viernes, 29 de mayo de 2009

MOROS EN LA COSTA

El que inventó la frase no hay moros en la costa estaba muy equivocado. Hay una gran cantidad de moros en la costa. Yo los ví, están por todos lados.

Desde hace un tiempo los moros invadieron el Jackpot Ferrer; y con ellos llegaron los desafíos de pool, las cervecitas de más, un olor agrio de transpiración, esos viajes al baño para despertarse los ojos y el barullo de la letra jota.

En un principio me alteraban, me ponían los nervios de punta, pero ya me acostumbré. Las reglas están implícitas y ellos ya se vigilan solos. Tampoco son mala gente. A veces dejan la impresión de ser tan sólo jóvenes divirtiéndose, buscando ganarse la vida fácil. Algunos exageran y se condenan, pero no todos son tan tontos. Viven al filo, pero tienen el filo bien estudiado. Conocen el gusto de las rejas y del demasiado, y juegan a eludirlo.

-Si vienen los moros les partes unos costillos y ya no te van a molestar. Tienes que ser el rey –me había advertido Stefan en mi primera noche en el bar.

El problema fue que Mustafá, el primero en llegar, parecía inofensivo. Era flaquito, moreno y con rulos, como casi todos los marroquíes. Entró pidiendo permiso, tímido, caminando con prudencia hasta la barra.
-Un café, por favor –dijo con voz débil y amable.
Si lo agarraba por sorpresa con la escoba tenía muchas chances de partirle una costilla. Eso hubiera marcado un ejemplo para los demás, Stefan hubiera estado orgulloso. Pero el hombre me combatió con respeto, buenos modales y cara de buena gente. Se quedó sentadito en la barra. Calmo, en silencio, sin molestar a nadie. Si tan solo escupía a algún cliente o al menos comentaba que el café estaba frío me habría dado el pie para iniciar el ataque. Pero Mustafá no me regaló ni una excusa, el muy desconsiderado.

El jefe también me había advertido de los marroquíes:
-Tuve que echar a la chica que trabajaba antes que tú porque los moros le ganaron la confianza, ¿sabes? Ella los dejó entrar y después estaban todo el día aquí, jugando al billar, vendiendo drogas. Esa chica se lió con uno de esos moros y terminó convirtiendo al bar en una casa de putas. Por eso tú tienes que echarlos a la calle. A tomar por culo, ¿entendido?
-Seguro, no hay problema, no se preocupe.

Sn embargo, ahora no era tan sencillo el asunto. Si Mustafá no me daba una buena justificación para romperle las costillas no tenía otra opción más que pedirle amablemente que se retirara. ¿Cómo iba a hacer para explicarle tal cosa?
-Es que sos marroquí, entendeme, el jefe me mandó a discriminar por encargo.

Eso sí que no. Si iba a convertirme en un racista al menos tenía que ser por mis propias razones. Prefería partirle la escoba en el pecho, sería menos insultante. Por eso nunca llegué a ser el rey.
Le serví otro café a Mustafá, le agradecí la propina y lo dejé ir nomás, deseando no terminar como la otra chica: enamorado, sin trabajo y hundido en las drogas.

Las advertencias se fueron cumpliendo y poco a poco el Jackpot Ferrer se transformó definitivamente en La Quintita de los Moros. Las reglas fueron claras y todos estuvieron de acuerdo: se vende y se consume del lado de afuera. Aunque no siempre las cumplen, claro. Tengo que estar atento.

Mustafá sigue siendo el que más me obedece. Físicamente es bien parecido (a los demás marroquíes), pero su conducta es diferente. Nunca discute como los otros, y por eso la Pandilla Mohamed lo considera un referente: El Mediador.
No se si será por su trabajo o porque tiene miedo a las pesadillas, pero Mustafá nunca duerme. Lo veo cuando llego y lo veo cuando me voy. En el medio él va y vuelve. En general hasta la puerta de entrada, donde se pactan las transacciones. Según me contó, hasta el próximo abril debe ser cauto: desde que le partió una botella en la cabeza a un borracho tiene bien presente el año de prisión que lo espera si se manda alguna. Quizás por eso sea tan manso, tranquilo y apacible. Siempre que hay un problema recurro a él, y Mustafá me da la razón, me entiende, los calma. Ojalá fueran todos como él.

