que se entere. Y eso que fueron dos años. Piba linda, diecinueve añitos. El padre tenía plata, quería casarla, pero a mí no me agarran así nomás. Le faltaba calle a la chica. Yo algo le enseñé. Un amigo de ella fue el que me mostró donde estaba la movida, allá en Rosario. Linda ciudad, pero salís un poco a las afueras y es como todo, te comen vivo. Buen pibe el muchacho, quería ser camionero. Una noche en el boliche le confesé:
-Tito, estoy hasta las manos. Yo tengo familia en Buenos Aires.
-Yo sabía: Porteño, garca.
-Y qué: Rosarino, comegatos.
Se vino a visitar a Buenos Aires años después, ¡con toda la familia! Le dije a mi señora que él me dejaba parar gratis cuando yo viajaba a Rosario y no preguntó de más. Él nunca dijo nada, pero tampoco podía estirar demasiado la cosa. ¿Y si la dejaba embarazada? A dos puntas toda una vida no me da el cuero. Por eso cuando me nació el segundo paré el camión al costado de la ruta y tiré el celular a la mierda.
-Lo perdí -le dije a mi señora.
Hice bien. Nunca más supe de ella. ¡Mirá ese culo! ¿Lo viste pasar? Lindo movimiento, eh. Pero esa mina no te lava los platos. Ojo. Se le arruinan las uñas si te lava los platos. Hay que darle plata todos los días. ¿Por un culo? ¿Por una concha? No vale la pena. Fijate que mi señora cuando me quedé sin trabajo se quería ir a limpiar pisos. Eso me dice que elegí bien.
-Con esa plata que vas a ganar le vamos a pagar a la niñera- le dije-. Vos quedate en casa.
Yo tengo el pensamiento clásico, viste. El hombre laburando y la mujer en casa limpiando. Ella se lo merece. Y para los pibes es mejor así. Son lo más lindo, los pibes. Dicen que todos los nenes son mameros pero no, eh, con el papá también. El mayor, ocho años, me dice el otro día:
-Vos sos un buen padre.
-Sí, porque te compro los jueguitos. Por eso.
-No -se quedó pensando-. Sos un buen padre.
Y yo no les pego. Los miro fijo, y ellos ya saben.
-Siempre a mí, al chiquito nunca -me dice el guacho.
Son pillos, se las saben todas. El chico, de cuatro, tira la piedra y esconde la mano. Van a ser rápidos esos. Hay que tener cuidado. Ahora que me pongo una pollería los voy a tener más cerca. Pero no me quedo con el pollo y los huevos, hay que aprovechar todo el espacio. Le pongo unas conservas, unos vinos. El albañil viene y te pregunta, ¿a cuánto tenés el vinito? Dame el vinito nomás, y así saco siete pesitos más. Todo suma. Me compro la máquina del espiedo y te vendo un pollo con ensalada a cincuenta mangos. Cuarenta para el bolsillo. Mal no está, ¿no te parece? Y si no va, a lo sumo perdí quince lucas. Mientras sigo cortando entradas los fines de semana en la cancha de Chicago y todavía me sobra bastante de la indemnización. No es para tanto. Fijate que mi hermano es canuto. La guarda toda, no se compra el auto.
-Un día te vas a enfermar -le digo yo-, tu mujer se va a ir a coger a otro, y ése es el que la va a disfrutar.
Él dice que no, pero la otra vuelta tuvo un desmayo y le agarró el julepe. Yo le insistí y se quedó pensando. Enfrente de la mujer se lo repetí. Todo bien con mi cuñada, pero es cierto. Si él queda fiambre yo también me cogería a otro. Ahora vamos a ver si se convence cuando vea mi pollería. No se si no fue para bien el perro que me quiso meter el encargado. Ese gil vio que con el Coco nos íbamos acomodando y quiso limpiarnos. Él tenía sus indios.
-Esos dos están robando -hizo su maniobra.
Abrieron el mionca y faltaba mercadería, claro, si la había cargado él. ¡Pero que vean las cámaras! Si en la filmación se ve que fue él que la cargó. Yo no chequeé y agarré viaje. ¿Pero para qué me voy a robar cajas de zapato vacías? Si me llevo más de siete de sueldo y otro tanto de lo que traigo de Rosario por mudanza. Y claro. Una vuelta me agarraron y me lo propusieron:
-¿Vos volvés con el camión vacío para Buenos Aires? ¿No me llevás esto?
Y así se fue dando, con la mudanza sacaba otro sueldo. ¿Qué necesidad de robar tenía? Además al presidente yo le cobraba todo. Traía 250 lucas encima y hablaba directamente con él:
-Héctor, me quiere pagar en dólares. Ok, a 4,26 los tomo.
Pero la secretaria le escuchaba los llamados y así se enteraba el encargado, que es el hermano. El buitre me pregunta si estoy llevando plata, que se la de a él, que él la lleva.
-Salí de acá, perejil. Yo hablo directamente con el dueño.
Ese no sabe ni para dónde va. Una vuelta fue con sus indios a hacer una entrega. Calle Bella Vista, en San Miguel. Se mandó de una y no llegó a leer que era san Miguel en Tucumán. Lo que nos reímos con el Coco. El dueño ahí le bajó la caña. Y justo nosotros, con el Coco, nos habíamos sentado con él unas semanas atrás:
-Vos tenés que vender el camión y comprarte dos: uno con pala y el otro rastrojero.
-¿Van a entregar más de esa manera?
-¿Cuánto querés que te entreguemos?
Estábamos llevando 50 mil cajas por día.
-70 mil -nos dijo.
-Y cinco más, ponele.
