martes, 28 de abril de 2009

COMO SI SUPIERA

.
Me encantan los escalofríos,
todavía más que los estornudos,
síntoma de lo más macanudo,
que es lo mejor de mis resfríos.
Yo estornudo en secuencia de tres,
y después del tres, cada vez,
quiero más, quiero diez,
y espero quieto, agazapado,
que venga el resto, que venga el cuarto,
pero nunca llega, ni demorado,
porque resultó ser un vagoatorrante.
.
Algunos hacen achís,
yo estornudo con tres ús,
existen también,
quienes comen sus achús;
gente educada, bien coqueta,
que estornuda en mute,
la mano como dique,
tapándoles la boca,
esforzándose en contener,
para abandonar la alegría,
tragándose el placer,
perdiéndose la vida,
por no hacer ruido,
por parecer.
.
Hay que estornudar con fuerza,
ponerle garra, y a propósito,
que si nos siente indecisos,
sumisos, o con poca gana,
el tipo muere en la nada,
hace que viene, pero se va,
y nos deja a lo bruto, sin remate,
de esa manera inconclusa,
como en la montaña rusa,
cuando se frena arriba,
bien de golpe, en la cima,
antes de caer al abismo,
quedando ese vacío interno,
dejándonos solos, sin cuerpo,
como ese amor eterno,
que más nos duele,
porque nunca lo tuvimos.
.
Los escalofríos, sin embargo,
crecen de a poco, vienen trepando,
y se van propagando, contagiosos,
como una enfermedad, deliciosos,
hasta conquistar el cuello,
y ya se recomienda,
cerrar los ojos,
para sentirlo al máximo,
en la cabeza, como un orgasmo,
que deja en su climax,
cierta tristeza, extraña belleza,
que nació un día,
de la unión rara,
entre el Señor Orgasmo
y Doña Melancolía.
.
Escalofrío mata estornudo,
lo repito y no lo dudo,
cuando uno sirve de descargo,
adiós furia contenida,
liberación sin par,
el otro no se olvida,
porque tiene ese plus,
misterioso radar,
que si se le presta atención,
nos ayuda a descifrar,
lo que más importa,
lo que toca el alma,
una risa, una lágrima,
maravilloso indicador,
de momentos históricos:
una despedida, un error,
aquel logro heróico,
esa luna llena,
o el primer amor,
como si supiera.

viernes, 24 de abril de 2009

ELLA

La vi entrar a las tres y media de la mañana, como hace un par de días. Esta vez estaba sola. Esa misma remera holgada junto con el pantalón de jogging y sus ojotas gastadas la pintaban como la típica chica de barrio que sale a comprar cigarrillos al kiosco a mitad de la noche. Tenía la cara redondeada, los anteojos chatos de intelectual francesa (o suiza) y los hoyuelos marcados a ambos lados de su sonrisa. Era (Ella). Esta era mi oportunidad de sacarle el paréntesis de una vez por todas.

Sin pensarlo me senté sobre la barra, y desde esa gran altura la observé tomar su cerveza. Faltaba poco para cerrar y, a excepción de nosotros, el Jackpot Ferrer estaba vacío.
-¿Sabías que te escribí? –le dije.
-¿Cosa?
-Perdoná. Hola, cómo va –empecé de vuelta.
-Va bene, y tú.
Era italiana. Qué tonto fui.
-Bien, gracias. Te quería decir nomás que a mi me gusta escribir. Escribo sobre lo que veo, o en base a lo que veo. El resto lo imagino. Y hace un tiempo escribí sobre vos.
No parecía sorprendida. ¿Me estaba entendiendo?
-Y qué cosa escribió –preguntó con su acento tano. Entendía a la perfección.
-Es que cuando llegaste a la isla te veía durmiendo en la calle o pasando el día con los yonkis, y por alguna extraña razón creía que vos no eras así, que no pertenecías. Te veía como una turista holandesa o escandinava, de buena familia, con dinero. Y no comprendía por qué. Por esa curiosidad es que escribí sobre vos. Para imaginar tus razones. Y ahora quiero saber la verdad.

Esperaba una reacción, un enojo, pero lo tomó con total naturalidad. Me contó que escapaba de Italia, que tenía que irse de ahí. Sea como fuera. Era de familia carnicera. Ella misma se encargaba de mancharse de rojo el delantal blanco con un gran cuchillo y algunas vacas.
-Pero a mí me las traen ya muertas –aclaró.

Su amante era una motocicleta de manubrio alto y asiento espacioso, estilo Harley Davidson. El kit de carretera incluía botas tejanas y mochila con carpa para esas súbitas escapadas a Austria (yo sabía que tenía alma de acampante).

