jueves, 24 de septiembre de 2009

MAL SUEÑO

Estoy en una zapatería. Ella se está probando zapatillas que me gustan. Le digo que sí con la cabeza aprobando su compra a la distancia. La chica que atiende también me mira y yo le digo que sí, que los llevo. Tengo un deja vu. Me doy cuenta que el deja vu es en realidad un sueño. Ella viene hacia mí y se sienta a mi lado en el piso. No se por qué no nos sentamos en el banquito que usamos de respaldo.
-Soñé que te compraba unas zapatillas para poder darte un beso.
-Hubiera funcionado -se ríe ella.
Levanto dos dedos a la chica que atiende pidiéndole que envuelva las dos zapatillas como si fueran cafés. Ella se me tira encima y me da el beso antes que yo decida dárselo. Tenemos sexo ahí en el piso durante tres minutos. Esa parte no la veo ni la siento. La escucho nomás. Como si fuera una grabación de un contestador telefónico.

Estamos caminando por una calle empedrada. Ella aferrada a mi brazo. Me acuerdo que yo también me compré zapatillas pero con la distracción del sexo olvidé retirarlas. Volvemos a la zapatería. Le explico a la chica que atiende que cuando levanté los dos dedos quería pedir los dos pares de zapatillas, no las dos zapatillas. Me pregunta si tengo el ticket. Por suerte sí, pero al verlo en detalle veo que me cobraron de más. Me quejo. Nos fijamos mejor y nos damos cuenta que es el ticket de Maxi Moralez, el jugador de Racing.
-Debe ser porque se llaman igual -me dice la chica que atiende.
Estoy de acuerdo. Aunque me parece raro, porque me llamo Fernando.

Me pruebo las zapatillas de vuelta. Ella dice que están buenas. Las llevo. Repienso el asunto y me doy cuenta que alguien piensa que yo soy Maxi Moralez y ella la novia de Maxi Moralez. Eso es peligroso. Es una comedia de enredos con cambio de parejas pero con persecución de suspenso. Salimos a la ciudad y estamos en el futuro.

Estoy en un ascensor futurista. Ella ya no está conmigo. No se dónde la dejé. Por alguna razón se que Maxi Moralez me está persiguiendo. Es peligroso. Pero por qué? Cómo sabe él que yo cambié su identidad? Si el ticket de la zapatería lo tengo yo. Y cómo sabe dónde estoy? Por qué no me entero de todo el asunto? Esto no tiene sentido. Todavía estoy en el ascensor. Me voy frustrando, siento que me están encerrando acá para ganar tiempo. Encima es un desperdicio soñar con el futuro y quedarse atrapado en un ascensor.

Estoy en un auto. Es una limosina blanca. Esta es la escena final, el pico de tensión. Alguien al que no le veo la cara ni el cuerpo pero asumo que tiene un gato gris en la mano me dice que afuera está la otra pareja esperando para matarme.
Me canso, abro la puerta del auto y salgo.
-No! -grita el hombre del auto. Ya ni lo veo pero imagino sus zapatos negros lustradísimos.

Camino por el pasto frustrado.
-Así no va. Así no va. No juego más. Este sueño es de cuarta. No cierra por ningún lado. Para mi que lo soñó mo primo.
Aparece mi primo atrás mío a lo lejos en el pasto con el guión en la mano y un gorro viscera pidiéndome que no lo abandone sin avisar de antemano. Que falta la escena final y terminamos. No lo puedo dejar así, con el sueño por la mitad.
-Este sueño es malísimo. No se ni cómo consiguieron la plata para hacerlo -le digo.

Me despierto en la cama. Es tarde. En algún momento apagué el reloj despertador sin acordarme cuándo. Voy a la ducha. Prendo la caliente y me siento en la bañadera. Me gusta revivir el sueño con la ducha cayéndome como lluvia desde lejos. Intento reordenarlo pero sigue sin tener sentido. Es un sueño muy malo. Pero voy recordando episodios de mi día anterior. La conversación de zapatillas con paula, la peli de ciencia ficción futurista que vi, la revisión de las cuentas del local. Como el policiía en Los Sospechosos de Siempre suelto mi taza imaginaria y me doy cuenta de todos los pedazos sueltos de información que utilizaron mis guionistas cerebrales para armar el sueño. Quizás así fue cómo nació el germen de la idea de esa película. Se ve que esta vez los datos fueron tan distintos que los pobres guionistas se vieron en un brete e hicieron lo mejor que pudieron. No los culpo, mis sueños suelen ser mejores. Pero todavía no se de dónde salió Maxi Moralez.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