A la semana le entregábamos entre 80 y 90 mil por día. Por eso le dijo al encargado que lo iba a sacar del sector, que subíamos nosotros, con el Coco. El buitre la vio venir y armó la trampa. Ese quiere ir a a San Miguel por Galván, no sabe nada. ¡A San Miguel se va por ruta 8, papá! Y cuando dijo que estábamos robando se vio en las cámaras que no era así, pero el presidente ya había mandado las cartas documento. Se dejó convencer. Ya está. Mandamos carta documento nosotros, a juicio. Cuando se quiebra la confianza no hay vuelta atrás. Encima el juez que nos tocó la conoce a mi señora; después de la audiencia nos juntamos a comer y contó todo.
-¿Qué quiere usted? -le dice al abogado del dueño, después de mirar los papeles.
-Arreglamos por 30 mil para uno y 20 mil para el otro.
-Vos los estás acusando de robo y les querés pagar 50 mil pesos. Ahí te equivocaste. Vas a pagar todo lo que piden.
Y son 19 años trabajando, me dieron 125 a mí y 107 al Coco. Si íbamos a juicio eran más de trescientos. Igual, millones de dólares tiene ése. No le hace la diferencia. Pero yo ya salí, me quedo en familia. Jugando a la play con los pibes, vendiendo pollo al espiedo. Algo va a salir. Termino este viaje, y empiezo el otro.
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martes, 2 de agosto de 2011
domingo, 10 de abril de 2011
CHICO LISTO
.
Nene de la mano de su abuela pasa frente a un policía.
Lo mira. El cana lo saluda.
.
Nene (sorprendido):
¿Viste abuela? No me hizo nada...
Yo (pensando):
Rapiditos, los nenes de hoy. Casi no hay que explicarles nada.
.
Nene de la mano de su abuela pasa frente a un policía.
Lo mira. El cana lo saluda.
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Nene (sorprendido):
¿Viste abuela? No me hizo nada...
Yo (pensando):
Rapiditos, los nenes de hoy. Casi no hay que explicarles nada.
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jueves, 28 de octubre de 2010
UNA BICI DE DOS PISOS
Tiene una bici de dos pisos. En la planta baja están las ruedas, en el primer piso los pedales y en el segundo el asiento.
¿Cómo se sube uno a esta cosa?
-Es como subirse a un caballo –simplifica Juan Manuel.
Lo dice como si fuera fácil. Me da verguenza admitirlo, pero siempre que subí a un caballo necesité la ayuda del hombre que los alquila. Y si bien el caballo es menos obediente que la bici, si uno le suelta las riendas este rara vez se cae de costado.
-Pensá en los pedales como si fueran los estribos.
-¿Y cómo hacés para bajar si querés frenar en un semáforo?
-Desmontás y listo. Como con un caballo.
Juan Manuel me cae bien. Hace un rato compró cinco películas de mi ciclo de cine. Se quedó después de la función para charlar y, dato importante, al comprar la entrada tuvo la delicadeza de pagarme justo. Casi le doy un abrazo. La última vez que había venido, hace casi un año, vino a ver Koyaniskaatsi, lo que indica que es cinéfilo y humanitario. Eso de todas maneras ya se intuía por su vestimenta:
1-Lleva puesto los anteojos que usaría Rodolfo Walsh.
2-Su pelo, alegremente desordenado, le recorre la nuca hasta el final.
3-Usa camisa a cuadros y gorro de lana del tipo Jacques Coustau*.
4-Usa borcegos. ¿O zapatillas de lona topper? No recuerdo, pero ambas sugieren cierta conciencia social. Aunque los borcegos pueden significar lo opuesto.
*
A Jacques Coustau lo aprecio mucho más desde que vi a Steve Zisou, su alter ego, en la película de Wes Anderson. Siempre me sorprendí que ese hombre tan agudo en reflexiones usara una camisa azul, gorrito de lana rojo y se dedicara a salvar ballenas. Algunas de sus pensamientos meditados en medio del océano:
-Un egoísta es aquel que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estas muriendo de ganas de hablarle de ti.
-La juventud sabe lo que no quiere antes de saber lo que quiere.
-La moda muere joven.
-Los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver una imagen.
-Sentir antes de comprender.
Más tarde aprendí que Cocteau es también poeta, pintor, coreógrafo, y, en general, otra persona distinta.
-¿Cuántas veces te la diste? ¿Me mostrás tus cicatrices?
-Es curioso –dice Juan Manuel-, casi la totalidad de las personas que se acercan a preguntarme sobre mi bici se centran en sus complicaciones. Solo uno empezó preguntándome qué se siente manejándola. Creo que tiene que ver con que la gente en general tiende a pensar en los conflictos como punto de partida. Piensan en el no antes que el sí. ¿Viste que muchos dicen que no a principio de cada oración casi por instinto? ¿Vamos a Brazil? No, me encanta Brasil! ¿Dónde compraste esa remera? No, no sabés cuánto me salió... ¿Te gusta mi bici? No, está buena en serio che.
¿Ya dije que Juan Manuel me cae bien? Tiene un pito de árbitro colgándole del cuello. No confundirse con un pene de árbitro, ese sería un collar de barrabrava. Este es un silbato. ¿Para qué? Para que el tráfico lo respete. Cuando lo quieren encerrar, le impiden el paso o hacen maniobras que lo complican, él prrriiii!. Los conductores se imaginan un policía, se contienen de hacer cualquier maldad que pueda ser penada por la ley y Juan Manuel sigue pedaleando, observando todo desde la altura de un chofer de colectivo.
-Es una experiencia increíble. En especial en la ruta. Este verano me voy de viaje al norte.
Le saca el candado y caminamos juntos hacia la esquina. Juan Manuel tiene el brazo bien en alto para llegar al manubrio y arrastrarla. Es como si sacara a pasear a una jirafa. Me da una tarjeta de subte. Del otro lado está impreso el sello de su creación: Oniriciclos.com
-¿Vos también hacés un ciclo de cine onírico?
