Javier le dijo a su psicóloga que estaba de-so-la-do porque su novia lo había dejado sin explicarle por qué. Le dijo que a pesar de que le insistió varias veces que replanteara su decisión no hubo caso, y que lo que más le molestaba de la situación era que ella no le había querido decir qué pensaba realmente de él.
Javier le dijo a la psicóloga que la principal razón para la cual se había puesto de novio era que alguien externo a él fuera testigo de su personalidad, así después podría contarle como era él visto desde afuera. Por eso mismo terminar así, sin recibir razones ni detalles de su forma de ser, era como haber desperdiciado la mejor parte de la relación. Y por eso mismo, su relación había sido un fracaso.
Tres meses tirados a la basura.
Javier le dijo a la psicóloga que estaba muy triste por todo eso.
Javier hizo una pausa para hacerle sentir lástima a la psicóloga con su última frase. Se esforzó por llorar en esa pausa pero no lo logró, y debió conformarse con concentrarse en la cara de un cachorro de hush puppie abandonado bajo la lluvia para copiar esa expresión y adaptarla a la versión humana.
Luego de la pausa, Javier contó a la psicóloga que intentó convencer a su ex novia de que le diera una segunda oportunidad, así podría ganar más tiempo para averiguar qué pensaba ella realmente de él. Lograr una confesión por parte de ella, era para Javier como rescatar del tacho de basura los tres meses de relación, algo parecido a gritar un gol en el último minuto.
Para convencerla, Javier le aseguró a su ex novia que era capaz de convertirse en lo que ella quisiera con tal de que no lo dejara. Sacó una birome y un anotador y la alentó a que escribiera una lista con todas las características que no le atraían de él; y le juró que, de esa manera, él inmediatamente haría desaparecer esos adjetivos de su personalidad.
-Se lo juré por nosotros –le dijo Javier a la psicóloga.
-Jurarlo por nosotros ahora mismo no tiene mucho valor que digamos –dijo Javier que le respondió su ex novia.
Sin embargo, Javier insistió. Y subió la apuesta ofreciéndole a su ex novia que agregara en la lista nuevos adjetivos que le gustaría que él adquiriera junto con los nombres de algunos hombres que contuvieran esos adjetivos. Él se comprometía a seguir a esos hombres y estudiarlos hasta lograr incorporar cada uno de los adjetivos escritos en la lista.
Javier estaba dispuesto a cambiar su personalidad entera con tal de que su ex novia le dijera como era él realmente visto desde afuera. Pero ella se negó, sin explicarle que alto, negro y brasilero eran adjetivos muy difíciles de incorporar.
.
.
.
.
-¿Y vos qué pensás de todo esto Javier? –le preguntó la psicóloga a Javier.
-No, usted que piensa de esto doctora –le respondió Javier a la psicóloga-. ¿Y qué piensa de mí, ya que estamos? Dígamelo de una vez.
-No, Javier. Decime vos que pensás –retrucó la psicóloga.
-Dígame usted qué pienso doctora. Y qué tengo que pensar si lo que pienso no es lo que debería estar pensando. Para qué le pago sino, atorranta –se enojó Javier.
La psicóloga guardó silencio, apretó el botón de su bolígrafo y escribió en su cuaderno alguna cosa que Javier no llegó a ver. Javier entonces se puso de rodillas en el suelo arrepentido, como si estuviera a punto de proponer matrimonio en una película de Hollywood. A Javier le encantaba hacer cosas como si estuviera en una película. Lo hacía sentirse más normal y, a la vez, más importante.
-Doctora, ya pasaron seis meses de tratamiento –dijo Javier-. Por favor haga de cuenta que tengo amnesia y no recuerdo nada. Dígame quién soy, doctora, se lo ruego.
-No me toques la pollera Javier –respondió la psicóloga-. Y volvé al diván. Si te sentás, te prometo que te lo digo.
Javier soltó a la psicóloga. Luego le alisó la pollera para borrarle las arrugas y tomó asiento en el diván. La doctora se puso nerviosa y lo miró de costado.
-Creo, Javier, que estás obsesionado con saber lo que la gente piensa de vos.
-Ajá, ajá…-dijo Javier, cruzando las piernas.
-Tenés que terminar con esto, porque no te deja funcionar. Es urgente.
-Ajá, ajá… -siguió Javier ahora también con la mano en la pera-. ¿Y usted qué piensa?
-Pienso que tenés que descubrir quién sos vos para vos. No podés guiarte por lo que imaginás que piensan los demás para tomar las decisiones en tu vida. Eso es algo que no se puede saber nunca.
-¿Lo que piensan los demás?
-Exacto. Es imposible saber lo que piensan los demás de vos.
-Saber lo que piensan todos de mí… -dijo Javier.
Javier se quedó unos segundos estudiando la pared con la mirada perdida. En su cabeza se vio como un villano que estaba teniendo una idea fabulosa para conquistar al mundo en una película de clase B. Le gustó esa expresión, por eso la sostuvo lo más que pudo. Se preguntó si los demás también verían su expresión de villano como él se imaginaba que la estaba haciendo, pero como se lo preguntó en voz baja y dentro de su mente, nadie le dijo la respuesta. Siempre que intentó verse con la mirada perdida en el espejo había terminado con dolor de ojos y una intensa sensación de fracaso.
.
.
.
.
Javier pensó que era una buena idea inventar una máquina que permitiera intercambiar cuerpos con otra persona por el lapso de unos segundos para poder verse a sí mismo desde afuera. Recordó que había visto algo similar en una película de Steve Martin, y se le ocurrió que, como la película era vieja, quizás después de todo este tiempo alguien la había visto y ya había inventado la máquina.
Javier llamó al Centro Superior de Investigaciones Científicas, pidió habar con un científico y cuando este lo atendió, le preguntó si sabía dónde podía conseguir una máquina de esas que permiten cambiar de cuerpo con otra persona por el lapso de unos segundos. El científico le respondió que todavía no tenían, pero sugirió que se comprara una máquina filmadora para filmarse y después ver el video en la televisión. El científico dijo que era la mejor opción que se le ocurría para que Javier pudiera verse desde afuera. Javier no estuvo de acuerdo, pero le agradeció al científico por la intención y por haber pronunciado la palabra filmadora, ya que al pronunciarla le había dado una idea interesante.
Javier pensó que era una idea interesante fingir su propia muerte. Llamó a su amigo Miguel, que estudiaba cine en la FUC y tenía una filmadora, y le propuso que para su tesis final hiciera un mediometraje sobre todo el proceso. Miguel estuvo de acuerdo y esa misma semana se juntó con Javier para ultimar los detalles.
Miguel y Javier tomaron un café y decidieron que la mejor opción era que Javier se fuera de la ciudad sin avisar durante un par de semanas. Antes, Miguel se encargaría de filmar el secuestro de Javier y su posterior asesinato con una estética realista para formar parte de la ola del Nuevo Cine Argentino. Miguel dijo que después subiría el video en youtube y aseguró que nadie sospecharía de la imbecilidad que debían tener los secuestradores para subir el viedo a youtube después de realizar un asesinato, ya que hoy en día todas las personas tenían la necesidad de mostrarse y los asesinos no eran ajenos a esa tendencia. Miguel dijo que todo iba a salir bárbaro, y que él no iba a descansar hasta convertirse en el nuevo Adrián Caetano. Javier le dijo que era raro que se convirtiera en el nuevo Adrián Caetano mientras el viejo Adrián Caetano seguía vivo. Dijo qué para convertirse en el nuevo Adrián Caetano Miguel tenía que esperar a que el viejo Adrián Caetano muriera. Miguel dijo que no, que con un asesinato ya era suficiente, y que matar a un famoso era más peligroso. Javier le aseguró que Adrián Cateano era famoso de nombre, pero que su cara la conocían sólo unos pocos. Miguel dijo que de todas maneras no valía la pena arriesgarse.
.
.
.
.
Esa semana filmaron el video del secuestro y el asesinato en un descampado cerca de la zona de Tigre. Al terminar el rodaje, Miguel acompañó a Javier hasta la terminal de Retiro para que se tomara un tren hasta Mar del Plata. Miguel le dijo a Javier que apenas se fuera llamaría a la familia para darles la noticia así organizaban el velorio lo antes posible.
A Javier le daba un poco de lástima jugar con los sentimientos de sus familiares, pero estaba dispuesto a hacer el sacrificio. Javier recordaba que su abuelo siempre le repetía que en la vida nada se conseguía sin esfuerzo. Que había que sacrificarse. Cuando Javier le preguntaba cuál era el esfuerzo que hacían los ganadores de la lotería, su abuelo siempre le respondía que era un idiota. Por ese tipo de actitudes, Javier quería mucho a su abuelo: era de las pocas personas que le daban un indicio de cómo era su personalidad. Javier decía que él sabía que su abuelo decía la verdad porque había leído en una cita textual de la revista Caras que los niños y los viejos siempre decían la verdad. La diferencia era que había muchos niños que decían la verdad antes de aprender a hablar, y que por no se les entendía y las verdades eran desperdiciadas. Por eso mismo, Javier prefería la opinión de su abuelo antes que la de su sobrino, que tenía un año y medio.
.
.
.
.
Por consejo de Miguel, los padres de Javier decidieron organizar el velorio a pesar de que la policía todavía no había podido hallar el cuerpo. Miguel dijo que conocía a una Madre de Plaza de Mayo, y que por la experiencia relatada por ella con respecto a los desaparecidos, había aprendido que lo mejor era hacer el duelo lo más rápido posible. Había que tratar de llorar mucho mucho mucho mucho para descargarse y luego había que aceptarlo y dejar el asunto atrás porque la vida seguía y no tenía sentido desperdiciarla.
El discurso de Miguel fue muy convincente y logró los resultados esperados.
Durante el velorio, Miguel se ocupó de filmar a todos los conocidos de Javier preguntándoles qué pensaban de él. Explicó que estaba preparando un video para enterrarlo junto con el cuerpo así Javier podría descansar en paz con la seguridad de saber quién había sido él en vida, algo que todos sabían que lo había atormentado hasta sus últimos días.
Todos los familiares y amigos contribuyeron, y al final del velorio Miguel contaba con más de treinta testimonios sobre la personalidad de Javier. La ex novia había leído un papel que guardaba de recuerdo con una lista de los adjetivos que menos le atraían de Javier junto con otros adjetivos que le hubiera gustado que tuviera. Lloró un poco después de leerlo y dijo estar arrepentida de no habérselo leído en vida, pero explicó que no lo hizo porque tuvo miedo de que eso le generara a Javier falsas expectativas.
Cuando el velorio terminó, los padres de Javier anunciaron que iban a tirar las cenizas en el lugar preferido de Javier en el mundo, pero al no estar seguros de saber dónde quedaba ese lugar exactamente, querían saber la opinión de los demás. Un tío preguntó de dónde habían sacado las cenizas si la policía no había encontrado el cuerpo. Los padres le explicaron que para seguir el consejo de Miguel, decidieron hacer el duelo lo más rápido posible y quemaron todas las pertenencias de Javier, incluyendo la cama. Los padres dijeron que después guardaron todas las cenizas en una vasija y que, en cierto sentido, para ellos esas cenizas eran las cenizas de Javier.
La ex novia de Javier dijo que a su parecer lo que más le gustaba hacer a Javier en el mundo era ir a la psicóloga. Todos estuvieron de acuerdo y decidieron arrojar las cenizas en la oficina de la psicóloga de Javier. Miguel pidió disculpas por no poder arrojar el video junto con el cuerpo de Javier, porque este, al igual que su tumba, no existía. Dijo que le daba no se qué dejar el video en lo de la psicóloga al alcance de todos sus pacientes, porque según Miguel esa gente está muy conflictuada y es capaz de cualquier cosa. Nadie objetó cuando Miguel propuso guardar el video en su propia casa.
.
.
.
.
Un domingo a la tarde de la semana siguiente, Miguel fue a recibir a Javier a la estación de Retiro en su vuelta del viaje a Mar del Plata. Apenas llegó Javier, los dos se abrazaron y enseguida viajaron hacia la casa de Miguel para ver el video. Javier no preguntó detalles de su velorio ni de su funeral, porque estaba demasiado ansioso por descubrir qué es lo que el mundo pensaba realmente de él. Su satisfacción fue inmensa al ver en la filmación de Miguel tantas palabras lindas pronunciadas por sus conocidos más cercanos acerca de su personalidad.
.
.
.
.
Aliviado como nunca antes en la vida, Javier decidió seguir siendo exactamente como era hasta ese entonces. Regresó de la muerte contentísimo de saber al pie de la letra la opinión de todos los demás acerca de su persona y explicó que todo había sido una farsa para ayudar a Miguel a realizar su tesis para la FUC.
Desde ese día, todos coincidieron con el abuelo y pensaron que Javier era un idiota.
Menos Javier.
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentito. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentito. Mostrar todas las entradas
miércoles, 16 de marzo de 2016
lunes, 7 de septiembre de 2015
HACIENDO TRAMPA
Casi siempre sucede en una fiesta familiar. Tipo casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah. El abuelo Tito emerge entre primos y tíos y me dice de jugar al backgammon. O como él le llama: el Taure. El backgammon es nuestra forma de relacionarnos.
Él nunca se cansó de jugar. Al principio me ganaba (siempre fue un tipo de suerte), pero con el tiempo cada tanto vencía yo y, cerca del final, los dos hacíamos fuerza para que ganara él. Así lo veía contento. Su versión contenta era más propensa a regalarme algún vuelto para ir al cine o comprar chocolates. Al terminar el partido nos estrechamos la mano como gerentes de empresas multinacionales.
Pocas cosas son más graciosas como ver al abuelo Tito hacer trampa para ganar. Solía aprovecharse de su alzheimer pasajero descaradamente. Yo a veces lo dejaba hacer y otras le discutía para verlo discutir lo indiscutible. Graciosísimo. Pero lo raro de jugar en esta fiesta -casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah-, es que el abuelo Tito todavía no se de cuenta de que está muerto. Y a mi me da vergüenza avisarle.
Entonces jugamos. Como de costumbre me da a elegir y yo elijo las blancas. Tiramos los dados y él saca un seis (suertudo) que le gana a mi cinco. Empieza él, entonces.
A veces se equivoca en alguna movida y yo le sugiero corregirla. Hay que dejarlo ganar. Otras veces se impacienta al ver que pienso demasiado y mueve las fichas por mí recomendándome la mejor jugada. Igual que antes. Solo que todo este tiempo pienso que al abuelo Tito lo falso enterramos y él volvió para refutarnos a todos los que asumimos su muerte y refregarnos en la cara el año de más que piensa vivir. De alguna manera se que él volvió para vivir un año más. Ni más ni menos. Y que cuando nos acostumbremos a su presencia va a morirse de verdad, por segunda vez. Para irse cuando él quiera. Pienso todo eso mientras el abuelo sigue jugando. Y trato de que no se note la mezcla de susto y culpa que siento por haber ido a su velorio antes de tiempo. Siempre es así. Cada vez que lo sueño.
El abuelo Tito hace como si nada. Sigue jugando. Y nosotros –mis primos, mis tíos y yo- nos miramos a los ojos cómplices en silencio y tampoco decimos nada. Para que no se de cuenta. Pero sabemos que él está haciendo de cuenta. Que se hace el distraído. Que está haciendo trampa. Y es graciosísimo.
Él nunca se cansó de jugar. Al principio me ganaba (siempre fue un tipo de suerte), pero con el tiempo cada tanto vencía yo y, cerca del final, los dos hacíamos fuerza para que ganara él. Así lo veía contento. Su versión contenta era más propensa a regalarme algún vuelto para ir al cine o comprar chocolates. Al terminar el partido nos estrechamos la mano como gerentes de empresas multinacionales.
Pocas cosas son más graciosas como ver al abuelo Tito hacer trampa para ganar. Solía aprovecharse de su alzheimer pasajero descaradamente. Yo a veces lo dejaba hacer y otras le discutía para verlo discutir lo indiscutible. Graciosísimo. Pero lo raro de jugar en esta fiesta -casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah-, es que el abuelo Tito todavía no se de cuenta de que está muerto. Y a mi me da vergüenza avisarle.
Entonces jugamos. Como de costumbre me da a elegir y yo elijo las blancas. Tiramos los dados y él saca un seis (suertudo) que le gana a mi cinco. Empieza él, entonces.
A veces se equivoca en alguna movida y yo le sugiero corregirla. Hay que dejarlo ganar. Otras veces se impacienta al ver que pienso demasiado y mueve las fichas por mí recomendándome la mejor jugada. Igual que antes. Solo que todo este tiempo pienso que al abuelo Tito lo falso enterramos y él volvió para refutarnos a todos los que asumimos su muerte y refregarnos en la cara el año de más que piensa vivir. De alguna manera se que él volvió para vivir un año más. Ni más ni menos. Y que cuando nos acostumbremos a su presencia va a morirse de verdad, por segunda vez. Para irse cuando él quiera. Pienso todo eso mientras el abuelo sigue jugando. Y trato de que no se note la mezcla de susto y culpa que siento por haber ido a su velorio antes de tiempo. Siempre es así. Cada vez que lo sueño.
El abuelo Tito hace como si nada. Sigue jugando. Y nosotros –mis primos, mis tíos y yo- nos miramos a los ojos cómplices en silencio y tampoco decimos nada. Para que no se de cuenta. Pero sabemos que él está haciendo de cuenta. Que se hace el distraído. Que está haciendo trampa. Y es graciosísimo.
martes, 21 de abril de 2015
SI TODO VA BIEN
Siempre pensó primero en sus miedos. Como para empezar por ahí. Y si no me sale, si me sale mal, imaginate si fracaso. Ese tipo de cosas. Hasta que un día empezó a triunfar en todo. Triunfar triunfar triunfar. Tres veces triunfar. Y más.
Tanto tiempo pasó dudando si algún día sería o no sería lo que pensaba que podía llegar a ser, que cuando se convirtió en todo lo que pensó que podía llegar a ser multiplicado por tres no supo qué hacer. En menos de dos años se cumplieron todos sus sueños. Los posibles, y los otros. Cada cosa que hacía terminaba en aplausos. Gente desconocida lo detenía por la calle para mostrarle su dedo pulgar derecho mirando hacia arriba. Y él empezó a ponerse nervioso. Nervioso, nerviososo, nervios, nerv.
Dejó de creer en sí mismo. Estaba convencido de que era una farsa, pero nadie se daba cuenta. Perdió el parámetro. Cada cosa que decía era celebrada por todos, menos por ese tipito gruñón que vivía adentro suyo desde que él era chico y aquel era tipititito.
Se dedicó a buscar. Buscó desesperadamente a alguien que contradiga su éxito. Un detractor absoluto, el presidente de su club de antifans. Buscó en barrios pobres, en barrios cultos, telefoneó a Jorge Rial, le preguntó a snobs, a veganos, a ecologistas, religiosos, extremistas, pesimistas y a esos adolescentes oscuros que se juntan en una esquina a vestirse de negro para repetirse que no están a favor de nada. Resultó que estaban a favor suyo. También ellos.
