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jueves, 29 de mayo de 2014

MOROS EN LA COSTA

El que inventó la frase no hay moros en la costa estaba muy equivocado. Hay una gran cantidad de moros en la costa. Yo los ví, están por todos lados.

Desde hace un tiempo los moros invadieron el Jackpot Ferrer; y con ellos llegaron los desafíos de pool, las cervecitas de más, un olor agrio de transpiración, esos viajes al baño para despertarse los ojos y el barullo de la letra jota.

En un principio me alteraban, me ponían los nervios de punta, pero ya me acostumbré. Las reglas están implícitas y ellos ya se vigilan solos. Tampoco son mala gente. A veces dejan la impresión de ser tan sólo jóvenes divirtiéndose, buscando ganarse la vida fácil. Algunos exageran y se condenan, pero no todos son tan tontos. Viven al filo, pero tienen el filo bien estudiado. Conocen el gusto de las rejas y del demasiado, y juegan a eludirlo.

-Si vienen los moros les partes unos costillos y ya no te van a molestar. Tienes que ser el rey –me había advertido Stefan en mi primera noche en el bar.

El problema fue que Mustafá, el primero en llegar, parecía inofensivo. Era flaquito, moreno y con rulos, como casi todos los marroquíes. Entró pidiendo permiso, tímido, caminando con prudencia hasta la barra.
-Un café, por favor –dijo con voz débil y amable.
Si lo agarraba por sorpresa con la escoba tenía muchas chances de partirle una costilla. Eso hubiera marcado un ejemplo para los demás, Stefan hubiera estado orgulloso. Pero el hombre me combatió con respeto, buenos modales y cara de buena gente. Se quedó sentadito en la barra. Calmo, en silencio, sin molestar a nadie. Si tan solo escupía a algún cliente o al menos comentaba que el café estaba frío me habría dado el pie para iniciar el ataque. Pero Mustafá no me regaló ni una excusa, el muy desconsiderado.

El jefe también me había advertido de los marroquíes:
-Tuve que echar a la chica que trabajaba antes que tú porque los moros le ganaron la confianza, ¿sabes? Ella los dejó entrar y después estaban todo el día aquí, jugando al billar, vendiendo drogas. Esa chica se lió con uno de esos moros y terminó convirtiendo al bar en una casa de putas. Por eso tú tienes que echarlos a la calle. A tomar por culo, ¿entendido?
-Seguro, no hay problema, no se preocupe.

Sn embargo, ahora no era tan sencillo el asunto. Si Mustafá no me daba una buena justificación para romperle las costillas no tenía otra opción más que pedirle amablemente que se retirara. ¿Cómo iba a hacer para explicarle tal cosa?
-Es que sos marroquí, entendeme, el jefe me mandó a discriminar por encargo.

Eso sí que no. Si iba a convertirme en un racista al menos tenía que ser por mis propias razones. Prefería partirle la escoba en el pecho, sería menos insultante. Por eso nunca llegué a ser el rey.
Le serví otro café a Mustafá, le agradecí la propina y lo dejé ir nomás, deseando no terminar como la otra chica: enamorado, sin trabajo y hundido en las drogas.

Las advertencias se fueron cumpliendo y poco a poco el Jackpot Ferrer se transformó definitivamente en La Quintita de los Moros. Las reglas fueron claras y todos estuvieron de acuerdo: se vende y se consume del lado de afuera. Aunque no siempre las cumplen, claro. Tengo que estar atento.

Mustafá sigue siendo el que más me obedece. Físicamente es bien parecido (a los demás marroquíes), pero su conducta es diferente. Nunca discute como los otros, y por eso la Pandilla Mohamed lo considera un referente: El Mediador.
No se si será por su trabajo o porque tiene miedo a las pesadillas, pero Mustafá nunca duerme. Lo veo cuando llego y lo veo cuando me voy. En el medio él va y vuelve. En general hasta la puerta de entrada, donde se pactan las transacciones. Según me contó, hasta el próximo abril debe ser cauto: desde que le partió una botella en la cabeza a un borracho tiene bien presente el año de prisión que lo espera si se manda alguna. Quizás por eso sea tan manso, tranquilo y apacible. Siempre que hay un problema recurro a él, y Mustafá me da la razón, me entiende, los calma. Ojalá fueran todos como él.

Una vez le pregunté quién era su verdadero amigo entre los miembros de La Quintita de los Moros, y me respondió que Jaime. Me cayó bien su respuesta, porque ya sospechaba yo que Jaime era buen tipo. Siempre se lo ve alegre, con la musculosa azul y los pelos al viento, como un surfista de puertas adentro. Y se nota que es transparente. Los otros suelen tener cosas que ocultar. A veces sus risas son estratégicas y las palmadas en la espalda vienen cargadas de segundas intenciones. Pero cuando Jaime dice que está cansado yo le creo, porque lo veo en sus ojos. Y cuando le va bien me doy cuenta, porque se acuerda de la propina y le saca charla a los turistas para practicar su italiano.
Jaime dice que siempre tuvo suerte: de la buena con las mujeres y de la mala con el juego. Hace poco perdió mil euros en la ruleta y se hizo una ampolla en la mano con el cigarrillo para no olvidarse.

En parte creo que se muestra tan contento porque para él estas son una especie de vacaciones, mientras que para los otros es la vida misma. Él ya hizo rancho en Italia, donde lo aguarda su enamorada. Debe ser bonita. ¿Ya le conocerá la cara de espanto, esa que le vi la vez que entró al baño con el hombre de camisa negra y barba candado? Aquella noche pensé que iba a quebrantar la ley del bar; por eso fui hasta la puerta y golpeé dos veces.
-No se puede -me dijeron.
Pero por la rendija llegué a ver que Jaime estaba con los pantalones bajos. Entonces supuse que buscaba el escondite de la bolsita blanca y golpeé de vuelta diciendo:
-No se lo qué están haciendo, pero acá eso no está permitido señores.
Entonces el de camisa negra salió y me mostró su insignia con la estrella dorada.
-Policía secreta –me dijo. Y se quedó pensando un momento. Entonces agregó: Bien hecho, joven.
Y ahí fue que le vi la cara a Jaime. La cara de espanto.

Por suerte le sacaron la bolsita y lo dejaron ir con una advertencia; pero esa no fue la única vez que vi al hombre de camisa negra y barba candado. La segunda vez también estaba Jaime, aunque él era un testigo nomás. El culpable era su compañero; el que es alto y flaco, colorado y argelino, de tez blanca y nariz bien larga. El que parece subnormal.

El barrio no es muy grande y yo al argelino lo tenía visto. Su cara se destacaba del resto, a medio camino entre la lástima y la perversión. A pesar de sus limitaciones, el argelino se las arreglaba para no perder su independencia, para ser su propio dueño. Nadie cuidaba de él. Nadie lo criticaba cuando caminaba zigzagueando por las veredas nocturnas después de meterse lo necesario para olvidar lo que veía cuando se miraba en el espejo. Nadie lo regañaba cuando no tomaba las pastillas que le recetaba su psiquiatra y salía a practicar el arrebato con los turistas de sombreros grandes, esposas arrugadas y licuados carísimos.

Esa vez el argelino estaba molestando a los clientes. Se sentaba al lado de alguno y observaba como giraban las frutillas, naranjas y limones. De vez en cuando acercaba su cabeza a centímetros del jugador y hacía comentarios y recomendaciones con el hilo de saliva oscilando sobre sus labios. Daba pena el argelino, pero igual tuve que pedirle que tomara su cerveza en la barra, que dejara perder a los adictos en paz. Era mi trabajo, después de todo.

Él protestó y me dio diez euros para jugar. Entonces le di sus monedas y me senté a su lado para verificar cómo no jugaba, cómo seguía mirando al de al lado.
-Andate –me dijo.
-Yo soy el encargado, puedo estar donde quiera.
Puso una moneda dentro de la máquina tragamonedas y me miró fijo.
-Ahora andate –dijo.
No me fui.

El argelino hizo caso y bebió tres tragos largos de su cerveza en la barra. Después volvió a la carga, caprichoso, balanceándose hacia el salón de juegos. Yo lo mire con cara de mestascargando? y él dio media vuelta y me obsequió el gesto obsceno, agarrándose los testículos colorados.
Entonces me paré a su lado y lo miré decidido.
-Te tenés que ir, no me podés tratar así –le dije.
Pero se lo dije sereno, amable, sin aires de dictador. Por eso no vi venir la trompada en la oreja. Ni siquiera la imaginé, no se me ocurrió la posibilidad. Todos suelen ser tan previsibles y disciplinados en España...

Gracias a Jaime, que se lo llevaba a los empujones, y a mis buenos reflejos, no llegaron a destino ni sus escupitajos ni las botellas vacías que volaron por el aire. De todas maneras inauguré el botón rojo de emergencia que se esconde debajo del mostrador y diez minutos más tarde saludé de vuelta al hombre de camisa negra y barba candado. Nos llevamos bien, pronto seremos camaradas.

Después de eso nada cambió. Los policías van y vienen, los conflictos se suceden y los moros siguen aquí, jugando al pool. Ya son parte del decorado, meros objetos del local como el microondas o la botella de Martini. Son demasiados para describirlos a todos y no hay tiempo para el detalle; pero están. No se irán nunca.

Ni el francés, con sus cejas paranoicas, que trama todo el tiempo algo que no se. Ni Abdul, con su alegre juventud. Ni el Capitán Bobaraj, con esa extraña habilidad para la bola ocho. Ni Mohamed, ni Moja, ni el otro Mohamed, ni Iazzi. Tampoco hay espacio para los traficantes rumanos. Y es entendible: ellos paran en otro lado. Solo me visitan cuando no hay moros en la costa. Y ya se sabe que eso no pasa casi nunca, porque ellos siempre están acá mismo, en la Quintita de los Moros.

viernes, 5 de junio de 2009

GRACIAS IBIZA

Ahí están las viejas, paseando sus tetas caídas para que respiren algo de fresco. Descalzas y con sombreros de paja, chochas, intercambian chismes en la orilla mientras osbervan dos pitulines que se columpian aferrados a sus respectivos nenes. Los nenes corren en busca de arena mojada para seguir construyendo castillos junto a sus padres nudistas.

Unos metros más arriba un grupo de traficantes se tuestan las ampollas a las doce del mediodía, sólo para estar disponibles ante una venta potencial. Para algunos, la playa es la oficina. Sin prestarles atención, el anciano pasa frente a ellos desfilando su culo incrustado por un hilo que del otro lado muta en un pulóver de lana diseñado a medida para cubrir su pene ya marchito. Nadie se detiene a mirarlo. ¿Para qué? Es uno más.

-¿Otro pedazo de melón con jamón, cariño?
-Por supuesto, pero antes pasame la bolsita que quiero hacerme un saque más. EL ÚLTIMO.

Personas, personajes, turistas, nudistas y casos perdidos. Todos conviven en armonía en la playa de Figueretas.
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Ya en el Jackpot Ferrer, los especimenes son otros. Todos los días a las siete de la tarde llega Carmen y me saluda con la misma mueca de fastidio.
-Pfff, voy a tontear un rato, pero no tengo ganas –dice, dándome veinte euros y cinco años de su vida, como quien entrega las monedas que sobran al chico del delivery.

Entonces se sienta a envejecer ejercitando su mano, que sube y baja hasta la ranura. Se queja cuando gana y cuando pierde, está solísima, no tiene otra alternativa. Su estado de ánimo depende del capricho de una máquina y no hay nada que pueda hacer al respecto. Por eso estaciona su cerebro en la puerta de entrada y deja encendidos los ojos para sentarse a ver los limones dándole vueltas al tiempo.

Hasta que se hace de noche y aparece una brasilera de rulos que, con el corpiño mojado y una toalla anudada a la cintura, busca al francés que la llamó puta. Está enojadísima, y sonríe como una niña juguetona.
-Eres guapo, dame un beso –dice asomándose a mi barra para convidarme un piquito. Lástima que me gusten las mujeres... ¡¿DONDE ESTA EL FRANCES?! ¡LO VOY A MATAR! –grita de repente. Y se agarra los rulos negros, escupiendo al suelo de mármol del salón.
-Estoy embarazada –confiesa enseguida, y saca la teta izquierda para mostrar como sale la leche que nunca alimentará a su aborto natural. Fue por un golpe seco en la cabeza contra una piedra, una noche de borrachera, según cuentan. Pero, también, el problema era de antes.

A las cinco de la mañana, en su restorán de paso, mi jefe todavía está friendo hamburguesas para ganar un nuevo euro. Yo le dejo las llaves y él de espaldas, sin darse vuelta, hace como que no me conoce. No lo culpo. La vida no es fácil, menos cuando tenés cinco locales abiertos. Hay que contratar a los propios hijos y echarlos por haraganes, conseguir empleados sin papeles que suplanten a los que ya no soportan más, estudiar el método para prolongar el pago de los impuestos, practicar racismo con los moros, chinos y rumanos que destiñen la buena imagen del negocio. No es sencillo ser millonario, no señor. PARA NADA.

Y todo sea porque la juventud siga bailando. Porque las chicas rubias decoren sus caras con ojeras y sonrisas estiradas de dientes apretados bien fuertes. Dos semanas de furioso descargo y de vuelta a los trabajos sin futuro bien remunerados.
-La pasamos bárbaro, siempre recordaremos esa fiesta fabulosa que olvidamos a la mañana siguiente.