Desde su llegada a Ibiza había sufrido dos meses y medio en la puta calle. Tiempos de currículums y no, no, no. Por saber poco español o porque no, sencillamente. La desilusión llega rápido, yo bien lo se, y enseguida las ganas desaparecen, todo se hace más y más difícil. ¿Pero dormir en la playa? ¿Recibir la ayuda de los que piden ayuda? Ella prefería la solidaridad de ellos antes que el dinero de sus padres.
-No quiero preocuparlos, io quiero fare las cosas por mia cuenta -explicó.

Según me contó tenía veintidós años. Había dejado la escuela a los trece porque prefería trabajar. Hoy día, por suerte, ya cortaba ajos en la cocina de un restorán pequeño, cerca del puerto de Ibiza. No le pagaban mucho, pero el sueldo al menos le había alcanzado para reemplazar la vereda por un colchón. Estaba contenta. Vivía en un piso con vista a la playa en Figueretas, el barrio de mi voluntaria esclavitud. Por alguna extraña razón sus logros me enorgullecían.

-¿Puede ser, favore, otra birra o vas a cerrar? –preguntó.
Ya se había tomado tres e iba por la cuarta. Siempre pedía por favor.
-Voy a cerrar, pero te la sirvo –le dije, y todo se dio tan rápido, tan fácil.
Ella: ¿Y puede ser, favore, tres más para llevar? Yo: Sí, no hay problema, adónde vas. Ella: A casa, a tomar unas birras, fumar unos porros, ¿tú fumas? Yo: Seguro, ¿hay alguien que no fume en esta isla? Ella: ¿Vienes entonces? Yo: ¿Me esperás quince minutos que cierro?
Me esperaba, claro que sí, mirando video clips de la MTV. Esta chica era un primor. No me atraía del todo pero ya la quería, y no sabía por qué.

Apagué las luces, prendí la alarma y cerré las puertas. Ya estábamos afuera, caminando hacia la playa con las bolsas de cervezas. Me frené un momento y le extendí la mano.
-Hola –le dije-, me llamo Gerardo.
Ella se rió, me dio un beso en cada cachete y agarró una de las bolsas.
-Io sono Paola.

En el trayecto le conté que ya estaba más tranquilo, que antes no.
-Había un loco en el Jackpot, estuvo tres horas atormentándome –le dije. Tenía la pera redonda y alargada, pelo corto y una musculosa infladísima. Era portugués y gitano, dijo que se llamaba Lolan y hablaba de revólveres y cuchillos, de la gente que casi mató. Estábamos solos en el bar. Él y yo, y nadie más. Y el tipo decía que la televisión lo insultaba, que le daban por culo a él y a todos los obreros desempleados.

Todo eso le dije. Pero no le conté que se limaba las uñas con una navaja y quería venderme su cadenita de oro. Que me llamaba Tito y cantaba flamenco con los ojos brillosos, golpeando las palmas. Que yo podía sentir su furia contenida. Tampoco le conté que siempre fui un cobarde. Siempre.

-El loco se puso a llorar en un momento –le dije-. Y me enteré que la novia lo había dejado, que el encargado de la construcción lo había echado, que estaba en la calle y no tenía nada ni a nadie. Quería matar al encargado de la obra, pero el encargado de la obra no estaba: estaba yo. Me usaba de psiquiatra, y no tenía puesta la camisa de fuerza.

Paola se preocupaba. Y todavía no le había contado lo peor. Cuando tuve los nervios tan de punta que decidí llamar a la Argentina para oír la voz de un amigo, y descolgué el teléfono público de la barra, y actué como si nada pasara. Ahí fue que el portugués olió el miedo, igual que un perro, y empezó a ladrar. Sacó su teléfono celular y, sin marcar ningún número, hizo como que hablaba con alguien, para parodiarme. Mi amigo ya había atendido y yo le relataba en susurros lo que hacía el cliente loco: Hay un gitano acá, ¡no!, no puedo hablar más fuerte, me está escuchando. Entonces el portugués sacó una bolsa de plástico vacía y fingió que la vaciaba sobre la barra, como si fuera cocaína. Enrolló un billete y aspiró la nada con fuerza; después agitó su cabeza echándola hacia atrás, y aspiró con fuerza el aire una vez más. Entonces paró en seco y me miró a los ojos, maniático hijo de puta. Y se reía.

-Te voy a dar una paliza tío. Te voy a dar de hostias hasta que te cagues –me decía.

Y yo temblaba, gritaba en silencio. Del otro lado de la línea mi amigo no entendía nada, y yo tampoco. Corté el teléfono, contuve la respiración y, sin mirarlo, pedí permiso para ir a encerrarme al baño. Por suerte cuando volví ya no estaba. Corrí a cerrar la puerta con llave y me acosté en el suelo durante media hora hasta que conseguí calmarme.

Paola me miró en silencio justo cuando llegamos a la playa.
-Dónde vamos.
-Vos no le tenés miedo a nada, ¿no? –le respondí. Vamos para allá.
-Por qué –dijo extrañada.
-Viniste acá sin dinero, aguantaste todo, te arreglaste sola. ¿A qué le podrías tener miedo ahora?
-Es que no tengo nada que perder -explicó.
-Eso significa que tenés todo por ganar.