Una vez le pregunté quién era su verdadero amigo entre los miembros de La Quintita de los Moros, y me respondió que Jaime. Me cayó bien su respuesta, porque ya sospechaba yo que Jaime era buen tipo. Siempre se lo ve alegre, con la musculosa azul y los pelos al viento, como un surfista de puertas adentro. Y se nota que es transparente. Los otros suelen tener cosas que ocultar. A veces sus risas son estratégicas y las palmadas en la espalda vienen cargadas de segundas intenciones. Pero cuando Jaime dice que está cansado yo le creo, porque lo veo en sus ojos. Y cuando le va bien me doy cuenta, porque se acuerda de la propina y le saca charla a los turistas para practicar su italiano.
Jaime dice que siempre tuvo suerte: de la buena con las mujeres y de la mala con el juego. Hace poco perdió mil euros en la ruleta y se hizo una ampolla en la mano con el cigarrillo para no olvidarse.

En parte creo que se muestra tan contento porque para él estas son una especie de vacaciones, mientras que para los otros es la vida misma. Él ya hizo rancho en Italia, donde lo aguarda su enamorada. Debe ser bonita. ¿Ya le conocerá la cara de espanto, esa que le vi la vez que entró al baño con el hombre de camisa negra y barba candado? Aquella noche pensé que iba a quebrantar la ley del bar; por eso fui hasta la puerta y golpeé dos veces.
-No se puede -me dijeron.
Pero por la rendija llegué a ver que Jaime estaba con los pantalones bajos. Entonces supuse que buscaba el escondite de la bolsita blanca y golpeé de vuelta diciendo:
-No se lo qué están haciendo, pero acá eso no está permitido señores.
Entonces el de camisa negra salió y me mostró su insignia con la estrella dorada.
-Policía secreta –me dijo. Y se quedó pensando un momento. Entonces agregó: Bien hecho, joven.
Y ahí fue que le vi la cara a Jaime. La cara de espanto.

Por suerte le sacaron la bolsita y lo dejaron ir con una advertencia; pero esa no fue la única vez que vi al hombre de camisa negra y barba candado. La segunda vez también estaba Jaime, aunque él era un testigo nomás. El culpable era su compañero; el que es alto y flaco, colorado y argelino, de tez blanca y nariz bien larga. El que parece subnormal.

El barrio no es muy grande y yo al argelino lo tenía visto. Su cara se destacaba del resto, a medio camino entre la lástima y la perversión. A pesar de sus limitaciones, el argelino se las arreglaba para no perder su independencia, para ser su propio dueño. Nadie cuidaba de él. Nadie lo criticaba cuando caminaba zigzagueando por las veredas nocturnas después de meterse lo necesario para olvidar lo que veía cuando se miraba en el espejo. Nadie lo regañaba cuando no tomaba las pastillas que le recetaba su psiquiatra y salía a practicar el arrebato con los turistas de sombreros grandes, esposas arrugadas y licuados carísimos.

Esa vez el argelino estaba molestando a los clientes. Se sentaba al lado de alguno y observaba como giraban las frutillas, naranjas y limones. De vez en cuando acercaba su cabeza a centímetros del jugador y hacía comentarios y recomendaciones con el hilo de saliva oscilando sobre sus labios. Daba pena el argelino, pero igual tuve que pedirle que tomara su cerveza en la barra, que dejara perder a los adictos en paz. Era mi trabajo, después de todo.

Él protestó y me dio diez euros para jugar. Entonces le di sus monedas y me senté a su lado para verificar cómo no jugaba, cómo seguía mirando al de al lado.
-Andate –me dijo.
-Yo soy el encargado, puedo estar donde quiera.
Puso una moneda dentro de la máquina tragamonedas y me miró fijo.
-Ahora andate –dijo.
No me fui.

El argelino hizo caso y bebió tres tragos largos de su cerveza en la barra. Después volvió a la carga, caprichoso, balanceándose hacia el salón de juegos. Yo lo mire con cara de mestascargando? y él dio media vuelta y me obsequió el gesto obsceno, agarrándose los testículos colorados.
Entonces me paré a su lado y lo miré decidido.
-Te tenés que ir, no me podés tratar así –le dije.
Pero se lo dije sereno, amable, sin aires de dictador. Por eso no vi venir la trompada en la oreja. Ni siquiera la imaginé, no se me ocurrió la posibilidad. Todos suelen ser tan previsibles y disciplinados en España...

