Yo crecí en un tiempo donde las azafatas debían ser jóvenes y hermosas. Tal vez ese tiempo fueron las dos horas que duró Atrápame si puedes, con Leonardo Di Caprio, pero la imagen se sostuvo. Porque tenía sentido. Es una de las pocas situaciones de discriminación laboral que apoyo. Con el sobreprecio que se pagan en los pasajes de avión es sensato y recomendable que nos ofrezcan como retribución cosas que no sentimos en la vida cotidiana. Detalles que nos hagan sentir especiales. Como una mujer hermosa, sonriente, en uniforme, atenta a mis deseos. Sirviéndome personalmente. Agradeciéndome por estar junto a ella en este viaje. O, en su defecto, el entretenimiento a bordo de Fernandos Peñas por el intercomunicador. No sé: algo. Estas azafatas son viejas, todas ellas. Menos el azafato, que es viejo y amargado. Me alegra que tengan trabajo y puedan postergar su jubilación un par de años más, no me malentiendan, pero no estaría mal que imaginen su casa sola, vacía, lenta, sin ruidos ni familia cerca, todos tan ocupados. Y que se ubiquen ahí dentro, en el sillón, mirando programas de chimentos. Tristes. Solos. Aburridos. Y que utilicen todas esas imágenes cercanas, próximas, para traerme el snack con mejor onda. Que aprendan a disfrutar el tiempo en el aire que les queda. No me traigan la bebida como si detestaran el oficio, estamos?
Perdón; exageré. Pero de alguna forma hay que descargar las tensiones. No es fácil estar en un tubo de metal sobre el aire suponiendo que es algo natural. Mucha gente no se lo cuestiona: bien por ellos. Yo sí, porque todavía no lo entiendo. Tampoco entiendo cómo un chip puede almacenar años de datos que fui trasladando de mi mente a la computadora o cómo es que la cámara de fotos es capaz de congelar mi imagen y preservarla para la posteridad, pero eso no me preocupa. Mi alma no corre riesgo por sacarme una foto, como pensaban los indios. Al menos eso creo, porque si ellos tenían razón ya no deberían quedar grandes almas en el mundo. Somos una generación fotogénica. ¿Será por eso que cada vez hay menos filósofos, músicos y científicos geniales? Las fotos nos van desgajando el alma. No. Esas supersticiones son muy básicas. Lo que sucede es que no se crean nuevas almas, pero sí nuevas personas. Entonces esas almas originales se dividen en más partes, generando seres cada vez menos importantes. Algunos lo saben y prefieren que seamos menos, pero mejores. Como Hitler. Así le fue. Hoy los delirios de grandeza son cada vez más delirios, porque la grandeza es algo más lejano. Hitler, hoy, tendría menos seguidores. Esperemos.
El problema es que no descansé bien. Dormir en el avión tiene la particularidad de que en las pequeñas turbulencias tu mente dormida reconoce que no estás en un micro -con el riesgo mortal de que el chofer se quede dormido y caigamos a un precipicio-, sino que estás en un avión y el riesgo mortal es que un pájaro se cuele en la turbina, un gremlin mastique el ala o la vieja y conocida caída libre sin razón aparente, que lo explique la caja negra porque no hay sobrevivientes. Son pesadillas muy distintas y hay que saber apreciar las diferencias.
Así es que desperté algo irritable. Me la agarré con el azafato cara-de-culo (expresión argentina favorita de mi próximo amigo colombiano a conocer, Oscar Jaramillo) porque ya bastante me cuesta despertar contento un día normal: imaginen si además pienso que puede ser el último. No entiendo a la gente que se levanta feliz: deben tener sueños mediocres. Aunque con esa línea de pensamiento debería despertar contento después de una pesadilla, porque es preferible la realidad. Y este no fue el caso.
Por fortuna Dios nos creó con un cerebro de avanzada, algo que los chimpancés todavía no pudieron comprar, y decidí utilizarlo para racionalizar mis sentimientos hasta minimizar mi malhumor. Primero recordé que no tengo más chances de morir por viajar en avión. También puedo morir al cruzar la calle, subirme a un coche o calcular mal al hacer un clavado desde un trampolín. ¿Acaso no vi cinco temporadas de Six Feet Under? La muerte puede llegar en cualquier momento y de cualquier forma. Así que tranquilo. El miedo a morir que siento todos los días es suficiente. No es necesario exagerar. Relájate. Guardá tu miedo para los autos. Las estadísticas así lo indican. Y sacale el jugo a la experiencia. Que los momentos cercanos a la muerte nos hacen crecer.