Decidió cambiar radicalmente, y empezó por la vestimenta. Fue a comprar la ropa más incongruente, se la puso toda junta, turbante incluido, y salió a caminar. Tenía puesto un traje imposible. A la gente le gustó mucho mucho.
Al día siguiente salió nuevamente con su traje imposible. Lo empezaron a felicitar. Palmadas en la espalda. Choque los cinco. Todo eso. Ya había otros que andaban con turbantes propios y le sonreían.
Empezó a sentir un olor. Un olor fuerte, como a huevo podrido, vomito de bebé y fermento de Jorge Formento mezclado en licuadora. Le dieron náuseas. Olió a la gente que lo saludaba, se olió la zapatilla, olió el piso, olió a todo su alrededor. No hubo caso. El origen era invisible. Se dio cuenta que si no encontraba el olor en nadie más, significaba que el olor era suyo.
Volvió a su casa corriendo. Se sacó la ropa en el balcón, la apiló y la quemó toda. Se puso a mirar el fuego hasta que se extinguía y encontró felicidad pasajera en ese ritual. Fue fugaz, pero le renovó el espíritu. Decidió cambiar radicalmente. Otra vez.
Se compró una cartera. No le parecía femenino, sino cómodo. Cambió el turbante por un sombrero a la Indiana Jones para sentirse importante. Se puso botas de cuero con taco alto porque era la mejor forma masculina de aumentar su altura sin convertirse en uno de esos payasos con zancos que reparten volantes en el circo. Y bufandas, a pesar de que era verano. Bufandas, de tres colores distintos. Amarillo, violeta y naranja. Para tapar el moño, que le gustaba usarlo sin que se viera, como si fuera su secreto más íntimo.
Salió decidido a ser otro. Contentísimo, la frente en alto. Su público enloqueció. Obra maestra. Genio del milenio. Avant garde. El adelantado. Y ese olor? Ustedes sienten ese olor? Ese olor insoportable. No se soporta. Pero nadie lo sentía más que él.
Corrió. Y su público detrás. Pero él corrió más rápido, y mientras se sacaba la ropa sus perseguidores se detenían para quedarse las prendas como recuerdos. Llegó a un lago y se tiro de cabeza desnudo. Salió con la cabeza desnuda, limpita. Y la boca como medialuna sacando a respirar a los dientes.
Sus seguidores lo vieron sin nada más que piel y, por fin, se indignaron. Qué verguenza. No tiene tacto. No tiene gusto. El nudismo está re out. A quién se le ocurre? Y él así, al natural. Todos asqueados, cierto, pero ya no sentía el olor. Ya no. Se sentía en paz consigo mismo, peleado con todos los demás.
Se sentía justo como quería ser: un verdadero artista.
Tanto tiempo pasó dudando si algún día sería o no sería lo que pensaba que podía llegar a ser, que cuando se convirtió en todo lo que pensó que podía llegar a ser multiplicado por tres no supo qué hacer. En menos de dos años se cumplieron todos sus sueños. Los posibles, y los otros. Cada cosa que hacía terminaba en aplausos. Gente desconocida lo detenía por la calle para mostrarle su dedo pulgar derecho mirando hacia arriba. Y él empezó a ponerse nervioso. Nervioso, nerviososo, nervios, nerv.
Dejó de creer en sí mismo. Estaba convencido de que era una farsa, pero nadie se daba cuenta. Perdió el parámetro. Cada cosa que decía era celebrada por todos, menos por ese tipito gruñón que vivía adentro suyo desde que él era chico y aquel era tipititito.
Se dedicó a buscar. Buscó desesperadamente a alguien que contradiga su éxito. Un detractor absoluto, el presidente de su club de antifans. Buscó en barrios pobres, en barrios cultos, telefoneó a Jorge Rial, le preguntó a snobs, a veganos, a ecologistas, religiosos, extremistas, pesimistas y a esos adolescentes oscuros que se juntan en una esquina a vestirse de negro para repetirse que no están a favor de nada. Resultó que estaban a favor suyo. También ellos.
Decidió cambiar radicalmente, y empezó por la vestimenta. Fue a comprar la ropa más incongruente, se la puso toda junta, turbante incluido, y salió a caminar. Tenía puesto un traje imposible. A la gente le gustó mucho mucho.
Al día siguiente salió nuevamente con su traje imposible. Lo empezaron a felicitar. Palmadas en la espalda. Choque los cinco. Todo eso. Ya había otros que andaban con turbantes propios y le sonreían.
Empezó a sentir un olor. Un olor fuerte, como a huevo podrido, vomito de bebé y fermento de Jorge Formento mezclado en licuadora. Le dieron náuseas. Olió a la gente que lo saludaba, se olió la zapatilla, olió el piso, olió a todo su alrededor. No hubo caso. El origen era invisible. Se dio cuenta que si no encontraba el olor en nadie más, significaba que el olor era suyo.
Volvió a su casa corriendo. Se sacó la ropa en el balcón, la apiló y la quemó toda. Se puso a mirar el fuego hasta que se extinguía y encontró felicidad pasajera en ese ritual. Fue fugaz, pero le renovó el espíritu. Decidió cambiar radicalmente. Otra vez.
Se compró una cartera. No le parecía femenino, sino cómodo. Cambió el turbante por un sombrero a la Indiana Jones para sentirse importante. Se puso botas de cuero con taco alto porque era la mejor forma masculina de aumentar su altura sin convertirse en uno de esos payasos con zancos que reparten volantes en el circo. Y bufandas, a pesar de que era verano. Bufandas, de tres colores distintos. Amarillo, violeta y naranja. Para tapar el moño, que le gustaba usarlo sin que se viera, como si fuera su secreto más íntimo.
Salió decidido a ser otro. Contentísimo, la frente en alto. Su público enloqueció. Obra maestra. Genio del milenio. Avant garde. El adelantado. Y ese olor? Ustedes sienten ese olor? Ese olor insoportable. No se soporta. Pero nadie lo sentía más que él.
Corrió. Y su público detrás. Pero él corrió más rápido, y mientras se sacaba la ropa sus perseguidores se detenían para quedarse las prendas como recuerdos. Llegó a un lago y se tiro de cabeza desnudo. Salió con la cabeza desnuda, limpita. Y la boca como medialuna sacando a respirar a los dientes.
Sus seguidores lo vieron sin nada más que piel y, por fin, se indignaron. Qué verguenza. No tiene tacto. No tiene gusto. El nudismo está re out. A quién se le ocurre? Y él así, al natural. Todos asqueados, cierto, pero ya no sentía el olor. Ya no. Se sentía en paz consigo mismo, peleado con todos los demás.
Se sentía justo como quería ser: un verdadero artista.
domingo, 9 de febrero de 2014
UNA FABULA DE FÁBULA
Era un dictador como cualquier otro; aunque él quería ser un poco más (como todos los demás). De momento había jugado bien sus cartas, demostrando potencia y potencial y disimulando errores sin excederse en la cantidad de charcos de sangre en la plaza pública. Todavía no había apostado en grande, es cierto, pero tenía tiempo. ¿Cuánto? Eso dependía del hambre de poder, propio y ajeno.
Una noche soñó que se moría, con tanto realismo que creyó despertar muerto. Se levantó de un salto, fue hasta el baño y suspiró al comprobar que su espejo todavía le hacía caso en cada movimiento. Luego llamó a uno de sus criados que juró verlo vivo o, en caso contrario, aseguró que era un muerto muy despierto.
Esa mañana decidió que quería vivir para siempre.
Durante semanas analizó varias opciones para lograrlo.
Descartó la posibilidad de consagrarse como el imperio más grande del mundo, porque sabía por experiencia que tarde o temprano todos los imperios terminaban cayendo. Construir una muralla infinita, inaugurar el primer puente submarino, lograr una cruza de hipopótamo con rinoceronte que resultara mascotable, gobernar el reino de las mujeres de tres tetas… ¿Qué milagro le daría a la eternidad?
La idea que más le entusiasmaba era secuestrar las estrellas para que el único cielo que las mostrara fuera el suyo; pero las cabezas de diez científicos magníficos rodando por el suelo lo convencieron de que, por más que lo intentara, la tecnología actual simplemente tenía sus límites.
Llegó un día que se hizo noche, y esa noche el dictador soñó con mucha gente linda. Por todas partes. En su sueño salió a caminar por su reino a saludar a gente bien y de la otra, y por primera vez pudo estrechar todas las manos sin necesidad de disimular el asco. Los pordioseros eran caballeros, las prostitutas estaban baratas y pitucas, ya no se veían mamarrachos (ni siquiera los borrachos, que caminaban derechos y bien machos). Había maleantes elegantes y mendigos distinguidos, leprosos preciosos, minas divinas; hasta el verdulero tenía los dientes enteros y las mujeres pobres y fuleras de las afueras ya no eran tan feas.
Fue un reino perfecto, profético.
Se despertó contento y resuelto a hacerlo realidad.
Un mes después, su sueño era ley. Desde ese día en adelante, todos los recién nacidos serían juzgados. Los padres de bebés bien feos deberían pagar impuestos horrendos, mientras que los padres de bebotes lindos recibirían preciosos incentivos. Así, el país del gran dictador quedaría marcado en el mapa como la Capital Mundial de la Gente Hermosa.
El truco, como casi siempre, era burocrático. Para obtener los documentos en regla cada recién nacido debía recibir el sello correspondiente en el Juzgado de Belleza. Allí, los Catadores Bisexuales de la Belleza Humana –hombres capacitados para separar a la gente fea de la otra- certificaban con su firma que eso de que sobre gustos no había nada escrito era una tremenda mentira.
El trámite era sencillo: primero los padres daban un paso al frente para ser observados con lupa y diversas luces (ya que hay gente que es bonita o desagradable según la iluminación). Enseguida los bebés eran alzados y, por si acaso, analizados en versiones con diversas expresiones: tristes, taciturnos y contentos. Estas distintas facetas eran logradas gracias a las gracias, o morisquetas, no de los Catadores sino de sus asistentas.
A decir verdad, todo ese acto era nada más que para disimular, porque en ese tipo de trámites es sabido que la primera impresión es la que cuenta. Es cierto que el amor puede llegar tanto de un vistazo como con el tiempo, pero la atracción física siempre es a primera vista.
Finalmente, el pago o cobro definitivo se realizaba al momento de tramitar el documento, mostrando el sello correspondiente.
Así es que, con el tiempo, la gente fea –en general pobres con grandes dificultades para pagar el impuesto horrendo- desistió de tener más de un hijo. Los lindos, por el contrario, solían tener más de tres. La combinación de padre-lindo con madre-fea (o viceversa) significaba un pago de la mitad de impuesto sin ningún incentivo, por lo que a la hora de elegir pareja, la belleza era una condición imprescindible para que los padres estrictos aprobaran el matrimonio.
Muchos feos arriesgados prefirieron mantener a sus hijos como indocumentados, aunque fueron los menos. El documento era un papel necesario, y si un ciudadano no lo tenía era llevado inmediatamente a la frontera con sus efectos personales para ser expulsado del reino. En la aduana, otros Catadores Bisexuales de la Belleza Humana tenían la orden de negar el ingreso a cualquier persona –turista o ciudadano- desagradable a los ojos.
Existieron feos que se dedicaron a la falsificación de documentos, por supuesto. El dictador los venció instalando documentos con hologramas (más difíciles de falsificar). Por otra parte las personas horribles eran fácilmente identificables en la calle, por lo que sus documentos eran analizados ferozmente con máquinas avanzadas para comprobar su legitimidad.
La impotencia por no alcanzar el nivel requerido de estética, impulsó a la aparición de la primera Organización Nacional de Feos (O.N.F), con el objeto de sacudir al sistema y protestar en voz alta. Sin embargo, el emprendimiento no contó con suficientes adeptos ya que muchos se negaban a aceptar públicamente su condición.
Lo cierto es que en una dictadura no tiene sentido quejarse: o se hace la revolución o se calla la boca. Y el dictador todavía no había cosechado suficientes odios como para arriesgar su cuello. Esta era su gran apuesta, a todo o nada. Y, al parecer, estaba funcionando.
Los años pasaron. Y con ellos, los feos fueron aceptando su derrota. Algunos decidieron exiliarse, y muchos otros se conformaron con matar su apellido praticando el placer con las alternativas que ofrece el sexo sin consecuencias (las posiciones no se detallan por ser demasiado burdas para una fábula, pero que las hay las hay).
La población fue cada vez más linda de ver, y la gente estaba contenta por eso. Por otra parte, el turismo en el reino se convirtió en un gran negocio, ya que todo el mundo quería rodearse de hermosura.
Finalmente llegó un día en que el dictador, satisfecho por su logro, se dejó morir. Había creado un lugar de personas rubias, altas y de ojos celestes que tuvo la astucia de llamar Hermosuralandia.
En su entierro, todo su reino lo despidió vitoreándolo con fuegos artificiales. Luego aprovecharon que estaban reunidos para acordar que el nombre era horrendo, paradójicamente, y en votación a mano alzada resolvieron cambiarlo por Suecia.
El tiempo pasó, una vez más, y la belleza se hizo costumbre. Ya nadie sorprendía a nadie. La monotonía visual hizo de Suecia uno de los países con más alta tasa de suicidios del planeta.
Hasta que un día como cualquier otro los Catadores Bisexuales se declararon en huelga definitiva suicidándose en masa. Entonces las aduanas se abrieron para siempre y, de ahí en más, cada latino, moreno o morocho con algo de carisma que pisa el país, deviene en sex symbol.
Muchos turistas ignoran el potencial de su atractivo exótico, pero los más despiertos saben que esto es cierto; como saben que lo que más atrae, lo que más se teme y lo que más se odia, es lo diferente.
Así es que, inteligentes, los latinos valientes que están al tanto, compran pasaje, hacen el viaje, desfilan sus rasgos y se traen del brazo a una modelo sueca -pituca aunque un poco seca-, para pasear a ella y su belleza por la calle, para que la gente decente se vuelva para verlos, queriendo envolverlos y volver a verlos en los diarios, donde periodistas amarillistas tienen la necesidad de escribirlos y describirlos, logrando que por esto se sientan más apuestos, por supuesto, y por sus puestos en el gobierno -que han ganado gracias a esa confianza-, les alcanza para seguir en alza, y sin pausa, decretar que se encuentran en la cresta de una ola, a la que han llegado por la sola, única razón, de haber confiado en sí mismos, y que todos deberían hacer lo mismo; esto mismo: simplismo sin caretaje, ser personas y no personajes, porque en esta vida la persona más atractiva, la que más fuerte pisa, es la que va de frente, creyendo en sí misma con total seguridad. Y esa es la verdad.
Una noche soñó que se moría, con tanto realismo que creyó despertar muerto. Se levantó de un salto, fue hasta el baño y suspiró al comprobar que su espejo todavía le hacía caso en cada movimiento. Luego llamó a uno de sus criados que juró verlo vivo o, en caso contrario, aseguró que era un muerto muy despierto.
Esa mañana decidió que quería vivir para siempre.
Durante semanas analizó varias opciones para lograrlo.
Descartó la posibilidad de consagrarse como el imperio más grande del mundo, porque sabía por experiencia que tarde o temprano todos los imperios terminaban cayendo. Construir una muralla infinita, inaugurar el primer puente submarino, lograr una cruza de hipopótamo con rinoceronte que resultara mascotable, gobernar el reino de las mujeres de tres tetas… ¿Qué milagro le daría a la eternidad?
La idea que más le entusiasmaba era secuestrar las estrellas para que el único cielo que las mostrara fuera el suyo; pero las cabezas de diez científicos magníficos rodando por el suelo lo convencieron de que, por más que lo intentara, la tecnología actual simplemente tenía sus límites.
Llegó un día que se hizo noche, y esa noche el dictador soñó con mucha gente linda. Por todas partes. En su sueño salió a caminar por su reino a saludar a gente bien y de la otra, y por primera vez pudo estrechar todas las manos sin necesidad de disimular el asco. Los pordioseros eran caballeros, las prostitutas estaban baratas y pitucas, ya no se veían mamarrachos (ni siquiera los borrachos, que caminaban derechos y bien machos). Había maleantes elegantes y mendigos distinguidos, leprosos preciosos, minas divinas; hasta el verdulero tenía los dientes enteros y las mujeres pobres y fuleras de las afueras ya no eran tan feas.
Fue un reino perfecto, profético.
Se despertó contento y resuelto a hacerlo realidad.
Un mes después, su sueño era ley. Desde ese día en adelante, todos los recién nacidos serían juzgados. Los padres de bebés bien feos deberían pagar impuestos horrendos, mientras que los padres de bebotes lindos recibirían preciosos incentivos. Así, el país del gran dictador quedaría marcado en el mapa como la Capital Mundial de la Gente Hermosa.
El truco, como casi siempre, era burocrático. Para obtener los documentos en regla cada recién nacido debía recibir el sello correspondiente en el Juzgado de Belleza. Allí, los Catadores Bisexuales de la Belleza Humana –hombres capacitados para separar a la gente fea de la otra- certificaban con su firma que eso de que sobre gustos no había nada escrito era una tremenda mentira.
El trámite era sencillo: primero los padres daban un paso al frente para ser observados con lupa y diversas luces (ya que hay gente que es bonita o desagradable según la iluminación). Enseguida los bebés eran alzados y, por si acaso, analizados en versiones con diversas expresiones: tristes, taciturnos y contentos. Estas distintas facetas eran logradas gracias a las gracias, o morisquetas, no de los Catadores sino de sus asistentas.
A decir verdad, todo ese acto era nada más que para disimular, porque en ese tipo de trámites es sabido que la primera impresión es la que cuenta. Es cierto que el amor puede llegar tanto de un vistazo como con el tiempo, pero la atracción física siempre es a primera vista.
Finalmente, el pago o cobro definitivo se realizaba al momento de tramitar el documento, mostrando el sello correspondiente.
Así es que, con el tiempo, la gente fea –en general pobres con grandes dificultades para pagar el impuesto horrendo- desistió de tener más de un hijo. Los lindos, por el contrario, solían tener más de tres. La combinación de padre-lindo con madre-fea (o viceversa) significaba un pago de la mitad de impuesto sin ningún incentivo, por lo que a la hora de elegir pareja, la belleza era una condición imprescindible para que los padres estrictos aprobaran el matrimonio.
Muchos feos arriesgados prefirieron mantener a sus hijos como indocumentados, aunque fueron los menos. El documento era un papel necesario, y si un ciudadano no lo tenía era llevado inmediatamente a la frontera con sus efectos personales para ser expulsado del reino. En la aduana, otros Catadores Bisexuales de la Belleza Humana tenían la orden de negar el ingreso a cualquier persona –turista o ciudadano- desagradable a los ojos.
Existieron feos que se dedicaron a la falsificación de documentos, por supuesto. El dictador los venció instalando documentos con hologramas (más difíciles de falsificar). Por otra parte las personas horribles eran fácilmente identificables en la calle, por lo que sus documentos eran analizados ferozmente con máquinas avanzadas para comprobar su legitimidad.