Sus ojos me decían algo, pero no sabía qué. Recordé que cada vez que la había analizado a la distancia, cualquiera fuera la circunstancia, la había visto sonriendo, relajada. Eso se contagiaba. Yo ya lo sentía: de a poco me estaba olvidando del gitano loco.

-¿Tenés marihuana? –le pregunté, mientras avanzábamos sobre la arena.
-No, tengo hachís.
-Yo tengo, si preferís.
-Uff, marihuana –suspiró contenta-, molto bene.
-Hablando de drogas, ¿cuáles te gustan?
-Todas.
-¿Y la que más te gusta?
-La coca –contestó enseguida-. Pero io la controlo, si hay bene… sino, me arreglo con la cigaretta.
-¿Llegaste a tomar con mucha frecuencia?
-Uy, tutti li giorno. Una volta me he asustado, es uno de los motivos per que tuve que partire de Italia.

En un sector oscuro de la playa dormían dos Imparables sobre unos colchones. Apuramos el paso y doblamos por el sendero que llevaba hacia las rocas, más adelante de la orilla. La pileta de un hotel atravesaba la playa y terminaba en un paredón con un pasillo angosto justo frente al mar, a unos veinte metros de la arena. Ahí, en la oscuridad, solían asomarse cada tanto los gays solitarios que buscaban una aventura de sexo anónimo con el primero que encontraran.

Esta vez no había nadie, y nos establecimos sobre unas rocas. La luna llena casi se acostaba en el mar mientras escuchábamos las rompientes de las olas. Paola se encargó de armar los porros y yo me lastimé las manos intentando abrir las cervezas con un encendedor. Con algo de suerte pude destapar la primera justo cuando ella daba las primeras pitadas. Tomé un trago largo y me salió el periodista de adentro.

-Por qué te fuiste. ¿Problemas familiares?
-Io arrivai a un punto en que no podía más. O partire o…
Paolo se abrazó las rodillas y dejó la oración por la mitad, como hipnotizada por el movimiento del mar.
-¿O te matabas?
-Eco. A mi me pasaron cosas molto difficiles, ¿sabes? Y ora dije sufficiente, per qué más.
-Te violaron –arriesgué, sin pensarlo.
En silencio asintió, mirando las latas de speed abolladas, los preservativos gastados y toda la basura que se acumulaba entre las rocas.
-¿Cómo fue? –seguí, pasándole el porro.
-Fue el hijo de una familia amiga de mis padres. Íbamos a mangiare a su casa, e poi él me decía de subir al attico per jugar a los videogiochi. Io tenía once, él quince. Y así fue, por cuatro años.
-Y por qué no dijiste nada.
-No, no –dijo y negó varias veces con la cabeza-. Non poso, no.
-¿Vergüenza?
-Muuucha. ¡Muchísima! Si se enteran de eso sí que me mato.

Tomé unos tragos de cerveza, cerré los ojos y disfruté del viento.
-¿Y a él no lo viste más?
-Dos veces pasó por la carnicería, hace tiempo. Saludó a mi padre, dijo Ciao Paola, yo dije Ciao. Y ya.
-Y quién más sabe de esto.
-Casi nadie.
-Por qué me lo contaste a mí entonces.
-No se –dijo, y se quedó pensando un momento-. Porque lo preguntaste.

Se hizo un silencio. Mi mano apareció en su espalda, para que sienta el contacto por unos segundos.
-Prométeme que no parlare nada de eso –pidió Paola-. A nadie.
-No te preocupes.
-Ni a tus amigos, ni a nadie.
-Te lo prometo –le dije, mientras estrechaba su mano para certificar el pacto. Ahora mismo la estoy traicionando. Espero que sepa perdonarme. O, mejor todavía, que jamás se entere.

Atravesé el pasillo del fin de la pileta para hacer pis del otro lado de la pared y me encontré con un hombre de rodillas dándome la espalda. El otro estaba de frente, parado, con todo el placer a la vista en sus ojos cerrados y la boca a medio abrir. Así que esto era ser homosexual.
-Perdón –susurré, y di media vuelta sin mirar atrás.

Cuando volví, armamos el segundo porro. Un tercer gay se acercó a nosotros desde la playa para ver si había alguien disponible. Intenté explicarle con las cejas que la movida estaba del otro lado de la pared, pero no pareció entenderme. De este lado sólo estábamos Paola, yo, y esa rata que me miraba y se escondía bajo una roca antes de que ella la viera. Estaba todo dado para el romance, menos nosotros, que hablábamos de fútbol. Paola también jugaba en cancha de once. Antes de marcadora de punta, ahora de arquera. Le pregunté sobre el apagón: ella también había mirado las estrellas.

