FAST FOOD NATION
Género cine hecho desde la impotencia.
En síntesis lo que vale es la intención.
Ideal para cualquiera que no trabaje para las cadenas de comida rápida.
Puntaje cinco firulos.
Fast food nation (2006) se anunció muchas veces, pero su estreno siempre se postergaba. Uno se preguntaba por qué, teniendo en cuenta la calidad de nombres en el reparto y la solidez de un director como Richard Linklater. Y la respuesta quizás está en que el film no es tan bueno como parece. Más cerca de una postura política que de una película, esta crítica abierta al capitalismo y las cadenas de comida rápida propone una historia coral y moralista al estilo de Vidas cruzadas y Babel, pero más directa y sin tanta pretensión artística.
En un principio la trama sigue a Don Anderson (Greg Kinnear), el director de Marketing de Mickey's en su viaje a un pequeño pueblo de Colorado para investigar el proceso de producción de The Big One, la hamburguesa estrella, que al parecer incluye un poco más de materia fecal de lo deseado en su contenido. Pero su historia, como las demás, sólo son elementos al servicio de un manifiesto en contra de un sistema de grandes corporaciones que se aprovechan de trabajadores mexicanos ilegales para vender un producto deliciosamente asqueroso. Esos diálogos filosóficos que son el jugo de SubUrbia, Tape, Antes del amanecer y otras joyitas de Linklater, pierden potencia al ser tan explícitos. No hay misterio ni sugerencia; lo que se predica es tan literal como decir que la comida chatarra es una mierda. Y la larga lista de celebridades –Bruce Willis, Ethan Hawke, Kris Kristofferson, Patricia Arquette y Avril Lavigne, entre otros- más que personajes son vehículos de un discurso que se tiene que enunciar desde diferentes puntos de vista.
Entre lo rescatable se encuentra la banda sonora y la metáfora de las vacas que se rehúsan a salir de la tranquera cuando son liberadas por un grupo anticapitalista. Y por supuesto el hecho de que lo que se dice es cierto y debe ser dicho, aunque quizás sea más efectivo desde el documental. Eso sí, nadie le quita el gusto a Richard de habernos asqueado con toda la sangre y los intestinos de las vacas de un matadero. El pequeño alegato de un vegetariano confeso.
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jueves, 23 de octubre de 2008
jueves, 4 de septiembre de 2008
ALGO NUEVO*
Género Roy Andersson.
En síntesis Película de culto para descubrir a un autor distinto, y explorarlo a fondo en tu videoclub amigo (si todavía no lo perdiste).
Ideal para Cinéfilos melancólicos y exitencialistas con gusto por el humor absurdo.
Puntaje Nueve firulines!
Un pesimista diría que todo está hecho. Que no queda prácticamente nada por inventar. ¿Hay alguna manera de diferenciarse? No hay esperanza -diría él-, tenemos que conformarnos con soñar que algún día, con suerte, imaginaremos una idea brillante del tamaño de un dedo meñique y podremos disfrutarla por sus quince segundos de trascendencia.
Sin embargo, cada tanto aparece alguien con una propuesta realmente nueva. Y en un mismo momento nos renueva la fe, genera admiración y una inmensa envidia. También nos fastidia: una cosa menos por inventar, pucha digo. Algo de eso tiene el director sueco Roy Andersson.
Todos aquellos cinéfilos con paciencia que quieran sorprenderse, que gusten del surrealismo cotidiano y del humor no tradicional deberían apurarse a comprar su entrada para ver La Comedia de la Vida, una película distinta que se acaba de estrenar y sin dudas durará muy poco en cartelera. Con unos cincuenta cortos tragicómicos entrelazados, Anderrson nos hace reír y pensar sobre la incomunicación, el comportamiento humano y nuestra forma de transitar el mundo. Sonrisas melancólicas de culto.
*Aclaración importante: la calificación anterior (cinco firulines) era un error, porque la amnesia me hizo creer que iba de 1 a 5 la calificación cuando en realidad era de 1 a 10, siendo 1 algo así como Mi papá es un ídolo y 10 una cosa más Lista de Schindler o Quieres ser John Malkovich.
En síntesis Película de culto para descubrir a un autor distinto, y explorarlo a fondo en tu videoclub amigo (si todavía no lo perdiste).
Ideal para Cinéfilos melancólicos y exitencialistas con gusto por el humor absurdo.
Puntaje Nueve firulines!
Un pesimista diría que todo está hecho. Que no queda prácticamente nada por inventar. ¿Hay alguna manera de diferenciarse? No hay esperanza -diría él-, tenemos que conformarnos con soñar que algún día, con suerte, imaginaremos una idea brillante del tamaño de un dedo meñique y podremos disfrutarla por sus quince segundos de trascendencia.