La impotencia por no alcanzar el nivel requerido de estética, impulsó a la aparición de la primera Organización Nacional de Feos (O.N.F), con el objeto de sacudir al sistema y protestar en voz alta. Sin embargo, el emprendimiento no contó con suficientes adeptos ya que muchos se negaban a aceptar públicamente su condición.
Lo cierto es que en una dictadura no tiene sentido quejarse: o se hace la revolución o se calla la boca. Y el dictador todavía no había cosechado suficientes odios como para arriesgar su cuello. Esta era su gran apuesta, a todo o nada. Y, al parecer, estaba funcionando.
Los años pasaron. Y con ellos, los feos fueron aceptando su derrota. Algunos decidieron exiliarse, y muchos otros se conformaron con matar su apellido praticando el placer con las alternativas que ofrece el sexo sin consecuencias (las posiciones no se detallan por ser demasiado burdas para una fábula, pero que las hay las hay).
La población fue cada vez más linda de ver, y la gente estaba contenta por eso. Por otra parte, el turismo en el reino se convirtió en un gran negocio, ya que todo el mundo quería rodearse de hermosura.
Finalmente llegó un día en que el dictador, satisfecho por su logro, se dejó morir. Había creado un lugar de personas rubias, altas y de ojos celestes que tuvo la astucia de llamar Hermosuralandia.
En su entierro, todo su reino lo despidió vitoreándolo con fuegos artificiales. Luego aprovecharon que estaban reunidos para acordar que el nombre era horrendo, paradójicamente, y en votación a mano alzada resolvieron cambiarlo por Suecia.
El tiempo pasó, una vez más, y la belleza se hizo costumbre. Ya nadie sorprendía a nadie. La monotonía visual hizo de Suecia uno de los países con más alta tasa de suicidios del planeta.
Hasta que un día como cualquier otro los Catadores Bisexuales se declararon en huelga definitiva suicidándose en masa. Entonces las aduanas se abrieron para siempre y, de ahí en más, cada latino, moreno o morocho con algo de carisma que pisa el país, deviene en sex symbol.
Muchos turistas ignoran el potencial de su atractivo exótico, pero los más despiertos saben que esto es cierto; como saben que lo que más atrae, lo que más se teme y lo que más se odia, es lo diferente.
Así es que, inteligentes, los latinos valientes que están al tanto, compran pasaje, hacen el viaje, desfilan sus rasgos y se traen del brazo a una modelo sueca -pituca aunque un poco seca-, para pasear a ella y su belleza por la calle, para que la gente decente se vuelva para verlos, queriendo envolverlos y volver a verlos en los diarios, donde periodistas amarillistas tienen la necesidad de escribirlos y describirlos, logrando que por esto se sientan más apuestos, por supuesto, y por sus puestos en el gobierno -que han ganado gracias a esa confianza-, les alcanza para seguir en alza, y sin pausa, decretar que se encuentran en la cresta de una ola, a la que han llegado por la sola, única razón, de haber confiado en sí mismos, y que todos deberían hacer lo mismo; esto mismo: simplismo sin caretaje, ser personas y no personajes, porque en esta vida la persona más atractiva, la que más fuerte pisa, es la que va de frente, creyendo en sí misma con total seguridad. Y esa es la verdad.
lunes, 14 de diciembre de 2009
POETA BERRETA
.
Antes el arte
formaba parte
de la religión.
No es mi opinón,
sino un hecho.
Hay evidencias
que las iglesias,
cual financistas,
tomaban provecho
de los artistas.
Gracias al arte,
la fe era más grande.
Ella mata al hambre,
cuestiona el ocio,
y piensa por nosotros.
La fe era el negocio.
.
Ahora el arte
cobra su parte
de la publicidad.
No es mi verdad,
sino un hecho.
Hay evidencias
que las empresas,
capitalistas,
toman provecho
de los artistas.
Gracias al arte,
la venta es más grande.
Ella mata el hambre
(si es que sos socio),
mientras la propaganda,
piensa por nosotros.
Todo es negocio.
.
Así las cosas, ya lo ve,
y si no lo ve, oigaló:
no se usted, pero yo lo asumo,
la religión, hoy, es el consumo.
Creé en Jesús o en Mahoma,
Sai Baba, Alá o Maradona.
Creé en lo que sientas,
Perón, el Che, Manu Chao;
creé en lo que todos crean
o creé en lo contrario.
Creé en lo que venda,
Charly o Spinetta,
Los Redondos o Sumo,
creé en lo que quieras,
y comprá tu remera.
Vos lo vendés, yo no dudo,
Dios es capitalista,
su sangre es el consumo.
Antes el arte
formaba parte
de la religión.
No es mi opinón,
sino un hecho.
Hay evidencias
que las iglesias,
cual financistas,
tomaban provecho
de los artistas.
Gracias al arte,
la fe era más grande.
Ella mata al hambre,
cuestiona el ocio,
y piensa por nosotros.
La fe era el negocio.
.
Ahora el arte
cobra su parte
de la publicidad.
No es mi verdad,
sino un hecho.
Hay evidencias
que las empresas,
capitalistas,
toman provecho
de los artistas.
Gracias al arte,
la venta es más grande.
Ella mata el hambre
(si es que sos socio),
mientras la propaganda,
piensa por nosotros.
Todo es negocio.
.
Así las cosas, ya lo ve,
y si no lo ve, oigaló:
no se usted, pero yo lo asumo,
la religión, hoy, es el consumo.
Creé en Jesús o en Mahoma,
Sai Baba, Alá o Maradona.
Creé en lo que sientas,
Perón, el Che, Manu Chao;
creé en lo que todos crean
o creé en lo contrario.
Creé en lo que venda,
Charly o Spinetta,
Los Redondos o Sumo,
creé en lo que quieras,
y comprá tu remera.
Vos lo vendés, yo no dudo,
Dios es capitalista,
su sangre es el consumo.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
ESPERANDO EL PRESENTE
Dice que se dio cuenta.
Las mujeres que gustan de él siguen un mismo patrón:
Él no gusta de ellas.
.
Dice que es evidente.
Las mujeres que le gustan también siguen un patrón:
Ellas no gustan de él.
.
Dice que está esperando.
Que ellas cambien sus gustos, que él cambie los suyos.
Lo que suceda primero.
.
Dice que no sabe cuánto esperar.
Quisiera leer la respuesta en algún libro científico.
Pero sobre gustos no hay nada escrito.
.
Dice que va a seguir esperando.
Hasta encontrar la respuesta, para escribirla.
Y ayudar a sus colegas de la sala de espera.
.
No sabe que cuando la encuentre, ya no va a importarle.
Nada más que el presente.
Las mujeres que gustan de él siguen un mismo patrón:
Él no gusta de ellas.
.
Dice que es evidente.
Las mujeres que le gustan también siguen un patrón:
Ellas no gustan de él.
.
Dice que está esperando.
Que ellas cambien sus gustos, que él cambie los suyos.
Lo que suceda primero.
.
Dice que no sabe cuánto esperar.
Quisiera leer la respuesta en algún libro científico.
Pero sobre gustos no hay nada escrito.
.
Dice que va a seguir esperando.
Hasta encontrar la respuesta, para escribirla.
Y ayudar a sus colegas de la sala de espera.
.
No sabe que cuando la encuentre, ya no va a importarle.
Nada más que el presente.
martes, 28 de abril de 2009
COMO SI SUPIERA
.
Me encantan los escalofríos,
todavía más que los estornudos,
síntoma de lo más macanudo,
que es lo mejor de mis resfríos.
Yo estornudo en secuencia de tres,
y después del tres, cada vez,
quiero más, quiero diez,
y espero quieto, agazapado,
que venga el resto, que venga el cuarto,
pero nunca llega, ni demorado,
porque resultó ser un vagoatorrante.
.
Algunos hacen achís,
yo estornudo con tres ús,
existen también,
quienes comen sus achús;
gente educada, bien coqueta,
que estornuda en mute,
la mano como dique,
tapándoles la boca,
esforzándose en contener,
para abandonar la alegría,
tragándose el placer,
perdiéndose la vida,
por no hacer ruido,
por parecer.
.
Hay que estornudar con fuerza,
ponerle garra, y a propósito,
que si nos siente indecisos,
sumisos, o con poca gana,
el tipo muere en la nada,
hace que viene, pero se va,
y nos deja a lo bruto, sin remate,
de esa manera inconclusa,
como en la montaña rusa,
cuando se frena arriba,
bien de golpe, en la cima,
antes de caer al abismo,
quedando ese vacío interno,
dejándonos solos, sin cuerpo,
como ese amor eterno,
que más nos duele,
porque nunca lo tuvimos.
.
Los escalofríos, sin embargo,
crecen de a poco, vienen trepando,
y se van propagando, contagiosos,
como una enfermedad, deliciosos,
hasta conquistar el cuello,
y ya se recomienda,
cerrar los ojos,
para sentirlo al máximo,
en la cabeza, como un orgasmo,
que deja en su climax,
cierta tristeza, extraña belleza,
que nació un día,
de la unión rara,
entre el Señor Orgasmo
y Doña Melancolía.
.
Escalofrío mata estornudo,
lo repito y no lo dudo,
cuando uno sirve de descargo,
adiós furia contenida,
liberación sin par,
el otro no se olvida,
porque tiene ese plus,
misterioso radar,
que si se le presta atención,
nos ayuda a descifrar,
lo que más importa,
lo que toca el alma,
una risa, una lágrima,
maravilloso indicador,
de momentos históricos:
una despedida, un error,
aquel logro heróico,
esa luna llena,
o el primer amor,
como si supiera.
Me encantan los escalofríos,
todavía más que los estornudos,
síntoma de lo más macanudo,
que es lo mejor de mis resfríos.
Yo estornudo en secuencia de tres,
y después del tres, cada vez,
quiero más, quiero diez,
y espero quieto, agazapado,
que venga el resto, que venga el cuarto,
pero nunca llega, ni demorado,
porque resultó ser un vagoatorrante.
.
Algunos hacen achís,
yo estornudo con tres ús,
existen también,
quienes comen sus achús;
gente educada, bien coqueta,
que estornuda en mute,
la mano como dique,
tapándoles la boca,
esforzándose en contener,
para abandonar la alegría,
tragándose el placer,
perdiéndose la vida,
por no hacer ruido,
por parecer.
.
Hay que estornudar con fuerza,
ponerle garra, y a propósito,
que si nos siente indecisos,
sumisos, o con poca gana,
el tipo muere en la nada,
hace que viene, pero se va,
y nos deja a lo bruto, sin remate,
de esa manera inconclusa,
como en la montaña rusa,
cuando se frena arriba,
bien de golpe, en la cima,
antes de caer al abismo,
quedando ese vacío interno,
dejándonos solos, sin cuerpo,
como ese amor eterno,
que más nos duele,
porque nunca lo tuvimos.
.
Los escalofríos, sin embargo,
crecen de a poco, vienen trepando,
y se van propagando, contagiosos,
como una enfermedad, deliciosos,
hasta conquistar el cuello,
y ya se recomienda,
cerrar los ojos,
para sentirlo al máximo,
en la cabeza, como un orgasmo,
que deja en su climax,
cierta tristeza, extraña belleza,
que nació un día,
de la unión rara,
entre el Señor Orgasmo
y Doña Melancolía.
.
Escalofrío mata estornudo,
lo repito y no lo dudo,
cuando uno sirve de descargo,
adiós furia contenida,
liberación sin par,
el otro no se olvida,
porque tiene ese plus,
misterioso radar,
que si se le presta atención,
nos ayuda a descifrar,
lo que más importa,
lo que toca el alma,
una risa, una lágrima,
maravilloso indicador,
de momentos históricos:
una despedida, un error,
aquel logro heróico,
esa luna llena,
o el primer amor,
como si supiera.
martes, 24 de febrero de 2009
ERIC
Eric subió las escaleras con las manos sudorosas aferradas a las llaves. Siempre tenía las manos sudorosas. A todos les daba asco estrecharle las manos, aunque nunca lo decían. Igualmente no eran muchos los que estrechaban sus manos húmedas, ya que Eric casi no tenía amigos. A excepción de Raúl.
Por eso se aferraba a las llaves como si fuera lo más importante de todo. Eran las llaves de Raúl.
Eric era muy responsable. También torpe, estúpido, pesado y feo. Especialmente feo. La gente le miraba los zapatos cuando le hablaban, para no tener que enfrentarse a su acné.
Menos Raúl, su amigo.
Eric agarró las llaves y abrió la puerta de la casa de Raúl. "Lavar los platos, acomodar la ropa tirada y llevarle el cd", repasó mentalmente. A él le encantaba hacerle favores a Raúl.
Después de la limpieza se puso a buscar el cd y no lo encontró por ninguna parte. Lo que sí encontró fue un anotador privado y, de curioso, lo abrió para bucear en la intimidad de su amigo.
En la primer página del anotador estaba escrito: “Lista de la estupidez humana". Y abajo aclaraba en letras rojas: "por Eric Glitzber”.
En la segunda página comenzaba una enumeración detallada de, hasta el momento, 148 torpezas que Eric había hecho en presencia de Raúl.
La número 3 decía: “Problemas para pronunciar la palabra murciélago”.
La número 51 decía: “Le habla a la pantalla del cine”.
La número 52 decía: "Tiene miedo de que muera James Bond en las secuencias de acción de sus películas".
La número 87 decía: "Lleva en su agenda un registro de las estrellas contadas. Quiere contarlas todas y dice que no logra hacerlo en una sola noche".
La número 102 decía: "Se creyó cuando le dije que la espuma del mar son escupitajos de los peces".
La número 113 decía: “Estornuda como niña y cuando termina dice por favor, permiso, perdón y gracias. Todo seguido”.
Eric se levantó decidido por primera vez en su vida. Agarró la cajita de fósforos que había en el primer cajón de la cocina, sacó toda la ropa del ropero y la puso en el medio el departamento. Luego prendió el anotador y cuando las llamas estaban bien grandes lo puso en medio de la bola de ropa.
Encendió las llaves de gas, cerró la puerta con llave y se acomodó en el sillón del living a ver la fogata creciendo.
Sentado, cerró los ojos y se puso a silbar.
Por eso se aferraba a las llaves como si fuera lo más importante de todo. Eran las llaves de Raúl.
Eric era muy responsable. También torpe, estúpido, pesado y feo. Especialmente feo. La gente le miraba los zapatos cuando le hablaban, para no tener que enfrentarse a su acné.
Menos Raúl, su amigo.
Eric agarró las llaves y abrió la puerta de la casa de Raúl. "Lavar los platos, acomodar la ropa tirada y llevarle el cd", repasó mentalmente. A él le encantaba hacerle favores a Raúl.
Después de la limpieza se puso a buscar el cd y no lo encontró por ninguna parte. Lo que sí encontró fue un anotador privado y, de curioso, lo abrió para bucear en la intimidad de su amigo.
En la primer página del anotador estaba escrito: “Lista de la estupidez humana". Y abajo aclaraba en letras rojas: "por Eric Glitzber”.
En la segunda página comenzaba una enumeración detallada de, hasta el momento, 148 torpezas que Eric había hecho en presencia de Raúl.
La número 3 decía: “Problemas para pronunciar la palabra murciélago”.
La número 51 decía: “Le habla a la pantalla del cine”.
La número 52 decía: "Tiene miedo de que muera James Bond en las secuencias de acción de sus películas".
La número 87 decía: "Lleva en su agenda un registro de las estrellas contadas. Quiere contarlas todas y dice que no logra hacerlo en una sola noche".
La número 102 decía: "Se creyó cuando le dije que la espuma del mar son escupitajos de los peces".
La número 113 decía: “Estornuda como niña y cuando termina dice por favor, permiso, perdón y gracias. Todo seguido”.
Eric se levantó decidido por primera vez en su vida. Agarró la cajita de fósforos que había en el primer cajón de la cocina, sacó toda la ropa del ropero y la puso en el medio el departamento. Luego prendió el anotador y cuando las llamas estaban bien grandes lo puso en medio de la bola de ropa.
Encendió las llaves de gas, cerró la puerta con llave y se acomodó en el sillón del living a ver la fogata creciendo.
Sentado, cerró los ojos y se puso a silbar.
martes, 23 de diciembre de 2008
BELLAS ARTES
Era la materia filtro de la Facultad de Bellas Artes. Gracias al boca a boca, desde el primer día todos sabíamos que Taller 1 de la Cátedra Rabuccini era el obstáculo a superar. Al parecer la muy hija de puta saboreaba los momentos en que los alumnos debían pasar al frente con sus trabajos; y aprovechaba el miedo escénico para despedazarlos enfrente de toda la clase. Hoy iba a descubrir si la leyenda era verdad.
Mientras iban amontonándose los estudiantes reprobados, no podía más que ser testigo del futuro inminente con mi patética escultura en el regazo. Uno a uno subían los pequeños proyectos de artistas fracasados. Se paraban de espaldas al pizarrón y enfrentaban el aula con sus obras tímidas, temblorosas, expectantes. Tropezando con las palabras, desnudaban el alma frente a las otras cien víctimas que, como yo, observaban angustiadas desde sus asientos, esperando su turno.
Rabuccini vestía pantalones largos y oscuros, con camisa y chaleco a tono. Tenía los rasgos duros y angulosos de los alemanes: tez blanca, nariz fina, pómulos salientes y el pelo bien tirante hacia atrás que terminaba en un rodete ajustado. Desde su cómodo asiento de verdugo, al lado del condenado de turno, Rabuccini escuchaba la justificación que acompañaba la exposición de las obras de arte y, luego de una pausa sádica, los ajusticiaba con caprichosos análisis baratos, obligándolos a regresar a sus asientos con la psiquis maltrecha y un aplazo desmoralizante. Las estadísticas no mentían: después de la primera entrega más del setenta por ciento de los estudiantes abandonaban la carrera.
Yo estaba aterrado, por supuesto. Ya tenía mi escultura lista, pero estaba seguro de que no pasaría la prueba. Me había resultado imposible responder a la consigna: “Realizar una obra de arte personal que resuma quiénes son y qué quieren conseguir en la vida”.
En su momento, encontrar una palabra que sintetizara mi personalidad fue lo más complicado. Luego de veinte minutos de autoanálisis decidí buscar inspiración en la televisión. Ese fue mi primer error. Tres horas de zapping después sentía que empezaba a saber algo más de mi mismo: al parecer era una persona dispersa. El resultado me asustó, tenía miedo de conocerme a fondo y descubrir que no me caía para nada bien. Entonces opté por encarar el trabajo desde el otro costado: qué quiero ser en la vida. Yo estaba convencido de que quería ser artista. O arquitecto. O diseñador gráfico. O contador. Estaba muy cerca de llegar a una conclusión con mi psicólogo con respecto a ese tema.
Finalmente opté por volcar todos mis cuestionamientos en una obra abstracta que me brindara el beneficio de la duda. Y ahora, aferrado a mi escultura y mordiéndome los labios, esperaba el grito más temido.
-¡Jiménez!
Jiménez pasó al frente y yo respiré aliviado.