Yo también estoy con ellos. SOY TAN FELIZ.

GRACIAS IBIZA, por desdibujarnos la realidad y aplaudir nuestro ridículo sin cuestionarnos la risa hueca. Gracias. Por esta felicidad pasajera sin remordimientos, por darle continuidad a nuestro sinsentido, por acallar la conciencia y enfocarnos en la experiencia. Por hacernos sentir VIVOS.

El peligro es que nos atrape tu sabor y nos obligues a vivir acá para siempre.
Acá, en el presente, hasta la muerte.

viernes, 22 de mayo de 2009

DE PUTA MADRE

-Hoy toca fiesta en serio, tenés que faltar al laburo –propuso mi amigo Javier.
-Bueno -le dije, y decidí simular vómitos.

El jefe refunfuñó por teléfono. No quería cerrar el local, pero no pudo hacerle frente a mi convincente tos convaleciente. Estaba todo listo entonces, por fin iba a vivir la verdadera fiesta en plena temporada.

Tomamos el taxi hasta Privilege, el boliche más grande del mundo. Pasando la puerta de entrada, un par de hombres en zancos disfrazados de robots gigantes nos dieron la bienvenida. Atravesamos la primera pista y llegamos a la piscina interna que dividía los ambientes. Suspendida sobre el agua se encontraba la cabina del DJ. Cerca de nosotros una gitana gorda y veterana se abría paso entre la gente, empujando a preciosos travestis, buscando desesperadamente a nadie. Alguien le palmeteó la espalda y abrió sus brazos al grito de ¡Eh, vieja, cómo va, vieja!.
-De puta madre tío, de puta madre –respondió ella. Se envolvieron en un abrazo con piquito incluido y la vieja siguió su camino, siguió buscando.

En esta noche podía experimentar todo lo imaginado y todavía más. ¿Cómo podía perdérmela? Sólo era cuestión de desinhibirme, explorar mi costado más frívolo y dejarme llevar. Las drogas fueron una inmensa ayuda, por supuesto. Las hay de todos los tamaños y colores: alcohol, cocaína, cristal, éxtasis, hachís, marihuana, speed, LSD, hongos, MDMA, ketamina, heroína. Nadie se queda sin el pequeño empujón para estimular la diversión. Todos y cada uno de ellos se drogan, se maquillan, se perfuman, combinan sus trapos de marca, agregan gel, anteojos de sol y brillantes en los dientes como último elemento, toman el taxi y pagan la entrada para estar consigo mismos y con nadie más. Se paran en un rincón y miran, y esperan a ser mirados, y sienten la abrumadora sensación, que varía según lo ingerido. Sus mentes se fugan hacia el techo y los cuerpos siguen el correcto movimiento en piloto automático. Entonces ya no conectan entre ellos porque están bien así, desconectados.

Para no sentirme menos fui a la barra más cercana a pedirme un trago.
-Tomá, te compré una de las buenas –me dijo Javier al oído, metiéndome en la mano mi primer pastilla de éxtasis. Yo voy a tomarme un ácido a ver qué pasa.

Un trago largo y adentro. Regresamos a la pista central, donde hippies y conchetos convivían en paz con los humanos sin género de chancletas y tacos altos. Un mimo pintado como un integrante de Kiss y vestido con un mameluco naranja flúo estaba colgado con un arnés desde la baranda del primer piso. Sacando su lengua larga lanzaba a la marchanta numerosas pelucas multicolores y algunos sombreros de cotillón. La muchachada estiraba los brazos para agarrar los regalos y yo saltaba y saltaba pero seguía hundido en la montonera como un petiso irremediable. Me rodeaban diversos grupos de amigos entrañables que recién se conocían. Festejaban las atrapadas, chocaban los cinco y seguían bailando agitando sus rulos coloridos como si fuera la última despedida de soltero de Roland McDonald.

Antes de que me diera cuenta yo también estaba sacudiendo la cabeza, observando con los ojos cerrados las luces que atravesaban mis párpados, se acomodaban en mi mente y proponían imágenes sobre la marcha. Cuando abrí los ojos me encontré con la sonrisa de una chica paseando frente a mi flequillo mojado. Tomé impulso y le susurré al oído una ocurrencia inolvidable que nunca recordaré. Ella sonrió, dijo que era argentina y me gritó en secreto que se estaba desvirgando electrónicamente esa misma noche.
-A mí en realidad me gusta el punky –explicó un poco pálida, con la transpiración destiñéndole las ojeras violetas. Pero ya me tomé tres pastillas y tengo que aceptar que este DJ es mi Dios. Me lleva, me trae, me sube, me baja. Es mi dueño, le pertenezco… Completamente.

Me dieron ganas de chuparle la frente, pero de pronto la pastilla subió, el efecto se disparó en un segundo y ya no pude seguir conversando. Alguien apretó el botón que se ocultaba detrás de mi nuca y la noche se encendió. Un relámpago iluminó la situación y en un segundo entendí a la música electrónica. Fue como descubrir el dibujo oculto en los libros de 3D: de pronto sintonicé la frecuencia requerida y pude visualizar la tridimensionalidad del sonido. La música era energía y yo fluía dentro de ella, siendo una parte de todos los demás. Tuve que rendirme ante el poder de los DJs y deambular por las cuatro pistas instintivamente, esforzándome para alcanzar a mis pies que se empecinaban en apurar el paso. Cedí los derechos de mi cuerpo a estos héroes perfectos y ellos me manejaron a su antojo, como si fuera su obediente marioneta contenta.

-¿Te recomiendo algo? –me aconsejó una española. Mueve la cabeza de lado a lado a gran velocidad y ponte los ojos bizcos. Venga, que vas a ver cosas que nunca viste.

Hice caso y las líneas desparecieron, ya no encontré límites claros, sólo las luces violetas y rojas que titilaban alargadas, clavándose en mis córneas. Por un segundo tuve miedo de ingresar al mundo de Los Paranoicos. Ellos pierden cuando se preguntan ¿está bien lo que me está pasando?, ¿es esto lo que tengo que sentir? Ese es el camino hacia un territorio doloroso y de difícil escapatoria.

Los Paranoicos suelen ser primerizos con cierta droga y sufren una lucha interna, se agarran la cabeza, piden consejos, piensan en hospitales. Luego de unas horas recuperan la razón y, con el pánico todavía reciente, se dicen ¡Nunca más! Pero más adelante les ofrecen la misma droga en otra fiesta; y ellos dudan, recuerdan el mal momento y piensan: ahora ya sé lo que debo sentir, voy a estar más tranquilo, esta vez me va a gustar. Pero caen en la misma trampa porque al rato se olvidan, y tarde o temprano se preguntan ¿está bien lo que me está pasando?, ¿es esto lo que tengo que sentir? Yo los conozco bien, visité su mundo en varias oportunidades. Por eso ya aprendí a eludirlos: el truco está en desconectar el cerebro y concentrarse en las acciones. Decidí fumar un cigarrillo y encaminarme hacia el inodoro más cercano.

En el trayecto hacia el baño choqué con las sillas masajeadoras y descontracturantes, que se alquilaban a veinte euros los diez minutos. A la izquierda asomaba una majestuosa escultura de hielo con forma de camello. Corrí a abrazarla y lamerle las orejas hasta que me avisaron que eso no estaba permitido. Ya frente a los urinales saludé al DJ residente del toalette, que pinchaba discos exclusivos para los que meaban parados, moviendo las cabezas.

-Estoy acá arriba, arriba de todo –dijo mi vecino de mingitorio. Subí, tomate esto que en treinta minutos llegás. Vení, jugate conmigo. ¡JUGATE YA!

Estuve a punto de cometer el error de agarrar su pastilla, pero Javier apareció en
el momento justo para rescatarme. Tenía las pupilas negras casi por completo. Una sonrisa verdosa le recorría la cara y él giraba la cabeza en círculos, como si buscara la manera de desenredar los nudos de su cuello. Aproveché su falta de reflejos para cachetearlo a mi antojo. Después volvimos a una de las pistas. La oscuridad se iluminaba con destellos de breves caras dislocadas. Un par de diosas en pelotas se agitaban contentas en el escenario, donde un hombre enfundado en un traje de buzo bailaba dentro de una burbuja fosforescente tamaño familiar. La imagen no sorprendía, encajaba con el contexto.

Una chica se tropezó conmigo y gritó llorando casi de rodillas:
-No puedo más. Explicame: ¡¿QUÉ HAGO CON TANTA FELICIDAD?!
-Seguí bailando –le respondí y empecé a rebotar sintiéndome una mosca chocando contra una ventana cerrada.

-¡Esta canción es genial! Es una de las que más me gustan –llegué a leerle en los labios a otra chica que saltaba a mi lado.
-Ah, pero cómo, ¿vos llegás a distinguirlas?

No me respondió, pero agarró mis manos y las puso en sus cachetes rechonchos. Eran las mejillas más suaves y acolchadas que había sentido en mi vida. Si fuese su tío se la hubiera masacrado a pellizcones durante toda su infancia. Yo las acariciaba como si fueran mi mejor juguete y ella cerraba los ojos y sonreía. Hasta que la música subió todavía más y tuvimos que separarnos para seguir flotando cada uno en su lugar. El individualismo nos absorbía, y mi afán de ser el eterno reportero de mi autoanálisis me obligaba a despertar del transe ocasionalmente. En mi fantasía todos estabamos agachados, y cada tanto yo alzaba la cabeza para observar la escena desde arriba y tomar notas mentales del asunto. Después, me agachaba de vuelta y volvía a ser un bicho más.

La lógica del éxtasis está alerta y varía constantemente: sentir la piel, tocarse, moverse rápido, ver el resplandor azul o rojo, sacudir la cabeza, buscar un hielo, pasárselo por la nuca y las mejillas, morderlo con fuerza, helarse los molares, seguir el ritmo, perderlo completamente, ir al baño, hacer pis blanco, encerrarse en el inodoro, sonarse la nariz para adentro, sonarse el cerebro, pasarse los restos del polvo por los dientes, mirarse en el espejo, chapotearse la cara, acomodarse el pelo, volver a la pista, encontrar a alguien, fumar, chamullar con señas, observar el espectáculo, drogarse más y más, para que no decaiga nunca jamás.

Y así se va la noche en un santiamén. El tiempo es fugaz cuando se está tan ocupado, concentrado en el paso siguiente. Siempre hay algo para hacer. ¿Cómo detenerse? Un buen DJ sabe descendernos con suavidad hasta el aterrizaje y por suerte Ibiza cuenta con los pilotos más profesionales del mundo.

Cerca del final del set se formó un grupo alrededor nuestro. Parecía gente buena. Nadie decía nada pero todos entendíamos que estábamos compartiendo algo. Era nuestro momento. Ni hace un rato ni dentro de poco. Ahora mismo: YA. El DJ dejó de golpearnos el pecho y empezó a acariciarnos la piel soltando una melodía de terciopelo. Cerramos los ojos con delicadeza y nos hundimos en esa especie de arrorró musical mientras nuestros cuerpos se balanceaban en cámara lenta formando círculos concéntricos, como si fuéramos pinos de bowling que no se decidían a desplomarse. Sin darme cuenta dejé caer mi peso muerto hacia delante y elongué los aductores. Poco a poco el círculo fue haciéndose más y más chico. Nos atraíamos instintivamente hasta enfundarnos en un abrazo comunitario de ocho participantes. Canalizamos la energía hacia adentro. Fuimos todos uno solo y nos quisimos tanto…

La música se apagó y no quedó otra que aplaudir para agradecer. A nosotros, a él, a la noche.

-¿Te gustó?
-Sí, quiero más.

Lo bueno es que no hay que esperar hasta mañana: primero está la fiesta, después el after, después la matinée, después la fiesta. Eso es lo maravilloso de Ibiza: la posibilidad de lo interminable.

¿Querés venir? Siempre hay lugar para uno más.

viernes, 15 de mayo de 2009

DANI

Dani es alegre, hiperquinético y amigable. También es cheff, y cada noche, cuando termina su turno, se viene para el Jackpot Ferrer a jugar unos partidos de pool mientras descarga su energía en polvo.
En el trabajo todos saben de sus raciones diarias de cocaína. Su jefe en persona es el encargado de dibujar cinco líneas en una mesa antes de abrir el restorán para que sus empleados aspiren al éxito de un gran servicio.
En Ibiza la merca casi nunca es secreto.

Dani es petiso, habla buen inglés y se ríe como el Topo Gigio. Acostumbra llegar a mi bar a las tres de la mañana, cuando sólo quedan un par de jugadores en el salón y los vecinos chinos, que aterrizan después de cerrar su restorán.
A ellos no les molesta que salga de la barra y juegue un rato con Dani. Se conforman con que les preste el teléfono público, llene sus vasos de whisky y encienda la pornografía, así preparan el clima para pasar por el cabaret más adelante.

Cuando agarro una buena racha con las bolas, Dani aprovecha y pone un par de monedas en la tragaperra más cercana. Si gana, invita una ronda. Si pierde, no se hace problema. Sigue hablando solito y sin respirar.
Dani se encarga de las preguntas y también de las respuestas. La conversación es una competencia y él nunca quiere perder el protagonismo.
Yo le dejo ganar. Ya aprendí que dentro del Jackpot Ferrer la mejor estrategia es escuchar primero, y escribir después.