Sin embargo, cada tanto aparece alguien con una propuesta realmente nueva. Y en un mismo momento nos renueva la fe, genera admiración y una inmensa envidia. También nos fastidia: una cosa menos por inventar, pucha digo. Algo de eso tiene el director sueco Roy Andersson.
Todos aquellos cinéfilos con paciencia que quieran sorprenderse, que gusten del surrealismo cotidiano y del humor no tradicional deberían apurarse a comprar su entrada para ver La Comedia de la Vida, una película distinta que se acaba de estrenar y sin dudas durará muy poco en cartelera. Con unos cincuenta cortos tragicómicos entrelazados, Anderrson nos hace reír y pensar sobre la incomunicación, el comportamiento humano y nuestra forma de transitar el mundo. Sonrisas melancólicas de culto.
*Aclaración importante: la calificación anterior (cinco firulines) era un error, porque la amnesia me hizo creer que iba de 1 a 5 la calificación cuando en realidad era de 1 a 10, siendo 1 algo así como Mi papá es un ídolo y 10 una cosa más Lista de Schindler o Quieres ser John Malkovich.
sábado, 23 de agosto de 2008
LA VENGANZA DE DOLLY
Género Ovejas asesinas.
En síntesis Cine clase B, hecho como A.
Ideal para Vegetarianos ansiosos de venganza.
Puntaje 4 firulines.
Ovejas mutantes asesinas. Si leyó hasta acá ya tiene una idea de si puede o no llegar a gustarle esta película. Black Sheep es un disparate filmado con total seriedad, como se debe tomar el humor, pero el resultado no cumple las expectativas. Proponiendo un mix de géneros entre el terror y la comedia (aunque más inclinada para este lado), el film no da miedo y, si bien saca algunas risas, el chiste es uno solo: la premisa de ver a los animales más mansos y tontos del planeta como zombies despiadados. En un principio la audacia del planteo funciona, pero después de un tiempo el efecto se diluye y la broma se vuelve algo repetitiva.
Por supuesto que no todo es un completo desperdicio. Lo que promete el póster se cumple con creces, así que los vegetarianos que ansiaban ver la postergada venganza de las costillitas de cordero a la riojana no se irán defraudados: esta es la película que estaban esperando. Más teniendo en cuenta que las numerosas escenas de ovejas masticando vísceras humanas fueron hechas por Weta Workshops, los responsables de los efectos especiales de la trilogía de El señor de los anillos. Sin escatimar presupuesto, la producción supo explotar el potencial de estos animales adorables, y hay que admitir que ver a un rebaño bajando por un prado hermoso para cumplir su feroz revancha ecologista despedazando a un grupo de ejecutivos tiene lo suyo. Hay algo de sangre para los amantes del slasher y un homenaje al clásico hombre lobo americano traducido en el hombre oveja neozelandés. Pero en definitiva tanto el gore como los gags se quedan cortos y, sin generar suficientes gritos ni carcajadas, la película se queda en el meeeedio.
Ahora bien, resultado aparte, hay que aplaudir el riesgo que toma la película. No sólo por el mérito de llenar la pantalla de ovejas durante más de una hora sin que el público se quede dormido, sino más que nada por animarse a realizar la idea más absurda con la mejor calidad. Es cierto, el film está muy lejos del nivel de El milagro de P. Tinto o las obras de Stephen Chow, pero es gratificante saber que todavía hay gente apostando por el delirio. Y genera cierta envidia el hecho de que en otros países haya recursos para financiar disparates, cuando en Argentina pareciera que sólo pueden hacerse películas importantes.
P.D: Aprovecho para avisar que ya se estrenó sin mucho ruido Paranoid Park, de Gus Van Sant, y hay que verla en cine antes de que la saquen. Lars y la chica real por otra parte, tiene lo suyo.
En síntesis Cine clase B, hecho como A.
Ideal para Vegetarianos ansiosos de venganza.
Puntaje 4 firulines.
Ovejas mutantes asesinas. Si leyó hasta acá ya tiene una idea de si puede o no llegar a gustarle esta película. Black Sheep es un disparate filmado con total seriedad, como se debe tomar el humor, pero el resultado no cumple las expectativas. Proponiendo un mix de géneros entre el terror y la comedia (aunque más inclinada para este lado), el film no da miedo y, si bien saca algunas risas, el chiste es uno solo: la premisa de ver a los animales más mansos y tontos del planeta como zombies despiadados. En un principio la audacia del planteo funciona, pero después de un tiempo el efecto se diluye y la broma se vuelve algo repetitiva.