-¿Qué es eso Jiménez, me puede explicar?
Jiménez sostenía en sus manos una especie de globo terráqueo teñido de negro, decorado con algunas curitas, deformado a los golpes y atravesado por todo tipo de materiales: clavos, tijeras, un cuchillo de asador y una dentadura postiza pegada con cinta skotch que mordía a Estados Unidos como si fuera un anciano con hambre de venganza o de comida chatarra.
Rabuccini se puso de pie. Jiménez era un chico alto y flaco, pero en ese instante pareció encoger unos veinte centímetros.
-¿Me puede decir qué es esto Jiménez? ¡¿Qué simboliza esto Jiménez?! Por favor, explíqueselo a sus compañeros que lo están mirando, porque yo no lo puedo entender.
-Yooo… esteee… yo intenté… -aclaró Jiménez, con el labio inferior agitándose como gelatina.
Rabuccini tocó el globo terráqueo, lo recorrió lentamente y extrajo el cuchillo de asador. Todos contuvimos la respiración. La justiciera agitó el cuchillo cerca de la cara de espanto de Jiménez.
-Vos tenés que ver a un psiquiatra Jímenez. ¿Cómo pudiste hacer una cosa así? Esto es obra de alguien con conductas psicópatas. Mirá lo que hiciste, ¡miralo!
Jiménez petrificado salió de su transe y observó lo que tenía en las manos: un globo terráqueo malherido, moribundo, víctima de algún torturador.
-¿A vos te parece normal eso que hiciste?
-Y… no se… es algo oscuro, quizás, ¿no?
-¿Algo oscuro? ¡Algo oscuro! Andá Jiménez, volvé a tu asiento, haceme el favor. Tenés un dos,¿sabés? Y decile a tus padres que necesitás terapia. El cuchillo me lo quedo, querido.
Bueno, no le fue tan mal, pensé desde mi asiento. Por lo menos sacó un dos. Y repetí mentalmente: que no me toque, que no me toque, que no me toque, que no me.
-¡Guevara!
Guevara se desplazó con agilidad y confianza hasta el frente. Habíamos empezado la cursada hace un mes, por eso casi no nos conocíamos entre nosotros, pero a Guevara la tenía vista. Me había llamado la atención porque siempre se la veía sonriendo, despreocupada. Se notaba que tenía personalidad. Y unas tetas…
-¿Qué me trajiste Guevara?
-Bueno –empezó ella, resuelta y relajada-. Esto que tengo acá es un diario íntimo, como se puede ver. Es rosa, porque ese color me gustaba de chiquita y este es el diario íntimo que tenía por ese entonces. Elegí este objeto porque simboliza mi privacidad, porque acá escondo mis secretos y, en cierta forma, mi vida íntima.
-Aja, ajá, muy bien –acompañó Rabuccini, como regodeándose por esos secretos que estaban a su alcance.
-Sí –siguió Guevara, siempre mostrando el diario íntimo a la altura de sus magníficas tetas-. Y cubrí el diario íntimo con todas estas cadenas y candados que las saqué de las bicicletas de mi familia.
-Muy bien, ¿y por qué decidiste eso?
-Fácil, lo cubrí de cadenas porque esto es algo muy mío, y lo comparto si quiero con las personas de mi confianza. Entonces, ¿qué derecho tiene usted de meterse en mi vida privada?
Rabuccini se quedó muda. Tibio, desde el fondo, surgió el primer aplauso y en unos segundos el aula entera retumbaba con la ovación de todo el curso. Rabuccini reaccionó gritando ¡orden! ¡orden!, pero la energía reprimida se había desatado y no podía detenerse. Las risas y los gritos subían hasta las grandes alturas del techo, y algunos valientes hasta se pararon en sus bancos para pedir más y más palmas.
-¡Silencio! ¡Sileencio!
-¡Que no decaaaaaaiga! –respondió alguien desde la comodidad del anonimato.
Tarde o temprano la alegría tenía que apagarse. Y cuando ese momento llegó, Guevara ligó un uno y se aseguró un lugar en la lista negra de la profesora. El silencio reinó de vuelta en la clase. Un silencio tétrico, de cementerio.
Que no me toque, que no me toque, que no me.
-¡Cámpora!
Uf, uno menos. Abrí los ojos, descrucé los dedos y ví cómo Cámpora, el chico sentado a mi lado, se levantaba con una caja de zapatos para ir hasta el pizarrón. Caminó lento, arrastrando un poco su pie izquierdo, como si esa parte del cuerpo se negara a ser cómplice de la próxima masacre. Rabuccini se aclaró la garganta. Todavía tenía la vena inflada en el cuello. Aunque no lo quisiera, Cámpora iba a ser el encargado de desinflarla. Una ejecución más y regreso a la normalidad.
-¿Qué escondés ahí dentro Cámpora?
Cámpora apoyó la caja de zapatos en la mesa y sacó una piedra rojiza del tamaño de un puño, encerrada en un cubo de cristal.
-Bueno… -dijo apagado, casi en voz baja.
-Hable más alto Cámpora, que los de atrás no escuchan.
Cámpora tragó saliva.
-Yo tuve un accidente hace un par de años. Un accidente grave.
Su voz seguía siendo un susurro, pero el aula ya estaba escuchando. Todos prestaban atención en un mutismo armónico que le daba más peso a sus palabras.
-Estaba de vacaciones en Brasil con mi familia, en Bombas y Bombinhas, unas playas tranquilas que… no se si conocen…Y me tiré de clavado desde la escollera… no me di cuenta pero no era tan profundo como parecía. Caí sobre unas piedras, o al menos eso me contaron en el hospital. Dicen que por el agujero del cráneo se podía ver parte de mi masa encefálica. Tenía sangre por todo el cuerpo. Mis hermanos me contaron que las personas que estaban en la guardia me miraban fijo, pero con los ojos tapados. Yo de lo único que me acuerdo es de sentir la cara mojada, como si me estuviera atragantando. Seguro que era sangre, porque lo sentía como un líquido espeso. Cuando desperté de la cirugía los enfermeros entraban a mi cuarto y me saludaban sorprendidos. “¡Sos vos, no puedo creer que te salvaste!”. Yo no los había visto en mi vida pero ellos se acordaban. Tuve un año de recuperación para volver a caminar. Por suerte quedé bien… pero bueno, eso me marcó mucho en la vida.
Cámpora se detuvo y observó a toda la gente del curso. Yo tenía los ojos bien abiertos, como muchos otros. Rabuccini también estaba sin aliento. Callada, casi conmovida, no se animaba a atacar.
-¿Y qué cosa hiciste, querido? –dijo, por fin.
-Yo este verano volví a Bombas y Bombinhas con mi familia. Caminé hasta la escollera del accidente y me quedé un rato pensando. Cómo son las cosas, ¿no? Con cuidado bajé hasta el agua y me puse a bucear, como buscando mi cuerpo inconciente, los restos de quién solía ser. No lo encontré, por supuesto, pero me traje esta piedra de ahí. Me sirve para recordar, en cierta manera. Simboliza la fuerza que tuve para superar ese momento difícil. Mi fortaleza interior. Y la encerré en una cajita de cristal, que representa la debilidad de mi cuerpo, ¿no? Lo frágil que es la vida.
A esa altura yo ya no podía ver bien porque tenía los ojos vidriosos, pero a la distancia parecía que Rabuccini también estaba lagrimeando. Le puso un nueve, la nota más alta de la historia de la Cátedra.
Cámpora guardó su trabajo en la caja de zapatos y regresó despacio, arrastrando el pie izquierdo. Se sentó a mi lado, con una sonrisa de satisfacción. Yo no sabía qué decirle. Estaba agradecido: su tragedia había puesto todo en perspectiva. Ya nadie le tenía miedo a Rabuccini. La entrega no era tan importante, después de todo.
Le di un golpe leve en el brazo y le dije:
-Terrible lo que te pasó. ¿Fue dura la rehabilitación?
-No, ¿qué rehabilitación? Todo saraza, chabón. Si en mi vida fui a Brasil… yo siempre veraneo en Villa Gesell.
Mientras iban amontonándose los estudiantes reprobados, no podía más que ser testigo del futuro inminente con mi patética escultura en el regazo. Uno a uno subían los pequeños proyectos de artistas fracasados. Se paraban de espaldas al pizarrón y enfrentaban el aula con sus obras tímidas, temblorosas, expectantes. Tropezando con las palabras, desnudaban el alma frente a las otras cien víctimas que, como yo, observaban angustiadas desde sus asientos, esperando su turno.
Rabuccini vestía pantalones largos y oscuros, con camisa y chaleco a tono. Tenía los rasgos duros y angulosos de los alemanes: tez blanca, nariz fina, pómulos salientes y el pelo bien tirante hacia atrás que terminaba en un rodete ajustado. Desde su cómodo asiento de verdugo, al lado del condenado de turno, Rabuccini escuchaba la justificación que acompañaba la exposición de las obras de arte y, luego de una pausa sádica, los ajusticiaba con caprichosos análisis baratos, obligándolos a regresar a sus asientos con la psiquis maltrecha y un aplazo desmoralizante. Las estadísticas no mentían: después de la primera entrega más del setenta por ciento de los estudiantes abandonaban la carrera.
Yo estaba aterrado, por supuesto. Ya tenía mi escultura lista, pero estaba seguro de que no pasaría la prueba. Me había resultado imposible responder a la consigna: “Realizar una obra de arte personal que resuma quiénes son y qué quieren conseguir en la vida”.
En su momento, encontrar una palabra que sintetizara mi personalidad fue lo más complicado. Luego de veinte minutos de autoanálisis decidí buscar inspiración en la televisión. Ese fue mi primer error. Tres horas de zapping después sentía que empezaba a saber algo más de mi mismo: al parecer era una persona dispersa. El resultado me asustó, tenía miedo de conocerme a fondo y descubrir que no me caía para nada bien. Entonces opté por encarar el trabajo desde el otro costado: qué quiero ser en la vida. Yo estaba convencido de que quería ser artista. O arquitecto. O diseñador gráfico. O contador. Estaba muy cerca de llegar a una conclusión con mi psicólogo con respecto a ese tema.
Finalmente opté por volcar todos mis cuestionamientos en una obra abstracta que me brindara el beneficio de la duda. Y ahora, aferrado a mi escultura y mordiéndome los labios, esperaba el grito más temido.
-¡Jiménez!
Jiménez pasó al frente y yo respiré aliviado.
-¿Qué es eso Jiménez, me puede explicar?
Jiménez sostenía en sus manos una especie de globo terráqueo teñido de negro, decorado con algunas curitas, deformado a los golpes y atravesado por todo tipo de materiales: clavos, tijeras, un cuchillo de asador y una dentadura postiza pegada con cinta skotch que mordía a Estados Unidos como si fuera un anciano con hambre de venganza o de comida chatarra.
Rabuccini se puso de pie. Jiménez era un chico alto y flaco, pero en ese instante pareció encoger unos veinte centímetros.
-¿Me puede decir qué es esto Jiménez? ¡¿Qué simboliza esto Jiménez?! Por favor, explíqueselo a sus compañeros que lo están mirando, porque yo no lo puedo entender.
-Yooo… esteee… yo intenté… -aclaró Jiménez, con el labio inferior agitándose como gelatina.
Rabuccini tocó el globo terráqueo, lo recorrió lentamente y extrajo el cuchillo de asador. Todos contuvimos la respiración. La justiciera agitó el cuchillo cerca de la cara de espanto de Jiménez.
-Vos tenés que ver a un psiquiatra Jímenez. ¿Cómo pudiste hacer una cosa así? Esto es obra de alguien con conductas psicópatas. Mirá lo que hiciste, ¡miralo!
Jiménez petrificado salió de su transe y observó lo que tenía en las manos: un globo terráqueo malherido, moribundo, víctima de algún torturador.
-¿A vos te parece normal eso que hiciste?
-Y… no se… es algo oscuro, quizás, ¿no?
-¿Algo oscuro? ¡Algo oscuro! Andá Jiménez, volvé a tu asiento, haceme el favor. Tenés un dos,¿sabés? Y decile a tus padres que necesitás terapia. El cuchillo me lo quedo, querido.
Bueno, no le fue tan mal, pensé desde mi asiento. Por lo menos sacó un dos. Y repetí mentalmente: que no me toque, que no me toque, que no me toque, que no me.
-¡Guevara!
Guevara se desplazó con agilidad y confianza hasta el frente. Habíamos empezado la cursada hace un mes, por eso casi no nos conocíamos entre nosotros, pero a Guevara la tenía vista. Me había llamado la atención porque siempre se la veía sonriendo, despreocupada. Se notaba que tenía personalidad. Y unas tetas…
-¿Qué me trajiste Guevara?
-Bueno –empezó ella, resuelta y relajada-. Esto que tengo acá es un diario íntimo, como se puede ver. Es rosa, porque ese color me gustaba de chiquita y este es el diario íntimo que tenía por ese entonces. Elegí este objeto porque simboliza mi privacidad, porque acá escondo mis secretos y, en cierta forma, mi vida íntima.
-Aja, ajá, muy bien –acompañó Rabuccini, como regodeándose por esos secretos que estaban a su alcance.
-Sí –siguió Guevara, siempre mostrando el diario íntimo a la altura de sus magníficas tetas-. Y cubrí el diario íntimo con todas estas cadenas y candados que las saqué de las bicicletas de mi familia.
-Muy bien, ¿y por qué decidiste eso?
-Fácil, lo cubrí de cadenas porque esto es algo muy mío, y lo comparto si quiero con las personas de mi confianza. Entonces, ¿qué derecho tiene usted de meterse en mi vida privada?
Rabuccini se quedó muda. Tibio, desde el fondo, surgió el primer aplauso y en unos segundos el aula entera retumbaba con la ovación de todo el curso. Rabuccini reaccionó gritando ¡orden! ¡orden!, pero la energía reprimida se había desatado y no podía detenerse. Las risas y los gritos subían hasta las grandes alturas del techo, y algunos valientes hasta se pararon en sus bancos para pedir más y más palmas.
-¡Silencio! ¡Sileencio!
-¡Que no decaaaaaaiga! –respondió alguien desde la comodidad del anonimato.
Tarde o temprano la alegría tenía que apagarse. Y cuando ese momento llegó, Guevara ligó un uno y se aseguró un lugar en la lista negra de la profesora. El silencio reinó de vuelta en la clase. Un silencio tétrico, de cementerio.
Que no me toque, que no me toque, que no me.
-¡Cámpora!
Uf, uno menos. Abrí los ojos, descrucé los dedos y ví cómo Cámpora, el chico sentado a mi lado, se levantaba con una caja de zapatos para ir hasta el pizarrón. Caminó lento, arrastrando un poco su pie izquierdo, como si esa parte del cuerpo se negara a ser cómplice de la próxima masacre. Rabuccini se aclaró la garganta. Todavía tenía la vena inflada en el cuello. Aunque no lo quisiera, Cámpora iba a ser el encargado de desinflarla. Una ejecución más y regreso a la normalidad.
-¿Qué escondés ahí dentro Cámpora?
Cámpora apoyó la caja de zapatos en la mesa y sacó una piedra rojiza del tamaño de un puño, encerrada en un cubo de cristal.
-Bueno… -dijo apagado, casi en voz baja.
-Hable más alto Cámpora, que los de atrás no escuchan.
Cámpora tragó saliva.
-Yo tuve un accidente hace un par de años. Un accidente grave.
Su voz seguía siendo un susurro, pero el aula ya estaba escuchando. Todos prestaban atención en un mutismo armónico que le daba más peso a sus palabras.
-Estaba de vacaciones en Brasil con mi familia, en Bombas y Bombinhas, unas playas tranquilas que… no se si conocen…Y me tiré de clavado desde la escollera… no me di cuenta pero no era tan profundo como parecía. Caí sobre unas piedras, o al menos eso me contaron en el hospital. Dicen que por el agujero del cráneo se podía ver parte de mi masa encefálica. Tenía sangre por todo el cuerpo. Mis hermanos me contaron que las personas que estaban en la guardia me miraban fijo, pero con los ojos tapados. Yo de lo único que me acuerdo es de sentir la cara mojada, como si me estuviera atragantando. Seguro que era sangre, porque lo sentía como un líquido espeso. Cuando desperté de la cirugía los enfermeros entraban a mi cuarto y me saludaban sorprendidos. “¡Sos vos, no puedo creer que te salvaste!”. Yo no los había visto en mi vida pero ellos se acordaban. Tuve un año de recuperación para volver a caminar. Por suerte quedé bien… pero bueno, eso me marcó mucho en la vida.
Cámpora se detuvo y observó a toda la gente del curso. Yo tenía los ojos bien abiertos, como muchos otros. Rabuccini también estaba sin aliento. Callada, casi conmovida, no se animaba a atacar.
-¿Y qué cosa hiciste, querido? –dijo, por fin.
-Yo este verano volví a Bombas y Bombinhas con mi familia. Caminé hasta la escollera del accidente y me quedé un rato pensando. Cómo son las cosas, ¿no? Con cuidado bajé hasta el agua y me puse a bucear, como buscando mi cuerpo inconciente, los restos de quién solía ser. No lo encontré, por supuesto, pero me traje esta piedra de ahí. Me sirve para recordar, en cierta manera. Simboliza la fuerza que tuve para superar ese momento difícil. Mi fortaleza interior. Y la encerré en una cajita de cristal, que representa la debilidad de mi cuerpo, ¿no? Lo frágil que es la vida.
A esa altura yo ya no podía ver bien porque tenía los ojos vidriosos, pero a la distancia parecía que Rabuccini también estaba lagrimeando. Le puso un nueve, la nota más alta de la historia de la Cátedra.
Cámpora guardó su trabajo en la caja de zapatos y regresó despacio, arrastrando el pie izquierdo. Se sentó a mi lado, con una sonrisa de satisfacción. Yo no sabía qué decirle. Estaba agradecido: su tragedia había puesto todo en perspectiva. Ya nadie le tenía miedo a Rabuccini. La entrega no era tan importante, después de todo.
Le di un golpe leve en el brazo y le dije:
-Terrible lo que te pasó. ¿Fue dura la rehabilitación?
-No, ¿qué rehabilitación? Todo saraza, chabón. Si en mi vida fui a Brasil… yo siempre veraneo en Villa Gesell.
jueves, 4 de diciembre de 2008
JIRAFAS LESBIANAS
Yo pensaba que todas las jirafas eran lesbianas. Esas cosas que uno piensa sin pensar, no? Quizás sea por las piernas largas o por esa expresión amable que llevan en la cara, pero a primera vista se ven bastante femeninas, no cierto? Y por más que tengan un pene del tamaño de mi brazo –como el que estoy viendo ahora mismo-, siguen siendo LAS jirafas. Por Dios, ese tubo negro es más grande que el de los caballos! Habría que avisarle a la Ciccolina.