Ahora sí, con la paz mental adquirida por medio del ejercicio de la lógica puedo mirar por la ventana e imaginarme organizando un trecking por encima de las nubes. Pensar que al pisarlas se sentirían como algodón de azúcar, blanditas, pegajosas y algo profundas. Una linda excursión de dos semanas para llegar a Dios. Podría venderle la idea a Terry Gilliam, pero no. A Terry, si llego a cruzarlo, se la regalo.
Es extraña la sensación de estar por encima de las nubes. Pareciera que en cualquier momento podría encontrar a Dios mirando hacia abajo, despistado. ¿Estaría sonriendo, divertido, observando su creación? ¿O llorando, haciendo llover, por lo mal que le salieron las cosas? Debe de estar sonriendo. A Dios nada puede salirle mal. Pero entonces la sonrisa es algo perversa. Estuve un rato largo mirando por la ventana, esperando encontrarlo sobre una nube, desprevenido, tirando granizo hacia abajo con la sonrisa sádica que nunca le vimos. Pero no. Sólo me pareció verlo cuando los rayos del sol atravesaron las nubes, bañándolas de luz en su descenso.
Ya estamos por llegar. La gente saca sus celulares para avisar. A la derecha blackberry, a la izquierda iphone. Así en todas las filas. ¿Cuánto más podré resistir sin internet en el bolsillo? Ya no podré escapar de las distracciones constantes. Tengo que ser mas riguroso con mis deseos. No son muy obedientes. Pensé en comentárselo a mi compañero del iphone, pero pensar en traducir todo eso al inglés me dio cansancio. Quería decirle ALGO. Es conveniente hacer un amigo antes del descenso, para que te ayude en migraciones. El problema es que ya no vemos todos la misma peli. Es algo menos que tenemos en común.
-¿Te gusto la peli de Will Ferrel?
-Yo vi un documental de ranas.
-Ah.
Así es más difícil hacer amigos.
Adiós azafato. Gracias por sonreírme, al menos en la despedida. Ahora a buscar taxi y encaminarme hacia el barrio de ortodoxos, donde un buen judío me alojará por dos semanas. Espero que no se enoje porque tengo barba de dos días. Me di cuenta tarde que convenía dejarla crecer para que no me resientan. De última le digo que recién estoy empezando. Hace dos días decidí creer en Dios. Todo puede ser. Sólo hay que decirlo convencido. Me gustaría estar convencido. De eso, o de algo. Tantas dudas, no son buenas para la salud. Quién sabe. Tal vez me convenzan ellos. Veremos.
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sábado, 12 de noviembre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
ADUANA
Estoy rodeado de negros. De traje, de jogging, de uniforme de azafata. El sudor de los negros huele distinto. Eso no lo sabía. Ahora lo sé, porque la aduana es un caldo. Criadero de aromas. La gente que llega trae consigo un viaje largo en el cuerpo y espera aquí, impaciente, la decisión final de los que mandan.
Algunos no pasarán. Estados Unidos es de esas minas creídas que miran de arriba abajo al candidato y no tienen mayor problema en descartarlos, romperles el alma, darse vuelta y seguir conversando con una amiga. Ellos lo saben. Por eso sudan, a la espera.
Especialmente ese negro; el que es parecido a Shaquille O´Neal. Se lo deben decir seguido. Todos los negros corpulentos de más de dos metros deben soportar que les griten un ¡Shaquille! de pasada cada tanto. O tal vez no. Para hacerle un chiste a semejante señor hay que estar muy seguro de que tiene sentido del humor. Ahora mismo no me arriesgaría, por ejemplo. Parece tener un inconveniente con su valija o le faltan un par de papeles. No me gustaría que se enoje. ¡Pero qué olor! A cuerpo en remojo. Voy a tener que empezar a respirar por la boca y concentrarme, porque si me distraigo se me abre la nariz de vuelta. Yo me conozco.