-No. Yo fabrico las bicis altas, tengo varios modelos. En chile a la bici le dicen cletas, en Colombia, ciclos. La idea es transmitir esta sensación de ensueño en el viaje e iniciar el vínculo con las personas. Al vernos andando se acercan. Les llama la atención. Después lo completamos invitándolos a lecturas y proyecciones que organizamos.
Un borracho emerge. Tiene una bolsa atada a su pierna derecha, le faltan dientes y se acerca en actitud punga. La enormidad de su mamúa me ataja parte del miedo (eso me da cierta ventaja) y la otra parte me la ataja la tranquilidad de Juan Manuel. Jamás se inmutó. Manejar semejante vehículo debe convertirlo en un tipo de superhéroe.
-¡No! ¡Ustedes deténgase ya mismo! ¡Yo soy el hijo de Macri! ¡Tienen que darme dos pesos! ¡Se lo pido bien!
-Mentira. No lo pediste bien.
-¡Soy el hijo de Macri! ¡Vamos a la comisaría ya mismo!
Parece más el hijo del Negro Zamora, ex jugador de Newells, pero quizás se hacía llamar hijo de Macri porque él fue el que causó su indigencia.
-Disculpe, estamos teniendo una conversación. ¿Vamos para alla? –insiste Juan Manuel con total tranquilidad. En caso de emergencia imagino que de un tirón me subirá a su oniribici y escaparemos volando por el cielo.
Seguimos camino hablando de cine. El hijo de Macri camina a la par nuestro. Discutimos la última película Charly Kauffman y él, como yo, defiende a los guionistas. El hijo de Macri quiere meter bocado, pero no tiene bien masticado el tema. Jua Manuel dice que los Oscar pueden ser un mamarracho en todas las categorías menos en las de vestuario y guión. Una película nominada al Oscar a mejor guión nunca es un fiasco. El hijo de Macri no parece estar de acuerdo. A Juan Manuel le sorprendió que cuando vio El Perro en el cine, él y cinco personas se reían en unos momentos y el resto del público en otros.
Pasamos frente a la comisaría. El hijo de Macri, enojado, cabecea.
-¿Vamos adentro? ¡Vamos!
-Andá yendo, ahora te seguimos –respondo yo en voz casi inaudible.
Pero el hijo de Macri persiste. Y ya en la esquina, aprovechando el semáforo en rojo, prefiero despedirme y cruzar hacia mi parada de colectivo.
Llego a la vereda de enfrente, me doy vuelta y veo a Juan Manuel tomando velocidad con su jirafa.
Levanta el pie hasta el pedal y se sube de un tirón.
Como un caballo.
Gira la cabeza, alza su brazo y lo mantiene en alto.
Como el llanero solitario.
Nos volveremos a ver.
P.D: http://www.youtube.com/watch?v=98ff52fF5AM&feature=related
¿Cómo se sube uno a esta cosa?
-Es como subirse a un caballo –simplifica Juan Manuel.
Lo dice como si fuera fácil. Me da verguenza admitirlo, pero siempre que subí a un caballo necesité la ayuda del hombre que los alquila. Y si bien el caballo es menos obediente que la bici, si uno le suelta las riendas este rara vez se cae de costado.
-Pensá en los pedales como si fueran los estribos.
-¿Y cómo hacés para bajar si querés frenar en un semáforo?
-Desmontás y listo. Como con un caballo.
Juan Manuel me cae bien. Hace un rato compró cinco películas de mi ciclo de cine. Se quedó después de la función para charlar y, dato importante, al comprar la entrada tuvo la delicadeza de pagarme justo. Casi le doy un abrazo. La última vez que había venido, hace casi un año, vino a ver Koyaniskaatsi, lo que indica que es cinéfilo y humanitario. Eso de todas maneras ya se intuía por su vestimenta:
1-Lleva puesto los anteojos que usaría Rodolfo Walsh.
2-Su pelo, alegremente desordenado, le recorre la nuca hasta el final.
3-Usa camisa a cuadros y gorro de lana del tipo Jacques Coustau*.
4-Usa borcegos. ¿O zapatillas de lona topper? No recuerdo, pero ambas sugieren cierta conciencia social. Aunque los borcegos pueden significar lo opuesto.
*
A Jacques Coustau lo aprecio mucho más desde que vi a Steve Zisou, su alter ego, en la película de Wes Anderson. Siempre me sorprendí que ese hombre tan agudo en reflexiones usara una camisa azul, gorrito de lana rojo y se dedicara a salvar ballenas. Algunas de sus pensamientos meditados en medio del océano:
-Un egoísta es aquel que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estas muriendo de ganas de hablarle de ti.
-La juventud sabe lo que no quiere antes de saber lo que quiere.
-La moda muere joven.
-Los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver una imagen.
-Sentir antes de comprender.
Más tarde aprendí que Cocteau es también poeta, pintor, coreógrafo, y, en general, otra persona distinta.
-¿Cuántas veces te la diste? ¿Me mostrás tus cicatrices?
-Es curioso –dice Juan Manuel-, casi la totalidad de las personas que se acercan a preguntarme sobre mi bici se centran en sus complicaciones. Solo uno empezó preguntándome qué se siente manejándola. Creo que tiene que ver con que la gente en general tiende a pensar en los conflictos como punto de partida. Piensan en el no antes que el sí. ¿Viste que muchos dicen que no a principio de cada oración casi por instinto? ¿Vamos a Brazil? No, me encanta Brasil! ¿Dónde compraste esa remera? No, no sabés cuánto me salió... ¿Te gusta mi bici? No, está buena en serio che.
¿Ya dije que Juan Manuel me cae bien? Tiene un pito de árbitro colgándole del cuello. No confundirse con un pene de árbitro, ese sería un collar de barrabrava. Este es un silbato. ¿Para qué? Para que el tráfico lo respete. Cuando lo quieren encerrar, le impiden el paso o hacen maniobras que lo complican, él prrriiii!. Los conductores se imaginan un policía, se contienen de hacer cualquier maldad que pueda ser penada por la ley y Juan Manuel sigue pedaleando, observando todo desde la altura de un chofer de colectivo.