Con esta imagen impactante frente a nuestros ojos, debería sugerirle a Silvia que sigamos camino hasta la jaula de los mandriles o mi preferida, la pantera negra, pero desde el momento en que la señor jirafa desenfundó su aparato, no puedo dejar de mirarlo. Y no sólo por la sorpresa de ver a una lesbiana con pene, sino por la actitud de su pareja, la jirafa hembra. Es una perfecta histérica, como todas las mujeres. Menea la cola con la excusa de estar espantando moscas, y cuando el jirafo intenta montarla la muy puta se corre y lo deja pagando.
La imagen es hipnótica y se repite cada cinco minutos. Es el tiempo que tarda el macho en superar su trauma psicológico. Después de cada fracaso la cosa se abatata; él entra en razón y parece olvidarse del asunto. Pero entonces la guacha vuelve a menear la colita y, por ese maldito instinto insertado en los genes, el tipo no puede evitar volver a intentarlo. Tengo que admitir que me siento un poco identificado con el pobre animal. Principalmente por los cuernos -algo que Silvia me puso hace rato-, pero también por mis intentos fallidos de ponerla en público. Tengo la impresión de que Silvia quiere cortarme y no se anima a lastimarme. Hace tres meses que se asegura una muchedumbre a su alrededor cada vez que nos encontramos, así no correr el riesgo de lidiar a solas con mi versión cachonda. Y no me deja otra alternativa que intentar cojerla en público.
Recién las jirafas me motivaron: amagué a atarme los cordones y apenas me levanté logré tocarle la teta izquierda. Silvia protestó, pero al menos ya puedo decirle a mis amigos que recuperé la segunda base. Ellos siempre me aconsejan que la deje.
"Llevala a Fuerte Apache y dejala ahí nomás", me dicen, pero sé que no me conviene. En una de esas después me crece una conciencia y encima tengo que pagar el rescate.
Además yo se que Silvia me tiene cariño. Por eso una vez me prometió que el día que quiera dejarme va a ponerse lo más fea posible durante el tiempo que sea necesario para que finalmente sea yo el que le corte a ella. Empezó suprimiendo el escote y sacándose el maquillaje, pero desde hace un mes anda en joggings y volvió a ponerse maquillaje, aunque esta vez parecerse al cantante de Kiss (Silvia sabe que detesto el rock pesado).
Cuando cayó la tarde, todos desperdiciamos una nueva oportunidad. Silvia no llegó a cortarme ni yo a tocarla. Y la señor jirafa se quedó con un dolor de huevos que ni te cuento. En fin, una nueva noche solitaria en mi cama. Ya no se cuanto tiempo más voy a poder sostener esta situación. Me siento tan estúpido como don jirafo, y ni siquiera tengo una hembra en mi jaula. A nadie le interesa que tenga crías. Si tan solo fuera una especie en peligro de extinción, mis posibilidades aumentarían considerablemente. Para colmo, me cuesta dormir. Doy tantas vueltas en la cama que me mareo. ¿Por qué sigo dando vueltas carnero? No debí haber mezclado champagne con ribotril. Tengo que tranquilizarme, estoy muy inquieto. Lo mejor es recurrir a la táctica de siempre. Pienso en las piernas largas de las jirafas lesbianas, bajo la mano y empiezo a trabajar. Buenas noches a todos.
Con esta imagen impactante frente a nuestros ojos, debería sugerirle a Silvia que sigamos camino hasta la jaula de los mandriles o mi preferida, la pantera negra, pero desde el momento en que la señor jirafa desenfundó su aparato, no puedo dejar de mirarlo. Y no sólo por la sorpresa de ver a una lesbiana con pene, sino por la actitud de su pareja, la jirafa hembra. Es una perfecta histérica, como todas las mujeres. Menea la cola con la excusa de estar espantando moscas, y cuando el jirafo intenta montarla la muy puta se corre y lo deja pagando.
La imagen es hipnótica y se repite cada cinco minutos. Es el tiempo que tarda el macho en superar su trauma psicológico. Después de cada fracaso la cosa se abatata; él entra en razón y parece olvidarse del asunto. Pero entonces la guacha vuelve a menear la colita y, por ese maldito instinto insertado en los genes, el tipo no puede evitar volver a intentarlo. Tengo que admitir que me siento un poco identificado con el pobre animal. Principalmente por los cuernos -algo que Silvia me puso hace rato-, pero también por mis intentos fallidos de ponerla en público. Tengo la impresión de que Silvia quiere cortarme y no se anima a lastimarme. Hace tres meses que se asegura una muchedumbre a su alrededor cada vez que nos encontramos, así no correr el riesgo de lidiar a solas con mi versión cachonda. Y no me deja otra alternativa que intentar cojerla en público.
Recién las jirafas me motivaron: amagué a atarme los cordones y apenas me levanté logré tocarle la teta izquierda. Silvia protestó, pero al menos ya puedo decirle a mis amigos que recuperé la segunda base. Ellos siempre me aconsejan que la deje.
"Llevala a Fuerte Apache y dejala ahí nomás", me dicen, pero sé que no me conviene. En una de esas después me crece una conciencia y encima tengo que pagar el rescate.
Además yo se que Silvia me tiene cariño. Por eso una vez me prometió que el día que quiera dejarme va a ponerse lo más fea posible durante el tiempo que sea necesario para que finalmente sea yo el que le corte a ella. Empezó suprimiendo el escote y sacándose el maquillaje, pero desde hace un mes anda en joggings y volvió a ponerse maquillaje, aunque esta vez parecerse al cantante de Kiss (Silvia sabe que detesto el rock pesado).
Cuando cayó la tarde, todos desperdiciamos una nueva oportunidad. Silvia no llegó a cortarme ni yo a tocarla. Y la señor jirafa se quedó con un dolor de huevos que ni te cuento. En fin, una nueva noche solitaria en mi cama. Ya no se cuanto tiempo más voy a poder sostener esta situación. Me siento tan estúpido como don jirafo, y ni siquiera tengo una hembra en mi jaula. A nadie le interesa que tenga crías. Si tan solo fuera una especie en peligro de extinción, mis posibilidades aumentarían considerablemente. Para colmo, me cuesta dormir. Doy tantas vueltas en la cama que me mareo. ¿Por qué sigo dando vueltas carnero? No debí haber mezclado champagne con ribotril. Tengo que tranquilizarme, estoy muy inquieto. Lo mejor es recurrir a la táctica de siempre. Pienso en las piernas largas de las jirafas lesbianas, bajo la mano y empiezo a trabajar. Buenas noches a todos.
martes, 18 de noviembre de 2008
CITA A CIEGAS
La vi caminando por avenida Santa Fé y casi sin darme cuenta empecé a seguirla. Fue como un instinto. Esas piernas comenzaban de la mejor manera, y su forma de andar, tan diferente a las demás, podía ser justo lo que necesitaba.
Anduve una cuadra entera en cámara lenta jugando a la pisadita con su sombra. Mientras admiraba el ligero vestido hippie (y su contenido), su movimiento de caderas resultaba algo hipnótico, y mi mente viajaba apagada como si disfrutara del hermoso paisaje desde la ventana de un micro de larga distancia. Lo importante -lo principal-, era que ese palo blanco que marcaba el compás de sus pasos abría la chance de que ella no estuviera fuera de mi alcance. ¿Quién sabe los parámetros de selección de una ciega?
Cuando llegó a la esquina frenó, y yo me paré a su lado.
-¿Te ayudo a cruzar?
-Bueno, gracias -dijo, y sin preguntar nada se aferró de mi brazo.
Esta es la mía, pensé. Con ella estaba tranquilo, no sentía la usual mirada reprobatoria.
-Es raro, puede ser que cruzar esta avenida sea lo único que hagamos juntos –le dije.
Por un par de segundos, la sentí como una ciega-muda. Entonces seguí:
-Ojalá que el hombrecito del semáforo se quede en rojo por siempre, así me da más tiempo para pensar qué decir. Tiene que ser algo perfecto.
-No digas nada entonces –sugirió ella-. Concentrémonos en disfrutar este momento.
Las bocinas de los autos de Santa Fé se turnaban para llenar nuestro silencio, pero yo nunca aprendí a soportar el vacío de las primeras charlas.
-Tengo que admitir que de todas las personas que ayudé a cruzar en mi vida, sos por lejos la más linda –la piropeé.
Ella sonrió apenas, pero no dijo nada.
-Seguro, todas las otras que ayudé a cruzar fueron viejas –seguí-. En eso corrés con ventaja. Pero creo que tu versión de ochenta años seguiría sacando el primer puesto. ¿Sabés la abuela que serías? Matarías mil. Tus nietos se pelearían a los golpes para que los subas a upa.
Logré la primera carcajada y festejé en silencio.
El hombrecito cambió a verde. Tres personas que estaban unos metros más a la izquierda avanzaron por la senda peatonal, pero yo me quedé quieto. Ella no dijo nada. Seguía aferrada a mi brazo, era como si ya fuéramos novios. Estiré el cuello y estudié de cerca las numerosas pecas que decoraban su pequeña nariz. Tenía piel delicada, los labios gruesos, cejas finitas y los ojos celestes aclarados, como si una especie de neblina le cubriera las pupilas.
-¿Qué me mirás? –dijo ella de pronto.
Corrí la cara y clavé la vista al frente. Se había dado cuenta. ¿Cómo? Por suerte todavía no le había estudiado las tetas, ese iba a ser mi siguiente paso.
-Te asustaste, ¿eh?- dijo sonriendo, mientras me sacudía el brazo-. Era un chiste nomás, mirame si querés, no tengo nada que ocultar.
Le hice caso y relaté la recorrida de mis ojos.
-Ahora te estoy mirando las orejas, muy lindas la verdad. Me gustan los lóbulos carnosos como los tuyos, son más comestibles. Simpático tu cuello también. Ni muy largo ni muy corto: ideal. De las piernas y el resto no te digo nada, para eso están los trabajadores de las obras en construcción.
-Nunca está mal que me lo recuerden –aclaró-. Igual yo se perfectamente como soy. Los ciegos podemos ver con las manos: ahora mismo te estoy contemplando el brazo.
Solté una risa cómplice, y me subió el pánico de repente. Ella podía ver con las manos: no tenía que dejar que me toque la cara.
El hombrecito se puso verde de vuelta y no me animé a disimularlo; sería demasiado: los ciegos tienen los otros sentidos agudizados, deben saber cuando cambia el semáforo. Caminamos juntos despacio por la senda peatonal, ella siempre eslabonada a mi brazo. Por un momento sentí que apoyaba la cabeza en mi hombro, pero fue solo mi imaginación. Un deseo.
Llegamos al otro lado de la vereda, nuestra despedida.
-Bueno –le dije-, ha sido un honor ayudarte. El servicio fue gratuito, pero si algún día tenés ganas de retribuirme, podrías ayudarme con mi investigación…
-¿Qué investigación?
-Estoy haciendo un estudio sobre manchas de nacimiento; y me encantaría fotografiar la tuya para sumarla a mi catálogo. La teoría es que las manchas son un símbolo de nuestra esencia.
Ella, sin verme, me miraba con atención.
-Yo tomo en cuenta la forma, la textura, el color y la ubicación de cada mancha y la comparo con la personalidad. Después saco conclusiones -terminé.
-Ah, ¿si? ¿Y qué conclusiones sacaste?
-Por ahora solo analicé la mía –me aclaré la garganta-; es un estudio muy reciente. Pero para contarte mejor tendrías que verla; o tocarla mejor dicho… y acá no va a poder ser. Hay mucha gente. ¿Por qué no nos encontramos más tranquilos otro día e intercambiamos manchas?
Ella se puso seria y apuntó los ojos directo hacia los míos. Fue un silencio eterno de tres segundos que no me animé a quebrar. Ya estaba todo dicho, solo quedaba esperar.
-Está bien –resolvió entonces, sacó la billetera y me dio su tarjeta-. Ahí tenés la dirección de mi casa. Pasate el jueves a eso de las nueve; te invito a comer.
Intenté contenerme para que no se note el golazo que estaba gritando en mi interior. Su tarjeta decía: “Silvia Manera, vidente”.
-¿Sos vidente? -le pregunté sorprendido, mientras releía la tarjeta para asegurarme de que no era un error. Cuando levanté la cabeza, Silvia ya había arrancado con el palo blanco marcando el ritmo de sus pasos. Se dio vuelta y gritó a la pasada:
-A las nueve Martín, no te olvides.
--------------------------------------------------------------------
Tuve que soportar dos días de tregua hasta la cita. No fue fácil. La excitación y ansiedad habitual se mezclaban con una inmensa intriga y algunos miedos. Era el mismo cóctel de sensaciones que sacudían mi mente antes del sexo. Solo que en este caso los miedos eran otros. ¿Qué poderes tiene una vidente? ¿Cómo hizo para adivinar mi nombre? ¿Podrá leerme la mente durante el sexo? Bueno, quizás algún que otro miedo era parecido a los de siempre.
Ese jueves, a las nueve y diez, toqué el timbre de su departamento.
-¿Sos vos Martín? –preguntó Silvia, pegada al otro lado de la puerta.
-Eso parece –respondí-, pero todavía no se cómo descifraste mi nombre.
-¿Querés que te cuente con la puerta de por medio o vas a pasar?
Por un momento tuve la necesidad de escapar. Ella me intimidaba. Era algo nuevo, interesante, peligroso.
-Quiero pasar –resolví, recordando sus numerosos atributos.
-Cerrá los ojos entonces –siguió Silvia, del otro lado de la puerta-. Sé que las primeras impresiones son importantes, pero yo nunca tuve una… al menos visual. Por eso los que quieran entrar a mi casa tienen que cerrar los ojos, no me gusta estar en desventaja.
Ahora sí consideré seriamente la huída cobarde, sin despedidas ni explicaciones. Tenía que entregarme por completo. Jugar a su juego, y de visitante. Era yo el que estaba en desventaja.
Respiré hondo, cerré los ojos y golpeé la puerta. Silvia abrió sin chequear mi ceguera, tomó mi mano y me instó a avanzar. Me dejé llevar sin hacer trampa, escuché la puerta cerrarse detrás de mí y, tomado de su mano, avancé unos metros en silencio. El negro absoluto me generó una extraña calma. Sentí un olor a incienso de vainilla justo antes de detenernos.
Silvia pareció darse media vuelta para enfrentarme.
-Hola Martín –dijo, dándome un dulce beso en la mejilla-. Quedate quieto.
Apoyó sus manos en mi cadera y se arrodilló lentamente. Su cabeza llegó a la altura de mi cinturón. Los pantalones me apretaron. Silvia siguió su descenso hasta el piso, desanudó los cordones y me sacó las zapatillas con delicadeza. Cuando desenrolló mis medias, aterricé los pies descalzos en una cálida alfombra peluda. Pensé en desnudarme ahí mismo, pero las señales no eran del todo claras y preferí no arriesgarme. Tuve el impulso de abrir los ojos para leer mejor las pistas, pero tampoco quería romper la magia.
-Así está mejor, las zapatillas nunca son bienvenidas en mi casa –explicó ella-. Me cuesta horrores limpiar todo la mugre que traen de la calle.
Volvió a agarrar mi mano y la puso sobre lo que parecía ser el respaldo de una silla.
-Ponete cómodo. Ya vuelvo, que se me quema la comida.
Me senté con movimientos toscos, mientras la oía silbando en su rápida huída hacia la cocina. Aproveché que estaba distraída para abrir los ojos: ya había sido suficiente.
Tuve que contenerme para no gritar del susto; la oscuridad seguía siendo total. Había programado cada detalle cuidadosamente para que ni una chispa de luz se entrometa en su diseño de la perfecta noche en tinieblas. Las persianas debían estar bajas, las luces apagadas… el negro era tan profundo que no llegaba a verme las manos. Estaba ciego, como ella. Solo que Silvia tenía años de experiencia. Ella podía cocinar silbando con total tranquilidad, yo apenas si podía moverme; tenía miedo de romper algo, de caerme al piso.
Respiré hondo un par de veces para calmarme. ¿Por qué había apagado las luces? ¿Qué quería enseñarme? Silvia estaba jugando conmigo y yo tenía dos opciones: jugar con ella o exigir que encienda las luces.
Decidí seguirle la corriente; tocar de oído sin hacer comentarios de su estrategia. No era cuestión de abandonar el juego antes de descubrir cual sería el objetivo, o, mejor todavía, como iba a terminar. Quizás tenía una posibilidad de ganar; o podíamos ganar los dos a la vez. Si éramos parejos en una de esas terminábamos empatados, en pareja. De lo que estaba seguro era que, aún si el juego era el cuarto oscuro, todavía no tenía que dejar que me toque la cara.
Silvia regresó a la mesa y pude oír como acomodaba la bandeja y los platos con gran agilidad. Cada cosa en su lugar. La comida olía bien, pero era un olor que no llegué a distinguir, al menos no a primer olfato.
Ella parecía respetar mi silencio. Era como si supiera que necesitaba un tiempo para asimilar la oscuridad, agudizar los otros sentidos, recuperar el habla. ¿Me estaba dando una ventaja para acostumbrarme al juego?
-¿Qué pasa, te comieron la lengua los ratones? –bromeó entonces, quebrándome el changüí-. Pasame el plato que te sirvo.
Tantée la mesa, levanté el plato y lo extendí firme hacia delante. Silvia agarró la otra punta y, apenas rozando mis dedos, vació su misteriosa creación culinaria. Cuando sus dedos dejaron de tocarme mantuve el plato en la misma posición por unos segundos, por miedo a que siga sirviendo y la comida aterrice directo en la mesa, arruinándolo todo.
-El otro día no estabas tan callado, ¿dónde te olvidaste el chamuyo?
-Del otro lado de la puerta –reaccioné para mi sorpresa-. Lo tenía todo programado, ayer estudié la conversación para durar toda la noche, pero de confianzudo no me hice machete y ahora no me acuerdo de nada. Voy a tener que improvisar.
No estoy seguro de si se rió o tuvo una pequeña tos. Era una complicación adivinar sus reacciones, sospechar su sonrisa. Tenía que confiar a ciegas en mi charla.
-¿Y, no me vas a decir nada de la comida?
-Perdoná, está exquisita. En serio.
-Primero probala. En una de esas no tenés que mentir.
-Cierto, a vos no te puedo mentir; olvidé que eras vidente. Ahora la pruebo.
Encontré los cubiertos al costado del plato, acerqué la nariz y analicé el olor en detalle. No había forma de descifrar lo que era con anticipación, tenía que arriesgarme. Revolví la comida con el tenedor. Era como una pasta blanda con pequeños pedazos duros, y parecía estar condimentada con algún tipo de salsa acuosa. ¿Y si eran caracoles? Junte coraje y en un movimiento rápido probé el primer bocado.
-Mmmm –dije, antes de analizar el gusto.
Era un sabor desconocido, algo agridulce. No estaba mal, pero no podía sacarme de la cabeza la horrible idea de que eran caracoles.
-Está muy rico, original. ¿Qué es?
-Es una receta secreta, no te puedo decir. Mi abuela se la enseñó a mi mamá, ella a mí, y yo se la voy a enseñar a mi hija, algún día.