Mirá, el negro tiene una pelusa blanca en la barba. Mejor no se lo digo. Es invasión de privacidad y no conozco los códigos de este país. Lo que no entiendo es por qué con semejante tamaño usa ropa holgada. La remera le tapa el culo y los joggings se doblan a la altura de la zapatilla, como una toalla tirada. Si me dice que no encontró de su talle no le creo. En una persona como yo eso se comprende, a veces preferimos pantalones largos antes que comprar en la sección de niños, pero lo de Shaquile es inaudito. Porque para colmo se eleva todavía más con sus zapatillas deportivas, que tienen una cámara de aire cual zapato con plataforma. ¿Enorme no lo conforma? ¿Necesita ser gigante? ¿Tan inseguro es?
Tal vez lo hace para intimidar. Y, sin embargo, está inquieto el negro. Se siente pequeño ante la autoridad. Quiere ser amable con el oficial que estudia su caso. Lo tiene retenido, y eso nos retiene a todos. Yo ya me estoy poniendo nervioso. Desde el momento en que la rubia quiso colarse desesperada en migraciones porque iba a perder su vuelo, una alarma se activó en mi cabeza. ¿Puedo perder MI vuelo? Yo saqué el pasaje suponiendo que ellos contemplan los tiempos como para que los trámites en la escala no impidan que tomemos el avión que debemos tomar. La rubia me generó la duda. Una hora parece poco tiempo. Más teniendo en cuenta que ya pasó media y al negro lo siguen mirando raro. Falta que le quieran revisar la cámara de aire de las megazapatillas, el tipo se retove y todos los azules de la aduana trabajen en equipo para contenerlo. Por algo llevan armas. Puf, ¡qué olor!
Uy, un niño negro en traje gris! Es precioso. Debe ser hijo de un pastor, sino no se entiende que le pongan un minitraje. En una de esas el negrito viene por un casamiento, como yo. ¿Está mal decir negrito? ¿Es ofensivo? Debería existir un diminutivo para africanoamericano. Si pretenden que adoptemos el término, colaboren con la causa. ¿Afam? Suena mal. Yo puedo decir negro porque no discrimino a la gente por su raza. La discrimino por su nivel de educación. Los que saben deletrear vaivén, hipotálamo, hábaco y bacalao sin faltas de ortografía pueden mudarse a una isla bien lejos de mí. No tolero a la gente perfecta. Tan tensos, sin sorpresas. ¡No se puede tener todo bajo control, cerebritos, por más información que asimilen!
Por la boca, te dije que respires por la boca. Pensé que todos los de mi vuelo harían esta combinación pero no hay ninguno. Me confié. Ahí el de sombrero llama al viejo de uniforme para preguntar algo. Parecés gitano, sombrerito, el avión te hizo mal. ¿Qué dice abuelito? ¿You´re not gonna make it? ¿Got to take next one? Eso no me tranquiliza. ¡Dale negro! Resignate, no te van a dejar entrar. Dale, dale, dale. Puto, puto, puto.
El problema es que estos tipos son obsesivos. Control freaks. Te estudian los ojos, el pasaporte, el olor, las intenciones. Usan guantes de latex para no tocarte, por si tenés sarna o antrax. Y por la forma que te miran pareciera que eso fue un reclamo gremial, no era obligatorio. Los tipos exigieron los guantes para no tener que tocar a la lacra del mundo que pretende entrar a su paisito. Pero yo se la verdad. Tengo talento para leer a la gente. Todos los que trabajan acá son tristes, gordos, solos, raros. No son populares en la ciudad. Por eso eligieron este trabajo, para sentirse superiores. Piensan: no soy el contacto de celular de nadie, pero al menos soy mejor que estas ratas sucias extranjeras antiamericanas. Sí, el uniforme tiene sus ventajas. Hay gente que nunca conseguiría ese respeto al sacárselo. Pero es mula. Yo quiero ganarme ese respeto sin uniforme.
Pucha, que es tarde. Faltan quince minutos. No voy a llegar y no hay nadie para tranquilizarme. Estoy solo. Acá no soy nadie. ¿Y allá? Allá tampoco soy nadie, pero al menos se que bondi tomarme para llegar a casa. ¡No! No digas eso. Un puñado de gente te quiere y otros tantos saben tu nombre. Y ni hablar de los que te te tienen de algún lado, que más de una vez me vieron cara conocida. Allá soy más que nadie. Es este país que me amedrenta. Empiezan por la aduana, los turros, pero no me van a tirar abajo. Yo soy ARGENTINO papá. Tengo que tener el ego tan izado como la bandera para seguir generando los prejuicios que enemistan a los porteños con el interior del país.