-¿Y no estuviste con ningún chico acá en Ibiza? –tanteé, por si acaso.
-¿Chico? No -respondió.
-Bueno, con alguien. Que se yo.
Carnicera, motoquera, futbolera. Cómo no me había dado cuenta antes.
-Tengo una amiga allá en Italia. Acá a nadie.
-Pero te gustan las chicas.
-Sí, pero he follado con hombres también. Con ellos nunca pude arrivare al orgasmo. A los cinco minutos de empezar ya non poso relajar y quedo acostada, pasiva, esperando a que termine. Por eso me piacen las chicas.
Era lesbiana por descarte, nunca se me hubiera ocurrido.

De pronto cayeron las primeras gotas y arrancó la llovizna. Decidimos volver. Yo tenía que entregar las llaves del local a uno de los restoranes de mi jefe, que abre las 24 horas del día. Ella no quería irse a dormir.
-Te acompaño –me dijo-, vamos en mi bici.

El agua me mojaba la cara mientras ella pedaleaba, y yo abría las piernas al máximo para no chocar con sus talones. Iba sentado en el canastito de atrás, sintiendo los calambres en los muslos. Me agarraba de los rollitos de su cintura y relataba el viaje como si fuera una carrera de caballos mientras ella intercalaba los ruidos de motor con las carcajadas, y la bici se tambaleaba, y yo anunciaba el próximo choque contra la vereda, contra el tacho de basura, contra aquel tipo de canas.

Llegamos al restorán y le pedí que me esperara afuera. Apenas entré lo vi al gitano portugués peleándose a los gritos con una máquina de cigarrillos. Me vio pasar, con su trastorno intacto.
-Hola –me dijo.
Loco de mierda, ojalá te viole el cerdo más rabioso del chiquero. Hijo de remil puta.
-Hola –le dije.
Le di las llaves a la camarera y le pregunté de aquel tipo, el de musculosa blanca.
-Parece que se le va la olla, casi se agarra a los golpes con un cliente. Yo que tú no me metería con él.
-Gracias por avisar.

Salí y caminamos hasta la Plaza del Parque. Estaba desierta, era toda nuestra. Nos sentamos en unos banquitos bajo las hojas de unos árboles, bien resguardados de la llovizna. Esta vez pude abrir la cerveza contra el borde de una maceta. Le arrebaté los anteojos chatos y posamos juntos en fotos imaginarias, haciendo caripelas. Después me pasó el porro y le dije:
-¿Querés que te lo lea?
-¿Cosa? –preguntó ella.
-Lo que escribí de vos.
-¿Lo tienes aquí?
-Sí, pero te aclaro que todo esto lo escribí de verte de lejos, sin conocerte.
-No importa –dijo-, quiero escucharlo.

Saqué el cuaderno de la mochila y empecé a leer nervioso, pensando que se iba a enojar. Cada tanto paraba y le preguntaba si entendía: sí, entendía. Terminé de leer y la miré lleno de dudas.
-¿Qué te parece?
-Parece que ves muy bien –me dijo, simplificándolo todo.
-Es raro todo esto, nunca le leí mis escritos a uno de mis personajes.
-Sí, es raro –dijo. Pero lo dijo simpática. Estábamos pasándola bien.
-La verdad es que estoy obsesionado por vos. Tengo fotos tuyas empapelando toda mi habitación. Las del camisoncito de seda rosa son mis preferidas.
Sonrió apenas y dejó que vuelva el silencio. La basurera apareció con su escoba y tiró la última cerveza. Paola la asesinó con la mirada.
-Y ahora qué –preguntó ella.
No sabía que decir, pero dije me voy a casa. Ella me dio un abrazo y dos besos.

Mientras caminaba hacia el departamento repasé nuestra noche. Era como si hubiese escrito cada detalle de antemano, cada una de sus palabras. Todo encajaba. Me había regalado un capítulo del libro para que pudiera sacarle el paréntesis, para que ella tuviera un nombre y se llamara Paola.

Abrí la puerta de entrada y me imaginé qué hubiera pasado si hubiese subido conmigo para sentarse en el sillón y fumar el último de la noche. Me imaginé que el beso interrumpía una carcajada, y que ella me atraía a pesar de su actitud masculina y los joggings varoneros. Me imaginé qué hubiera pasado si le besaba el cuello y ella metía sus manos en mi espalda. Qué hubiera pasado si le gustaba que le mordiera la oreja y le acariciara la nuca, si le gustaba estar así sin ropa, así de juntos. Me imaginé que hubiera pasado si tenía su primer orgasmo con un hombre. Conmigo.
Hasta que terminé de imaginármela, y me quedé dormido.

jueves, 23 de abril de 2009

PAPÁ

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Tiene sus defectos,
los conozco y se los veo.
Pero tengo que reconocerle
su mejor hazaña: un logro eterno.
En un rapto de genialidad,
con su barba de montonero,
se ganó a Susana
y la hizo mi mamá,
al menos por un tiempo.
No debe haber sido fácil,
por eso te agradezco.
Ahora mismo la recuerdo;
fue tu mejor gesto.
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martes, 21 de abril de 2009

SI TODO VA BIEN

Siempre pensó primero en sus miedos. Como para empezar por ahí. Y si no me sale, si me sale mal, imaginate si fracaso. Ese tipo de cosas. Hasta que un día empezó a triunfar en todo. Triunfar triunfar triunfar. Tres veces triunfar. Y más.

