miércoles, 24 de junio de 2009

ABUELA SANGUCHITO

La recuerdo con el mismo pulover rojo, yendo y viniendo a la cocina, feliz de la vida de vernos comer sus milanesas. Monitoreaba el almuerzo a la distancia indicando con precisión cuándo y dónde poner mayonesa, cuándo tomar un trago de granadina con soda (siempre al final, para no llenarse antes) y dónde estaba el pionono si veía que no lo tocabas lo suficiente. Eso me hacía rabiar. Comía menos para hacerla rabiar a ella, pero ella a su edad era incorregible. Antes también, claro.

Nunca se sentaba por más de tres minutos consecutivos. Siempre había algo que hacer en la cocina. Y si nos veía hablar mucho, nos callaba a la fuerza. Cuando se come no se habla, repetía enojada. A mi y a mi hermana nos daba risa. Siempre nos dio mucha risa y ganas de abrazar. Era de las pocas personas en este mundo capaces de ponerse genuinamente contentas si le regalaba un portaretratos con una foto mía en su cumpleaños. Y ahora que no está tengo el impulso de abrazar abuelas ajenas por la calle.

Su mantra era una frase de dos palabras idénticas: Cóme, cóme. Las decía en un acento polaco de lo más divertido. Todo lo que era bueno para ella era especial, y si alguien la quería embromar entrecerraba los ojos y decía que era mentira de José. Me daba bizcochos y sándwiches para llevar y se ponía como loca si me descubría compartiéndolos con mis amigos. La bautizamos Abuela Sanguchito.

Ella entendía todo todito, pero se lo callaba por estrategia. Siempre fue muy diplomática. Y como toda abuela era capaz de hacerme ir a su casa para arreglarle el televisor, que estaba desenchufado. Enana como ella sola, caminaba por la vereda en zig zag tambaleándose con los tacos altos. ¿Para qué tacos altos a esa edad, me querés decir? Es extraño, teniendo en cuenta que fue de una generación que no se preocupó por ser popular, sino por sobrevivir. Y ella lo hizo mejor que nadie.

El holocausto le comió siete hermanos, dos padres y un hijo de cuatro años que dejó escondido con los vecinos. Guardaba ampliada la única foto que le quedó de él. Era en blanco y negro y tenía una mirada profunda que siempre me dio escalofríos. Ella se salvó por fuerza y por suerte, y esperó en su pueblo tres meses la milagrosa aparición de su marido como habían acordado. Entonces miró para adelante sin detenerse a pensar nunca en el pasado que le entraba en la cabeza a la noche sin pedir permiso en forma de pesadillas. Está todo escrito en una carta que mandaron a Alemania para recibir la pensión. Eso y más. Pero no todo. Todo es imposible.

A veces invitaba amigos a almorzar en su casa para que vieran con sus propios ojos la estatura de su personaje. A Rochi la saludó contentísima confundiéndola con una amiga de papá que era treinta años máyor. A Diego siempre lo culpó de dejarla sorda por un petardo que tiró y le cayó cerca. A Juan lo obligó a levantarse del sillón de mi living en año nuevo para que apagara la música y se fuera con todos los demás porque esa no era casa de baile. Y eso que festejábamos en casa por mi silla de ruedas.

Un día se cayó y tuvo que aprender a convivir con una gorda que según ella le robaba las bombachas. Cuando se cayó por segunda vez yo estaba en el exterior. Volví un día, pero ella vivía en un geriátrico y ya no era la misma. Hablaba poco y nada, entendía menos, pero yo todavía sentía que me abrazaba un poco con sus ojos brillosos. Después ni siquiera.

Se sorprendió mucho un día, cuando se enteró que estábamos reunidos en el geriátrico para festejarle el cumpleaños. Se sorprendió de no acordarse de su cunpleaños. Por un instante sentí que se dio cuenta de todo. Después lo olvidó.

Ya no había razones para seguir viviendo. Pero ella seguía. Cada vez más desconectada, los huesos contraídos, regresando de a poco a la posición fetal original. Se hacía dificil verla, por mucho tiempo preferimos la culpa de no visitarla. Pero ella seguía. No le quedaba nada, sólo su inmenso instinto de supervivencia. Ella seguía. Y en mi imaginación su cerebro guardaba un único pensamiento; el mismo que le permitió atravesar la peor de las guerras desde el peor de los bandos: Tengo que sobrevivir.

Hablamos de ella el día del padre; nos preguntamos qué estaba esperando. De alguna manera se dio cuenta, y al otro día se fue. Tenía 95 años.