-Es una experiencia increíble. En especial en la ruta. Este verano me voy de viaje al norte.
Le saca el candado y caminamos juntos hacia la esquina. Juan Manuel tiene el brazo bien en alto para llegar al manubrio y arrastrarla. Es como si sacara a pasear a una jirafa. Me da una tarjeta de subte. Del otro lado está impreso el sello de su creación: Oniriciclos.com
-¿Vos también hacés un ciclo de cine onírico?
-No. Yo fabrico las bicis altas, tengo varios modelos. En chile a la bici le dicen cletas, en Colombia, ciclos. La idea es transmitir esta sensación de ensueño en el viaje e iniciar el vínculo con las personas. Al vernos andando se acercan. Les llama la atención. Después lo completamos invitándolos a lecturas y proyecciones que organizamos.
Un borracho emerge. Tiene una bolsa atada a su pierna derecha, le faltan dientes y se acerca en actitud punga. La enormidad de su mamúa me ataja parte del miedo (eso me da cierta ventaja) y la otra parte me la ataja la tranquilidad de Juan Manuel. Jamás se inmutó. Manejar semejante vehículo debe convertirlo en un tipo de superhéroe.
-¡No! ¡Ustedes deténgase ya mismo! ¡Yo soy el hijo de Macri! ¡Tienen que darme dos pesos! ¡Se lo pido bien!
-Mentira. No lo pediste bien.
-¡Soy el hijo de Macri! ¡Vamos a la comisaría ya mismo!
Parece más el hijo del Negro Zamora, ex jugador de Newells, pero quizás se hacía llamar hijo de Macri porque él fue el que causó su indigencia.
-Disculpe, estamos teniendo una conversación. ¿Vamos para alla? –insiste Juan Manuel con total tranquilidad. En caso de emergencia imagino que de un tirón me subirá a su oniribici y escaparemos volando por el cielo.
Seguimos camino hablando de cine. El hijo de Macri camina a la par nuestro. Discutimos la última película Charly Kauffman y él, como yo, defiende a los guionistas. El hijo de Macri quiere meter bocado, pero no tiene bien masticado el tema. Jua Manuel dice que los Oscar pueden ser un mamarracho en todas las categorías menos en las de vestuario y guión. Una película nominada al Oscar a mejor guión nunca es un fiasco. El hijo de Macri no parece estar de acuerdo. A Juan Manuel le sorprendió que cuando vio El Perro en el cine, él y cinco personas se reían en unos momentos y el resto del público en otros.
Pasamos frente a la comisaría. El hijo de Macri, enojado, cabecea.
-¿Vamos adentro? ¡Vamos!
-Andá yendo, ahora te seguimos –respondo yo en voz casi inaudible.
Pero el hijo de Macri persiste. Y ya en la esquina, aprovechando el semáforo en rojo, prefiero despedirme y cruzar hacia mi parada de colectivo.
Llego a la vereda de enfrente, me doy vuelta y veo a Juan Manuel tomando velocidad con su jirafa.
Levanta el pie hasta el pedal y se sube de un tirón.
Como un caballo.
Gira la cabeza, alza su brazo y lo mantiene en alto.
Como el llanero solitario.
Nos volveremos a ver.
P.D: http://www.youtube.com/watch?v=98ff52fF5AM&feature=related
martes, 31 de agosto de 2010
TRES CA.CHORRITOS
San Isidro, tres de la tarde.
Una chica de quince años entra al local de zapatos.
Cierra la puerta, mira hacia afuera, respira agitada.
Lleva puesto un uniforme escolar de colegio privado.
Jumper gris, medias bordó, una hebilla roja en el pelo.
Y braquets.
Unos chiquitos le tironearon de la mochila rosa.
-¿Qué querés? -se dio vuelta ella.
Eran tres. Una mujercita y dos chiquilines.
Medían menos de un metro treinta.
Buzos sucios de mangas largas y carcomidas.
-¡Sacá el cuchillo, sacá el cuchillo! -ordenaba la chiquita.
Ahora ella llama a su amiga, su mamá, y la mamá de su amiga.
Con su iphone.
-Son los chiquitos que andan sueltos por el barrio, a una compañera mía la quisieron robar la semana pasada con un tenedor -me explica.
Su amiga, su mamá y la mamá de su amiga pasan a buscarla para acompañarla media cuadra hasta el colegio Saint Charles.
Me agradecen.
Cierro la puerta y me queda una imagen del primer momento:
Mirando por la vidriera llegué a verles las caras
antes que se sigan camino detrás de un auto estacionado.
El del medio miraba hacia nosotros con una sonrisa
que dejaba a la vista todo el placer
de quien descubre por primera vez
que tiene la capacidad
de generar miedo.
.
.
Palermo, cinco de la tarde.
Saliendo del subte, un chico me sobrepasa corriendo.
-La con..! Agarrenlo! Agarralo!
Abajo mío el joven grita señalándolo.
Tiene un libro en la axila y quiere perseguirlo.
Pero es lento. Ni siquiera sube de a dos escalones por vez.
El nene llega hasta arriba y se da vuelta para verlo.
No se por qué; pero se da vuelta.
El joven lo señala y yo le veo la carita.
Tiene miedo.
-Agarralo! Es un chorro! Agarralo!
Un señor le agarra la manga y el chico reacciona.
Escapa.
Manos de manteca.
Suficiente compromiso arriesgarse a agarrarlo.
-Agarralo! Agarralo! -el joven todavía no llegó arriba.
Hay que ir al gimnasio, pibe, no todo es leer en la vida.
El chico corre en la vereda a través de la gente.
Una señora lo ve venir. Es rubia, tiene anteojos.
Le pone la mano en la cara como un jugador de rugby.
El chico sigue, dobla la esquina, lo perdemos de vista.