Anoche escuché y esta mañana escribí:

Dani todos los años pasa unos meses en una pequeña casita que se compró en Marruecos. A comienzos de abril viaja hacia allá, justo antes de empezar la temporada en Ibiza. Disfruta de la vida barata, se toma un descanso, y cuando llega el momento de irse agarra un huevo duro de hachís grande como una pelota de tenis, lo envuelve en un preservativo y se lo mete enterito por atrás. O bien compra litros y litros de agua, se traga veinte huevos pequeños, aguanta las arcadas y pasa la aduana. Después, caga en una bolsa y empieza a buscar. Así financia su contrabando para venta limitada y consumo personal.

Ya son las tres de la mañana. Ahí llega Dani, viene hacia la barra con una cara extraña y contenida. Saluda y se queda callado. Pide una cerveza, se acomoda el pelo. Está raro. ¿Será día de abstinencia?
-¿Qué pasa Dani?
-¿Cómo te has dado cuenta? –dice con una frágil mueca de sonrisa.
-Se te ve mal, ¿algún problema?
-Nada –dice, y le tiembla el labio de abajo, y se le ponen los ojos vidriosos. Es mi ex novia.

Según mi cuaderno de anotaciones, su ex novia es argentina, hermosa, posesiva y psicótica. Ella amenazó con denunciarlo cuando eran pareja y él traía las drogas de Marruecos. Lo llamó cien veces para que le explique por qué la dejó. Armó un escándalo en su trabajo, quiso meterse en su auto por la ventana y corrió como loca una cuadra y media después del arranque. Ella es capaz de golpear su cabeza contra una pared para decirle al policía que él la dejó así, que él le pega siempre. ¿Qué había hecho esta vez?

-Es que yo estaba trabajando tranquilo, eso es lo que estaba haciendo. ¿Cómo puede pasar esto?
-¿Pasar qué? –le pregunto mientras le acerco una servilleta de papel.
-Que me llame la Guardia Civil. A mí, al restorán. Porque ella robó el carro de su hermano, tomó unas pastillas y se escapó donde nadie la encuentre.

Dani estaba cocinando pescado esta noche, y no se detuvo a leer el mensaje de texto que llegó a su teléfono celular.
El mensaje decía:
Está todo hecho, ya tomé las pastillas, ya falta poco. Solo quiero saber por qué me dejaste.
Ahora Dani llora.

-Tranquilizate –lo calmo. Contame.
-Ella no atendía su móvil. ¡No atendía ningún llamado de su familia, joder! Había poco tiempo para encontrarla y la Guardia Civil me llamó a mí para que yo la llame, ¿entiendes? Yo tenía que llamarla y convencerla, para que ellos mientras tanto intervinieran su teléfono y lograran localizarla.

A él sí lo atendió y lo escuchó decirle no seas tonta, tú que eres tan linda, que tienes tanto a tu favor, por qué haces esto. A él sí le aceptó el encuentro en un bar para charlar, sólo por un rato.
Ella pudo salir de donde se escondía, aguantar el sueño definitivo y llegar a verlo. Entonces Dani le preguntó por qué, y ella le contestó por qué. Entonces Dani inventó conversaciones para mantenerla despierta, para que no se le apague la vida. Hasta que llegaron los hombres de uniforme y preguntaron ¿Usted es July? ¿Usted se quiere suicidar?. Y dijeron Venga con nosotros.

-Ya pasó Dani, ya pasó lo peor –le digo yo, la persona más cercana que encontró a las tres de la mañana.
Pero por más que lo intenta él parece no poder con su culpa, con sus manos temblorosas.
-Es que es preciosa esa chica, me encanta. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué me hace esto?

Y yo no sé que decirle. Pero él no necesita mis palabras. Sólo busca a alguien que vea sus lágrimas y las haga retroceder, al menos por esta noche. Mañana todo será un tormentoso recuerdo. Día de replanteo y plan a seguir. Hoy sólo queda conseguir dormirse. Así es que lo acompaño hasta la casa. Le ofrezco una invitación de billares, de porros, de lo que salga.
-Gracias Gerardo –dice-, pero creo que me iré a dormir. Gracias por todo.

Se va triste, pero más tranquilo. Se va y me deja esta sincera angustia. Espero haberle sido de ayuda. Es el cocainómano más agradable que tuve la suerte de conocer.

sábado, 9 de mayo de 2009

LOS IMPARABLES

Ellos desayunan con vodka. Caminan la misma cuadra ida y vuelta y de vuelta ida y vueta, dados vuelta, como pelotitas de ping pong rebotando contra la realidad. Ellos no son violentos. Se sientan en la vereda a ver cómo pasa la vida, como vienen las cervezas. Duermen sobre colchones rotos en una suite abierta con piso de arena, techo de estrellas y vista al mar. Ellos son Los Imparables, y viven en mi barrio.

Solo entran al Jackpot Ferrer cuando la caridad los trae de la mano y les invita un trago. Hoy la caridad se llama Marta. Los Imparables se tambalean frente a la barra, mueven los labios murmurando oraciones y las dejan por la mitad. Marta habla por ellos: pide tres chupitos de whisky y paga. Los Imparables liquidan los suyos de un trago y regresan a la calle. Marta se queda, pide otro y me confiesa que la caridad son ellos. Que cuando le tocó estar sola en la calle le prestaron sus mantas sucias y dijeron nosotros no dormimos, seguimos de fiesta, tapate vos. Que a la mañana los vio acurrucados de a cuatro, soportando el frío del rocío, temblando apenas. La caridad son ellos, dice.

Ambos coincidimos en que el más entrañable es Paco, el caso perdido. Paco es gordo, tiene bigotes mexicanos y habla en voz baja un idioma que solo él comprende. En su pierna derecha vive un bulto que late solo, como si tuviera vida propia. Dicen que nació de un hueso mal soldado luego de una de sus tantas caídas.

Recuerdo la primera vez que me vino a ver. Ya me había aprendido su nombre, de tanto verlo pasar.
-Hola, cómo va la noche –pregunté mirando su panza desbordando de la camisa abierta.
-La noche siempre va bien cuando se es joven –alcancé a entenderle.
-¿Todavía sos joven?

La transpiración le chorreaba por toda la cara. Le pasé algunas servilletas de papel y me agradeció con un movimiento de cabeza. Se secó y en segundos volvieron a caerle esas lágrimas del pelo, que lloraba a cántaros.
-Hay que tener cuidado con los fantasmas de la noche –me advirtió entonces.
-¿Te atacan los fantasmas?
-Son peligrosos, pero yo tengo la espada de Dios.
-¿Nunca buscaste trabajo Paco? –le pregunté mientras le acercaba más servilletas.
-Yo soy constructor, pero ando camufláu –sentenció bamboleándose despacio.

Después comenzaron a resbalarle sílabas inconexas de la boca. Yo intentaba traducir el significado a través del movimiento de las manos y los ojos a medio cerrar. Por lo que entendí quería whisky, y me ofrecía un cogollo de marihuana a cambio. Como sólo le serví un chupito, consideró que el intercambio le era desfavorable y se metió la planta en la boca; la mordió fuerte y la partió a la mitad. Me obsequió la mitad con menos saliva. Un trato justo y equitativo. Después extendió la palma de la mano para su acostumbrado choque los cinco, me tiró del brazo e intentó darme un beso en la oreja. Se fue pacífico, y mientras lo acompañaba hasta la puerta amagó a morderme la tetilla.

Marta recuerda cuando Paco le dijo que era la tía más guapa de la ciudad y quiso robarle un beso en cámara lenta, regalándole tiempo de sobra para eludirlo y mirarlo serio. Enseguida levantó las manos y repitió su frase característica:
-Qué pasaaa, qué diceees, qué haceees.
Paco sabía muy bien cómo llegar al perdón. Se hacía difícil odiarlo: sus espontáneos choque los cinco transformaban los insultos en contenidas muecas risueñas.

Todos conocen bien a Los Imparables en el barrio de Figueretas. Saben que se contaminan a sí mismos, pero no al resto. Los policías intentan enderezarlos cuando los ataca el aburrimiento. Aprovechan y los castigan un poco para conseguirles un replanteo. Pero no pueden.

Cuentan que hasta el uniformado más autoritario -el de canas y mala actitud- perdió con Paco. Lo encontró en la playa al mediodía, con una botella de ron a medio llenar.
-Documentos –le pidió, a cara de perro. Su compañero, en silencio, le cubría la retaguardia.
-No los tengo y no los quiero –respondió Paco.
-Cómo que no los tiene. ¿Usted cree que se puede andar indocumentado por la vida?
-Soy de sangre gitana, soy hombre del monte, las reglas de la ciudad no me afectan. Cuál es el problema. Yo se como me llamo, por qué quieres saberlo tú? –dicen que contestó el gordo.
El policía lo miró enojado y observó a su colega en silencio, con expresión de qué hacemos con este. Entonces Paco levantó su mano derecha y la mantuvo alta, dirigiéndose al compañero.
-Qué pasaaaa –le dijo.
Y ellos no pudieron contenerse. Dejaron escapar la sonrisa y le chocaron los cinco.

Ganó Paco. Nadie puede con Los Imparables.

viernes, 1 de mayo de 2009

EL MUÑE

El Muñe entró al bar con el ojo derecho a medio cerrar y un aliento con potencia suficiente para emborrachar a un niño a cinco metros de distancia.
-Me voy –dijo. ¿En serio se le acababa la joda?
-Me voy a South Hampton –repitió-, vengo a despedirme.
¿South Hampton? ¿Cómo podía abandonar la isla de la fantasía? ¿Y por un inofensivo pueblito de Inglaterra?

El Muñe no frenaba. Nunca. Nati lo había incorporado al grupo de buscavidas argentinos que, por vivir a unas cuadras del Jackpot Ferrer, ya eran parte de mi nueva vida. El Muñe la había chamullado en una cola de supermercado, a ella le causó gracia su desparpajo y desaparecieron juntos por tres días consecutivos. Nati recién llegaba y quería degustar la Ibiza célebre y salvaje muy a la E! Entertainment Television. Él era un trolebús de alegrones; la gente se turnaba para subirse a su fiesta interminable: hotel con pileta, auto de alquiler, cervezas, speed, pastillas, entradas gratis a Pachá, siempre un gramo encima. Todos los días era sábado a la noche, a toda hora.

Después de setenta y dos horas de gira, Nati decidió dormir la siesta, dar el parte médico de que seguía con vida y pasarle la posta al siguiente. El Muñe siempre estaba dispuesto para las amistades superficiales. Eso sí, después de un tiempo había que intercambiarse: nadie podía seguirle el ritmo por más de setenta y dos horas. Él llevaba más de diez años de experiencia. Era un animal de la noche, a pesar del sol. En Ibiza se puede encontrar la noche al mediodía; disfrutar de una sana locura sin interrupciones. Así es que El Muñe dormía un promedio de tres horas diarias. Nadie podía detenerlo. O al menos eso era lo que yo pensaba.

-Estoy cagado, ¿a vos te parece que hago bien? –me consultó.
Su piel bronceada olía a pánico. Se bajaba de la caravana por una chica. Y tenía miedo.
-¿Tan buena está?
Hizo un gesto definitivo. En un principio parecía ser una más, otra golosa tentada con perseguir el inagotable rastro de cocaína. Pasaron juntos lo que, según él, fueron tres días perfectos. Y ahora un llamado de esa chica desde South Hampton lo convencía de tranquilizarse en Inglaterra. Quizás por ella. Quizás porque si seguía con este ritmo iba a terminar muerto.

Ser un ícono del desenfreno implica ciertos riesgos. Si no sos capaz de frenar, tarde o temprano vas a terminar chocando. El Muñe no era ajeno a la regla; ya había protagonizado dos accidentes de tránsito. El primero en una curva traicionera al borde de la montaña. Se levantó ensangrentado para hacerle señas de auxilio al próximo auto que pasaba y poder desmayarse en paz; y despertó en un hospital con la noticia de que tenían ganas de abrirle el pecho para ver sus pulmones, sólo por si acaso. Ibiza es la capital de la mala praxis. Los suicidas y masoquistas suelen viajar a la isla para someterse a complicadas intervenciones, mientras que los más inteligentes se toman su tiempo y compran pasajes a Madrid para tratarse de sus paros cardíacos de urgencia. El Muñe lo sabía muy bien, por eso aquella vez supo escapar a tiempo del sanatorio.

El segundo choque fue por un descuido: la ligó un taxi mientras él manejaba armando un porro. De todas maneras El Muñe no se hacía problema por los gastos; había vendido su yate y tenía suficiente crédito como para seguir tirando unos meses sin bajar los cambios. ¡Que no decaiga! Eso era lo primordial.

A mi me causaban gracia sus aventuras de autopista, pero también tomaba cierta distancia. Desde chiquito me enseñaron a temerle a la merca. Las otras son peligrosas, me dijeron, pero esa… Quizás exageraban para causar efecto. Por tener diez años de aspiraciones encima no se lo veía tan mal. Hablaba normal, no presentaba ticks nerviosos notorios, se divertía. Y estaba vivo: yo lo comprobé.