Intenté pensar en otra cosa. Distraerme de los caracoles para vaciar el plato sin decepcionarla. Por suerte había suficiente pan, el vino ayudó y mientras tanto hablamos de su clarividencia. Era un don natural que venía de la familia, explicó Silvia, pero además podía agilizarse con un buen maestro a través de los años.
Aunque trabajaba de eso, no quiso darme muchos detalles de sus “poderes”. Solo me confesó que no tenía bola de cristal ni cartas; dijo que era más bien una cuestión de energía. Me tranquilizó la idea de que si podía adivinar mi nombre, quizás sabía mucho más: mi pasado, mi futuro, mis secretos. Si a pesar de todo me había invitado a su casa, eso podía significar que ya había pasado la prueba.
-¿No me hacés una muestra gratis? –le pregunté-. Un pequeño adelanto de tus sesiones. Lo suficiente para convencer a un no creyente.
-¿Así que no creés en lo que hago Martín? Eso me duele, en serio.
-¿Por qué? Yo soy cajero, y me da lo mismo si no creés en el sistema bancario. Al menos lo que vos hacés es más interesante.
-No es lo mismo, porque si no creés en lo mío, eso significa que yo engaño a la gente, ¿no te parece?
Tomé un trago de vino para ganar tiempo. Estaba metiéndome en terreno pantanoso.
-Es que tampoco creo en Dios, ni en los milagros –seguí-. Aunque me encantaría creer. Estoy buscando a alguien que me contradiga, que me calle la boca con una demostración; pero lamentablemente soy un tipo racional: si no lo veo, no lo creo.
-Yo no veo nada Martín, y por eso mismo creo en todo.
No supe qué decir.
Para cambiar de tema le pedí que sirviera un poco más de vino. Silvia llenó los dos vasos, y cuando quise alcanzar el mío me agarró la muñeca. Extendió mi brazo y con su dedo gordo recorrió con suavidad la palma de mi mano.
-¿Me vas a leer las líneas?
-No puedo leer, soy ciega. Y ya te expliqué que lo que hago es una cuestión de energía. Solo necesito tener contacto con tu piel.
-Si necesitás de otra parte que concentre mejor la energía avisame. Mi cuerpo está a tu entera disposición.
Tampoco esta vez pude adivinarle la sonrisa. Había un clima de tensión en el ambiente, y eso me gustaba. El vino empezaba a surtir efecto. Silvia estaba callada, como concentrada, y seguía masajeando la palma de mi mano. El misterio era excitante, o quizás era el masaje. De cualquier manera mis pantalones parecían encogerse cada vez más.
-¿Me vas a predecir el futuro o te encariñaste con mi mano?
-Shhh –respondió ella.
-Digo, porque te pedí un adelanto nomás. Con que predigas el resto de la noche me alcanza.
-¿Vos le tenés miedo a la oscuridad Martín? –preguntó Silvia de pronto.
-No, si no ya te hubieses dado cuenta.
-Mejor –dijo-, porque siento que estás por pasar por un período oscuro.
-Vas a tener que pasarme la dirección de dónde comparaste el palito blanco.
Ella ya no me intimidaba, me sentía invisible en la oscuridad. Y ya estaba un poco borracho.
Silvia soltó mi mano y se levantó para poner algo de música. Ya más adentrado en la ceguera, los sonidos se tradujeron directamente en imágenes. Mientras ella elogiaba la armonía de la música hindú, yo podía calcular, por la distancia de su voz, la perfecta ubicación de sus largas piernas en cuclillas. También imaginar como el pelo desordenado acariciaba su espalda desnuda. El sonido del botón eject se transformó inmediatamente en un equipo musical no muy moderno, probablemente apoyado en el piso al lado de unos libros. Sus pasos patinando hacia la mesa eran una fotografía de la alfombra peluda.
Cuando volvió a agarrar mi mano para sacarme a bailar ya no tuve miedo de tropezarme; era como si presintiera dónde estaba ubicado cada detalle de la habitación. Pude bailar suelto y desinhibido potenciado por el acogedor escondite que brinda la oscuridad. También por el vino. La música hindú invitaba a hacer movimientos ridículos, poco convencionales, revolucionarios, y con la libertad absoluta del anonimato. Silvia bailaba muy bien. No la veía pero podía sentir su desplazamiento sensual sobre la alfombra, clavando esa dulce neblina directo a mis ojos, como si supiera.
De un salto llegué hasta ella, le di una vuelta con las manos y por primera vez en la noche escuché su mueca de sonrisa. El juego era divertido, estábamos pasándola bien.
La besé. Sus labios me envolvieron mientras ella se aferraba a los pelos de mi nuca, como si poco a poco quisiera apropiarse de mi cuello. Besé un sendero imaginario que partió de su boca, bajó por el cuello, regresó por la mejilla, subió hasta la ceja izquierda y terminó en la oreja.
-Ahora me vas a ayudar con lo que prometiste –le dije con mi mejor voz seductora-, te voy a recorrer toda hasta encontrarte la mancha de nacimiento.
La sesión de besos continuó por unos minutos. Dábamos vueltas lentas abrazados con las campanillas hindúes de fondo. No pude reprimirme y tuve que elogiarle la planificación de la cita perfecta. Un gran juego.
-Me gustó tu idea de apagar las luces. Al menos por una noche pude sentir lo que sentís vos todos los días. No es tan malo ser ciego… si estás bien acompañado.
-Yo no apagué las luces Martín –dijo Silvia-, quizás cuando entraste a mi casa te contagiaste. No es la primera vez que pasa, debe tener algo que ver con la energía que hay en el lugar.
Me reí, la abracé y la besé como imaginé que lo haría Arnaldo André. Después dije lo que pensé que él diría:
-Gracias por contagiarme entonces.
Poco a poco fui llevándola hacia atrás, la apreté contra la pared para lamerle el cuello. Levanté sus brazos, le saqué la remera y mientras me hundía en su escote liberé mi brazo derecho para apoyar en la pared. Mi mano cayó justo en el interruptor de luz.
Lo apreté varias veces para ambos lados, pero las luces no se encendieron.
Anduve una cuadra entera en cámara lenta jugando a la pisadita con su sombra. Mientras admiraba el ligero vestido hippie (y su contenido), su movimiento de caderas resultaba algo hipnótico, y mi mente viajaba apagada como si disfrutara del hermoso paisaje desde la ventana de un micro de larga distancia. Lo importante -lo principal-, era que ese palo blanco que marcaba el compás de sus pasos abría la chance de que ella no estuviera fuera de mi alcance. ¿Quién sabe los parámetros de selección de una ciega?
Cuando llegó a la esquina frenó, y yo me paré a su lado.
-¿Te ayudo a cruzar?
-Bueno, gracias -dijo, y sin preguntar nada se aferró de mi brazo.
Esta es la mía, pensé. Con ella estaba tranquilo, no sentía la usual mirada reprobatoria.
-Es raro, puede ser que cruzar esta avenida sea lo único que hagamos juntos –le dije.
Por un par de segundos, la sentí como una ciega-muda. Entonces seguí:
-Ojalá que el hombrecito del semáforo se quede en rojo por siempre, así me da más tiempo para pensar qué decir. Tiene que ser algo perfecto.
-No digas nada entonces –sugirió ella-. Concentrémonos en disfrutar este momento.
Las bocinas de los autos de Santa Fé se turnaban para llenar nuestro silencio, pero yo nunca aprendí a soportar el vacío de las primeras charlas.
-Tengo que admitir que de todas las personas que ayudé a cruzar en mi vida, sos por lejos la más linda –la piropeé.
Ella sonrió apenas, pero no dijo nada.
-Seguro, todas las otras que ayudé a cruzar fueron viejas –seguí-. En eso corrés con ventaja. Pero creo que tu versión de ochenta años seguiría sacando el primer puesto. ¿Sabés la abuela que serías? Matarías mil. Tus nietos se pelearían a los golpes para que los subas a upa.
Logré la primera carcajada y festejé en silencio.
El hombrecito cambió a verde. Tres personas que estaban unos metros más a la izquierda avanzaron por la senda peatonal, pero yo me quedé quieto. Ella no dijo nada. Seguía aferrada a mi brazo, era como si ya fuéramos novios. Estiré el cuello y estudié de cerca las numerosas pecas que decoraban su pequeña nariz. Tenía piel delicada, los labios gruesos, cejas finitas y los ojos celestes aclarados, como si una especie de neblina le cubriera las pupilas.
-¿Qué me mirás? –dijo ella de pronto.
Corrí la cara y clavé la vista al frente. Se había dado cuenta. ¿Cómo? Por suerte todavía no le había estudiado las tetas, ese iba a ser mi siguiente paso.
-Te asustaste, ¿eh?- dijo sonriendo, mientras me sacudía el brazo-. Era un chiste nomás, mirame si querés, no tengo nada que ocultar.
Le hice caso y relaté la recorrida de mis ojos.
-Ahora te estoy mirando las orejas, muy lindas la verdad. Me gustan los lóbulos carnosos como los tuyos, son más comestibles. Simpático tu cuello también. Ni muy largo ni muy corto: ideal. De las piernas y el resto no te digo nada, para eso están los trabajadores de las obras en construcción.
-Nunca está mal que me lo recuerden –aclaró-. Igual yo se perfectamente como soy. Los ciegos podemos ver con las manos: ahora mismo te estoy contemplando el brazo.
Solté una risa cómplice, y me subió el pánico de repente. Ella podía ver con las manos: no tenía que dejar que me toque la cara.
El hombrecito se puso verde de vuelta y no me animé a disimularlo; sería demasiado: los ciegos tienen los otros sentidos agudizados, deben saber cuando cambia el semáforo. Caminamos juntos despacio por la senda peatonal, ella siempre eslabonada a mi brazo. Por un momento sentí que apoyaba la cabeza en mi hombro, pero fue solo mi imaginación. Un deseo.
Llegamos al otro lado de la vereda, nuestra despedida.
-Bueno –le dije-, ha sido un honor ayudarte. El servicio fue gratuito, pero si algún día tenés ganas de retribuirme, podrías ayudarme con mi investigación…
-¿Qué investigación?
-Estoy haciendo un estudio sobre manchas de nacimiento; y me encantaría fotografiar la tuya para sumarla a mi catálogo. La teoría es que las manchas son un símbolo de nuestra esencia.
Ella, sin verme, me miraba con atención.
-Yo tomo en cuenta la forma, la textura, el color y la ubicación de cada mancha y la comparo con la personalidad. Después saco conclusiones -terminé.
-Ah, ¿si? ¿Y qué conclusiones sacaste?
-Por ahora solo analicé la mía –me aclaré la garganta-; es un estudio muy reciente. Pero para contarte mejor tendrías que verla; o tocarla mejor dicho… y acá no va a poder ser. Hay mucha gente. ¿Por qué no nos encontramos más tranquilos otro día e intercambiamos manchas?
Ella se puso seria y apuntó los ojos directo hacia los míos. Fue un silencio eterno de tres segundos que no me animé a quebrar. Ya estaba todo dicho, solo quedaba esperar.
-Está bien –resolvió entonces, sacó la billetera y me dio su tarjeta-. Ahí tenés la dirección de mi casa. Pasate el jueves a eso de las nueve; te invito a comer.
Intenté contenerme para que no se note el golazo que estaba gritando en mi interior. Su tarjeta decía: “Silvia Manera, vidente”.
-¿Sos vidente? -le pregunté sorprendido, mientras releía la tarjeta para asegurarme de que no era un error. Cuando levanté la cabeza, Silvia ya había arrancado con el palo blanco marcando el ritmo de sus pasos. Se dio vuelta y gritó a la pasada:
-A las nueve Martín, no te olvides.
--------------------------------------------------------------------
Tuve que soportar dos días de tregua hasta la cita. No fue fácil. La excitación y ansiedad habitual se mezclaban con una inmensa intriga y algunos miedos. Era el mismo cóctel de sensaciones que sacudían mi mente antes del sexo. Solo que en este caso los miedos eran otros. ¿Qué poderes tiene una vidente? ¿Cómo hizo para adivinar mi nombre? ¿Podrá leerme la mente durante el sexo? Bueno, quizás algún que otro miedo era parecido a los de siempre.
Ese jueves, a las nueve y diez, toqué el timbre de su departamento.
-¿Sos vos Martín? –preguntó Silvia, pegada al otro lado de la puerta.
-Eso parece –respondí-, pero todavía no se cómo descifraste mi nombre.
-¿Querés que te cuente con la puerta de por medio o vas a pasar?
Por un momento tuve la necesidad de escapar. Ella me intimidaba. Era algo nuevo, interesante, peligroso.
-Quiero pasar –resolví, recordando sus numerosos atributos.
-Cerrá los ojos entonces –siguió Silvia, del otro lado de la puerta-. Sé que las primeras impresiones son importantes, pero yo nunca tuve una… al menos visual. Por eso los que quieran entrar a mi casa tienen que cerrar los ojos, no me gusta estar en desventaja.
Ahora sí consideré seriamente la huída cobarde, sin despedidas ni explicaciones. Tenía que entregarme por completo. Jugar a su juego, y de visitante. Era yo el que estaba en desventaja.
Respiré hondo, cerré los ojos y golpeé la puerta. Silvia abrió sin chequear mi ceguera, tomó mi mano y me instó a avanzar. Me dejé llevar sin hacer trampa, escuché la puerta cerrarse detrás de mí y, tomado de su mano, avancé unos metros en silencio. El negro absoluto me generó una extraña calma. Sentí un olor a incienso de vainilla justo antes de detenernos.
Silvia pareció darse media vuelta para enfrentarme.
-Hola Martín –dijo, dándome un dulce beso en la mejilla-. Quedate quieto.
Apoyó sus manos en mi cadera y se arrodilló lentamente. Su cabeza llegó a la altura de mi cinturón. Los pantalones me apretaron. Silvia siguió su descenso hasta el piso, desanudó los cordones y me sacó las zapatillas con delicadeza. Cuando desenrolló mis medias, aterricé los pies descalzos en una cálida alfombra peluda. Pensé en desnudarme ahí mismo, pero las señales no eran del todo claras y preferí no arriesgarme. Tuve el impulso de abrir los ojos para leer mejor las pistas, pero tampoco quería romper la magia.
-Así está mejor, las zapatillas nunca son bienvenidas en mi casa –explicó ella-. Me cuesta horrores limpiar todo la mugre que traen de la calle.
Volvió a agarrar mi mano y la puso sobre lo que parecía ser el respaldo de una silla.
-Ponete cómodo. Ya vuelvo, que se me quema la comida.
Me senté con movimientos toscos, mientras la oía silbando en su rápida huída hacia la cocina. Aproveché que estaba distraída para abrir los ojos: ya había sido suficiente.
Tuve que contenerme para no gritar del susto; la oscuridad seguía siendo total. Había programado cada detalle cuidadosamente para que ni una chispa de luz se entrometa en su diseño de la perfecta noche en tinieblas. Las persianas debían estar bajas, las luces apagadas… el negro era tan profundo que no llegaba a verme las manos. Estaba ciego, como ella. Solo que Silvia tenía años de experiencia. Ella podía cocinar silbando con total tranquilidad, yo apenas si podía moverme; tenía miedo de romper algo, de caerme al piso.
Respiré hondo un par de veces para calmarme. ¿Por qué había apagado las luces? ¿Qué quería enseñarme? Silvia estaba jugando conmigo y yo tenía dos opciones: jugar con ella o exigir que encienda las luces.
Decidí seguirle la corriente; tocar de oído sin hacer comentarios de su estrategia. No era cuestión de abandonar el juego antes de descubrir cual sería el objetivo, o, mejor todavía, como iba a terminar. Quizás tenía una posibilidad de ganar; o podíamos ganar los dos a la vez. Si éramos parejos en una de esas terminábamos empatados, en pareja. De lo que estaba seguro era que, aún si el juego era el cuarto oscuro, todavía no tenía que dejar que me toque la cara.
Silvia regresó a la mesa y pude oír como acomodaba la bandeja y los platos con gran agilidad. Cada cosa en su lugar. La comida olía bien, pero era un olor que no llegué a distinguir, al menos no a primer olfato.
Ella parecía respetar mi silencio. Era como si supiera que necesitaba un tiempo para asimilar la oscuridad, agudizar los otros sentidos, recuperar el habla. ¿Me estaba dando una ventaja para acostumbrarme al juego?
-¿Qué pasa, te comieron la lengua los ratones? –bromeó entonces, quebrándome el changüí-. Pasame el plato que te sirvo.
Tantée la mesa, levanté el plato y lo extendí firme hacia delante. Silvia agarró la otra punta y, apenas rozando mis dedos, vació su misteriosa creación culinaria. Cuando sus dedos dejaron de tocarme mantuve el plato en la misma posición por unos segundos, por miedo a que siga sirviendo y la comida aterrice directo en la mesa, arruinándolo todo.
-El otro día no estabas tan callado, ¿dónde te olvidaste el chamuyo?
-Del otro lado de la puerta –reaccioné para mi sorpresa-. Lo tenía todo programado, ayer estudié la conversación para durar toda la noche, pero de confianzudo no me hice machete y ahora no me acuerdo de nada. Voy a tener que improvisar.
No estoy seguro de si se rió o tuvo una pequeña tos. Era una complicación adivinar sus reacciones, sospechar su sonrisa. Tenía que confiar a ciegas en mi charla.
-¿Y, no me vas a decir nada de la comida?
-Perdoná, está exquisita. En serio.
-Primero probala. En una de esas no tenés que mentir.
-Cierto, a vos no te puedo mentir; olvidé que eras vidente. Ahora la pruebo.
Encontré los cubiertos al costado del plato, acerqué la nariz y analicé el olor en detalle. No había forma de descifrar lo que era con anticipación, tenía que arriesgarme. Revolví la comida con el tenedor. Era como una pasta blanda con pequeños pedazos duros, y parecía estar condimentada con algún tipo de salsa acuosa. ¿Y si eran caracoles? Junte coraje y en un movimiento rápido probé el primer bocado.
-Mmmm –dije, antes de analizar el gusto.
Era un sabor desconocido, algo agridulce. No estaba mal, pero no podía sacarme de la cabeza la horrible idea de que eran caracoles.
-Está muy rico, original. ¿Qué es?
-Es una receta secreta, no te puedo decir. Mi abuela se la enseñó a mi mamá, ella a mí, y yo se la voy a enseñar a mi hija, algún día.
Intenté pensar en otra cosa. Distraerme de los caracoles para vaciar el plato sin decepcionarla. Por suerte había suficiente pan, el vino ayudó y mientras tanto hablamos de su clarividencia. Era un don natural que venía de la familia, explicó Silvia, pero además podía agilizarse con un buen maestro a través de los años.
Aunque trabajaba de eso, no quiso darme muchos detalles de sus “poderes”. Solo me confesó que no tenía bola de cristal ni cartas; dijo que era más bien una cuestión de energía. Me tranquilizó la idea de que si podía adivinar mi nombre, quizás sabía mucho más: mi pasado, mi futuro, mis secretos. Si a pesar de todo me había invitado a su casa, eso podía significar que ya había pasado la prueba.