Tanto tiempo pasó dudando si algún día sería o no sería lo que pensaba que podía llegar a ser, que cuando se convirtió en todo lo que pensó que podía llegar a ser multiplicado por tres no supo qué hacer. En menos de dos años se cumplieron todos sus sueños. Los posibles, y los otros. Cada cosa que hacía terminaba en aplausos. Gente desconocida lo detenía por la calle para mostrarle su dedo pulgar derecho mirando hacia arriba. Y él empezó a ponerse nervioso. Nervioso, nerviososo, nervios, nerv.

Dejó de creer en sí mismo. Estaba convencido de que era una farsa, pero nadie se daba cuenta. Perdió el parámetro. Cada cosa que decía era celebrada por todos, menos por ese tipito gruñón que vivía adentro suyo desde que él era chico y aquel era tipititito.

Se dedicó a buscar. Buscó desesperadamente a alguien que contradiga su éxito. Un detractor absoluto, el presidente de su club de antifans. Buscó en barrios pobres, en barrios cultos, telefoneó a Jorge Rial, le preguntó a snobs, a veganos, a ecologistas, religiosos, extremistas, pesimistas y a esos adolescentes oscuros que se juntan en una esquina a vestirse de negro para repetirse que no están a favor de nada. Resultó que estaban a favor suyo. También ellos.

Decidió cambiar radicalmente, y empezó por la vestimenta. Fue a comprar la ropa más incongruente, se la puso toda junta, turbante incluido, y salió a caminar. Tenía puesto un traje imposible. A la gente le gustó mucho mucho.

Al día siguiente salió nuevamente con su traje imposible. Lo empezaron a felicitar. Palmadas en la espalda. Choque los cinco. Todo eso. Ya había otros que andaban con turbantes propios y le sonreían.

Empezó a sentir un olor. Un olor fuerte, como a huevo podrido, vomito de bebé y fermento de Jorge Formento mezclado en licuadora. Le dieron náuseas. Olió a la gente que lo saludaba, se olió la zapatilla, olió el piso, olió a todo su alrededor. No hubo caso. El origen era invisible. Se dio cuenta que si no encontraba el olor en nadie más, significaba que el olor era suyo.

Volvió a su casa corriendo. Se sacó la ropa en el balcón, la apiló y la quemó toda. Se puso a mirar el fuego hasta que se extinguía y encontró felicidad pasajera en ese ritual. Fue fugaz, pero le renovó el espíritu. Decidió cambiar radicalmente. Otra vez.

Se compró una cartera. No le parecía femenino, sino cómodo. Cambió el turbante por un sombrero a la Indiana Jones para sentirse importante. Se puso botas de cuero con taco alto porque era la mejor forma masculina de aumentar su altura sin convertirse en uno de esos payasos con zancos que reparten volantes en el circo. Y bufandas, a pesar de que era verano. Bufandas, de tres colores distintos. Amarillo, violeta y naranja. Para tapar el moño, que le gustaba usarlo sin que se viera, como si fuera su secreto más íntimo.

Salió decidido a ser otro. Contentísimo, la frente en alto. Su público enloqueció. Obra maestra. Genio del milenio. Avant garde. El adelantado. Y ese olor? Ustedes sienten ese olor? Ese olor insoportable. No se soporta. Pero nadie lo sentía más que él.

Corrió. Y su público detrás. Pero él corrió más rápido, y mientras se sacaba la ropa sus perseguidores se detenían para quedarse las prendas como recuerdos. Llegó a un lago y se tiro de cabeza desnudo. Salió con la cabeza desnuda, limpita. Y la boca como medialuna sacando a respirar a los dientes.

Sus seguidores lo vieron sin nada más que piel y, por fin, se indignaron. Qué verguenza. No tiene tacto. No tiene gusto. El nudismo está re out. A quién se le ocurre? Y él así, al natural. Todos asqueados, cierto, pero ya no sentía el olor. Ya no. Se sentía en paz consigo mismo, peleado con todos los demás.
Se sentía justo como quería ser: un verdadero artista.

viernes, 17 de abril de 2009

EL APAGÓN

Anoche, a las tres y cuarto de la mañana, despertó la oscuridad.

Yo estaba encerrado en el Jackpot Ferrer, como de costumbre. Contando los minutos para recobrar mi libertad. En un relámpago se apagaron todas las tragamonedas junto con las luces, como si se activara una bomba magnética contra la tecnología. Afuera retumbaban los ecos de las máquinas sobrevivientes que gritaban aterradas con sus penetrantes aullidos de alarmas.
Las bombas duelen.