¿Entonces qué? Entonces El Muñe me sacó una foto con su celular y me sentí halagado. No era por compromiso: él quería recordarme. Yo también desenfundé mi cámara y me saqué una foto con él. Con El Muñe. Y le di un abrazo de despedida. Parecía un niño asustado, no sabía lo que le deparaba la pradera inglesa. Por primera vez lo ví como a una persona y no como un personaje. Le deseé buena suerte y lo dije en serio.

Ahora sí es un personaje. Ya lo atrapé, como a muchos otros. Está escrito y no puede escapar. A menos que pierda mi cuaderno.

viernes, 24 de abril de 2009

ELLA

La vi entrar a las tres y media de la mañana, como hace un par de días. Esta vez estaba sola. Esa misma remera holgada junto con el pantalón de jogging y sus ojotas gastadas la pintaban como la típica chica de barrio que sale a comprar cigarrillos al kiosco a mitad de la noche. Tenía la cara redondeada, los anteojos chatos de intelectual francesa (o suiza) y los hoyuelos marcados a ambos lados de su sonrisa. Era (Ella). Esta era mi oportunidad de sacarle el paréntesis de una vez por todas.

Sin pensarlo me senté sobre la barra, y desde esa gran altura la observé tomar su cerveza. Faltaba poco para cerrar y, a excepción de nosotros, el Jackpot Ferrer estaba vacío.
-¿Sabías que te escribí? –le dije.
-¿Cosa?
-Perdoná. Hola, cómo va –empecé de vuelta.
-Va bene, y tú.
Era italiana. Qué tonto fui.
-Bien, gracias. Te quería decir nomás que a mi me gusta escribir. Escribo sobre lo que veo, o en base a lo que veo. El resto lo imagino. Y hace un tiempo escribí sobre vos.
No parecía sorprendida. ¿Me estaba entendiendo?
-Y qué cosa escribió –preguntó con su acento tano. Entendía a la perfección.
-Es que cuando llegaste a la isla te veía durmiendo en la calle o pasando el día con los yonkis, y por alguna extraña razón creía que vos no eras así, que no pertenecías. Te veía como una turista holandesa o escandinava, de buena familia, con dinero. Y no comprendía por qué. Por esa curiosidad es que escribí sobre vos. Para imaginar tus razones. Y ahora quiero saber la verdad.

Esperaba una reacción, un enojo, pero lo tomó con total naturalidad. Me contó que escapaba de Italia, que tenía que irse de ahí. Sea como fuera. Era de familia carnicera. Ella misma se encargaba de mancharse de rojo el delantal blanco con un gran cuchillo y algunas vacas.
-Pero a mí me las traen ya muertas –aclaró.

Su amante era una motocicleta de manubrio alto y asiento espacioso, estilo Harley Davidson. El kit de carretera incluía botas tejanas y mochila con carpa para esas súbitas escapadas a Austria (yo sabía que tenía alma de acampante).

Desde su llegada a Ibiza había sufrido dos meses y medio en la puta calle. Tiempos de currículums y no, no, no. Por saber poco español o porque no, sencillamente. La desilusión llega rápido, yo bien lo se, y enseguida las ganas desaparecen, todo se hace más y más difícil. ¿Pero dormir en la playa? ¿Recibir la ayuda de los que piden ayuda? Ella prefería la solidaridad de ellos antes que el dinero de sus padres.
-No quiero preocuparlos, io quiero fare las cosas por mia cuenta -explicó.

Según me contó tenía veintidós años. Había dejado la escuela a los trece porque prefería trabajar. Hoy día, por suerte, ya cortaba ajos en la cocina de un restorán pequeño, cerca del puerto de Ibiza. No le pagaban mucho, pero el sueldo al menos le había alcanzado para reemplazar la vereda por un colchón. Estaba contenta. Vivía en un piso con vista a la playa en Figueretas, el barrio de mi voluntaria esclavitud. Por alguna extraña razón sus logros me enorgullecían.

-¿Puede ser, favore, otra birra o vas a cerrar? –preguntó.
Ya se había tomado tres e iba por la cuarta. Siempre pedía por favor.
-Voy a cerrar, pero te la sirvo –le dije, y todo se dio tan rápido, tan fácil.
Ella: ¿Y puede ser, favore, tres más para llevar? Yo: Sí, no hay problema, adónde vas. Ella: A casa, a tomar unas birras, fumar unos porros, ¿tú fumas? Yo: Seguro, ¿hay alguien que no fume en esta isla? Ella: ¿Vienes entonces? Yo: ¿Me esperás quince minutos que cierro?
Me esperaba, claro que sí, mirando video clips de la MTV. Esta chica era un primor. No me atraía del todo pero ya la quería, y no sabía por qué.

Apagué las luces, prendí la alarma y cerré las puertas. Ya estábamos afuera, caminando hacia la playa con las bolsas de cervezas. Me frené un momento y le extendí la mano.
-Hola –le dije-, me llamo Gerardo.
Ella se rió, me dio un beso en cada cachete y agarró una de las bolsas.
-Io sono Paola.

En el trayecto le conté que ya estaba más tranquilo, que antes no.
-Había un loco en el Jackpot, estuvo tres horas atormentándome –le dije. Tenía la pera redonda y alargada, pelo corto y una musculosa infladísima. Era portugués y gitano, dijo que se llamaba Lolan y hablaba de revólveres y cuchillos, de la gente que casi mató. Estábamos solos en el bar. Él y yo, y nadie más. Y el tipo decía que la televisión lo insultaba, que le daban por culo a él y a todos los obreros desempleados.

Todo eso le dije. Pero no le conté que se limaba las uñas con una navaja y quería venderme su cadenita de oro. Que me llamaba Tito y cantaba flamenco con los ojos brillosos, golpeando las palmas. Que yo podía sentir su furia contenida. Tampoco le conté que siempre fui un cobarde. Siempre.

-El loco se puso a llorar en un momento –le dije-. Y me enteré que la novia lo había dejado, que el encargado de la construcción lo había echado, que estaba en la calle y no tenía nada ni a nadie. Quería matar al encargado de la obra, pero el encargado de la obra no estaba: estaba yo. Me usaba de psiquiatra, y no tenía puesta la camisa de fuerza.

Paola se preocupaba. Y todavía no le había contado lo peor. Cuando tuve los nervios tan de punta que decidí llamar a la Argentina para oír la voz de un amigo, y descolgué el teléfono público de la barra, y actué como si nada pasara. Ahí fue que el portugués olió el miedo, igual que un perro, y empezó a ladrar. Sacó su teléfono celular y, sin marcar ningún número, hizo como que hablaba con alguien, para parodiarme. Mi amigo ya había atendido y yo le relataba en susurros lo que hacía el cliente loco: Hay un gitano acá, ¡no!, no puedo hablar más fuerte, me está escuchando. Entonces el portugués sacó una bolsa de plástico vacía y fingió que la vaciaba sobre la barra, como si fuera cocaína. Enrolló un billete y aspiró la nada con fuerza; después agitó su cabeza echándola hacia atrás, y aspiró con fuerza el aire una vez más. Entonces paró en seco y me miró a los ojos, maniático hijo de puta. Y se reía.

-Te voy a dar una paliza tío. Te voy a dar de hostias hasta que te cagues –me decía.

Y yo temblaba, gritaba en silencio. Del otro lado de la línea mi amigo no entendía nada, y yo tampoco. Corté el teléfono, contuve la respiración y, sin mirarlo, pedí permiso para ir a encerrarme al baño. Por suerte cuando volví ya no estaba. Corrí a cerrar la puerta con llave y me acosté en el suelo durante media hora hasta que conseguí calmarme.

Paola me miró en silencio justo cuando llegamos a la playa.
-Dónde vamos.
-Vos no le tenés miedo a nada, ¿no? –le respondí. Vamos para allá.
-Por qué –dijo extrañada.
-Viniste acá sin dinero, aguantaste todo, te arreglaste sola. ¿A qué le podrías tener miedo ahora?
-Es que no tengo nada que perder -explicó.
-Eso significa que tenés todo por ganar.

Sus ojos me decían algo, pero no sabía qué. Recordé que cada vez que la había analizado a la distancia, cualquiera fuera la circunstancia, la había visto sonriendo, relajada. Eso se contagiaba. Yo ya lo sentía: de a poco me estaba olvidando del gitano loco.

-¿Tenés marihuana? –le pregunté, mientras avanzábamos sobre la arena.
-No, tengo hachís.
-Yo tengo, si preferís.
-Uff, marihuana –suspiró contenta-, molto bene.
-Hablando de drogas, ¿cuáles te gustan?
-Todas.
-¿Y la que más te gusta?
-La coca –contestó enseguida-. Pero io la controlo, si hay bene… sino, me arreglo con la cigaretta.
-¿Llegaste a tomar con mucha frecuencia?
-Uy, tutti li giorno. Una volta me he asustado, es uno de los motivos per que tuve que partire de Italia.

En un sector oscuro de la playa dormían dos Imparables sobre unos colchones. Apuramos el paso y doblamos por el sendero que llevaba hacia las rocas, más adelante de la orilla. La pileta de un hotel atravesaba la playa y terminaba en un paredón con un pasillo angosto justo frente al mar, a unos veinte metros de la arena. Ahí, en la oscuridad, solían asomarse cada tanto los gays solitarios que buscaban una aventura de sexo anónimo con el primero que encontraran.

Esta vez no había nadie, y nos establecimos sobre unas rocas. La luna llena casi se acostaba en el mar mientras escuchábamos las rompientes de las olas. Paola se encargó de armar los porros y yo me lastimé las manos intentando abrir las cervezas con un encendedor. Con algo de suerte pude destapar la primera justo cuando ella daba las primeras pitadas. Tomé un trago largo y me salió el periodista de adentro.

-Por qué te fuiste. ¿Problemas familiares?
-Io arrivai a un punto en que no podía más. O partire o…
Paolo se abrazó las rodillas y dejó la oración por la mitad, como hipnotizada por el movimiento del mar.
-¿O te matabas?
-Eco. A mi me pasaron cosas molto difficiles, ¿sabes? Y ora dije sufficiente, per qué más.
-Te violaron –arriesgué, sin pensarlo.
En silencio asintió, mirando las latas de speed abolladas, los preservativos gastados y toda la basura que se acumulaba entre las rocas.
-¿Cómo fue? –seguí, pasándole el porro.
-Fue el hijo de una familia amiga de mis padres. Íbamos a mangiare a su casa, e poi él me decía de subir al attico per jugar a los videogiochi. Io tenía once, él quince. Y así fue, por cuatro años.
-Y por qué no dijiste nada.
-No, no –dijo y negó varias veces con la cabeza-. Non poso, no.
-¿Vergüenza?
-Muuucha. ¡Muchísima! Si se enteran de eso sí que me mato.

Tomé unos tragos de cerveza, cerré los ojos y disfruté del viento.
-¿Y a él no lo viste más?
-Dos veces pasó por la carnicería, hace tiempo. Saludó a mi padre, dijo Ciao Paola, yo dije Ciao. Y ya.
-Y quién más sabe de esto.
-Casi nadie.
-Por qué me lo contaste a mí entonces.
-No se –dijo, y se quedó pensando un momento-. Porque lo preguntaste.

Se hizo un silencio. Mi mano apareció en su espalda, para que sienta el contacto por unos segundos.
-Prométeme que no parlare nada de eso –pidió Paola-. A nadie.
-No te preocupes.
-Ni a tus amigos, ni a nadie.
-Te lo prometo –le dije, mientras estrechaba su mano para certificar el pacto. Ahora mismo la estoy traicionando. Espero que sepa perdonarme. O, mejor todavía, que jamás se entere.

Atravesé el pasillo del fin de la pileta para hacer pis del otro lado de la pared y me encontré con un hombre de rodillas dándome la espalda. El otro estaba de frente, parado, con todo el placer a la vista en sus ojos cerrados y la boca a medio abrir. Así que esto era ser homosexual.
-Perdón –susurré, y di media vuelta sin mirar atrás.

Cuando volví, armamos el segundo porro. Un tercer gay se acercó a nosotros desde la playa para ver si había alguien disponible. Intenté explicarle con las cejas que la movida estaba del otro lado de la pared, pero no pareció entenderme. De este lado sólo estábamos Paola, yo, y esa rata que me miraba y se escondía bajo una roca antes de que ella la viera. Estaba todo dado para el romance, menos nosotros, que hablábamos de fútbol. Paola también jugaba en cancha de once. Antes de marcadora de punta, ahora de arquera. Le pregunté sobre el apagón: ella también había mirado las estrellas.

-¿Y no estuviste con ningún chico acá en Ibiza? –tanteé, por si acaso.
-¿Chico? No -respondió.
-Bueno, con alguien. Que se yo.
Carnicera, motoquera, futbolera. Cómo no me había dado cuenta antes.
-Tengo una amiga allá en Italia. Acá a nadie.
-Pero te gustan las chicas.
-Sí, pero he follado con hombres también. Con ellos nunca pude arrivare al orgasmo. A los cinco minutos de empezar ya non poso relajar y quedo acostada, pasiva, esperando a que termine. Por eso me piacen las chicas.
Era lesbiana por descarte, nunca se me hubiera ocurrido.