-¿No me hacés una muestra gratis? –le pregunté-. Un pequeño adelanto de tus sesiones. Lo suficiente para convencer a un no creyente.
-¿Así que no creés en lo que hago Martín? Eso me duele, en serio.
-¿Por qué? Yo soy cajero, y me da lo mismo si no creés en el sistema bancario. Al menos lo que vos hacés es más interesante.
-No es lo mismo, porque si no creés en lo mío, eso significa que yo engaño a la gente, ¿no te parece?
Tomé un trago de vino para ganar tiempo. Estaba metiéndome en terreno pantanoso.
-Es que tampoco creo en Dios, ni en los milagros –seguí-. Aunque me encantaría creer. Estoy buscando a alguien que me contradiga, que me calle la boca con una demostración; pero lamentablemente soy un tipo racional: si no lo veo, no lo creo.
-Yo no veo nada Martín, y por eso mismo creo en todo.
No supe qué decir.
Para cambiar de tema le pedí que sirviera un poco más de vino. Silvia llenó los dos vasos, y cuando quise alcanzar el mío me agarró la muñeca. Extendió mi brazo y con su dedo gordo recorrió con suavidad la palma de mi mano.
-¿Me vas a leer las líneas?
-No puedo leer, soy ciega. Y ya te expliqué que lo que hago es una cuestión de energía. Solo necesito tener contacto con tu piel.
-Si necesitás de otra parte que concentre mejor la energía avisame. Mi cuerpo está a tu entera disposición.
Tampoco esta vez pude adivinarle la sonrisa. Había un clima de tensión en el ambiente, y eso me gustaba. El vino empezaba a surtir efecto. Silvia estaba callada, como concentrada, y seguía masajeando la palma de mi mano. El misterio era excitante, o quizás era el masaje. De cualquier manera mis pantalones parecían encogerse cada vez más.
-¿Me vas a predecir el futuro o te encariñaste con mi mano?
-Shhh –respondió ella.
-Digo, porque te pedí un adelanto nomás. Con que predigas el resto de la noche me alcanza.
-¿Vos le tenés miedo a la oscuridad Martín? –preguntó Silvia de pronto.
-No, si no ya te hubieses dado cuenta.
-Mejor –dijo-, porque siento que estás por pasar por un período oscuro.
-Vas a tener que pasarme la dirección de dónde comparaste el palito blanco.
Ella ya no me intimidaba, me sentía invisible en la oscuridad. Y ya estaba un poco borracho.
Silvia soltó mi mano y se levantó para poner algo de música. Ya más adentrado en la ceguera, los sonidos se tradujeron directamente en imágenes. Mientras ella elogiaba la armonía de la música hindú, yo podía calcular, por la distancia de su voz, la perfecta ubicación de sus largas piernas en cuclillas. También imaginar como el pelo desordenado acariciaba su espalda desnuda. El sonido del botón eject se transformó inmediatamente en un equipo musical no muy moderno, probablemente apoyado en el piso al lado de unos libros. Sus pasos patinando hacia la mesa eran una fotografía de la alfombra peluda.
Cuando volvió a agarrar mi mano para sacarme a bailar ya no tuve miedo de tropezarme; era como si presintiera dónde estaba ubicado cada detalle de la habitación. Pude bailar suelto y desinhibido potenciado por el acogedor escondite que brinda la oscuridad. También por el vino. La música hindú invitaba a hacer movimientos ridículos, poco convencionales, revolucionarios, y con la libertad absoluta del anonimato. Silvia bailaba muy bien. No la veía pero podía sentir su desplazamiento sensual sobre la alfombra, clavando esa dulce neblina directo a mis ojos, como si supiera.
De un salto llegué hasta ella, le di una vuelta con las manos y por primera vez en la noche escuché su mueca de sonrisa. El juego era divertido, estábamos pasándola bien.
La besé. Sus labios me envolvieron mientras ella se aferraba a los pelos de mi nuca, como si poco a poco quisiera apropiarse de mi cuello. Besé un sendero imaginario que partió de su boca, bajó por el cuello, regresó por la mejilla, subió hasta la ceja izquierda y terminó en la oreja.
-Ahora me vas a ayudar con lo que prometiste –le dije con mi mejor voz seductora-, te voy a recorrer toda hasta encontrarte la mancha de nacimiento.
La sesión de besos continuó por unos minutos. Dábamos vueltas lentas abrazados con las campanillas hindúes de fondo. No pude reprimirme y tuve que elogiarle la planificación de la cita perfecta. Un gran juego.
-Me gustó tu idea de apagar las luces. Al menos por una noche pude sentir lo que sentís vos todos los días. No es tan malo ser ciego… si estás bien acompañado.
-Yo no apagué las luces Martín –dijo Silvia-, quizás cuando entraste a mi casa te contagiaste. No es la primera vez que pasa, debe tener algo que ver con la energía que hay en el lugar.
Me reí, la abracé y la besé como imaginé que lo haría Arnaldo André. Después dije lo que pensé que él diría:
-Gracias por contagiarme entonces.
Poco a poco fui llevándola hacia atrás, la apreté contra la pared para lamerle el cuello. Levanté sus brazos, le saqué la remera y mientras me hundía en su escote liberé mi brazo derecho para apoyar en la pared. Mi mano cayó justo en el interruptor de luz.
Lo apreté varias veces para ambos lados, pero las luces no se encendieron.
jueves, 9 de octubre de 2008
FONEMA
Acabala con la labia embalada, Bárbara, que disparás palabras disparatadas como balas blandas que no me alcanzan ni se enlazan. Bailan tus palabras vanas, bailan La Bamba o La Lambada, se balancean por tu garganta, empapadas en baba y resbalan amalgamadas sin ganas, como si nada.
Acabala, Bárbara, ¿vas a balbucear hasta el alba? Ensamblás palabras limadas, no vacilás con la bobada, te abalanzás con gansadas... Sos brava Bárbara, ¿no medís nada en la balanza?
Acabala, ¿querés?, o te voy a dar una biaba. Volvé al bla bla bla, seguí hilvanando pavadas y te voy a embalar embalsamada para mandarte en balsa hasta las Bahamas. Ni Balá ni Badalá, ni siquiera Sai Baba te va a salvar de las veladas malvadas que te aguardan si no bajás la marcha.
Acabala, Bárbara, no seas mala. Mañana llorarás, ya no bailarás mi bals, te librarás de mi balada. ¿Y si acatara las palabras de mamá y las hermanas? Anclala, me reclaman las santas, ¡olvidala que está endiablada! Mañana quedarás aislada, anonadada; mañana serás la villana si no te callas.
Acabala, Bárbara, no hagas más macanas.
Acabala, Bárbara, ¿vas a balbucear hasta el alba? Ensamblás palabras limadas, no vacilás con la bobada, te abalanzás con gansadas... Sos brava Bárbara, ¿no medís nada en la balanza?
Acabala, ¿querés?, o te voy a dar una biaba. Volvé al bla bla bla, seguí hilvanando pavadas y te voy a embalar embalsamada para mandarte en balsa hasta las Bahamas. Ni Balá ni Badalá, ni siquiera Sai Baba te va a salvar de las veladas malvadas que te aguardan si no bajás la marcha.
Acabala, Bárbara, no seas mala. Mañana llorarás, ya no bailarás mi bals, te librarás de mi balada. ¿Y si acatara las palabras de mamá y las hermanas? Anclala, me reclaman las santas, ¡olvidala que está endiablada! Mañana quedarás aislada, anonadada; mañana serás la villana si no te callas.
Acabala, Bárbara, no hagas más macanas.
jueves, 18 de septiembre de 2008
ESPEJO VENCIDO
Un fin de semana salí a caminar por San Telmo para practicar mi inglés. Recorrí estrechas calles empedradas y hablé del weather, de Bush y de la special vibration de Buenos Aires con algunos turistas obvios y otros más camuflados. Finalmente desemboqué en el Mercado de San Telmo, y entre viejas pelotas de cuero de la década del treinta, distinguidos bastones de millonarios extintos y preciosos juguetes de niños de ochenta años, terminé comprándome un espejo antiguo de cuerpo entero con un grueso marco dorado que me hizo sentir importante.
El vendedor era un anciano de metro cincuenta y monedas. Tenía ojos celestes, casi blancos, boina escocesa y un abrigo largo y grueso que parecía ser de la Segunda Guerra. Llevaba los guantes cortados y la sonrisa de costado. Era una mueca extraña, algo burlona.
El viejo me aseguró que el espejo andaba joya, nunca taxi, pero al parecer estaba vencido, porque se fue estropeando con el tiempo. Es decir, atrasaba bastante, y por más que lo daba vuelta y vuelta nunca estaba en hora.
Primero me vi con el bigote del mes pasado (una prueba horrorosa que duró un par de días). Después, de traje y cabello corto engominado en la época de mi primer trabajo de oficina. Y cuánto más tiempo pasaba, más atrasaba.
Las mujeres que visitaban mi departamento descubrían versiones mías que nunca pretendí mostrar en las primeras citas, y algunos amigos insistían en tocarme el timbre con pochoclos para ver viejos capítulos de mi vida en el espejo. Cruzar por el comedor y verme de reojo era abrir un álbum de fotografías gastadas: mi corte rollinga de quinto año, la etapa hippie de comienzos de secundaria, los agujeros en las rodillas en los joggings de cuarto grado. Para colmo mi madre se entusiasmó y decidió pasar a saludarme más seguido, chocha por poder hacer comparaciones odiosas con mi otro yo.
-Que desordenado que tenés el pelo, Javier. ¿Ahora resulta que es moderno ser sucio? ¿Por qué no te peinás con la raya al medio, como cuando eras chico, que te quedaba tan prolijo?
Tuve que acostumbrarme a vivir rodeado de pasado, hasta que uno de esos domingos lluviosos de minutos lentos me harté de tanta melancolía y en un impulso agarré el espejo por los marcos dorados y lo rompí contra el piso.
Enseguida me arrepentí. Uno nunca sabe cómo puede reaccionar un espejo vencido.
Y cuando fui a juntar los pedazos me di cuenta de que había invertido el proceso. Ahora las partes desparramadas por el piso adelantaban. En un instante vi en diferentes fragmentos un futuro calamitoso, de siete años de mala suerte.
En un pedazo observé como arruinaba mi amistad de años por un beso que no llegaba a destino; en otro sufría en la cancha con la visión continuada de varias goleadas de Boca en el superclásico. Vi como estropeaba el auto de mi padre contra un poste de luz, horas y horas de tráfico inmóvil, tropezones torpes, redadas policiales por posesión de marihuana.
La sobredosis de imágenes llenas de enfermedad, soledad y depresión fue demasiado. Arrodillado, agarré un triángulo filoso que profetizaba cinco horas atrapado en un subte repleto y averiado, y me corté las venas.
Con la sangre de la muñeca trazando ríos en mi brazo llegué a verme en otro fragmento que dormía cerca de mi cara y, por una vez, lo vi en punto.
El espejo vencido estaba en presente, y marcaba mi hora.
El vendedor era un anciano de metro cincuenta y monedas. Tenía ojos celestes, casi blancos, boina escocesa y un abrigo largo y grueso que parecía ser de la Segunda Guerra. Llevaba los guantes cortados y la sonrisa de costado. Era una mueca extraña, algo burlona.
El viejo me aseguró que el espejo andaba joya, nunca taxi, pero al parecer estaba vencido, porque se fue estropeando con el tiempo. Es decir, atrasaba bastante, y por más que lo daba vuelta y vuelta nunca estaba en hora.
Primero me vi con el bigote del mes pasado (una prueba horrorosa que duró un par de días). Después, de traje y cabello corto engominado en la época de mi primer trabajo de oficina. Y cuánto más tiempo pasaba, más atrasaba.
Las mujeres que visitaban mi departamento descubrían versiones mías que nunca pretendí mostrar en las primeras citas, y algunos amigos insistían en tocarme el timbre con pochoclos para ver viejos capítulos de mi vida en el espejo. Cruzar por el comedor y verme de reojo era abrir un álbum de fotografías gastadas: mi corte rollinga de quinto año, la etapa hippie de comienzos de secundaria, los agujeros en las rodillas en los joggings de cuarto grado. Para colmo mi madre se entusiasmó y decidió pasar a saludarme más seguido, chocha por poder hacer comparaciones odiosas con mi otro yo.
-Que desordenado que tenés el pelo, Javier. ¿Ahora resulta que es moderno ser sucio? ¿Por qué no te peinás con la raya al medio, como cuando eras chico, que te quedaba tan prolijo?
Tuve que acostumbrarme a vivir rodeado de pasado, hasta que uno de esos domingos lluviosos de minutos lentos me harté de tanta melancolía y en un impulso agarré el espejo por los marcos dorados y lo rompí contra el piso.
Enseguida me arrepentí. Uno nunca sabe cómo puede reaccionar un espejo vencido.
Y cuando fui a juntar los pedazos me di cuenta de que había invertido el proceso. Ahora las partes desparramadas por el piso adelantaban. En un instante vi en diferentes fragmentos un futuro calamitoso, de siete años de mala suerte.
En un pedazo observé como arruinaba mi amistad de años por un beso que no llegaba a destino; en otro sufría en la cancha con la visión continuada de varias goleadas de Boca en el superclásico. Vi como estropeaba el auto de mi padre contra un poste de luz, horas y horas de tráfico inmóvil, tropezones torpes, redadas policiales por posesión de marihuana.
La sobredosis de imágenes llenas de enfermedad, soledad y depresión fue demasiado. Arrodillado, agarré un triángulo filoso que profetizaba cinco horas atrapado en un subte repleto y averiado, y me corté las venas.
Con la sangre de la muñeca trazando ríos en mi brazo llegué a verme en otro fragmento que dormía cerca de mi cara y, por una vez, lo vi en punto.
El espejo vencido estaba en presente, y marcaba mi hora.
martes, 9 de septiembre de 2008
JACINTA
A la locura hay que sacarla a pasear, con orgullo.
Si a la gente le gusta qué lindo, y si no la entienden, cosa de ellos.
La locura no se juzga: está ahí, fuera de uno. Es importante hacerse cargo de ella, y no abandonarla cual bebé en canasto antes del ring raje. A la locura hay que hacerle upa, darle una pancarta para que agite, levantarla al cuellito y llevarla como un nene por la playa para que todos puedan admirarla.
Después, cuando la vean solita dando vueltas , los demás van a aplaudirla sin saber de quién es, hasta que vos aparezcas, la vuelvas a buscar y la retes enfrente de todos diciendole que nunca más se le ocurra escaparse; pero sabiendo que a la noche le vas a dejar la puerta abierta a propósito.
Como esta locura que encontré. Estaba en mi cabeza, pero creo que es tuya. Yo dejé la puerta abierta para que salga la mía (una teoría conspirativa sobre el Deja Vu); y mientras estaba esperando que vuelva, entró esta que es distinta, que tiene otro nombre y se llama JACINTA.
Este post es un aplauso entonces, para esta linda locura que se perdió en mi cabeza. Ojalá se reencuentre con su legítimo propietario. Quizás él es el que tiene mi Deja Vu; y cuando aparezca le invitaré un cigarrillo chistoso para compartir nuestra locura.
Y usted también, ya que estamos. No tenga miedo, traiga sus locuras que será bienvenido. Yo a ellas siempre les dejo la puerta abierta. Para que entren y para que salgan.
Si a la gente le gusta qué lindo, y si no la entienden, cosa de ellos.
La locura no se juzga: está ahí, fuera de uno. Es importante hacerse cargo de ella, y no abandonarla cual bebé en canasto antes del ring raje. A la locura hay que hacerle upa, darle una pancarta para que agite, levantarla al cuellito y llevarla como un nene por la playa para que todos puedan admirarla.
Después, cuando la vean solita dando vueltas , los demás van a aplaudirla sin saber de quién es, hasta que vos aparezcas, la vuelvas a buscar y la retes enfrente de todos diciendole que nunca más se le ocurra escaparse; pero sabiendo que a la noche le vas a dejar la puerta abierta a propósito.
Como esta locura que encontré. Estaba en mi cabeza, pero creo que es tuya. Yo dejé la puerta abierta para que salga la mía (una teoría conspirativa sobre el Deja Vu); y mientras estaba esperando que vuelva, entró esta que es distinta, que tiene otro nombre y se llama JACINTA.
Este post es un aplauso entonces, para esta linda locura que se perdió en mi cabeza. Ojalá se reencuentre con su legítimo propietario. Quizás él es el que tiene mi Deja Vu; y cuando aparezca le invitaré un cigarrillo chistoso para compartir nuestra locura.
Y usted también, ya que estamos. No tenga miedo, traiga sus locuras que será bienvenido. Yo a ellas siempre les dejo la puerta abierta. Para que entren y para que salgan.
miércoles, 30 de julio de 2008
JOSE DURMIENDO*
*Se recomienda leer con anterioridad JOSE SE QUEDA DORMIDO
Es una fábrica grande. En el piso siete alguien abre la puerta y prende la luz. Es un hombre pelado de bigotes y anteojos que se llama José. Viste pantalones negros, camisa blanca y corbata a tono.
-¡Bueno, señores! –anuncia a los trabajadores -. En piso de arriba todos los José ya están durmiendo, así que ya saben: ¡A trabajar!
Y cierra la puerta.
Es una fábrica grande. En el piso siete alguien abre la puerta y prende la luz. Es un hombre pelado de bigotes y anteojos que se llama José. Viste pantalones negros, camisa blanca y corbata a tono.
-¡Bueno, señores! –anuncia a los trabajadores -. En piso de arriba todos los José ya están durmiendo, así que ya saben: ¡A trabajar!
Y cierra la puerta.
Los José del piso siete rodean la gran mesa principal listos para el brainstorming. Bien preparados, son guionistas que comparten una misma visión (miopía; anteojos de graduación 4,25) y un mismo estilo (pelada de la nuca a la frente, bigotes rubios a-lo-Teto-Medina).
De ellos depende la calidad de los sueños.
Frente a cada asiento hay un micrófono que transmite cada palabra pronunciada directamente al casco de última tecnología que lleva puesto José Receptor. Este José recibe los datos y, mediante un dispositivo complejísimo, los mezcla arbitrariamente para luego traducirlos en imágenes proyectándolos en la pared.
Esto lo consigue pedaleando sin parar en una bicicleta fija de paseo con freno contra pedal.
El que más habla en la mesa es José Recopilador.
Tiene puesto ese traje marrón gastado (sí, el mismo de ayer) y trajo, como de costumbre, su anotador gordo y compacto, donde lleva la información que fue recapitulando a lo largo del día. Está todo ahí dentro: qué comió, a dónde fue, las conversaciones que tuvo y los rasgos de cada persona que se cruzó en el subte.
Meticuloso, está atento a todo y no deja pasar nunca ningún detalle. De día anota, de noche cuenta. Un poco lo explotan, pero a él le gusta su función. Es el encargado del relleno del sueño –locaciones principales, caras de los extras, acciones menores-, aunque a veces cuela un par de escenas en la trama principal.