Por suerte yo soy de carne y hueso: desde mi punto de vista el caos fue un atajo para romper mis cadenas más temprano. Salí a la calle con mi bicicleta y descubrí el verdadero impacto de la bomba. Inmerso en una sombra latente, sentía cómo la gente cuchicheaba sin verse desde los balcones y me puse contento de no estar en la Argentina, de no tener miedo.

Empecé el pedaleo sobre la avenida desierta y cuando las copas de los árboles se abrieron pude ver el cielo. Era como si la bomba se hubiese estrellado contra la noche, dejándola más estrellada que nunca. Las tres marías y sus amigas se asomaban curiosas para ver de qué se trataba el asunto, por qué tanto alboroto. Sentí un olor a campamento, a provincia del interior.

Cuando llegué a casa, encadené la bicicleta y subí las empinadas escaleras que llevaban al departamento. Entré despacio, tanteando las paredes para llegar hasta el living. Comprobé que si me golpeara la desgracia resultaría un pésimo ciego. Había perdido por completo mi antigua habilidad para jugar al cuarto oscuro. Antes, cuando se bajaban todas las persianas y los torpes golpeaban sus pantorrillas contra los filosos bordes de las mesas ratonas, yo me las arreglaba para escuchar la respiración contenida, perseguirla despacio, palpar la cara con paciencia y gritar ¡piedra libre Bernardo! Ahora no. Ya estaba grande y bien inepto para la oscuridad.

Paso a paso llegué hasta el balcón y, apoyado en la baranda, me fasciné en silencio. Prendí el porro y me sentí solo. Di media vuelta y volví a salir.

En las calles angostas de la peatonal todo seguía como si nada. Los que tomaban en bares seguían con lo suyo, pero con coquetas velas de color naranja iluminándoles las cervezas. Los autos, eso sí, andaban más tímidos. Avanzaban en cámara lenta como si marcharan de luto por el cementerio electrónico, oliendo la muerte de sus compañeros, esperando su turno.

Yo caminaba con mi porro mirando hacia arriba, chocando a los descuidados. Estaba buscando a alguien, pero no sabía a quién. Alguien como yo quizás, que disfrutara con la peculiaridad de los apagones.

Caminé hasta el final del puerto, me senté en una piedra grande y de cara al mar sentí como el viento se divertía con mi flequillo. Esperaba toparme con algún soñador recordando esta misma noche con nostalgia, o al menos entretenerme con murmullos de hombres cogiendo en la oscuridad, pero solo encontré unas latas de cerveza abolladas, dos preservativos usados y una jeringa entre las rocas.

Regresé al balcón decepcionado y me di cuenta. La buscaba a ella, probablemente. Ella es como yo, pero es ella. Estábamos los dos tropezando con desconocidos, tan concentrados en mirar hacia arriba que cuando nos cruzamos no nos vimos. Espero volver a verla algún día, por primera vez.

El próximo apagón no voy a mirar las estrellas.












Sí, en una época me permitía ser más cursi.

jueves, 16 de abril de 2009

ESO QUE TENEMOS EN COMUN

Toda pareja tiene algo en común (un objeto extraño, un sueño de ensueño, esa frase). Algo que es ajeno a ellos, que por separado no significa nada (una plaza perdida, la canción más caprichosa, esa línea de colectivo). Sólo cuando se conocieron empezó a tener un sentido simbólico (un libro raro, la escena de una película, esa heladería). Es de ellos, y de nadie más (una obra de teatro, el aroma inconfundible, esa contradicción). Y cuando dejen de verse, eso serán ellos (un apodo, una golosina, esa esquina). Ellos serán eso que tienen en común (un famoso odioso, el peor mozo del país, esa palabra).

La mía, en un momento, fue Adbekunkus. Pero por estos días, lo más común para tener en común no es una palabra, sino una serie de televisión. Las series vienen en paquetes, son adictivas, se miran de corrido y se consumen en pareja. Para algunas parejas será 24, para otras Six Feet Under o Los Soprano.

Qué difícil cortar una relación antes de que termine la serie. Seguirla en solitario es un recuerdo constante de lo que ya no es. Sería imposible, sólo los masoquistas o melancólicos podrían seguir con los capítulos. Son series que quedarán por siempre por la mitad, como la relación. Y siempre recordarán cual fue el último episodio. Su último capítulo.

A menos que ambos se decidan a hacer lo más sensato y vuelvan a estar juntos por lo menos hasta que termine la temporada.

Dice mi amigo de mejillas coloradas que ahora que aprovechó el fin de semana gasolero para atragantarse con todo el Lost que no había visto junto a su novia, ya alcanzó a los más avanzados y está listo para sumarse a los fanáticos. Lost ya llegó a un nivel de fanatismo tal que todos los jueves en el Cub Cultural Matienzo (sí, es un chivo) pasan el último capítulo, bien fresquito, en pantalla grande. Para verlo en multitud. Todos los freakies todos.