Por supuesto que no todo es un completo desperdicio. Lo que promete el póster se cumple con creces, así que los vegetarianos que ansiaban ver la postergada venganza de las costillitas de cordero a la riojana no se irán defraudados: esta es la película que estaban esperando. Más teniendo en cuenta que las numerosas escenas de ovejas masticando vísceras humanas fueron hechas por Weta Workshops, los responsables de los efectos especiales de la trilogía de El señor de los anillos. Sin escatimar presupuesto, la producción supo explotar el potencial de estos animales adorables, y hay que admitir que ver a un rebaño bajando por un prado hermoso para cumplir su feroz revancha ecologista despedazando a un grupo de ejecutivos tiene lo suyo. Hay algo de sangre para los amantes del slasher y un homenaje al clásico hombre lobo americano traducido en el hombre oveja neozelandés. Pero en definitiva tanto el gore como los gags se quedan cortos y, sin generar suficientes gritos ni carcajadas, la película se queda en el meeeedio.
Ahora bien, resultado aparte, hay que aplaudir el riesgo que toma la película. No sólo por el mérito de llenar la pantalla de ovejas durante más de una hora sin que el público se quede dormido, sino más que nada por animarse a realizar la idea más absurda con la mejor calidad. Es cierto, el film está muy lejos del nivel de El milagro de P. Tinto o las obras de Stephen Chow, pero es gratificante saber que todavía hay gente apostando por el delirio. Y genera cierta envidia el hecho de que en otros países haya recursos para financiar disparates, cuando en Argentina pareciera que sólo pueden hacerse películas importantes.
P.D: Aprovecho para avisar que ya se estrenó sin mucho ruido Paranoid Park, de Gus Van Sant, y hay que verla en cine antes de que la saquen. Lars y la chica real por otra parte, tiene lo suyo.
miércoles, 20 de agosto de 2008
TAN MARTEL
Género: Cine de autor.
En síntesis: Un thriller dramático con el sello de la directora de La ciénaga.
Ideal para: Espectadores sensibles y analíticos que prestan atención a los detalles.
Puntaje: 8 firuletes.
Explicar dónde se esconde el placer de las películas de Martel es como transmitir a los amigos la esencia de la chica que nos gusta. Si bien se podría describir con trazo grueso su atractivo, hay algo más, una sumatoria de detalles que la hacen especial: la forma de sonreír, el reflejo de la luz en su mirada, una mueca pícara. Y en el universo de Lucrecia, esos detalles están en cada una de las escenas. Una sobrina que dice zangolotear es como un lunar bien ubicado; una reunión alrededor de una tía en cama es ese flequillo que le tapa los ojos y tiene que soplarse cada tanto. Lucrecia ve a las escenas desnudas y las va vistiendo de a poco, como una estilista obsesiva, hasta agregarle el último de los accesorios. Esa construcción por capas permite disfrutar cada escena por separado, con una tensión propia, mientras las piezas sutilmente van cayendo en su lugar hasta dar forma al conjunto.
La mujer sin cabeza sigue de cerca a Verónica, una mujer de clase alta del interior que atropella algo en la ruta (un perro, un niño) y queda en un extraño estado de shock; entre la confusión, la culpa y la sensación de ser ajena a la vida que construyó. María Onetto sostiene la trama con una expresión contenida, casi sin respirar, mientras se deja llevar en silencio por la rutina; y la tensión se quiebra con un humor sutil que surge de la confusión de la protagonista, el costumbrismo y el contraste de la música en situaciones dramáticas.
Con paciencia y confianza, Martel dejar reposar la película en este clima enrarecido valiéndose de lo que mejor le sale: la creación de atmósferas mediante un gran trabajo del sonido y la fotografía, que acompaña las sensaciones de Verónica utilizando sombras que le cubren la cara y el fuera de foco para despegarla de su entorno. Sobrevuela un aura de misterio que coquetea con el cine de David Lynch, incitándonos a descubrir qué es lo que pasa mientras nos sumerge en las imágenes; pero en este caso no todo era un extraño sueño y cuando Verónica despierta, la historia cambia.
La escena de quiebre ocurre en un baño, cuando ella se permite llorar. Antes de eso no puede decir lo que pasó, y después no puede dejar de decirlo. Es el entorno entonces el que vuelve a estar en foco, con la practicidad de los hombres de ocultar los problemas. Verónica es un iceberg; pequeños gestos y acciones nos conducen a su pensamiento, y con su indecisión corre el riesgo de hundirse en la duda eterna en torno al accidente. Así es que van resonando los temas que abarca Lucrecia: la impunidad del apellido, el costo de la verdad, cierto paralelismo con la dictadura… Por supuesto que sin respuestas claras y con la ambigüedad que la caracteriza.