El lenteja insiste en perseguirlo. Allá va.
Enseguida emergen del subte dos pibes más altos.
Sólo les veo las nucas y los conjuntos deportivos.
Allá van, ellos también.
Estos corren rápido.
Y no parecen tener miedo.
.
.
Avellaneda, siete de la tarde
Ella está mandando un mensajito a su amiga.
Levanta la vista y las ve venir.
Son tres, de su edad. Una es gorda.
Por la forma de andar y de vestir se da cuenta.
Antes de que lleguen tira su celular al piso y lo rompe.
A propósito.
-A mi el celular no me lo vas a robar, pendeja -dice.
La fajan ahí mismo entre las tres.
Fajar no es lo mismo que zarandear.
Fajar implica pegar y seguir pegando cuando el fajado cae al piso.
Ella terminó con cuello ortopédico.
Es jovencita y bravucona.
Todavía le falta aprender a poner las manos
donde antes puso las palabras.
-Pero el celular no me lo robaron.
Lo dice contenta, con su nuevo estilo de cuello africano,
que la hace más alta, pero le impide girar la cabeza.
Una chica de quince años entra al local de zapatos.
Cierra la puerta, mira hacia afuera, respira agitada.
Lleva puesto un uniforme escolar de colegio privado.
Jumper gris, medias bordó, una hebilla roja en el pelo.
Y braquets.
Unos chiquitos le tironearon de la mochila rosa.
-¿Qué querés? -se dio vuelta ella.
Eran tres. Una mujercita y dos chiquilines.
Medían menos de un metro treinta.
Buzos sucios de mangas largas y carcomidas.
-¡Sacá el cuchillo, sacá el cuchillo! -ordenaba la chiquita.
Ahora ella llama a su amiga, su mamá, y la mamá de su amiga.
Con su iphone.
-Son los chiquitos que andan sueltos por el barrio, a una compañera mía la quisieron robar la semana pasada con un tenedor -me explica.
Su amiga, su mamá y la mamá de su amiga pasan a buscarla para acompañarla media cuadra hasta el colegio Saint Charles.
Me agradecen.
Cierro la puerta y me queda una imagen del primer momento:
Mirando por la vidriera llegué a verles las caras
antes que se sigan camino detrás de un auto estacionado.
El del medio miraba hacia nosotros con una sonrisa
que dejaba a la vista todo el placer
de quien descubre por primera vez
que tiene la capacidad
de generar miedo.
.
.
Palermo, cinco de la tarde.
Saliendo del subte, un chico me sobrepasa corriendo.
-La con..! Agarrenlo! Agarralo!
Abajo mío el joven grita señalándolo.
Tiene un libro en la axila y quiere perseguirlo.
Pero es lento. Ni siquiera sube de a dos escalones por vez.
El nene llega hasta arriba y se da vuelta para verlo.
No se por qué; pero se da vuelta.
El joven lo señala y yo le veo la carita.
Tiene miedo.
-Agarralo! Es un chorro! Agarralo!
Un señor le agarra la manga y el chico reacciona.
Escapa.
Manos de manteca.
Suficiente compromiso arriesgarse a agarrarlo.
-Agarralo! Agarralo! -el joven todavía no llegó arriba.
Hay que ir al gimnasio, pibe, no todo es leer en la vida.
El chico corre en la vereda a través de la gente.
Una señora lo ve venir. Es rubia, tiene anteojos.
Le pone la mano en la cara como un jugador de rugby.
El chico sigue, dobla la esquina, lo perdemos de vista.
El lenteja insiste en perseguirlo. Allá va.
Enseguida emergen del subte dos pibes más altos.
Sólo les veo las nucas y los conjuntos deportivos.
Allá van, ellos también.
Estos corren rápido.
Y no parecen tener miedo.
.
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Avellaneda, siete de la tarde
Ella está mandando un mensajito a su amiga.
Levanta la vista y las ve venir.
Son tres, de su edad. Una es gorda.
Por la forma de andar y de vestir se da cuenta.
Antes de que lleguen tira su celular al piso y lo rompe.
A propósito.
-A mi el celular no me lo vas a robar, pendeja -dice.
La fajan ahí mismo entre las tres.
Fajar no es lo mismo que zarandear.
Fajar implica pegar y seguir pegando cuando el fajado cae al piso.
Ella terminó con cuello ortopédico.
Es jovencita y bravucona.
Todavía le falta aprender a poner las manos
donde antes puso las palabras.
-Pero el celular no me lo robaron.
Lo dice contenta, con su nuevo estilo de cuello africano,
que la hace más alta, pero le impide girar la cabeza.
miércoles, 14 de abril de 2010
HERMÓGENES
Yo pensé que era mujer. Hermógenes. Rochi se había comunicado con él por mail para contratarlo como guía de nuestra excursión a Machu Pichu. Ya lo había oído nombrar varias veces sin prestarle debida atención y siempre lo imaginé con tetas. Hermógenes. ¿No es nombre de mujer? Hermógenes. ¿Será que tiene hermosos genes? Hermoso es una palabra demasiado femenina para formar parte del nombre de un hombre. Pero aquí estaba Hermógenes al fin, en vivo y en directo. Morenito. Cara de buenazo. Pidiendo disculpas por no tener más información. Siete personas encimándolo, exigiendo certezas. El alud en Machu Pichu fue inesperado, no es su culpa.
Pero la gente es así.
-¿Y la plata? ¿Nos van a devolver la plata?
-¡Qué plata ni plata! TENEMOS que ir. ¿A qué vinimos si no?
Yo tenía fe. No se por qué. Porque era mejor que no tenerla. La gente como loca, nerviosísima. Todos contra Hermógenes.
-¿Vamos a subir?
-¿Vamos a subir no?
Yo jugaba con un loro verde que había suelto por ahí. Los loros son más divertidos de lo que pensaba. Me compraría uno si no sintiera que impedirle volar libremente a un pajarraco es más cruel que tener un perro encerrado en la cocina.