ESPERANDO EL PRESENTE

Dice que se dio cuenta.
Las mujeres que gustan de él siguen un mismo patrón:
Él no gusta de ellas.
.
Dice que es evidente.
Las mujeres que le gustan también siguen un patrón:
Ellas no gustan de él.
.
Dice que está esperando.
Que ellas cambien sus gustos, que él cambie los suyos.
Lo que suceda primero.
.
Dice que no sabe cuánto esperar.
Quisiera leer la respuesta en algún libro científico.
Pero sobre gustos no hay nada escrito.
.
Dice que va a seguir esperando.
Hasta encontrar la respuesta, para escribirla.
Y ayudar a sus colegas de la sala de espera.
.
No sabe que cuando la encuentre, ya no va a importarle.
Nada más que el presente.

lunes, 7 de septiembre de 2009

HACIENDO TRAMPA

Casi siempre sucede en una fiesta familiar. Tipo casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah. El abuelo Tito emerge entre primos y tíos y me dice de jugar al backgammon. O como él le llama: el Taure. El backgammon es nuestra forma de relacionarnos.

Él nunca se cansó de jugar. Al principio me ganaba (siempre fue un tipo de suerte), pero con el tiempo cada tanto vencía yo y, cerca del final, los dos hacíamos fuerza para que ganara él. Así lo veía contento. Su versión contenta era más propensa a regalarme algún vuelto para ir al cine o comprar chocolates. Al terminar el partido nos estrechamos la mano como gerentes de empresas multinacionales.

Pocas cosas son más graciosas como ver al abuelo Tito hacer trampa para ganar. Solía aprovecharse de su alzheimer pasajero descaradamente. Yo a veces lo dejaba hacer y otras le discutía para verlo discutir lo indiscutible. Graciosísimo. Pero lo raro de jugar en esta fiesta -casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah-, es que el abuelo Tito todavía no se de cuenta de que está muerto. Y a mi me da vergüenza avisarle.

Entonces jugamos. Como de costumbre me da a elegir y yo elijo las blancas. Tiramos los dados y él saca un seis (suertudo) que le gana a mi cinco. Empieza él, entonces.

A veces se equivoca en alguna movida y yo le sugiero corregirla. Hay que dejarlo ganar. Otras veces se impacienta al ver que pienso demasiado y mueve las fichas por mí recomendándome la mejor jugada. Igual que antes. Solo que todo este tiempo pienso que al abuelo Tito lo falso enterramos y él volvió para refutarnos a todos los que asumimos su muerte y refregarnos en la cara el año de más que piensa vivir. De alguna manera se que él volvió para vivir un año más. Ni más ni menos. Y que cuando nos acostumbremos a su presencia va a morirse de verdad, por segunda vez. Para irse cuando él quiera. Pienso todo eso mientras el abuelo sigue jugando. Y trato de que no se note la mezcla de susto y culpa que siento por haber ido a su velorio antes de tiempo. Siempre es así. Cada vez que lo sueño.

El abuelo Tito hace como si nada. Sigue jugando. Y nosotros –mis primos, mis tíos y yo- nos miramos a los ojos cómplices en silencio y tampoco decimos nada. Para que no se de cuenta. Pero sabemos que él está haciendo de cuenta. Que se hace el distraído. Que está haciendo trampa. Y es graciosísimo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

DUENDES CAPITALISTAS

Todos sabemos que los duendes son pequeñitos, traviesos, huidizos. Y que su trabajo consiste en cambiarnos las cosas de lugar. Escondernos las llaves, el control remoto, esa plata que extrañamente aparece otro día en el bolsillo de un pantalón que hace tiempo no usamos. Para ponernos contentos.

Claro que todo eso lo hacen para disimular. Porque parte de su trabajo consiste en escondernos las cosas, y otra parte en ocultar la verdadera cara de su empleador. Para que no descubramos el truco.

Basta con pensarlo un poco: ¿Cuáles son los artículos que más veces perdiste? ¿Por qué siempre que precisás esos artículos no los encontrás? ¿Y por qué cuando no los precisás descubrís que tenés mucho más de la cuenta? Ya sabes por qué: por los duendes. Y también para qué: para que compres lo innecesario. Para que consumas de más. Biromes y encendedores. Así funciona la estrategia de la empresa Bic.

Por supuesto que ellos lo negarán, así como muchos otros niegan la existencia de los duendes (gracias a la campaña de desacreditación financiada por Bic desde 1953). Pero esto es algo que sucede en el mundo real. ¿Por qué las biromes y los encendedores no se quedan quietos? Si no tienen patitas. Pero los duendes sí. Y no caminan gratis. Muchos de ellos también trabajan free lance para otras empresas; por eso es que también se extravían los mismos productos de otras marcas.