Siempre tuve miedo de que cuando llegara el momento no la lloraría como se lo merecía. Que sería igual que cuando mandaron a mi primer perro al campo y nos avisaron de su muerte seis meses más tarde. Pero cuando papá llamó por teléfono lo supe antes de que lo dijera por el tono con el que pronunció mi nombre. Y ahora ya se en qué pensar cada vez que necesite recurrir a la memoria emotiva, si es que algún día me decido a ser actor. Ahora quisiera tener a ese viejo perro para abrazarlo en silencio y morderle fuerte el cuello peludo.
Los perros son, sin dudas, los mejores compañeros de velatorio.

jueves, 18 de junio de 2009

LLEGA PAPÁ

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Cuando niño, papá llegaba a casa y yo oía el motor del auto de lejos como un perro que escucha las llaves del dueño. Corría a esconderme detrás de las cortinas de la puerta para asustarlo cada vez que venía.
Una y otra vez.
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Cuando adolescente, papá llegaba a casa y yo oía el motor del auto de lejos como un gato que eriza los pelos antes que llegue el peligro. Corría a esconderme en mi habitación para que no me encontrara viendo tele en el living cada vez que venía.
Una y otra vez.
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viernes, 5 de junio de 2009

GRACIAS IBIZA

Ahí están las viejas, paseando sus tetas caídas para que respiren algo de fresco. Descalzas y con sombreros de paja, chochas, intercambian chismes en la orilla mientras osbervan dos pitulines que se columpian aferrados a sus respectivos nenes. Los nenes corren en busca de arena mojada para seguir construyendo castillos junto a sus padres nudistas.

Unos metros más arriba un grupo de traficantes se tuestan las ampollas a las doce del mediodía, sólo para estar disponibles ante una venta potencial. Para algunos, la playa es la oficina. Sin prestarles atención, el anciano pasa frente a ellos desfilando su culo incrustado por un hilo que del otro lado muta en un pulóver de lana diseñado a medida para cubrir su pene ya marchito. Nadie se detiene a mirarlo. ¿Para qué? Es uno más.

-¿Otro pedazo de melón con jamón, cariño?
-Por supuesto, pero antes pasame la bolsita que quiero hacerme un saque más. EL ÚLTIMO.

Personas, personajes, turistas, nudistas y casos perdidos. Todos conviven en armonía en la playa de Figueretas.
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Ya en el Jackpot Ferrer, los especimenes son otros. Todos los días a las siete de la tarde llega Carmen y me saluda con la misma mueca de fastidio.
-Pfff, voy a tontear un rato, pero no tengo ganas –dice, dándome veinte euros y cinco años de su vida, como quien entrega las monedas que sobran al chico del delivery.

Entonces se sienta a envejecer ejercitando su mano, que sube y baja hasta la ranura. Se queja cuando gana y cuando pierde, está solísima, no tiene otra alternativa. Su estado de ánimo depende del capricho de una máquina y no hay nada que pueda hacer al respecto. Por eso estaciona su cerebro en la puerta de entrada y deja encendidos los ojos para sentarse a ver los limones dándole vueltas al tiempo.

Hasta que se hace de noche y aparece una brasilera de rulos que, con el corpiño mojado y una toalla anudada a la cintura, busca al francés que la llamó puta. Está enojadísima, y sonríe como una niña juguetona.
-Eres guapo, dame un beso –dice asomándose a mi barra para convidarme un piquito. Lástima que me gusten las mujeres... ¡¿DONDE ESTA EL FRANCES?! ¡LO VOY A MATAR! –grita de repente. Y se agarra los rulos negros, escupiendo al suelo de mármol del salón.
-Estoy embarazada –confiesa enseguida, y saca la teta izquierda para mostrar como sale la leche que nunca alimentará a su aborto natural. Fue por un golpe seco en la cabeza contra una piedra, una noche de borrachera, según cuentan. Pero, también, el problema era de antes.

A las cinco de la mañana, en su restorán de paso, mi jefe todavía está friendo hamburguesas para ganar un nuevo euro. Yo le dejo las llaves y él de espaldas, sin darse vuelta, hace como que no me conoce. No lo culpo. La vida no es fácil, menos cuando tenés cinco locales abiertos. Hay que contratar a los propios hijos y echarlos por haraganes, conseguir empleados sin papeles que suplanten a los que ya no soportan más, estudiar el método para prolongar el pago de los impuestos, practicar racismo con los moros, chinos y rumanos que destiñen la buena imagen del negocio. No es sencillo ser millonario, no señor. PARA NADA.

Y todo sea porque la juventud siga bailando. Porque las chicas rubias decoren sus caras con ojeras y sonrisas estiradas de dientes apretados bien fuertes. Dos semanas de furioso descargo y de vuelta a los trabajos sin futuro bien remunerados.
-La pasamos bárbaro, siempre recordaremos esa fiesta fabulosa que olvidamos a la mañana siguiente.

Yo también estoy con ellos. SOY TAN FELIZ.

GRACIAS IBIZA, por desdibujarnos la realidad y aplaudir nuestro ridículo sin cuestionarnos la risa hueca. Gracias. Por esta felicidad pasajera sin remordimientos, por darle continuidad a nuestro sinsentido, por acallar la conciencia y enfocarnos en la experiencia. Por hacernos sentir VIVOS.

El peligro es que nos atrape tu sabor y nos obligues a vivir acá para siempre.
Acá, en el presente, hasta la muerte.