-¡Hablá Hermógenes!
-¡Habla hermano!
-Disculpas.
Ya se. Hermógenes es igualito a Oski Guzmán. No me salía el nombre. Ahora puedo dormir en paz.
.
.
Tres días después subíamos con Hermógenes una montaña de camino a una excursión alternativa. Vendría a ser la suplente de la suplente de Machu Pichu (la suplente de Machu Pichu también tenía el camino lesionado). Yo tenía fe. Era mejor que lo otro. Aceptar lo que viene es la mejor actitud posible. Ojalá pudiera mantener esa ideología el resto del año. No se qué me pasaba. No soy zen, ni budista, a veces ni siquiera optimista. Pero por esos días estaba así. Ah, las vacaciones.
-Yo estuve dos años en la milicia -me cuenta Hermógenes-. Ahí aprendí a que me insulten sin que me importe.
Eso explica su calma bondadosa frente a las tres tristes turistas tremendas que trinaban ante el imprevisto y trataban de tratarlo tan mal a propósito. Zorras.
.
.
Decidí sacarle toda la vida de la boca al tal Hermógenes. La caminata era larga y a mis amigos ya me los sabía de memoria. Además, noté que él tenía ganas de hablar. Decía cosas como:
-Los peruanos son todos delincuentes. Eso es lo que piensa la gente que no nos conoce. ¿Y sabes por qué es? Por culpa de Lima. En Cuzco no somos así.
O bien:
-Yo era chico cuando mi familia se hizo evangelista, y tuve que seguirles la corriente. Pero luego encontré mi propia forma.
También:
-¿Ustedes en los cumpleaños hacen una fiesta? Nosotros matamos un chancho.
Ya saben. Fenómeno el tipo. Un tipo fenómeno.
.
.
Hermógenes venía de una familia muy grande. Eso estaba bien visto en la sociedad peruana. Cuanto más grande la familia, más importante el apellido. Él tenía diez hermanos, y por eso su padre era muy respetado. Casi fue alcalde de la ciudad. Cuán importante, pensé en su momento. Luego aprendería que en los pueblos de Perú suele haber aproximadamente un alcalde por manzana. Así cualquiera.
-Luego la cosa cambió. Ahora no es lo mismo. Hay menos familias grandes desde que Fujimori instaló la educación sexual para disminuir las enfermedades y controlar la natalidad. A una conocida mía en la operación de parto le cerraron las trompas del falopio sin avisarle. Se enteró años después, cuando su hijito ya iba al jardín. Todavía está en juicio por eso.
Épale, pensé yo. Cosas que pasan, dijo él. No deberían, dije yo. Es lo que hay, dijo él. Esto mismo: épale.
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Siguiendo el relato familar, resulta que el padre de Hermógenes -alcalde de Calle Inca al 700 hasta Calle Inca al 400- púfate se muere. ¿Qué se hace con la viuda? Ahí queda, solita para siempre, como debe ser. Pero nueve años después la madre de Hermo (única vez que le dije así, enseguida me sentí el novio y abandoné el apodo) se juntó con otro hombre. Imperdonable.
-Eso no está bien visto. Muchas familias nos miraron mal. ¿Pero qué puede hacer ella? ¿No puede ser feliz? Uno tiene que hacer lo que lo hace feliz.
Modernito el Hermógenes. Con razón no se hizo evangelista. Él tenía su propia forma. Y ahora me cuenta del nuevo hombre de su santa madre. No era cualquier hombre. Ese hombre venía directo de prisión. Lo que no significa que fuera mala gente.
-Sufrió quince años de condena. Le devolvió un golpe a un viejo en un bar. El viejo cayó mal y murió. Quince años.
Hermógenes dice que al principio el hombre tuvo que aliarse a ciertas bandas dentro de la prisión para defenderse. Luego, con tiempo libre, decidió adoptar un oficio y aprendió a tejer. Se pasó quince años tejiendo. Y más también. Todavía teje.
-Te hace una alfombra en dos días.
.
.
Muy lindo el pastito, pero todo subida, todo subida, todo subida. Y la altura. Los labios secos. Frenar cada cien metros. Hay que tener paciencia. Por eso escuchar a Hermógenes es de gran utilidad. Él es el único que puede gastar su saliva en relatos. La nuestra es demasiado poca, hay que racionarla.
Así seguimos, ya falta menos.
-Hay un pueblo de adivinos en Perú. Tiran la coca y te dicen pasado, presente, futuro. Algunos de ellos también hacen magia negra, pero no son muchos. A un amigo mío que tenía mucho ganado le hicieron un hechizo por envidiosos. Se le fueron muriendo las vacas. Toditas. Adentro de los intestinos les encontraron clavos y alambres.
-Entonces le dieron de comer eso y las mataron así. No jodamos.
-¡No, no! Fue el hechizo.
Parece que hay otro pueblo donde la gente vive 120 años promedio. Se llama Willoc. ¿Willow? No, Willoc. Willow es un enano de película. En Willoc la gente vieja sigue siendo joven. ¿Por qué? Porque comen verduras. Todo el tiempo. A los setenta años me voy a mudar ahí. Espero que no sea demasiado tarde para ser viejoven. Tampoco es cuestión de comer sólo verduras desde los veinte años en adelante. Así no tiene gracia llegar despierto al 2080.
.
.
Seguimos caminando. Siempre caminando. Un consejo: nunca preguntes cuánto falta. Siempre (siempre) te responden que diez minutos. Ya no importa. ¿A qué vinimos sino? El paisaje es bonito, comimos palta fresca con tomate, corrimos a un grupo de ñandúes y tenemos estas historias que son tan lindas que no es necesario creérlas para disfrutarlas. Todo gracias a un hombre con nombre de mujer, ojos entrecerrados y cara de buenazo que, como si fuera superman, dice:
-Yo soy contador, estas son mis vacaciones.