Todo esto me lo contó Liniers, el dibujante oficial de duendes argentinos. Yo quise asociarme a él para intentar venderles a Bic la idea publicitaria de que los duendes escondían biromes para enseñarnos algo. Que las Bic no son de nadie, porque son de todos. Los duendes de Liniers aparecerían agujereando bolsillos, abriendo cierres de mochilas y cortando con tijeras los hilos que atan a las biromes en los bancos, escuelas y demás oficinas públicas. El slogan: “La bic se comparte”.

Liniers se rió mucho con mi idea. Repetía en voz alta: la bic se comparte. Y se reía. Después parecía tranquilizarse, pero repetía de vuelta: la bic se comparte, y se reía. Así tres veces. Se rió tanto que se compadeció. Y me confesó que la empresa Bic hace años financia sus dibujos para vendernos una realidad donde los duendes son coloridos, divertidos, poéticos y, más que nada, ficcionales. Dijo que él no tenía la culpa. Que de alguna manera lo ayudaron a crecer. Y que él no sólo dibuja duendes, sino que intenta resarcirse destapando otras verdades, ya sea revelando cómo se traducen los títulos de las películas, recomendando a quién recurrir cuando se necesite filmar un cliché cinematográfico (hay una vaca que sabe mucho de eso) o concientizando a la gente de que las aceitunas también tienen sentimientos.

Me despidió con un abrazo que se hizo demasiado largo. Como si fuéramos amigos. Me deseó mucha mucha suerte. Parecía saber algo que yo no. Pero yo no soy tonto. Se que al descubrir el secreto corro peligro. Y que al destaparlo en mi blog, todavía más.
Pero lo hago igual. Porque tengo huevos, papá.

martes, 1 de septiembre de 2009

YA NO ES LO MISMO

El hombre se acercó a nuestro auto y me pidió que le diera mi camiseta. Era una remera de River suplente del año 86. Pero era una copia berreta. Al hombre no le pareció importar. Tampoco pidió por favor.

Me miraba desde el techo del auto, que tenía una compuerta abierta para ventilar un poco el aire. Eran las dos de la tarde de un verano invernal. El auto estaba detenido detrás de otro auto, a un par de cuadras de Libertador. Y el hombre insistía en el pedido de la remera.

Me miraba fijo a mi, específicamente. Era el único habitante del auto que tenía remera de river. Me miraba tan fijo que se me hacía difícil escapar de su mirada. La tenía clavada en mí. Un anzuelo en mis pupilas. En la comisura de sus labios bailaba una baba efervesente. Parecía un perro rabioso.

El hombre estaba muy alterado. Le pedimos que se calme, pero no quiso oír. Insistía con lo de la remera, aunque ya llevaba una puesta. De chacarita. Le dijimos que no, que se tranquilizara. Era una linda tarde de domingo. Para qué arruinarla?

El tipo no quería escuchar. Me hablaba a mí solo, asomando la cabeza desde el techo. Dame la remera, dame la remera, dame la remera. Cada vez con mayor intensidad. Era un nene caprichoso. Y a los nenes caprichosos no hay que darles lo que piden, porque sino no aprenden. Después piden de vuelta. Iba a querer mis medias, mi pantalón. Un nene caprichoso. Pero el cuerpo era más bien grandote.

Golpeó un par de veces la ventana de atrás. En su mano llevaba un cascote que excedía el tamaño de sus manotas. Tac tac tac. Golpeaba la ventana. Dame la remera dame la remera dame la remera. Tac tac tac. Nene caprichoso. La baba colgándole. Dame la remera. Sin modales de ningún tipo. Tac tac tac. Y su mirada fija. Tac tac tac. Yo encerrado en ella, inmóvil.

Se fue alejando de a poco hacia la esquina. Allá vimos que había unos cuantos amigos suyos con banderas y remeras. De chacarita. Pusimos reversa y retrocedimos una cuadra a gran velocidad. En la esquina había un patrullero que avanzó hacia ellos. También unas cuantas motos. Por fin sentí que los policías trabajaban para nosotros, y no en contra. Hace mucho que no me pasaba.

Me dio un poco de lástima el nene caprichoso. De tanto mirarlo a los ojos, ya sentía que lo conocía. En cierta medida también lo entendía. El pobre hombre no quería ser más de Chacarita. Quería mi remera de river para cantar por el millonario. Gustar, ganar, golear y gritar campeonatos. Pobre tipo. Tan desactualizado. Si leyera los diarios deportivos sabría que ser de river, hoy en día, ya no es lo mismo.