Dice mi amigo de mejillas coloradas que le dijo a su novia de ir a Matienzo.
-Cómo? A verlo con todos los demás?
-Sí.
-Ay, yo pensé que Lost era algo nuestro...
Para ella ver Lost con veinte personas más era algo así como una orgía.

Y, por su reacción, mi amigo de mejillas coloradas descubrió en ese momento que esa idea swinger que tenía en la cabeza era mejor guardarla en el cajón de proyectos imposibles junto al torneo de fútbol internacional de bandas de rock famosas y el cabaret revancha donde uno puede pagar para cojerse al político que más deteste.

miércoles, 15 de abril de 2009

QUE NO SEA CIERTO

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Que toda mujer lo que más quiere es atención.
Que todo hombre lo que más quiere es que no le rompan más las pelotas.
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martes, 14 de abril de 2009

TODO PASA

Eso decía su tatuaje. Lo tenía en el antebrazo y estaba escrito en árabe. Todo pasa. Es una de esas frases que uso mucho en silencio dentro del paréntesis que forman mis orejas. La uso los días que me siento un poco triste y quiero sentirme más triste todavía para hacerla completa, ya que estamos. No tiene sentido hacer las cosas a medias. Todo pasa. También la uso para bajar los decibeles cuando me entusiasmo mucho con algo que estoy haciendo y me lleno de contento. Tampoco es cuestión de exagerar. Todo pasa. Son dos palabras inocentes, pero juntas son peligrosas. Tienen el poder de paralizarte si te concentrás demasiado en ellas. Son capaces de llevarte a una pregunta horrible: Para qué. Yo prefiero siempre las respuesta infantil: Porque sí. Todo pasa. Es una de las frases verdaderas que más odio. Y Juancito la tenía tatuada en su brazo.

Debía ser porque él es el arquero de nuestro equipo, y hasta que mejore, va a sufrirse unos cuántos goles. Lo terrible de ser arquero es que todas las buenas se borra con una mala. Pero como dice su antebrazo: Todo pasa.

Pensándolo mejor, estampárselo en un tatuaje -una de esas cosas que tienen un gusto tan definitivo, casi inmortal-, tiene su cuota de ironía. Todo pasa, cierto, pero para que pase falta tanto que no embromemos. Disfrutemos el mientras tanto.

domingo, 12 de abril de 2009

DISFUNCIONAL

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Las familias felices son menos interesantes.
No por nada los Flanders son solamente los vecinos.
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viernes, 10 de abril de 2009

TRANSFORMACION

Tres putas hablaban en un lenguaje africano, casi gritando. Era difícil saber si estaban discutiendo o si ese era su tono de voz habitual. No parecían enojadas. Eran tan sólo tres negras de Senegal dejando un idioma secreto sobre mi barra mientras tomaban unos chupitos de whisky.

La más gorda llevaba un corset rojo apretado que combinaba perfecta y horriblemente con sus calzas rosas y las numerosas trencitas pelirrojas estrujadas contra su cuero cabelludo, como lombrices sometidas.
La que aparentaba ser la madama nunca miraba directo a los ojos. Tenía actitud, labios gruesos y una cruz en el cuello. Demostraba autoridad.
La más linda era la única que solía desfilar con escotes profundos por la esquina del bar. Era flaca y petisa, incluso para mí, y llevaba como sombrero natural una gran melena de rulos rubios teñidos que parecían robados de la cabeza de otra persona. De no ser por las cicatrices que recorrían su cara y el fuerte olor a vinagre que despedía su cuerpo, hubiese valido la pena alquilarla por un par de horas.

Eso mismo debían pensar los chinos, al otro costado de la barra. Ellos también discutían con firmeza. En chino. Uno de ellos solía frecuentar el teléfono público del Jackpot: era flaco, alto y tenía una mirada mafiosa. Las uñas de sus meñiques eran bien largas, adictamente largas. Su compañero parecía un cocinero oriental sacado de una película de Tarantino. Quizás lo era, y este antro resultaba ser el lugar ideal para intoxicarse después de los quince minutos de fama. El rubio de Mi pobre angelito debía estar por llegar en cualquier momento.

Del lado de adentro de la barra se encontraban mis oídos, atacados por los ladridos extranjeros. Los gritos me fastidiaban, y para no ver a las putas ni a los chinos decidí verme a mí mismo. ¿Qué hacía ahí? Era como estar en una película de David Lynch sin haber firmado el contrato. A mi nadie me avisó, pero estaba claro que no encajaba con esta gente. Para conectar con ellos tenía que ser otro.

Así es que decidí cambiar de identidad.