También son mis vacaciones. Y tengo fe. No se por qué.
Ojalá me dure.
Pero la gente es así.
-¿Y la plata? ¿Nos van a devolver la plata?
-¡Qué plata ni plata! TENEMOS que ir. ¿A qué vinimos si no?
Yo tenía fe. No se por qué. Porque era mejor que no tenerla. La gente como loca, nerviosísima. Todos contra Hermógenes.
-¿Vamos a subir?
-¿Vamos a subir no?
Yo jugaba con un loro verde que había suelto por ahí. Los loros son más divertidos de lo que pensaba. Me compraría uno si no sintiera que impedirle volar libremente a un pajarraco es más cruel que tener un perro encerrado en la cocina.
-¡Hablá Hermógenes!
-¡Habla hermano!
-Disculpas.
Ya se. Hermógenes es igualito a Oski Guzmán. No me salía el nombre. Ahora puedo dormir en paz.
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Tres días después subíamos con Hermógenes una montaña de camino a una excursión alternativa. Vendría a ser la suplente de la suplente de Machu Pichu (la suplente de Machu Pichu también tenía el camino lesionado). Yo tenía fe. Era mejor que lo otro. Aceptar lo que viene es la mejor actitud posible. Ojalá pudiera mantener esa ideología el resto del año. No se qué me pasaba. No soy zen, ni budista, a veces ni siquiera optimista. Pero por esos días estaba así. Ah, las vacaciones.
-Yo estuve dos años en la milicia -me cuenta Hermógenes-. Ahí aprendí a que me insulten sin que me importe.
Eso explica su calma bondadosa frente a las tres tristes turistas tremendas que trinaban ante el imprevisto y trataban de tratarlo tan mal a propósito. Zorras.
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Decidí sacarle toda la vida de la boca al tal Hermógenes. La caminata era larga y a mis amigos ya me los sabía de memoria. Además, noté que él tenía ganas de hablar. Decía cosas como:
-Los peruanos son todos delincuentes. Eso es lo que piensa la gente que no nos conoce. ¿Y sabes por qué es? Por culpa de Lima. En Cuzco no somos así.
O bien:
-Yo era chico cuando mi familia se hizo evangelista, y tuve que seguirles la corriente. Pero luego encontré mi propia forma.
También:
-¿Ustedes en los cumpleaños hacen una fiesta? Nosotros matamos un chancho.
Ya saben. Fenómeno el tipo. Un tipo fenómeno.
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Hermógenes venía de una familia muy grande. Eso estaba bien visto en la sociedad peruana. Cuanto más grande la familia, más importante el apellido. Él tenía diez hermanos, y por eso su padre era muy respetado. Casi fue alcalde de la ciudad. Cuán importante, pensé en su momento. Luego aprendería que en los pueblos de Perú suele haber aproximadamente un alcalde por manzana. Así cualquiera.
-Luego la cosa cambió. Ahora no es lo mismo. Hay menos familias grandes desde que Fujimori instaló la educación sexual para disminuir las enfermedades y controlar la natalidad. A una conocida mía en la operación de parto le cerraron las trompas del falopio sin avisarle. Se enteró años después, cuando su hijito ya iba al jardín. Todavía está en juicio por eso.
Épale, pensé yo. Cosas que pasan, dijo él. No deberían, dije yo. Es lo que hay, dijo él. Esto mismo: épale.
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Siguiendo el relato familar, resulta que el padre de Hermógenes -alcalde de Calle Inca al 700 hasta Calle Inca al 400- púfate se muere. ¿Qué se hace con la viuda? Ahí queda, solita para siempre, como debe ser. Pero nueve años después la madre de Hermo (única vez que le dije así, enseguida me sentí el novio y abandoné el apodo) se juntó con otro hombre. Imperdonable.
-Eso no está bien visto. Muchas familias nos miraron mal. ¿Pero qué puede hacer ella? ¿No puede ser feliz? Uno tiene que hacer lo que lo hace feliz.
Modernito el Hermógenes. Con razón no se hizo evangelista. Él tenía su propia forma. Y ahora me cuenta del nuevo hombre de su santa madre. No era cualquier hombre. Ese hombre venía directo de prisión. Lo que no significa que fuera mala gente.
-Sufrió quince años de condena. Le devolvió un golpe a un viejo en un bar. El viejo cayó mal y murió. Quince años.
Hermógenes dice que al principio el hombre tuvo que aliarse a ciertas bandas dentro de la prisión para defenderse. Luego, con tiempo libre, decidió adoptar un oficio y aprendió a tejer. Se pasó quince años tejiendo. Y más también. Todavía teje.
-Te hace una alfombra en dos días.
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Muy lindo el pastito, pero todo subida, todo subida, todo subida. Y la altura. Los labios secos. Frenar cada cien metros. Hay que tener paciencia. Por eso escuchar a Hermógenes es de gran utilidad. Él es el único que puede gastar su saliva en relatos. La nuestra es demasiado poca, hay que racionarla.
Así seguimos, ya falta menos.
-Hay un pueblo de adivinos en Perú. Tiran la coca y te dicen pasado, presente, futuro. Algunos de ellos también hacen magia negra, pero no son muchos. A un amigo mío que tenía mucho ganado le hicieron un hechizo por envidiosos. Se le fueron muriendo las vacas. Toditas. Adentro de los intestinos les encontraron clavos y alambres.
-Entonces le dieron de comer eso y las mataron así. No jodamos.
-¡No, no! Fue el hechizo.
Parece que hay otro pueblo donde la gente vive 120 años promedio. Se llama Willoc. ¿Willow? No, Willoc. Willow es un enano de película. En Willoc la gente vieja sigue siendo joven. ¿Por qué? Porque comen verduras. Todo el tiempo. A los setenta años me voy a mudar ahí. Espero que no sea demasiado tarde para ser viejoven. Tampoco es cuestión de comer sólo verduras desde los veinte años en adelante. Así no tiene gracia llegar despierto al 2080.