De pronto cayeron las primeras gotas y arrancó la llovizna. Decidimos volver. Yo tenía que entregar las llaves del local a uno de los restoranes de mi jefe, que abre las 24 horas del día. Ella no quería irse a dormir.
-Te acompaño –me dijo-, vamos en mi bici.

El agua me mojaba la cara mientras ella pedaleaba, y yo abría las piernas al máximo para no chocar con sus talones. Iba sentado en el canastito de atrás, sintiendo los calambres en los muslos. Me agarraba de los rollitos de su cintura y relataba el viaje como si fuera una carrera de caballos mientras ella intercalaba los ruidos de motor con las carcajadas, y la bici se tambaleaba, y yo anunciaba el próximo choque contra la vereda, contra el tacho de basura, contra aquel tipo de canas.

Llegamos al restorán y le pedí que me esperara afuera. Apenas entré lo vi al gitano portugués peleándose a los gritos con una máquina de cigarrillos. Me vio pasar, con su trastorno intacto.
-Hola –me dijo.
Loco de mierda, ojalá te viole el cerdo más rabioso del chiquero. Hijo de remil puta.
-Hola –le dije.
Le di las llaves a la camarera y le pregunté de aquel tipo, el de musculosa blanca.
-Parece que se le va la olla, casi se agarra a los golpes con un cliente. Yo que tú no me metería con él.
-Gracias por avisar.

Salí y caminamos hasta la Plaza del Parque. Estaba desierta, era toda nuestra. Nos sentamos en unos banquitos bajo las hojas de unos árboles, bien resguardados de la llovizna. Esta vez pude abrir la cerveza contra el borde de una maceta. Le arrebaté los anteojos chatos y posamos juntos en fotos imaginarias, haciendo caripelas. Después me pasó el porro y le dije:
-¿Querés que te lo lea?
-¿Cosa? –preguntó ella.
-Lo que escribí de vos.
-¿Lo tienes aquí?
-Sí, pero te aclaro que todo esto lo escribí de verte de lejos, sin conocerte.
-No importa –dijo-, quiero escucharlo.

Saqué el cuaderno de la mochila y empecé a leer nervioso, pensando que se iba a enojar. Cada tanto paraba y le preguntaba si entendía: sí, entendía. Terminé de leer y la miré lleno de dudas.
-¿Qué te parece?
-Parece que ves muy bien –me dijo, simplificándolo todo.
-Es raro todo esto, nunca le leí mis escritos a uno de mis personajes.
-Sí, es raro –dijo. Pero lo dijo simpática. Estábamos pasándola bien.
-La verdad es que estoy obsesionado por vos. Tengo fotos tuyas empapelando toda mi habitación. Las del camisoncito de seda rosa son mis preferidas.
Sonrió apenas y dejó que vuelva el silencio. La basurera apareció con su escoba y tiró la última cerveza. Paola la asesinó con la mirada.
-Y ahora qué –preguntó ella.
No sabía que decir, pero dije me voy a casa. Ella me dio un abrazo y dos besos.

Mientras caminaba hacia el departamento repasé nuestra noche. Era como si hubiese escrito cada detalle de antemano, cada una de sus palabras. Todo encajaba. Me había regalado un capítulo del libro para que pudiera sacarle el paréntesis, para que ella tuviera un nombre y se llamara Paola.

Abrí la puerta de entrada y me imaginé qué hubiera pasado si hubiese subido conmigo para sentarse en el sillón y fumar el último de la noche. Me imaginé que el beso interrumpía una carcajada, y que ella me atraía a pesar de su actitud masculina y los joggings varoneros. Me imaginé qué hubiera pasado si le besaba el cuello y ella metía sus manos en mi espalda. Qué hubiera pasado si le gustaba que le mordiera la oreja y le acariciara la nuca, si le gustaba estar así sin ropa, así de juntos. Me imaginé que hubiera pasado si tenía su primer orgasmo con un hombre. Conmigo.
Hasta que terminé de imaginármela, y me quedé dormido.

viernes, 17 de abril de 2009

EL APAGÓN

Anoche, a las tres y cuarto de la mañana, despertó la oscuridad.

Yo estaba encerrado en el Jackpot Ferrer, como de costumbre. Contando los minutos para recobrar mi libertad. En un relámpago se apagaron todas las tragamonedas junto con las luces, como si se activara una bomba magnética contra la tecnología. Afuera retumbaban los ecos de las máquinas sobrevivientes que gritaban aterradas con sus penetrantes aullidos de alarmas.
Las bombas duelen.

Por suerte yo soy de carne y hueso: desde mi punto de vista el caos fue un atajo para romper mis cadenas más temprano. Salí a la calle con mi bicicleta y descubrí el verdadero impacto de la bomba. Inmerso en una sombra latente, sentía cómo la gente cuchicheaba sin verse desde los balcones y me puse contento de no estar en la Argentina, de no tener miedo.

Empecé el pedaleo sobre la avenida desierta y cuando las copas de los árboles se abrieron pude ver el cielo. Era como si la bomba se hubiese estrellado contra la noche, dejándola más estrellada que nunca. Las tres marías y sus amigas se asomaban curiosas para ver de qué se trataba el asunto, por qué tanto alboroto. Sentí un olor a campamento, a provincia del interior.

Cuando llegué a casa, encadené la bicicleta y subí las empinadas escaleras que llevaban al departamento. Entré despacio, tanteando las paredes para llegar hasta el living. Comprobé que si me golpeara la desgracia resultaría un pésimo ciego. Había perdido por completo mi antigua habilidad para jugar al cuarto oscuro. Antes, cuando se bajaban todas las persianas y los torpes golpeaban sus pantorrillas contra los filosos bordes de las mesas ratonas, yo me las arreglaba para escuchar la respiración contenida, perseguirla despacio, palpar la cara con paciencia y gritar ¡piedra libre Bernardo! Ahora no. Ya estaba grande y bien inepto para la oscuridad.

Paso a paso llegué hasta el balcón y, apoyado en la baranda, me fasciné en silencio. Prendí el porro y me sentí solo. Di media vuelta y volví a salir.

En las calles angostas de la peatonal todo seguía como si nada. Los que tomaban en bares seguían con lo suyo, pero con coquetas velas de color naranja iluminándoles las cervezas. Los autos, eso sí, andaban más tímidos. Avanzaban en cámara lenta como si marcharan de luto por el cementerio electrónico, oliendo la muerte de sus compañeros, esperando su turno.

Yo caminaba con mi porro mirando hacia arriba, chocando a los descuidados. Estaba buscando a alguien, pero no sabía a quién. Alguien como yo quizás, que disfrutara con la peculiaridad de los apagones.

Caminé hasta el final del puerto, me senté en una piedra grande y de cara al mar sentí como el viento se divertía con mi flequillo. Esperaba toparme con algún soñador recordando esta misma noche con nostalgia, o al menos entretenerme con murmullos de hombres cogiendo en la oscuridad, pero solo encontré unas latas de cerveza abolladas, dos preservativos usados y una jeringa entre las rocas.

Regresé al balcón decepcionado y me di cuenta. La buscaba a ella, probablemente. Ella es como yo, pero es ella. Estábamos los dos tropezando con desconocidos, tan concentrados en mirar hacia arriba que cuando nos cruzamos no nos vimos. Espero volver a verla algún día, por primera vez.

El próximo apagón no voy a mirar las estrellas.












Sí, en una época me permitía ser más cursi.

viernes, 10 de abril de 2009

TRANSFORMACION

Tres putas hablaban en un lenguaje africano, casi gritando. Era difícil saber si estaban discutiendo o si ese era su tono de voz habitual. No parecían enojadas. Eran tan sólo tres negras de Senegal dejando un idioma secreto sobre mi barra mientras tomaban unos chupitos de whisky.

La más gorda llevaba un corset rojo apretado que combinaba perfecta y horriblemente con sus calzas rosas y las numerosas trencitas pelirrojas estrujadas contra su cuero cabelludo, como lombrices sometidas.
La que aparentaba ser la madama nunca miraba directo a los ojos. Tenía actitud, labios gruesos y una cruz en el cuello. Demostraba autoridad.
La más linda era la única que solía desfilar con escotes profundos por la esquina del bar. Era flaca y petisa, incluso para mí, y llevaba como sombrero natural una gran melena de rulos rubios teñidos que parecían robados de la cabeza de otra persona. De no ser por las cicatrices que recorrían su cara y el fuerte olor a vinagre que despedía su cuerpo, hubiese valido la pena alquilarla por un par de horas.

Eso mismo debían pensar los chinos, al otro costado de la barra. Ellos también discutían con firmeza. En chino. Uno de ellos solía frecuentar el teléfono público del Jackpot: era flaco, alto y tenía una mirada mafiosa. Las uñas de sus meñiques eran bien largas, adictamente largas. Su compañero parecía un cocinero oriental sacado de una película de Tarantino. Quizás lo era, y este antro resultaba ser el lugar ideal para intoxicarse después de los quince minutos de fama. El rubio de Mi pobre angelito debía estar por llegar en cualquier momento.

Del lado de adentro de la barra se encontraban mis oídos, atacados por los ladridos extranjeros. Los gritos me fastidiaban, y para no ver a las putas ni a los chinos decidí verme a mí mismo. ¿Qué hacía ahí? Era como estar en una película de David Lynch sin haber firmado el contrato. A mi nadie me avisó, pero estaba claro que no encajaba con esta gente. Para conectar con ellos tenía que ser otro.

Así es que decidí cambiar de identidad.

Le saqué un cigarrillo al chino y lo encendí. Nunca antes había fumado tabaco, siempre fui un chico sano. A excepción de las drogas, claro está. Con el cigarrillo entre mis dedos las cosas empezaron a sentirse diferentes. Entendí la escena y, poco a poco, aprendí a disfrutarla. Me reí solo, y no por el mareo. Enseguida una de las putas mantuvo contacto visual con mis nuevos ojos. Hasta ese momento parecía enfurecida, hablaba en voz alta ensimismada en sus propios pensamientos. Pero ahora me reconocía, alzaba su mano y me convidaba un saludo. Yo respondí con simpatía. Ya no era Gerardo: había hecho contacto.

Al rato me subieron los calores, sentí baja la presión y escapé hacia el sector del aire acondicionado, donde convivían las máquinas con sus mascotas. Después de refrescarme volví a la barra. No soporté mucho tiempo y tuve que huir por segunda vez. Una sensación de asfixia me atacaba cerca del mostrador.

Sentado solo frente al tubo de salida del aire acondicionado, a unos metros de esa dimensión distinta, entendí mi error. No se puede cambiar de identidad en unos pocos minutos. Falta la infancia, el pasado, la formación del nuevo carácter. Lleva tiempo asimilarlo. Puede demorar meses, como la preparación de los actores metódicos antes de cada nuevo papel.

Quizás para el final de la temporada haya terminado mi metamorfosis y ya no me reconozca. Es posible que mi nuevo yo tenga afición por los rompecabezas o los videojuegos antes que por la escritura. Por si acaso, me despido de mi cuaderno.

Después, sirvo una nueva cerveza a la madama y le robo otro cigarrillo al chino. Lo prendo, me inclino contra la máquina de café y los miro. Y los miro.

viernes, 3 de abril de 2009

(ELLA)

La vi pasar por la puerta del Jackpot Ferrer. Una, dos, tres veces. Al cuarto día ya podía verla sin verla. Dibujarla en mi mente de a poco, con los ojos cerrados.

Primero sus anteojitos chatos (su característica singular). Después sí, el pelo rubio, la cara redonda, los huecos en sus mejillas sonrientes. Tenía siempre la misma remera sucia y holgada, bermudas verde militar, ojotas, una gran mochila y un pañuelo en la cabeza. Parecía una animada turista holandesa (¿o suiza?), ideal para encontrársela en el pequeño refugio de lo más alto de la montaña. Pero estaba acá, en la playa (nunca jamás en malla), como una mochilera hippie desorbitada y fuera de contexto en la isla de las drogas sintéticas y la última última moda.

Un día entró al Jackpot Ferrer a pedir cambio para comprar tabaco (¿qué hacía acompañada de ese vagabundo?), y conversamos por unos segundos en un español forzado, despidiéndonos en inglés (debe ser holandesa).

Desde ese día, cada vez que nos cruzamos (sin cruzar miradas) la analicé más a fondo, para escarbar en su pasado, en sus objetivos, en su status quo (¿en su estado civil?).

Mi sorpresa fue incrementándose al descubrir sus hábitos y su extraño entorno. La vi tomando cervezas en la arena con el tano de pelo largo (el que tiene bicicletas frescas, recién robadas), fumando en la vereda con los yonquis y caminando hacia mi barra, esta vez de madrugada con un desagradable que le invitaba una copa (¿sólo a cambio de su simpatía?).

Mi interés por conocerla mutó en una obsesión por escuchar las razones de su contexto, a tal punto que en una ocasión casi le dirijo la palabra (¡en plena avenida España!). Ella parece una chica bien, habla y camina como una chica bien; dice muchas gracias, permiso y por favor. ¿Acaso sus anteojos de intelectual francesa (o suiza) son una mera máscara? ¿Estará funcionando mal mi prejuicioso scanner a distancia? Podría ser, pero suena descabellado (aunque también ella debería estar en la montaña).