Al lado suyo se sienta José Subconsciente, que se siente superior al resto. Él sabe cuáles son los verdaderos problemas de José, esos que lo traumatizan desde la infancia, pero cada vez que le preguntan se queda callado.
-Secreto profesional -dice-. Confidencialidad psicólogo-paciente.
Con su sonrisa socarrona, alza las cejas cada vez que acerca la cabeza al micrófono para decir las palabras justas.
-Son datos clave que muchas veces pasan de largo, pero tienen gran importancia en la trama, porque si se analizan pueden dar pistas de los conflictos a solucionar en la vida real. Lo mío es la sutileza, se entiende?
-Son datos clave que muchas veces pasan de largo, pero tienen gran importancia en la trama, porque si se analizan pueden dar pistas de los conflictos a solucionar en la vida real. Lo mío es la sutileza, se entiende?
Enfrente de él se sienta José Problemitas con la mirada perdida y el brazo en alto, como si estuviera por accionar la palanca de una máquina tragamonedas. Cada tanto alguien le baja el brazo y él dice una palabra al azar en voz alta: sandía, ñandú, ¡mertiolate!
-Su aporte es sus-tan-cial –explica Subconsciente con un aire de superioridad-. Problemitas aporta el toque de surrealismo que le da color a los sueños.
-¡Rinoceronte!
Uno de los pequeños José Recuerdos acaba de accionarle la mano.
Los chiquilines se la pasan jugando por todos los rincones de la oficina. Son muchísimos, corren de acá para allá, se tropiezan, cantan, dan vueltas carnero, hacen barullo y travesuras.
A veces se suben a la mesa y llegan a decir palabras en los micrófonos antes de que los saquen. Entonces el recuerdo se mete en el sueño y una escena sexual con la prima segunda se mezcla con flashbacks del padre empujandolo en una hamaca.
Subconsciente se enoja mucho con ellos –al otro día José va a levantarse con culpa, como si se hubiera acostado con su padre-, pero un poco de caos es necesario.
Por último está el comando de Espías. Son sigilosos, tienen walkie talkies y llevan en la cabeza esos cascos de minero con linternas.
Se escabullen con cuidado en el piso ocho, donde duermen todos los José, y trasmiten información de lo que ocurre en los alrededores de la cama. La sensación térmica, el ruido de un grillo molesto, gotas de lluvia rebotando en el balcón.
Trabajan en conjunto con José Espía que, sentado en la mesa del piso siete, dice lo que llega del walkie talkie inmediatamente en el micrófono. Así, la información de último momento puede cambiar el transcurso de un sueño; como cuando trasmiten las ganas de hacer pis, que generan el efecto disco-rallado repitiendo sistemáticamente la escena dificultades-de-mear-en-el-baño-público hasta que José se levanta de la cama para hacer pis con los ojos entreabiertos.
Cerca de la hora de despertarse, los Espías tienen que estar atentos: cuando se prende la luz del piso ocho hay que salir corriendo.
Algunos José los persiguen apenas abren los ojos y si llegan a atraparlos los obligan a confesar.
-¿De qué trataba el sueño? ¿De qué?
-¿De qué trataba el sueño? ¿De qué?
Y los torturan con cosquillas.
Los Espías no se pueden contener (son muy cosquilludos), pero saben que si hablan demasiado Subconsciente irá tras ellos. Por eso tiemblan de miedo y sólo dicen palabras sueltas.
-Abuela… bijouterie hindú… el ombú que había enfrente del colegio… ¡el Ruso Manusovich!... no puedo decir más, por favor, ¡no puedo!
-Abuela… bijouterie hindú… el ombú que había enfrente del colegio… ¡el Ruso Manusovich!... no puedo decir más, por favor, ¡no puedo!
Esos Espías ya no bajan al piso siete. Se quedan trabajando por siempre en el octavo, donde todo es más rutinario y predecible. Donde las sorpresas, la locura y los sueños imposibles solo pasan a saludar cada tanto.
domingo, 27 de julio de 2008
JOSE SE QUEDA DORMIDO
Es una fábrica grande. El piso ocho es amplio, bien iluminado y está repleto de cubículos. En cada cubículo hay dos pelados de bigotes y anteojos que se llaman José. Es domingo y casi todos los José están hablando a la vez, por lo que un gran barullo resuena entre las paredes y sube hasta los techos, que son tan altos como en las mejores catedrales.
De pronto, una puerta se abre y aparece un hombre pelado de bigotes y anteojos que se llama José. Viste pantalones negros, camisa blanca y corbata a tono.
-¡Bueno, señores! –anuncia a todos los trabajadores -. ¡Es hora de dormir! Que hay que levantarse temprano, mañana será un nuevo día.
Y apaga las luces justo antes de cerrar la puerta.
El piso ocho de la fábrica queda entonces hundido en la oscuridad.
Después de unos minutos, los veladores de algunos cubículos se encienden y se quiebra el silencio.
En el cubículo 138, José y José, sentados frente a frente con una mesa y varias cervezas de por medio, reviven su tarde dominguera en la cancha de River. Hablan de las jugadas, repasan la fecha que vieron en fútbol de primera, analizan las posibilidades del equipo en el campeonato y se imaginan vistiendo la banda roja, quizás metiendo un gol de cabeza con la pelada y sacándose los anteojos para saludar a la hinchada mientras se acarician el bigote.
-¡Shhhhh! –se quejan desde otros cubículos-. ¡Callense que queremos dormir!
José toma el último trago de cerveza y apaga la luz. Pero entonces se enciende el velador del cubículo 54, donde un pelado de bigotes y anteojos enfundado en un elegante y aburrido traje gris enuncia en voz alta las actividades a realizarse el lunes. Mientras dice cosas como pagar las expensas, almorzar en lo de la abuela y llevar el saco verde a la tintorería, José, su compañero de cubículo, toma nota en su máquina de escribir al igual que los señores que transcriben lo que se dice en un juicio. Las teclas de la máquina de escribir avanzan a un ritmo frenético generando un ruido insoportable.
-Chicos, por favor se los pido, hay tiempo para pensar en todo eso mañana- dice la cabeza de un José despeinado que se paró en su cama para asomarse desde la pared del cubículo vecino, el número 55.
Cuando hacen caso, José despeinado suspira satisfecho y se acuesta de nuevo para ver si puede dormirse de una buena vez por todas. Al lado de su cama, en la penumbra, un señor pelado de bigotes y anteojos lo observa y susurra:
-No estás dormido, mirá como das vueltas en la cama. Te hacés el que estás durmiendo para convencerme, así me callo y te dejo en paz, pero a mí no me engañas. Yo te conozco. De toda la vida te conozco, Josecito.
De repente el pelado en penumbras interrumpe su monólogo molesto porque tiene una idea fantástica de un hombre que se mira a sí mismo durmiendo. Piensa que tiene que escribirla urgente antes de olvidársela, pero su velador tiene la lamparita quemada y para hacerlo debería ir hasta la puerta principal y encender las luces generales. Eso arruinaría el intento de todos los José de poder conciliar el sueño en un horario razonable. Habría que empezar de cero y no se lo perdonarían. Decide en cambio repetir la idea en voz alta como un autista sin parar.
-Hombre-que-se-mira-durmiendo, hombre-que-se-mira-durmiendo, hombre-que-se-mira-durmiendo…
-¡Te podés callar por el amor de Dios! –grita José como loco saliendo furioso de la cama.
El sobresalto hace que varios cubículos se enciendan.
-¡Muchachos, es en serio che, dejémonos de joder! –grita un José desde el anonimato de su cubículo-. Mañana vamos a estar todos como zombis, no queremos desperdiciar todo el día.
-¡Sí! –responde otro-. Si seguimos así el gerente va a pensar que de verdad somos tan vagos como dicen allá afuera. Despertarse un lunes después de las doce no le hace bien a nadie…
Todos vuelven a apagar las luces. Desde su cama marinera del cubículo 98, José le dice al José de abajo que ésta ya es una historia conocida, que por más que apaguemos las luces sabemos que eso no soluciona nada. El José de abajo le pregunta qué propone él entonces, y José contesta: si no puedes contra el enemigo, únete a él, y plantea una misión comando para prender las luces generales y hacer una ronda grande alrededor del pelado de bigotes y anteojos del cubículo 114 para que les siga leyendo el libro de Cortazar. O conectar el proyector a la tele y verla como cine desde la pared.
Cuando José de abajo está por contestar, se prende el velador del cubículo 69. Sentado al pie de una cama matrimonial, un pelado de bigotes y anteojos se saca los pantalones despacio, mientras lo espera en la cama José vestido de mujer, tan bien disfrazado que si le sacaran una foto en ese momento y la pusieran luego al lado de Nicole Kidman en Todo por un sueño nadie podría distinguir uno del otro. El pelado avanza arrodillado por la cama y se le abalanza sin dudarlo al José-Nicole-Kidman.
Desde sus cubículos, todos escuchan en silencio los sonidos que salen del cubículo 69. Pasa un tiempo considerable, hasta que el pelado termina, se saca los anteojos, apoya la cabeza en la almohada de la cama matrimonial y apaga el velador.
Y José se queda dormido.
De pronto, una puerta se abre y aparece un hombre pelado de bigotes y anteojos que se llama José. Viste pantalones negros, camisa blanca y corbata a tono.
-¡Bueno, señores! –anuncia a todos los trabajadores -. ¡Es hora de dormir! Que hay que levantarse temprano, mañana será un nuevo día.
Y apaga las luces justo antes de cerrar la puerta.
El piso ocho de la fábrica queda entonces hundido en la oscuridad.
Después de unos minutos, los veladores de algunos cubículos se encienden y se quiebra el silencio.
En el cubículo 138, José y José, sentados frente a frente con una mesa y varias cervezas de por medio, reviven su tarde dominguera en la cancha de River. Hablan de las jugadas, repasan la fecha que vieron en fútbol de primera, analizan las posibilidades del equipo en el campeonato y se imaginan vistiendo la banda roja, quizás metiendo un gol de cabeza con la pelada y sacándose los anteojos para saludar a la hinchada mientras se acarician el bigote.
-¡Shhhhh! –se quejan desde otros cubículos-. ¡Callense que queremos dormir!
José toma el último trago de cerveza y apaga la luz. Pero entonces se enciende el velador del cubículo 54, donde un pelado de bigotes y anteojos enfundado en un elegante y aburrido traje gris enuncia en voz alta las actividades a realizarse el lunes. Mientras dice cosas como pagar las expensas, almorzar en lo de la abuela y llevar el saco verde a la tintorería, José, su compañero de cubículo, toma nota en su máquina de escribir al igual que los señores que transcriben lo que se dice en un juicio. Las teclas de la máquina de escribir avanzan a un ritmo frenético generando un ruido insoportable.
-Chicos, por favor se los pido, hay tiempo para pensar en todo eso mañana- dice la cabeza de un José despeinado que se paró en su cama para asomarse desde la pared del cubículo vecino, el número 55.
Cuando hacen caso, José despeinado suspira satisfecho y se acuesta de nuevo para ver si puede dormirse de una buena vez por todas. Al lado de su cama, en la penumbra, un señor pelado de bigotes y anteojos lo observa y susurra:
-No estás dormido, mirá como das vueltas en la cama. Te hacés el que estás durmiendo para convencerme, así me callo y te dejo en paz, pero a mí no me engañas. Yo te conozco. De toda la vida te conozco, Josecito.
De repente el pelado en penumbras interrumpe su monólogo molesto porque tiene una idea fantástica de un hombre que se mira a sí mismo durmiendo. Piensa que tiene que escribirla urgente antes de olvidársela, pero su velador tiene la lamparita quemada y para hacerlo debería ir hasta la puerta principal y encender las luces generales. Eso arruinaría el intento de todos los José de poder conciliar el sueño en un horario razonable. Habría que empezar de cero y no se lo perdonarían. Decide en cambio repetir la idea en voz alta como un autista sin parar.
-Hombre-que-se-mira-durmiendo, hombre-que-se-mira-durmiendo, hombre-que-se-mira-durmiendo…
-¡Te podés callar por el amor de Dios! –grita José como loco saliendo furioso de la cama.
El sobresalto hace que varios cubículos se enciendan.
-¡Muchachos, es en serio che, dejémonos de joder! –grita un José desde el anonimato de su cubículo-. Mañana vamos a estar todos como zombis, no queremos desperdiciar todo el día.
-¡Sí! –responde otro-. Si seguimos así el gerente va a pensar que de verdad somos tan vagos como dicen allá afuera. Despertarse un lunes después de las doce no le hace bien a nadie…
Todos vuelven a apagar las luces. Desde su cama marinera del cubículo 98, José le dice al José de abajo que ésta ya es una historia conocida, que por más que apaguemos las luces sabemos que eso no soluciona nada. El José de abajo le pregunta qué propone él entonces, y José contesta: si no puedes contra el enemigo, únete a él, y plantea una misión comando para prender las luces generales y hacer una ronda grande alrededor del pelado de bigotes y anteojos del cubículo 114 para que les siga leyendo el libro de Cortazar. O conectar el proyector a la tele y verla como cine desde la pared.
Cuando José de abajo está por contestar, se prende el velador del cubículo 69. Sentado al pie de una cama matrimonial, un pelado de bigotes y anteojos se saca los pantalones despacio, mientras lo espera en la cama José vestido de mujer, tan bien disfrazado que si le sacaran una foto en ese momento y la pusieran luego al lado de Nicole Kidman en Todo por un sueño nadie podría distinguir uno del otro. El pelado avanza arrodillado por la cama y se le abalanza sin dudarlo al José-Nicole-Kidman.
Desde sus cubículos, todos escuchan en silencio los sonidos que salen del cubículo 69. Pasa un tiempo considerable, hasta que el pelado termina, se saca los anteojos, apoya la cabeza en la almohada de la cama matrimonial y apaga el velador.
Y José se queda dormido.
jueves, 3 de julio de 2008
¿NO LA VISTE A MI SEÑORA?
-¿No la viste a mi señora?
-Ya te dije que no, tomá la sopa que se te enfría.
El abuelo hace caso. Ya no es aquel jefe de familia; versión libre de El Padrino, pero en judío. Con sólo sentarse en la cabecera reinaba un silencio total en la mesa larga. Ahora está más manso, y hasta se le escapa algo de cariño de la mirada, que combina la inocencia de un niño con la de un principiante en la marihuana. Es un abuelo más Heidi. Ya no da miedo y dinero, sino pena y ganas de abrazar. Propone una cercanía que invita a hacerle todas las preguntas. Es un desperdicio, porque ya se olvidó de las respuestas. Y también de la pregunta, por eso la hace de nuevo.
-¿No la viste a mi señora?
El abuelo pregunta, pero sabe. No necesita que se lo digan y de todas maneras pregunta, porque es lo que debe hacer. Un marido tiene que preguntar por qué su señora no duerme más en su cama. Es una cama matrimonial de época, lujosa, con olor a pis (por supuesto) y está vacía del lado izquierdo.
Nadie le quiso decir al abuelo en su momento. Fue una recomendación del doctor, y todos estuvimos de acuerdo para evitarnos la dificultad de decirle. Igual él sabía. Él siempre supo. Desde entonces camina deslizándose despacio, en pantuflas, como pidiendo permiso y perdón por esa tristeza que se hace contagiosa.
Así como perdió a la señora, el abuelo perdió el interés. Si hasta dejó de preguntarme cómo iba el negocio. Yo tuve que guardarme la respuesta de siempre: que el que tenía el negocio era mi hermano. Pero a pesar de su memoria rota, nunca se va a olvidar de repetir la pregunta que le rebota en la cabeza. Como un pacto tácito automático, cada vez que alguien se sienta a su lado el abuelo dice:
-¿No la viste a mi señora?
Y nosotros seguimos diciéndole que la sopa se le enfría.
-Ya te dije que no, tomá la sopa que se te enfría.
El abuelo hace caso. Ya no es aquel jefe de familia; versión libre de El Padrino, pero en judío. Con sólo sentarse en la cabecera reinaba un silencio total en la mesa larga. Ahora está más manso, y hasta se le escapa algo de cariño de la mirada, que combina la inocencia de un niño con la de un principiante en la marihuana. Es un abuelo más Heidi. Ya no da miedo y dinero, sino pena y ganas de abrazar. Propone una cercanía que invita a hacerle todas las preguntas. Es un desperdicio, porque ya se olvidó de las respuestas. Y también de la pregunta, por eso la hace de nuevo.
-¿No la viste a mi señora?
El abuelo pregunta, pero sabe. No necesita que se lo digan y de todas maneras pregunta, porque es lo que debe hacer. Un marido tiene que preguntar por qué su señora no duerme más en su cama. Es una cama matrimonial de época, lujosa, con olor a pis (por supuesto) y está vacía del lado izquierdo.
Nadie le quiso decir al abuelo en su momento. Fue una recomendación del doctor, y todos estuvimos de acuerdo para evitarnos la dificultad de decirle. Igual él sabía. Él siempre supo. Desde entonces camina deslizándose despacio, en pantuflas, como pidiendo permiso y perdón por esa tristeza que se hace contagiosa.
Así como perdió a la señora, el abuelo perdió el interés. Si hasta dejó de preguntarme cómo iba el negocio. Yo tuve que guardarme la respuesta de siempre: que el que tenía el negocio era mi hermano. Pero a pesar de su memoria rota, nunca se va a olvidar de repetir la pregunta que le rebota en la cabeza. Como un pacto tácito automático, cada vez que alguien se sienta a su lado el abuelo dice:
-¿No la viste a mi señora?
Y nosotros seguimos diciéndole que la sopa se le enfría.
martes, 24 de junio de 2008
PRIMER POST
Como un soldado de las primeras líneas de ataque acá estoy yo, el Primer Post, sacrificándome por el bien de los demás. Alguien tiene que ser el primero. Quizás este blog crezca hasta ganar fama y respeto, pero cuando llegue ese día nadie bajará hasta el principio para leerme.
Soy el soldado sin rostro, el que muere más rápido, el menos leído. Recién empiezo y ya avanzo hacia la última muerte: el olvido.
Soy el soldado sin rostro, el que muere más rápido, el menos leído. Recién empiezo y ya avanzo hacia la última muerte: el olvido.
Se me ocurre que la ventaja del anonimato me cede la libertad de decir cualquier tontería. Puedo gritar palabras tan hermosas e inservibles como ¡Sandanga! o !Escaramuza!, pero eso no me arregla. Quiero trascendencia.
Queda una esperanza. Algún día un historiador será capaz de buscarme en la papelera de reciclaje para destacarme como el heroico post inaugural de un blog emblemático. Soñando con convertirme en ese símbolo, impreso en papel y pegado con imán en la heladera de un monoambiente, muero contento cumpliendo mi propósito en el suspiro de mi última palabra: Bienvenidos.
Queda una esperanza. Algún día un historiador será capaz de buscarme en la papelera de reciclaje para destacarme como el heroico post inaugural de un blog emblemático. Soñando con convertirme en ese símbolo, impreso en papel y pegado con imán en la heladera de un monoambiente, muero contento cumpliendo mi propósito en el suspiro de mi última palabra: Bienvenidos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)