El mayor atractivo de La mujer sin cabeza es esa cualidad tan Martel que, al igual que los libros de Cortázar, genera placer sólo por la forma de hablar y relacionarse que tienen los personajes. Como siempre las actuaciones resultan naturales, se respira vida en cada plano y aparecen esos códigos internos de familia grande, burguesa y provinciana que invitan a ser parte de su mundo. Y para el público de culto están las los diferentes niveles de lectura, con símbolos y detalles que recompensan a los espectadores incisivos.
Ahora habrá que esperar para ver qué hace con El Eternauta, un desafío nuevo que le servirá para escapar de su lugar de intocable y animarse a lo inesperado.
Ojalá no se demore otros tres años en hacerla.
En síntesis: Un thriller dramático con el sello de la directora de La ciénaga.
Ideal para: Espectadores sensibles y analíticos que prestan atención a los detalles.
Puntaje: 8 firuletes.
Explicar dónde se esconde el placer de las películas de Martel es como transmitir a los amigos la esencia de la chica que nos gusta. Si bien se podría describir con trazo grueso su atractivo, hay algo más, una sumatoria de detalles que la hacen especial: la forma de sonreír, el reflejo de la luz en su mirada, una mueca pícara. Y en el universo de Lucrecia, esos detalles están en cada una de las escenas. Una sobrina que dice zangolotear es como un lunar bien ubicado; una reunión alrededor de una tía en cama es ese flequillo que le tapa los ojos y tiene que soplarse cada tanto. Lucrecia ve a las escenas desnudas y las va vistiendo de a poco, como una estilista obsesiva, hasta agregarle el último de los accesorios. Esa construcción por capas permite disfrutar cada escena por separado, con una tensión propia, mientras las piezas sutilmente van cayendo en su lugar hasta dar forma al conjunto.
La mujer sin cabeza sigue de cerca a Verónica, una mujer de clase alta del interior que atropella algo en la ruta (un perro, un niño) y queda en un extraño estado de shock; entre la confusión, la culpa y la sensación de ser ajena a la vida que construyó. María Onetto sostiene la trama con una expresión contenida, casi sin respirar, mientras se deja llevar en silencio por la rutina; y la tensión se quiebra con un humor sutil que surge de la confusión de la protagonista, el costumbrismo y el contraste de la música en situaciones dramáticas.
Con paciencia y confianza, Martel dejar reposar la película en este clima enrarecido valiéndose de lo que mejor le sale: la creación de atmósferas mediante un gran trabajo del sonido y la fotografía, que acompaña las sensaciones de Verónica utilizando sombras que le cubren la cara y el fuera de foco para despegarla de su entorno. Sobrevuela un aura de misterio que coquetea con el cine de David Lynch, incitándonos a descubrir qué es lo que pasa mientras nos sumerge en las imágenes; pero en este caso no todo era un extraño sueño y cuando Verónica despierta, la historia cambia.
La escena de quiebre ocurre en un baño, cuando ella se permite llorar. Antes de eso no puede decir lo que pasó, y después no puede dejar de decirlo. Es el entorno entonces el que vuelve a estar en foco, con la practicidad de los hombres de ocultar los problemas. Verónica es un iceberg; pequeños gestos y acciones nos conducen a su pensamiento, y con su indecisión corre el riesgo de hundirse en la duda eterna en torno al accidente. Así es que van resonando los temas que abarca Lucrecia: la impunidad del apellido, el costo de la verdad, cierto paralelismo con la dictadura… Por supuesto que sin respuestas claras y con la ambigüedad que la caracteriza.
El mayor atractivo de La mujer sin cabeza es esa cualidad tan Martel que, al igual que los libros de Cortázar, genera placer sólo por la forma de hablar y relacionarse que tienen los personajes. Como siempre las actuaciones resultan naturales, se respira vida en cada plano y aparecen esos códigos internos de familia grande, burguesa y provinciana que invitan a ser parte de su mundo. Y para el público de culto están las los diferentes niveles de lectura, con símbolos y detalles que recompensan a los espectadores incisivos.
Ahora habrá que esperar para ver qué hace con El Eternauta, un desafío nuevo que le servirá para escapar de su lugar de intocable y animarse a lo inesperado.
Ojalá no se demore otros tres años en hacerla.
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