Su olor permanece agradable. Siempre se la ve limpia, a pesar de su ropa sucia. Ella solo debe vivir la vida de ellos para ganar experiencia, para vivir aventuras, para saber que puede (¿para sobrevivir?).

Un amigo dice que le contaron de una rubia que anda suelta (¿será ella?). Una chica joven de buena familia. Una millonaria loca (¿será ella?), que prefiere la calle antes que la cama de agua, las sobras antes que el plato principal. Por puro gusto. ¿Cómo puede ser?
-Está loca -simplificó él (no la conoce). Acá hay mucha gente que parece normal, pero les falla el mate. Son locos –dijo como si ella fuera una leyenda para entretenernos, como el tipo que se despierta sin riñón en una bañadera colmada de hielos.

Ayer cerré temprano, a las cuatro menos cuarto de la mañana. Y en el camino de regreso tropecé con sus dulces sueños en plena calle. Estaba cruzada de brazos sobre las baldosas de una escalinata, con una ligera inclinación de cabeza hacia su hombro derecho, sobreviviendo a la noche. Quise despertarla, preguntarle, invitarla, abrazarla. Quise saber. Desesperadamente.

Esa noche me costo dormir. No estaba preparado para la verdad.

sábado, 28 de marzo de 2009

JUEVES

La gente entra al Jackpot Ferrer, pide algo, saluda. Uno está aburrido y les suelta la lengua, obedeciendo la regla ancestral del oficio: un buen barman, antes que nada, debe saber escuchar.

Así conozco a Alex, un joven uruguayo con la remera de AC/DC. Sabe que soy nuevo en el lugar y aprovecha para envolverme en su discurso bien estudiado. Con firmes argumentos desprecia a la música electrónica y se embandera con el heavy metal, mientras abraza orgulloso a su novia veterana, un gato perdido y pintarrajeado de pollera corta y orejeras profundas, mendigando algo de cariño. Alex me recomienda lugares de la isla, comparte sus impresiones de la Argentina y sus conocimientos de La Renga. Saluda, abraza a su gato y se va.

Más tarde aparece una pandilla de españoles y el bar toma otro color. Son jóvenes, hacen ruido y, según cuentan, llegaron a Ibiza para la apertura de Space, la disco más lujosa de la isla. Algunos juegan con las tragamonedas y otros piden cervezas pequeñas, las dejan en la mesa y se distraen hablando. Después las retoman y piden otras porque aquellas ya están calientes. Me invitan, me alegran, me dan charla y propina. Prometen entradas para la disco, dicen que volverán. Se van. ¿Volverán?

Las máquinas tragamonedas no se callan nunca. Chillan con alarmas y luces de colores para llamar la atención de los turistas de turno. De a poco voy aprendiendo a aceptar sus escándalos como parte de la rutina. Por eso las ignoro tomándome un café primero y lavando la taza después. Así tengo algo para hacer.

El local es grande y la gente es solitaria; por momentos nadie se acerca a la barra. Juegan consigo mismos y en silencio, tomando distancia uno del otro como si estuvieran en un gran baño con mingitorios de sobra para elegir. Mientras tanto se miran de reojo y comparan quién tiene la más grande. Esperan con paciencia que alguien abandone su máquina para tomar su lugar y comprobarlo.

Un tipo de cuarenta y tantos interrumpe mi visión de la competencia sentándose en la barra. Pide un café y habla con dientes amarillos y ojos vacíos. Estoy aburrido y cumplo con el ritual: separado, dos hijas, sólo llamados de larga distancia con su ex vida. Se ve tan triste que me contagia; pero vuelve la pandilla de españoles y recupero la sonrisa. Cervezas y propinas: diversión. No tienen las entradas para la disco pero traen más promesas, simpáticas y farsantes. Gastan y gastan en cubatas y papas fritas mientras los jugadores del grupo meten monedas sin respiro en las máquinas del fondo del salón. ¿De dónde sacan tanta plata?, pregunto curioso, periodista, predecible.
-Traficamos -admite el morocho de musculosa blanca, que se esconde detrás de los enormes anteojos de sol. Pastillas, coca, chocolate, lo que quieras.

Enseguida cambia de tema e intercala su historia de amor novia vs esposa con la de tres días de cárcel (¿sólo tres días?) por cien pastillas de éxtasis y kilo y medio de marihuana. Me sorprendo, pero ya voy acostumbrándome a sorprenderme. Pagan, dejan mi plata, buena onda e ilusiones gratuitas de los futuros tickets para la gran fiesta. No regresan.

Otro café, pide el separado, que ahora también lleva siete años desempleado pero sigue recibiendo su sueldo religiosamente por problemas psiquiátricos. Monedas, dice. Esquizofrenia, dice. Me sirvo otro café para distraerme. Esto está empezando a afectarme. Le doy la espalda y sigo lavando tazas, pero él no se calla. Escupe internaciones con clases de pintura y amigos pasajeros, baños de hospitales mugrosos, medicaciones, terapia grupal y música clásica. Paga y se va.

Pasan chinos y habitués, el mulato que aprende a jugar al pinball, viejas que arriesgan sus últimas monedas a la una de la madrugada. Reaparece Alex, el uruguayo con la remera de AC/DC. Ahora está solo, su gato se fue a dormir. Me saluda, pide una cerveza y me mira expectante. Aprieta su fosa nasal y aspira al aire, preguntándome con los ojos si se puede, si hay, si se quiere, si se tiene. Chau, Alex.

Más tarde cae el jefe de sorpresa. Pasa de largo sin saludar y sigue hasta el salón preocupado. Es la primera vez que lo veo desde que me contrató, hace un par de días, y tiene puesta la misma camisa a cuadros. ¿La habrá usado ayer también? Oigo ruidos de llaves, veo de reojo que está abriendo las máquinas para retirar el dinero. ¿Por qué a las dos de la mañana? Mientras tanto reordeno las gaseosas en la heladera para fingir que estoy trabajando.

Vuelve del salón furioso. Me mira serio, me está analizando. Falta dinero. ¿Soy un sospechoso? Vaciaron cuatro máquinas, dice. Vigilá, ese es tu trabajo, no creas en nadie. Vigilá, dice, la próxima a la calle, ¿te enteras?

Desaparece y me deja una abrumadora sensación de ineptitud. ¿Cuatro máquinas vacías? Cuatro mil euros en monedas de uno, sin oír un tintineo, en mis propias narices. ¿Cómo puede ser? El jefe dijo que en su otro local también vaciaron máquinas, pero eso no me arregla. No seré el único imbécil pero sigo siendo un imbécil.

Estoy indignado, impotente, irritable. Ya repasé las alternativas y me di cuenta de que fueron ellos. Que las birras y la propina, las entradas para la fiesta, las sonrisas, las historias. Todo era una fachada. Fueron ellos. Mientras unos me entretenían, otros hacían la trampa. Eran expertos. Soy un perejil.

Cuatro de la mañana, hora de cerrar. Camino por las calles vacías de Ibiza preguntándome si no serán todos iguales. Si hurgando en la vida de cada uno encontraré siempre secretos escabrosos, adicciones, engaños, perversiones, locura. Si será sólo en esta isla o en todas partes. ¿Cuál será el secreto de mi padre? ¿Y el de mis amigos? ¿Seré tan simple? ¿Seré tan normal? ¿Seré el único?

Tengo que buscarme un secreto.

viernes, 20 de marzo de 2009

STEFAN

Durante una semana desparramé casi cincuenta currículums por todo Ibiza y tuve mi recompensa: desde esta misma noche soy el encargado absoluto del Jackpot Ferrer, un local amplio, con piso de mármol y aire acondicionado.
El horario es de seis y media de la tarde a cuatro de la mañana De lunes a lunes. Estoy muy entusiasmado: nunca antes me habían explotado.

Dentro del lugar conviven treinta y cuatro máquinas tragamonedas, una mesa de billar, dos pinballs, varios jugadores compulsivos, algunos chinos y una barra llena de alcohol, gaseosas, un rumano y yo: Gerardo Koff.
El rumano se llama Stefan, y parece un patovica de una bailanta argentina.

-Pasé tres largos temporados detrás de esta barra–dijo, mientras me enseñaba a usar la máquina de café-. Tres años enteros, ¿sabes? Después de tanto tiempo encerrado uno extraña la naturaleza. Necesito aire libre. Árboles, montaños, bosques, ¿entiendes? Y también algo de acción. Ya tengo treinta y dos años, y estoy hasta los cojones de esta monotonía.

Según me explicó Stefan, mi principal responsabilidad consistirá en recibir los billetes de los adictos al juego, abrir un cajón y canjearlos por alimento para las máquinas. Ellas luego se encargarán de pagarme el sueldo y dejar una buena ganancia para el dueño. Atrapándolos, enganchándolos, absorbiéndolos de a poco. Hasta dejarlos secos.

También tendré que psicoanalizar a los solitarios, impedir la sobriedad de los borrachos, compadecerme de los clientes crónicos, vigilar a los sospechosos, soportar los olores fuertes de ciertos habitués y sonreír; siempre que se pueda.
Y tener cuidado.

-Si vienen los moros tienes que ser el rey –aconsejó Stefan con sabiduría-. ¿Está claro chico? El rey. Los moros van a querer traficar cocaína y hachís aquí dentro. Siempre que hay un trabajador nuevo en el local lo intentan: piden una cerveza y se sientan un largo rato. Quizás juegan al billar o al pinball. Parecen inofensivos, pero enseguida se apropian del lugar, llenan la barra de sucios marroquíes y ya no podrás sacarlos. Por eso es importante echarlos desde un principio. No hay que darles la chance de nada. Tienen que saber que tú eres el rey aquí dentro. El rey, ¿entiendes? Tú te vas, les dices. ¿Por qué? Porque yo quiero, porque yo lo digo. Y si te hacen problemas les pegas unos palizos y ya no te van a molestar.

Stefan me miraba como si me estuviera hablando en rumano. Intenté hacerle saber saber con mis expresiones que entendía español, pero la cara no me funcionaba del todo bien. Mis expresiones estaban paralizadas en una sola: ojos bien abiertos, boca cerrada, quietito, inmóvil, gritando por dentro. Hasta que por fin salí del tilt y pude reaccionar.

-Seguro –dije. Y enseguida agregué:
-¿Qué?

Para él era fácil decirlo. Medía 1,85 y sus brazos tenían el grosor de mis piernas.
-Yo a uno le rompí un par de costillos y ya no me fastidiaron, me dejaron tranquilo.
-Costillas –corregí.
-Eso mismo, tú me entiendes. Unos buenos golpes en los costillos y ya. No pasa nada. Por si acaso guardas este cuchillo debajo del mostrador, así lo tienes a mano.
-¿Qué? –repetí.

Justo a mí, que fui elegido mejor compañero en quinto grado de primaria; justo a mí me tocaba ser violento y despiadado.
-Las noches en general son tranquilos, pero a veces surgen problemas y tienes que estar preparado. Si algún borracho se desmaya haz lo que yo hago: lo arrastras fuera del local; y si alguien pregunta dices que cayó ahí. Una vez que esté tirado afuera el problema es de otro, ¿entiendes chico? No es conveniente para el negocio que se muera alguien adentro.

En eso tenía razón. Yo pensaba lo mismo.

...

Una vez aprendido lo imprescindible pudimos relajarnos.
La noche se hacía lenta en el Jackpot Ferrer. Los jugadores eran pocos y casi invisibles. Se ocupaban de lo suyo en silencio. Miraban a las tragamonedas sin pestañar, como hipnotizados por las luces de colores y los interminables ruidos de las máquinas. Ni siquiera nos molestaban cuando perdían: ya debían estar acostumbrados.

En la barra solo atendimos a los chinos que pedían el canal porno en la televisión, las putas africanas que entraron a pedir un vaso de agua y los otros chinos que llegaron detrás de ellas para preguntarles si les hacían precio por toda la noche. Faltaban todavía seis horas para cerrar, y por el momento no había señales de borrachos ni de moros. Stefan los debía tener bien controlados.

-Qué tal es Rumania –le pregunté.
-Qué me importa Rumania. Ya quedó atrás, no tiene nada para darme –contestó él, seco.

Stefan aparentaba ser un hombre amable y respetuoso. Capaz de matarme con sólo apretar mi cuello, es cierto; pero lo más probable era que no lo hiciera. No esta noche. Sólo tenía que conversar, entrar en confianza con él.

-¿Vos viviste en el comunismo? ¿Qué tal, está bueno?
-Hay trabajo y todos comparten. Algunas cosas son buenas. ¿Para qué vas a dejar que asesinos y violadores vivan en la cárcel y gasten la plata de tu gobierno? Los matas, los escondes y ya. No pasa nada. Así es la justicia en el comunismo, como debe ser. Pero ahora con la democracia la cosa está peor por culpa de las mafias. Todos entran y salen de prisión, como si fuera un centro comercial.