-¿Fernandou?
¡Al fin! Mi turno.
El negro pasó, qué sorpresa. Mirá cómo empuja las valijas lo más pancho. ¿Y este gordito cuarentón en uniforme? ¿Por qué me sonríe tan amablemente? Parecía un texano y resultó ser un amor. ¿Cómo puede sonreír así a las seis de la mañana? ¿Realmente disfruta su trabajo o tuvo un buen día? Este tipo no es normal. ¿Que tiene en la cabeza? ¿Habrá tenido un mañanero? Nah, si tiene cara de vivir con la madre.
-¿A qué venís Fernandou?
-A la boda de mi hermano.
-Ajá. ¿Es ciudadano o residente?
-Ciudadano.
-¿Consiguió la ciudadanía por trabajo?
No digas que fue casándose con la misma mujer con la que se va a casar ahora, divorcio de por medio.
-Creo que sí.
-¿Qué hace?
-Vende productos ilegales por internet.
-…
-Espere, olvide lo último.
-¿Y vos a qué te dedicás?
-Soy escritor/director.
Es la primera vez que lo digo y me da vergüenza. ¿Lo soy?
-Siga por allá.
-Thank you, friend.
Listo el pollo. No corras. En la aduana hay que comportarse como saliendo de un negocio al que acabás de robar algo: despacio, con confianza, pensando en otra cosa. ¿Ya pasó? Ahora sí: Nueva York, allá vamos... corriendo.
Algunos no pasarán. Estados Unidos es de esas minas creídas que miran de arriba abajo al candidato y no tienen mayor problema en descartarlos, romperles el alma, darse vuelta y seguir conversando con una amiga. Ellos lo saben. Por eso sudan, a la espera.
Especialmente ese negro; el que es parecido a Shaquille O´Neal. Se lo deben decir seguido. Todos los negros corpulentos de más de dos metros deben soportar que les griten un ¡Shaquille! de pasada cada tanto. O tal vez no. Para hacerle un chiste a semejante señor hay que estar muy seguro de que tiene sentido del humor. Ahora mismo no me arriesgaría, por ejemplo. Parece tener un inconveniente con su valija o le faltan un par de papeles. No me gustaría que se enoje. ¡Pero qué olor! A cuerpo en remojo. Voy a tener que empezar a respirar por la boca y concentrarme, porque si me distraigo se me abre la nariz de vuelta. Yo me conozco.
Mirá, el negro tiene una pelusa blanca en la barba. Mejor no se lo digo. Es invasión de privacidad y no conozco los códigos de este país. Lo que no entiendo es por qué con semejante tamaño usa ropa holgada. La remera le tapa el culo y los joggings se doblan a la altura de la zapatilla, como una toalla tirada. Si me dice que no encontró de su talle no le creo. En una persona como yo eso se comprende, a veces preferimos pantalones largos antes que comprar en la sección de niños, pero lo de Shaquile es inaudito. Porque para colmo se eleva todavía más con sus zapatillas deportivas, que tienen una cámara de aire cual zapato con plataforma. ¿Enorme no lo conforma? ¿Necesita ser gigante? ¿Tan inseguro es?
Tal vez lo hace para intimidar. Y, sin embargo, está inquieto el negro. Se siente pequeño ante la autoridad. Quiere ser amable con el oficial que estudia su caso. Lo tiene retenido, y eso nos retiene a todos. Yo ya me estoy poniendo nervioso. Desde el momento en que la rubia quiso colarse desesperada en migraciones porque iba a perder su vuelo, una alarma se activó en mi cabeza. ¿Puedo perder MI vuelo? Yo saqué el pasaje suponiendo que ellos contemplan los tiempos como para que los trámites en la escala no impidan que tomemos el avión que debemos tomar. La rubia me generó la duda. Una hora parece poco tiempo. Más teniendo en cuenta que ya pasó media y al negro lo siguen mirando raro. Falta que le quieran revisar la cámara de aire de las megazapatillas, el tipo se retove y todos los azules de la aduana trabajen en equipo para contenerlo. Por algo llevan armas. Puf, ¡qué olor!