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Seguimos caminando. Siempre caminando. Un consejo: nunca preguntes cuánto falta. Siempre (siempre) te responden que diez minutos. Ya no importa. ¿A qué vinimos sino? El paisaje es bonito, comimos palta fresca con tomate, corrimos a un grupo de ñandúes y tenemos estas historias que son tan lindas que no es necesario creérlas para disfrutarlas. Todo gracias a un hombre con nombre de mujer, ojos entrecerrados y cara de buenazo que, como si fuera superman, dice:
-Yo soy contador, estas son mis vacaciones.
También son mis vacaciones. Y tengo fe. No se por qué.
Ojalá me dure.
viernes, 2 de abril de 2010
ESTAMOS EN VENTA
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Leer en la plaza en Cuzco
te convierte en candidato.
.
Llega el lustrabotas.
Tiene once años, quiere limpiar mis zapatillas, está decididísimo.
-Los zapatos se lustran, las zapatillas se usan -le digo.
-Yo se las limpio don -me agarra el pie derecho y ya casi empieza.
-No, en serio. Yo a las zapatillas las dejo ser. No soy de limpiar en detalle mi ropa. En todo caso la lavo. Pero fijate que jamás en la vida fui a una tintorería.
Me mira con cara de no entender.
Por favor, permiso, y sigue.
Tengo que tocarle el hombro y echar los pies para atrás.
Le pregunto algunas cosas.
Dice que trabaja de 7 a 15hs.
Que vive bien.
Que colecciona billetes de países.
Me pide alguno de regalo.
Atorrante.
Pero saca ejemplares de su colección,
y mira los colores, las texturas, los próceres.
Los mira en detalle, como un chico.
Le digo que ya tiene sombra de bigote.
Se ríe.
Tiene que aprovechar lo que le queda,
antes de que el bigote le crezca del todo.
Y los billetes sean simples billetes.
.
Ahora la vendedora de guantes
insiste, insiste, insiste.
Es mayorcita, veintidos años.
Dice por favor 34 veces.
Pregunto si le gusta lo que hace.
Estar al sol, hablar con turistas.
Dice que le cuesta.
Y lo disfruta.
.
Camino cuesta arriba hacia la excursión,
veo a un perrito miniatura en el pasto.
¿Los cachorros y bebés son más lindos
porque necesitan que alguien los cuide?
¿La naturaleza los hace así por supervivencia?
¿o será su actitud de no darse cuenta?
Esa inocencia.
Me
gusta
que
los
cachorros
muerdan
mis
orejas.
La dueña se llama Noa, es azafata.
Dice que compró al perrito
por 20 soles
debajo de un puente.
.
Salimos del bar.
Tres de la mañana.
Dos nenes y una nena
se nos pegan a las piernas
como mosquitos nocturnos
que venden chicles globo.
-Me comprás unos chicles?
-Están todas las noches a esta hora?
-Sí, me comprás unos chicles?
-Y a qué hora se despiertan?
-A las 5 de la mañana, me comprás unos chicles?
No deja de tirarme de la remera.
Acerco mi nariz a la suya.
Queda pegadita pero sin tocarla.
Y pongo los ojos bizcos.
Élla me sopla fuerte los ojos.
Pudo haberme dejado así para siempre.
Pero era mentira.
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Leer en la plaza en Cuzco
te convierte en candidato.
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Llega el lustrabotas.
Tiene once años, quiere limpiar mis zapatillas, está decididísimo.
-Los zapatos se lustran, las zapatillas se usan -le digo.
-Yo se las limpio don -me agarra el pie derecho y ya casi empieza.
-No, en serio. Yo a las zapatillas las dejo ser. No soy de limpiar en detalle mi ropa. En todo caso la lavo. Pero fijate que jamás en la vida fui a una tintorería.
Me mira con cara de no entender.
Por favor, permiso, y sigue.
Tengo que tocarle el hombro y echar los pies para atrás.
Le pregunto algunas cosas.
Dice que trabaja de 7 a 15hs.
Que vive bien.
Que colecciona billetes de países.
Me pide alguno de regalo.
Atorrante.
Pero saca ejemplares de su colección,
y mira los colores, las texturas, los próceres.
Los mira en detalle, como un chico.
Le digo que ya tiene sombra de bigote.
Se ríe.
Tiene que aprovechar lo que le queda,
antes de que el bigote le crezca del todo.
Y los billetes sean simples billetes.
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Ahora la vendedora de guantes
insiste, insiste, insiste.
Es mayorcita, veintidos años.
Dice por favor 34 veces.
Pregunto si le gusta lo que hace.
Estar al sol, hablar con turistas.
Dice que le cuesta.
Y lo disfruta.
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Camino cuesta arriba hacia la excursión,
veo a un perrito miniatura en el pasto.
¿Los cachorros y bebés son más lindos
porque necesitan que alguien los cuide?
¿La naturaleza los hace así por supervivencia?
¿o será su actitud de no darse cuenta?
Esa inocencia.
Me
gusta
que
los
cachorros
muerdan
mis
orejas.
La dueña se llama Noa, es azafata.
Dice que compró al perrito
por 20 soles
debajo de un puente.
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Salimos del bar.
Tres de la mañana.
Dos nenes y una nena
se nos pegan a las piernas
como mosquitos nocturnos
que venden chicles globo.
-Me comprás unos chicles?
-Están todas las noches a esta hora?
-Sí, me comprás unos chicles?
-Y a qué hora se despiertan?
-A las 5 de la mañana, me comprás unos chicles?
No deja de tirarme de la remera.
Acerco mi nariz a la suya.
Queda pegadita pero sin tocarla.
Y pongo los ojos bizcos.
Élla me sopla fuerte los ojos.
Pudo haberme dejado así para siempre.
Pero era mentira.
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