La charla no fue lo que esperaba, pero sirvió para romper el hielo. Por alguna extraña razón a Stefan le caí simpático. Me trataba como su protegido. Parecía el padre que daba consejos a su hijo antes del primer día de clases.
También me llamó la atención su obsesión con la limpieza. Era meticuloso al detalle con sus dos fetiches: el trapo de limpiar y el de secar. Los desenfundaba como un tick nervioso, con rapidez de duelo. Hablamos de gustos y dijo ser fanático de los documentales del Discovery Channel, de los dibujos animados de Tom y Jerry y de tres cosas indispensables: chicas, coches y armas.
Después abrió su teléfono celular para mostrarme algunas fotos. Las primeras imágenes que aparecieron en la pantalla del teléfono fueron de tres pibas en pelotas.

-Son mis ex novias, chico –admitió-. ¿Cómo era tu nombre?
-Gerardo.
-Fíjate qué piernas Gerardo. ¿Has tenido piernas como estas?
-Sí, alguna vez –mentí.
-Eso no lo creo, no es fácil encontrar piernas tan finas. Fíjate que guapas, chico. Las tres eran putas, y trabajaban para mí. La de pelo castaño era la mejor: Tanya. Tenía un toque suave y delicado, pero a la vez soportaba la más feroz de las embestidas. Muchas veces la mordía por todo el cuerpo y la lastimaba, pero ella nunca se quejó. Tenía dieciséis años, trabajaba muy bien. Buena chica.

Stefan gritó de pronto para llamar la atención de una rubia pulposa que ingresaba con dudas al umbral del Jackpot. Salió de la barra y caminó hacia ella, con el trapo en la mano. Golpeó a los pinballs de pasada para hacer ruido mientras le sacaba la lengua en un simpático gesto obsceno. Ella no dijo nada. Él le habló en rumano al oído, le dio una palmadita en la nalga e intentó aferrarse a uno de sus pechos. Ella no protestó, se dio vuelta y siguió su camino.
Stefan regresó contento, se detuvo para pasar el trapo por el vidrio de los pinballs y arqueó las cejas cuando llegó a la barra, triunfante y juguetón.

-¿La conocías?
-No, pero estaba de puta madre.
Ojalá yo tuviera tal naturalidad para aproximarme a las mujeres.
Aunque, pensándolo mejor…

...

Pasada la una de la mañana crucé el salón para ir al baño. Dos chinos discutían mientras jugaban juntos en una máquina. Uno golpeó a la tragaperra de costado y el otro puso la frente contra la máquina, como si quisiera ver a través de los limones y naranjas. ¿Estarían haciendo trampa? Por ser mi primer día no les dije nada y seguí mi camino.

Cuando volví a la barra, Stefan estaba lustrando la máquina de café con su trapo fetiche. Le pregunté qué pensaba hacer ahora que renunciaba. Entonces me confesó su sueño: quería asociarse con un chino de mucho dinero y poner un local de comida rápida con prostitutas. Él mismo se calzaría el delantal para cocinar hamburguesas, panchos y diversas tapas que vendrían con cerveza gratis y una puta de compañía.
Era un proyecto original, había que admitirlo.

-Las chicas llevan los pedidos a las mesas. Se sientan con los clientes, les dan charla, los ponen cachondos. Si ellos se las quieren llevar deben pagar cincuenta euros, pero si la Policía pregunta algo ellas están atendiendo. Nada más simple. Qué hay de malo en eso, chico. ¿Cómo era tu nombre?
-Gerardo –repetí.
-Qué hay de malo en eso, Gerardo.
Sus palabras no tenían mucho sentido, pero de alguna manera me convenció. O quizás era el hecho de que tenía miedo de contradecirlo.

Stefan limpió el mostrador una vez más y se puso a lavar las copas sucias mientras yo reacomodaba las gaseosas en la heladera. Las máquinas seguían con su barullo, no se callaban nunca. Cuando terminé con la última botella le pregunté dónde pensaba conseguir a las chicas para su novedoso local.
-Tengo un amigo al que puedo llamar y me vende dos rumanas, las que yo elija. Me las envía desde allá y son mías, de mi propiedad. En Rumania uno puede comprar lo que sea, incluso críos.
Perfecto. Si a los cuarenta años todavía no encontré de quién enamorarme al menos ya se dónde conseguirme los hijos.
Siempre tuve más ganas de tener hijos que de tener esposa.

Para cambiar de tema chusmeé de nuevo las fotos de su celular. Tanya estaba buena. Era flaquita, casi una nena, con sus piernas largas bien abiertas sobre el capot de un auto rojo. Las otras eran algo más viejas y un poco gordas, pero tenían tetas interesantes. Se notaba que las fotos no eran bajadas de internet.
Después de ver la tercer entrepierna de Tanya, llegué a la colección preciada de rifles, escopetas y ametralladoras.

-Esa es muy difícil de conseguir –aclaró Stefan, orgulloso-. Es modelo especial de francotiradores.
-¿Cómo sabés?
-Yo en Rumania era parte de una división especial de la Policía Militar. Nos encargábamos de operativos secretos, como emboscados para eliminar a espías y mafiosos. Era un trabajo peligroso, ¿sabes? Por eso debíamos pasar de incógnito. Usábamos máscaras que nos cubrían la cara y cambiábamos de compañeros cada dos semanas, para que nadie supiera demasiado.
-Debe ser lindo conocer gente nueva todo el tiempo –acoté, por decir algo.
-Las cosas cambiaron –siguió él. Ahora ya no hay comunismo, por eso hay que tener más cuidado. Cuando atrapas a un mafioso es mejor liquidarlo en el momento. No debes dudar, ¿sabes? Porque ellos tienen contactos y pueden salir de prisión a los cinco minutos de meterlos.
-Es una lástima -siguió-, porque allá las cárceles no son como las de acá. Allá hay que aguantar dos días sin comida ni bebida, trabajando a los golpes. Y a los que no hablan se les tortura. A algunos se les corta la polla y los dedos, o se les saca las uñas. Y a otros se les pone una bolsa en la cabeza y se les asfixia hasta la muerte.
-En Argentina se usaba la electricidad –dije, feliz de poder aportar un dato. ¿Vos presenciabas las torturas?
-A veces.
-Y cómo lo soportabas. ¿No te afectaba ver el dolor tan de cerca?
-Es como todo. Te acostumbras.

Stefan salió de la barra, agarró la escoba y se puso a barrer la gran cantidad de colillas que quedaban entre las máquinas, esos restos del nerviosismo. Yo me preparé un café y recordé a Darío Jalikuleki, el compañerito de primer grado al que corrían para pegarle en los recreos porque era negro y bastante feo.
Yo en pocas ocasiones participaba del ritual, pero tampoco lo defendía de los otros, mis amigos. A veces tan solo miraba como lo perseguían por el patio cuando sonaba la campana y me acercaba para ver de cerca la montonera o el puente chino.
Quizás Stefan tenga razón, con algo de tiempo uno puede acostumbrarse a lo que sea.

Los chinos terminaron sus cubatas y se fueron sin dejar propina. Aproveché para cambiar el canal porno que me incomodaba y puse algo de música, así tapaba los sonidos de las tragamonedas. Stefan lustró el mostrador por quincuagésima vez. Yo lo observé, analizándolo. El hombre había pasado sin escalas de los borceguíes de cuero a las chancletas playeras. Y ahora me sonreía.

-Cómo fue que dejaste todo para venirte a Ibiza –le pregunté.
-Hubo un incidente –dijo y se quedó callado, como anunciando el fin de la respuesta. Pero luego siguió:
-En un operativo un mafioso le voló los sesos a mi compañero enfrente de mí. Yo lo inmovilicé de inmediato, pero en la maniobra se me corrió la máscara y él llegó a verme la cara. Me escupió en los ojos y me amenazó de muerte. ¿Lo puedes creer? Acababa de matar a mi compañero y me escupía, el muy cabrón. Lo maté, sin dudarlo. Pero al parecer él era Alguien. Alguien importante. Por eso me reubicaron, sin decirle a nadie de mi paradero. Estuve en Afganistán y en la Legión Extranjera, pero no era lo mismo. Hasta que me cansé del desierto y me vine para aquí.
Iba a contarle de la vez que corrí de los gases lacrimógenos en la cancha de River, un partido fácil contra Ferro, pero no dije nada.

...

El reloj ya marcaba las tres de la mañana. El último jugador caminó despacio hasta la puerta y nos saludó con la mirada. Ahora sólo quedábamos Stefan y yo, y las putas de afuera, que se ofrecían a los coches que pasaban por la esquina.

-En mi casa de tengo un campo- contó Stefan. Compré un terreno lejos de la ciudad y construí un cabaño.
-¿Una cabaña?
-Sí, un cabaño. Está a tres días de la civilización, no tiene electricidad ni nada. Ahí voy a vivir cuando me retire, sin nadie que me moleste.

Stefan agarró el banquito que había al lado de la heladera y se sentó por primera vez en la noche. Aún así seguía siendo más alto que yo.
-Una vez encontré un cachorro de lobo casi muerto de frío, allí en mi campo. Lo arropé y lo llevé hasta el cabaño. ¿Alguna vez has visto un lobo, chico? Él fue mi compañero, pero no es como los perros. Él se sienta a tu lado y mira al vacío. Te respeta, pero sólo a veces te permite acariciarlo. Con él salía a cazar.
-¿Te gusta la montaña? -continuó, imparable- A mi me encanta la naturaleza. En el bosque tienes todo lo que necesitas, ¿sabes? Puedes comer frutos y cazar conejos y ciervos... Hay que tener cuidado de los osos porque te huelen desde muy lejos y corren rápido como los caballos. He visto alguno chiquito como mi dedo gordo de lo lejos que estaba. Y se notaba que me olía, porque gruñía, se paraba en dos patas y miraba para todos lados. Ese es su defecto: tienen muy mala vista.
-En Argentina hay mosquitos en verano –dije con cara de póquer-. Hay que tener cuidado porque te chupan la sangre. Y de noche te zumban en el oído y se esconden. Te roban el sueño.
Él asentía como un autómata. Se notaba que nunca me escuchaba. Quizás estaba ansioso por ser su último día de trabajo. Pronto regresaría a la libertad del desocupado; tendría el día entero para planificar su fast food con delivery de putas.

...

A las cuatro en punto cerramos las puertas del Jackpot Ferrer. Stefan estrechó mi mano con fuerza y me deseó buena suerte. Yo lo saludé con la sensación de que ya no nos volveríamos a ver.

Metí las manos en los bolsillos y caminé hacia casa.
-Mañana me toca trabajar solo -pensé-. Si vienen los moros, tengo que ser el rey.

viernes, 13 de marzo de 2009

EL PAIS DE NUNCA JAMAS

Entré al décimo bar con una falsa actitud optimista. Sabía que no me iban a contratar: la temporada todavía no empezaba y los tres mozos del lugar estaban sentados charlando.

-Buen día –le dije al encargado-, ¿le puedo pedir un favor?
-Venga, vale, ¿qué es lo que quieres?
-No es mucho, solo quiero que se acuerde de esta cara –dije, señalándome los pelos negros de mi barba de dos semanas-. Yo se que ahora no necesita camareros; me doy cuenta porque el bar está vacío. Pero en julio Ibiza va a estar saturada de turistas y usted va a necesitar más gente. Por eso vine a que memorice mi cara, así se acuerda de mí.
El encargado se rió, dejó de limpiar las copas y me miró con atención.
-Fíjese que confianza inspiran mis cejas –dije, arqueándolas-, y el pelo de buen trabajador que tengo –seguí, peinándome el flequillo-. Preste atención a los ojos, ahí se esconde mi esencia. ¿No ve los ojos de chico bueno y responsable que tengo? Por la barba no se haga ningún problema, es un reflejo del desempleo. Apenas me contrate me la afeito.
El encargado salió de la barra con una sonrisa y se estiró para agarrar uno de mis treinta currículums. No era necesario agregar que había trabajado como periodista en mi experiencia laboral (con los tres restoranes inventados alcanzaba), pero era una cuestión de orgullo.
-Vale, ya tengo tus datos -dijo. Se secó las manos en el delantal y estrechó mi mano-. ¿Tienes papeles?
-No, pero para usted es mejor así: puedo trabajar el doble y me paga la mitad.
-Venga chaval, es que este año está difícil por el tema de las multas, ¿sabes? Te llamaré si necesito a alguien en la cocina, así no trabajas a la vista de todos.
-No se preocupe, siempre fui habilidoso para la escondida. Muchas gracias por todo y le advierto: voy a volver. Hasta que no se sepa mi cara de memoria no paro. Mientras tanto practique con la foto del currículum.

Salí apurado y pude volver a ser Gerardo. Cuando pido trabajo necesito ser otro; inventarme un personaje y su respectivo entusiasmo. Nada más horrible que ofrecer mis servicios de puerta en puerta. Es como pedir monedas para el colectivo o salir a ofrecer tarjetas de descuento de un shopping en una avenida. Los bares del puerto de Ibiza están uno al lado del otro, todos vacíos, y yo nunca tuve alma de vendedor. Siempre preferí proteger mi orgullo ante el rechazo; no poner mi autoestima en juego a menos que fuera estrictamente necesario. Quizás por eso todavía no tenga novia. Los vendedores de perfumes baratos deben tener amantes de a montones.