Uy, un niño negro en traje gris! Es precioso. Debe ser hijo de un pastor, sino no se entiende que le pongan un minitraje. En una de esas el negrito viene por un casamiento, como yo. ¿Está mal decir negrito? ¿Es ofensivo? Debería existir un diminutivo para africanoamericano. Si pretenden que adoptemos el término, colaboren con la causa. ¿Afam? Suena mal. Yo puedo decir negro porque no discrimino a la gente por su raza. La discrimino por su nivel de educación. Los que saben deletrear vaivén, hipotálamo, hábaco y bacalao sin faltas de ortografía pueden mudarse a una isla bien lejos de mí. No tolero a la gente perfecta. Tan tensos, sin sorpresas. ¡No se puede tener todo bajo control, cerebritos, por más información que asimilen!
Por la boca, te dije que respires por la boca. Pensé que todos los de mi vuelo harían esta combinación pero no hay ninguno. Me confié. Ahí el de sombrero llama al viejo de uniforme para preguntar algo. Parecés gitano, sombrerito, el avión te hizo mal. ¿Qué dice abuelito? ¿You´re not gonna make it? ¿Got to take next one? Eso no me tranquiliza. ¡Dale negro! Resignate, no te van a dejar entrar. Dale, dale, dale. Puto, puto, puto.
El problema es que estos tipos son obsesivos. Control freaks. Te estudian los ojos, el pasaporte, el olor, las intenciones. Usan guantes de latex para no tocarte, por si tenés sarna o antrax. Y por la forma que te miran pareciera que eso fue un reclamo gremial, no era obligatorio. Los tipos exigieron los guantes para no tener que tocar a la lacra del mundo que pretende entrar a su paisito. Pero yo se la verdad. Tengo talento para leer a la gente. Todos los que trabajan acá son tristes, gordos, solos, raros. No son populares en la ciudad. Por eso eligieron este trabajo, para sentirse superiores. Piensan: no soy el contacto de celular de nadie, pero al menos soy mejor que estas ratas sucias extranjeras antiamericanas. Sí, el uniforme tiene sus ventajas. Hay gente que nunca conseguiría ese respeto al sacárselo. Pero es mula. Yo quiero ganarme ese respeto sin uniforme.
Pucha, que es tarde. Faltan quince minutos. No voy a llegar y no hay nadie para tranquilizarme. Estoy solo. Acá no soy nadie. ¿Y allá? Allá tampoco soy nadie, pero al menos se que bondi tomarme para llegar a casa. ¡No! No digas eso. Un puñado de gente te quiere y otros tantos saben tu nombre. Y ni hablar de los que te te tienen de algún lado, que más de una vez me vieron cara conocida. Allá soy más que nadie. Es este país que me amedrenta. Empiezan por la aduana, los turros, pero no me van a tirar abajo. Yo soy ARGENTINO papá. Tengo que tener el ego tan izado como la bandera para seguir generando los prejuicios que enemistan a los porteños con el interior del país.
-¿Fernandou?
¡Al fin! Mi turno.
El negro pasó, qué sorpresa. Mirá cómo empuja las valijas lo más pancho. ¿Y este gordito cuarentón en uniforme? ¿Por qué me sonríe tan amablemente? Parecía un texano y resultó ser un amor. ¿Cómo puede sonreír así a las seis de la mañana? ¿Realmente disfruta su trabajo o tuvo un buen día? Este tipo no es normal. ¿Que tiene en la cabeza? ¿Habrá tenido un mañanero? Nah, si tiene cara de vivir con la madre.
-¿A qué venís Fernandou?
-A la boda de mi hermano.
-Ajá. ¿Es ciudadano o residente?
-Ciudadano.
-¿Consiguió la ciudadanía por trabajo?
No digas que fue casándose con la misma mujer con la que se va a casar ahora, divorcio de por medio.
-Creo que sí.
-¿Qué hace?
-Vende productos ilegales por internet.
-…
-Espere, olvide lo último.
-¿Y vos a qué te dedicás?
-Soy escritor/director.
Es la primera vez que lo digo y me da vergüenza. ¿Lo soy?
-Siga por allá.
-Thank you, friend.
Listo el pollo. No corras. En la aduana hay que comportarse como saliendo de un negocio al que acabás de robar algo: despacio, con confianza, pensando en otra cosa. ¿Ya pasó? Ahora sí: Nueva York, allá vamos... corriendo.
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