Le saqué un cigarrillo al chino y lo encendí. Nunca antes había fumado tabaco, siempre fui un chico sano. A excepción de las drogas, claro está. Con el cigarrillo entre mis dedos las cosas empezaron a sentirse diferentes. Entendí la escena y, poco a poco, aprendí a disfrutarla. Me reí solo, y no por el mareo. Enseguida una de las putas mantuvo contacto visual con mis nuevos ojos. Hasta ese momento parecía enfurecida, hablaba en voz alta ensimismada en sus propios pensamientos. Pero ahora me reconocía, alzaba su mano y me convidaba un saludo. Yo respondí con simpatía. Ya no era Gerardo: había hecho contacto.

Al rato me subieron los calores, sentí baja la presión y escapé hacia el sector del aire acondicionado, donde convivían las máquinas con sus mascotas. Después de refrescarme volví a la barra. No soporté mucho tiempo y tuve que huir por segunda vez. Una sensación de asfixia me atacaba cerca del mostrador.

Sentado solo frente al tubo de salida del aire acondicionado, a unos metros de esa dimensión distinta, entendí mi error. No se puede cambiar de identidad en unos pocos minutos. Falta la infancia, el pasado, la formación del nuevo carácter. Lleva tiempo asimilarlo. Puede demorar meses, como la preparación de los actores metódicos antes de cada nuevo papel.

Quizás para el final de la temporada haya terminado mi metamorfosis y ya no me reconozca. Es posible que mi nuevo yo tenga afición por los rompecabezas o los videojuegos antes que por la escritura. Por si acaso, me despido de mi cuaderno.

Después, sirvo una nueva cerveza a la madama y le robo otro cigarrillo al chino. Lo prendo, me inclino contra la máquina de café y los miro. Y los miro.

viernes, 3 de abril de 2009

(ELLA)

La vi pasar por la puerta del Jackpot Ferrer. Una, dos, tres veces. Al cuarto día ya podía verla sin verla. Dibujarla en mi mente de a poco, con los ojos cerrados.

Primero sus anteojitos chatos (su característica singular). Después sí, el pelo rubio, la cara redonda, los huecos en sus mejillas sonrientes. Tenía siempre la misma remera sucia y holgada, bermudas verde militar, ojotas, una gran mochila y un pañuelo en la cabeza. Parecía una animada turista holandesa (¿o suiza?), ideal para encontrársela en el pequeño refugio de lo más alto de la montaña. Pero estaba acá, en la playa (nunca jamás en malla), como una mochilera hippie desorbitada y fuera de contexto en la isla de las drogas sintéticas y la última última moda.

Un día entró al Jackpot Ferrer a pedir cambio para comprar tabaco (¿qué hacía acompañada de ese vagabundo?), y conversamos por unos segundos en un español forzado, despidiéndonos en inglés (debe ser holandesa).

Desde ese día, cada vez que nos cruzamos (sin cruzar miradas) la analicé más a fondo, para escarbar en su pasado, en sus objetivos, en su status quo (¿en su estado civil?).

Mi sorpresa fue incrementándose al descubrir sus hábitos y su extraño entorno. La vi tomando cervezas en la arena con el tano de pelo largo (el que tiene bicicletas frescas, recién robadas), fumando en la vereda con los yonquis y caminando hacia mi barra, esta vez de madrugada con un desagradable que le invitaba una copa (¿sólo a cambio de su simpatía?).

Mi interés por conocerla mutó en una obsesión por escuchar las razones de su contexto, a tal punto que en una ocasión casi le dirijo la palabra (¡en plena avenida España!). Ella parece una chica bien, habla y camina como una chica bien; dice muchas gracias, permiso y por favor. ¿Acaso sus anteojos de intelectual francesa (o suiza) son una mera máscara? ¿Estará funcionando mal mi prejuicioso scanner a distancia? Podría ser, pero suena descabellado (aunque también ella debería estar en la montaña).

Su olor permanece agradable. Siempre se la ve limpia, a pesar de su ropa sucia. Ella solo debe vivir la vida de ellos para ganar experiencia, para vivir aventuras, para saber que puede (¿para sobrevivir?).

Un amigo dice que le contaron de una rubia que anda suelta (¿será ella?). Una chica joven de buena familia. Una millonaria loca (¿será ella?), que prefiere la calle antes que la cama de agua, las sobras antes que el plato principal. Por puro gusto. ¿Cómo puede ser?
-Está loca -simplificó él (no la conoce). Acá hay mucha gente que parece normal, pero les falla el mate. Son locos –dijo como si ella fuera una leyenda para entretenernos, como el tipo que se despierta sin riñón en una bañadera colmada de hielos.

Ayer cerré temprano, a las cuatro menos cuarto de la mañana. Y en el camino de regreso tropecé con sus dulces sueños en plena calle. Estaba cruzada de brazos sobre las baldosas de una escalinata, con una ligera inclinación de cabeza hacia su hombro derecho, sobreviviendo a la noche. Quise despertarla, preguntarle, invitarla, abrazarla. Quise saber. Desesperadamente.

Esa noche me costo dormir. No estaba preparado para la verdad.