-Disculpe, ¿lo molesto un segundito?
El gordo bajó el diario que le cubría la cara para analizarme con unos lentes tan gruesos como sus cejas canosas. Esperó sentado con la boca abierta, igual que su camisa, sin decir una palabra. Me acerqué con la mejor sonrisa artificial y le entregué un currículum.
Este es el momento en que hay que ser original, diferenciarse, pensé. Y entré en el personaje.
-Le voy a decir la verdad: no soy camarero.
El tipo siguió con la boca abierta, en silencio. En ningún momento miró el currículum que tenía en la mano.
-No señor, no soy camarero. Soy actor, ¿sabe? En mi próxima película voy a hacer el papel de un argentino que atiende mesas en un bar de Ibiza, y para meterme de lleno en el personaje quería aprender el trabajo. ¿Qué me dice?
El gordo ni se inmutó. Apoyó el currículum en la mesa y levantó el diario para seguir leyendo. Preferí irme sin saludar. Espero que me llame.

Después de otras diez sonrisas artificiales pasé por la Plaza del Parque, un buen lugar para descansar los currículums, disfrutar del sol en plena cara y seguir con el libro de Cortazar. También decir me lo merezco y entrar al restorán más barato para gastar cinco dolorosos euros en una paella o un buen plato de sardinas.

Qué placer tener la panza caliente a las cinco de la tarde. El trabajo del día ya está hecho, no vale la pena seguir rogando para ser lavaplatos. Ahora sí me desplazo con la espalda erguida y esa dulce liviandad de las vacaciones. Cuando termino la recorrida nada me diferencia de los millonarios que estacionan sus yates en el puerto durante toda la temporada. Ellos tendrán un séquito de modelos, motos acuáticas y whisky del bueno, pero su paraíso es el mismo que el mío. Solo que ellos lo deben disfrutar menos, porque ya lo tienen aprendido. Yo todavía puedo ir hasta Cala Comte y sorprenderme al ver en vivo y en directo el paisaje del fondo de pantalla de mi computadora. Muchas veces antes de llegar a esas playas escondidas -pequeñas postales íntimas- necesito frenar para convencerme de que la imagen es real: la arena casi blanca rodeada de montañas rojizas, un mar que intercala verdes con azules profundos, los veleros durmiendo la siesta a metros de la orilla, esos chiringuitos de paja con música chill out…
Parece la nueva versión del País de Nunca Jamás. La gente compra pasaje para ser joven acá mismo. Yo entre ellos. Me sentía joven desde antes, pero ahora quería comprobarlo.

A la noche la escena es otra. Junto a mi amigo Javier, El Pionero, tomo el taxi para no caminar los cinco kilómetros hasta Amnesia, uno de los mejores boliches de Ibiza. Él ya probó todo lo que tenía que probar y volvió al país con grandes anécdotas y una interesante cuenta corriente. Las historias me entusiasmaron tanto como el resumen bancario, por eso este año me toca probar a mí.

En Amnesia la música no se escucha con los oídos: es una experiencia sensorial. Las vibraciones me tiemblan el cuerpo entero, los escalofríos toman turnos para deslizarse por mi columna vertebral y la selva de turistas acompaña con esa imagen de educados envases vacíos balanceándose sin conciencia. Todos gritan, alzan los brazos y saltan solos, cada uno en su rincón, como desvanecidos. Pero igual contagian. La energía se siente en el lugar y yo también grito, salto y alzo los brazos. Hasta que la música se apaga, el silencio me aturde y siento que me robaron una parte del cuerpo. Sin entender miro a la muchedumbre que corea y aplaude hacia el primer piso, donde un hombre con un cañón grita a todo pulmón:
-¿Quieren espumaaa?
-Siiiii –respondemos todos a coro, como niños de jardín de infantes.

Arranca la cuenta regresiva: diez, nueve, vamos que se viene, seis, cinco, preparate, dice Javier, no lo vas a poder creer, dos, uno. Shhhhh. El primer chorro me sorprende por la potencia y la cantidad, pero lo recibo con alegría. El problema empieza cuando llega el momento de respirar: abro la boca apenas y todo ese jabón líquido baja por mi garganta, me atraganta, y nadie me avisó. Llegan las toses, la desesperación, la espuma sigue cayendo y ya no se cómo gritar. Intento aferrarme a alguien pero los manotazos de ahogado rebotan contra espaldas mojadas y un brazo ciego me golpea la mejilla. Contengo la respiración y agacho la cabeza en posición de bicho bolita para ofrecerle la nuca al cañón. Abro los ojos y siento el ardor. El piso está blanco y la espuma no se detiene, ya me llega a las rodillas y sube por mis muslos como una enredadera blanca de habichuelas mágicas. Me soplo las manos con fuerza para sacarme la espuma de los dedos y limpio mis labios, así aspiro la primer bocanada salvadora. Todavía con el chorro directo en la nuca veo como la espuma está a la altura de mi pecho y sigue subiendo. Pienso en mi metro sesenta y me ataca el pánico. Tengo que escapar. Alzo la cabeza un segundo y recibo la catarata en la cara. Más toses, ceguera total y manotazos a cualquier lado para abrirme camino entre los cuerpos resbaladizos, y más gente, y menos oxígeno, y todo ese jabón tóxico, hasta que por fin llega el claro con el aire salvador.

Abro los ojos y veo espuma, espuma, una barra y dos barmans señalándome entre risas. Sigo hasta el baño y encuentro nuevas risas en el camino, hasta que me mojo la cara, miro el espejo y me doy cuenta. Estoy cubierto de blanco, de pies a cabeza. Tengo los ojos rojos y mi pelo parece la peluca de un juez inglés. Soy un oso polar enano con conjuntivitis.

Ya más tranquilo, vuelvo a la pista y entiendo que el truco está en bailar en un rincón donde el chorro no caiga directo. Entonces sí puedo disfrutar sin remera, hacer guerra de espuma, bailar sin verme las piernas, abrazarme con desconocidos. Estamos todos jugando en una gran bañadera musical. Más hombres que mujeres, porque las pocas valientes, ya en ropa interior, tienen que soportar los toqueteos invisibles por debajo de la funda blanca.
-¿Y? –pregunta Javier, radiante -. ¿Qué te pareció?
Amago a responderle y lo ataco con la espuma directo a los ojos, pero él me supera en el forcejeo y aplica el abrazo inmovilizador, apretándome bien fuerte.
-Esto no es nada –me dice al oído-. Imaginate lo que va a ser cuando empiece la temporada.

A las ocho de la mañana, después de abandonar las pompas de jabón en el cuarto de duchas que hay a la salida, caminamos los cinco kilómetros hasta el departamento con el sol clavándose en nuestras espaldas y los jeans empapados. Suena un teléfono. Es el que me prestó Javier. Todavía funciona.
-Hola, ¿con Gerardo? Mira, que ando necesitando gente y mi señora me ha dicho que tú eres un buen chaval, ¿puedes pasarte por el bar en un par de horas?
-Sí, seguro. Muchísimas gracias.
Mi nuevo jefe me pasa los datos y un alivio inmediato. Los jeans siguen mojados, pero ya no pesan tanto. Miro los barcos del puerto, cierro los ojos y siento la brisa en la cara.
Por fin encontré a alguien que me explote.

viernes, 6 de marzo de 2009

ANÁLISIS

-Esto no me gusta nada –dijo el doctor.

Yo me sentía fenomenal. Un tanto ansioso, es cierto, ya que si todo salía bien en catorce horas abordaría el avión con destino a Ibiza.
Pero al parecer, no todo salía bien.

-¿Cuándo te vas? –preguntó sin mirarme, mientras revisaba los resultados de los análisis de sangre.
-Mañana a las ocho de la mañana. ¿Algún problema? Mire que ya tengo las valijas hechas.
-¿Mañana? ¡¿Pero vos sos boludo?!

A pesar de que nos conocíamos desde hacía tres exámenes clínicos había cierta confianza. El tipo tenía onda.

-Dele doc, no joda. Yo me voy sí o sí. ¿Pasa algo?
-Primero que nada estás anémico... Pero lo que me preocupa es que además tenés los glóbulos rojos bajos, la bilirrubina alta… esa combinación no es buena.
-Tampoco será para tanto, no? Qué me puede pasar si no me duele nada. Dígame que puedo viajar, la obra social le paga más tarde y quedamos a mano, le parece?

El doctor no me escuchaba. Seguía repasando las hojas de los análisis en silencio, muy concentrado. De pronto pareció recordar algo.

-¿Mañana te vas? ¡¿Pero vos sos pelotudo?!
-Qué se yo… la verdad es que si no era por mi viejo estos exámenes ni los hacía. El chequeo era más que nada para dejarlo tranquilo a él.
-No, esto está mal –concluyó con un tono serio-. Yo no puedo dejar que te vayas así, tengo que hacer más análisis. Esto puede que no sea nada, pero también puede ser un virus, o algo diferente, no se puede saber.

Recién entonces se me activaron los nervios y un escalofrío me acarició la nuca. No entendía cómo podía tener algo grave si en apariencia estaba intacto. Sabía que no era fácil ganarle una discusión al delantal blanco con su colección de diplomas; pero yo tenía pasaje, ilusiones, ansiedad. Y ahora también tenía miedo.

-Dígame la verdad doctor, ¿me puedo morir de esto?
-No puedo saberlo sin hacer más análisis.

Ahí mismo me agarró el ataque, que consistió en aferrarme de la silla, acomodarme en la misma posición siete veces y sentir el invisible nudo en el pecho.
De alguna manera logré quedarme callado y hacer caso. Sabía que aún no existía medicación para el miedo.

...

Unas llamadas, un taxi y una jeringa más tarde tomaba un café con medialunas en un bar frente al hospital. El doctor había movido sus piezas para que los médicos de guardia accedieran a hacerme un nuevo análisis de sangre de urgencia. Dentro de una hora descubriría mi destino. Mientras tanto, reflexionaba mirando a una taza de café.

¿El viaje? Qué importaba el viaje. Yo quería vivir hasta los noventa, jugar a la canasta, quejarme del gobierno. Tantas cosas…
Decí mamá, ¡no toques eso!, quedate acá, estudiá ahí, elegí carrera, ¿todavía no trabajas?, ¿ya te recibiste?
Toda la vida hice lo correcto. Y ahora llegaba el difícil momento después del “título” de periodista. Recién ahora empezaba a decidir por mi cuenta. Recién ahora, que me fugaba de la incertidumbre, de mi precipicio personal, que decidía algo fuera de los parámetros.
Recién ahora, ya se terminaba todo, tal vez.

Necesito más tiempo, no puedo morirme sin saber quién soy, le decía a mi café con la boca cerrada y la mirada fija en ninguna parte.
Ese era uno de los objetivos del viaje. La lista no era larga ni pretenciosa: hacer plata, conocer, conocerme y escapar de mi futuro, que todavía esperaba expectante en algún lugar.
Con veintitrés años ya era tiempo de escarbar en mi personalidad y cavar un túnel directo hacia mi centro para averiguar mis deseos más profundos. El viaje podía podría darme la oportunidad de reemplazar mi cucharita por una excavadora, y acelerar el proceso.

...

El reloj marcó las siete y media de la tarde, hora de saber.
Crucé la calle y esperé en el mostrador el sobre que decidiría mi viaje, mi virus, mi vida. Imaginé a un enfermero radiante con un sobre dorado escrito con letras de colores: Felicitaciones, estás vivo. Y de pronto se me ocurrió que las víctimas del noticiero también debían pensar que ellos jamás, que tenían un ángel aparte, que eran necesarios.

Todos creen que son especiales. Yo no. Por eso soy especial.

Me siento bien, me siento bien, me siento bien , repetí para mí mismo. Esa era la clave.
Por fin llegó el enfermero y me entregó el sobre con una sonrisa. ¿Sería buena señal?
Análisis de Gerardo Koff, soltero, 23 años. Hemoglobina: bien. Hematocrito: bien. Bilirrubina: genial. Todo había sido un error. Me habían dado los resultados de otra persona.

Llamé al doctor para darle las gracias, corrí una cuadra lo más rápido que pude, salté, alcé los brazos, canté la canción de Rocky.
De pronto imaginé a un hombre sintiéndose para el carajo, sufriendo contento porque los resultados de sus análisis son auspiciosos: dicen que no debe preocuparse. En ningún lado explica que son los míos.
Era una lástima, pero yo tenía que festejar. Mi ángel seguía trabajando a la perfección.

...

Ya en casa, antes de empacar el último calzoncillo, abrí mi cuaderno y en la primera hoja anoté: SOY UN OBSERVADOR.

Lo medité por un momento y certifiqué la idea.
Escribí: Mi vida sale, experimenta, gana, pierde, llora, se pelea, vive, se mata de risa. Y yo la miro, sentadito en el asiento plegable de director. Pienso, la analizo, saco conclusiones y cuando se despierta mi mano tomo cuidadosas notas en mi cuaderno, como lo hago ahora mismo. Eso es lo que soy: un espectador de mi propia vida.

Cerré el cuaderno y me acosté mirando al techo.
Este viaje puede ser una gran oportunidad de cambiar, pensé. Quizás con un poco de independencia pueda escapar del cómodo asiento de la platea y trepar hasta la pantalla. Ser el protagonista.
El problema es que nada está escrito, yo mismo tengo que decidir las características de mi personaje. Pero el viaje puede ayudarme a moldear las diferentes aristas del nuevo Gerardo.

Quizás, después de todo, yo sí sea especial.

Como todos los demás.