Gracias a Jaime, que se lo llevaba a los empujones, y a mis buenos reflejos, no llegaron a destino ni sus escupitajos ni las botellas vacías que volaron por el aire. De todas maneras inauguré el botón rojo de emergencia que se esconde debajo del mostrador y diez minutos más tarde saludé de vuelta al hombre de camisa negra y barba candado. Nos llevamos bien, pronto seremos camaradas.

Después de eso nada cambió. Los policías van y vienen, los conflictos se suceden y los moros siguen aquí, jugando al pool. Ya son parte del decorado, meros objetos del local como el microondas o la botella de Martini. Son demasiados para describirlos a todos y no hay tiempo para el detalle; pero están. No se irán nunca.

Ni el francés, con sus cejas paranoicas, que trama todo el tiempo algo que no se. Ni Abdul, con su alegre juventud. Ni el Capitán Bobaraj, con esa extraña habilidad para la bola ocho. Ni Mohamed, ni Moja, ni el otro Mohamed, ni Iazzi. Tampoco hay espacio para los traficantes rumanos. Y es entendible: ellos paran en otro lado. Solo me visitan cuando no hay moros en la costa. Y ya se sabe que eso no pasa casi nunca, porque ellos siempre están acá mismo, en la Quintita de los Moros.

viernes, 22 de mayo de 2009

DE PUTA MADRE

-Hoy toca fiesta en serio, tenés que faltar al laburo –propuso mi amigo Javier.
-Bueno -le dije, y decidí simular vómitos.

El jefe refunfuñó por teléfono. No quería cerrar el local, pero no pudo hacerle frente a mi convincente tos convaleciente. Estaba todo listo entonces, por fin iba a vivir la verdadera fiesta en plena temporada.

Tomamos el taxi hasta Privilege, el boliche más grande del mundo. Pasando la puerta de entrada, un par de hombres en zancos disfrazados de robots gigantes nos dieron la bienvenida. Atravesamos la primera pista y llegamos a la piscina interna que dividía los ambientes. Suspendida sobre el agua se encontraba la cabina del DJ. Cerca de nosotros una gitana gorda y veterana se abría paso entre la gente, empujando a preciosos travestis, buscando desesperadamente a nadie. Alguien le palmeteó la espalda y abrió sus brazos al grito de ¡Eh, vieja, cómo va, vieja!.
-De puta madre tío, de puta madre –respondió ella. Se envolvieron en un abrazo con piquito incluido y la vieja siguió su camino, siguió buscando.

En esta noche podía experimentar todo lo imaginado y todavía más. ¿Cómo podía perdérmela? Sólo era cuestión de desinhibirme, explorar mi costado más frívolo y dejarme llevar. Las drogas fueron una inmensa ayuda, por supuesto. Las hay de todos los tamaños y colores: alcohol, cocaína, cristal, éxtasis, hachís, marihuana, speed, LSD, hongos, MDMA, ketamina, heroína. Nadie se queda sin el pequeño empujón para estimular la diversión. Todos y cada uno de ellos se drogan, se maquillan, se perfuman, combinan sus trapos de marca, agregan gel, anteojos de sol y brillantes en los dientes como último elemento, toman el taxi y pagan la entrada para estar consigo mismos y con nadie más. Se paran en un rincón y miran, y esperan a ser mirados, y sienten la abrumadora sensación, que varía según lo ingerido. Sus mentes se fugan hacia el techo y los cuerpos siguen el correcto movimiento en piloto automático. Entonces ya no conectan entre ellos porque están bien así, desconectados.

Para no sentirme menos fui a la barra más cercana a pedirme un trago.
-Tomá, te compré una de las buenas –me dijo Javier al oído, metiéndome en la mano mi primer pastilla de éxtasis. Yo voy a tomarme un ácido a ver qué pasa.

Un trago largo y adentro. Regresamos a la pista central, donde hippies y conchetos convivían en paz con los humanos sin género de chancletas y tacos altos. Un mimo pintado como un integrante de Kiss y vestido con un mameluco naranja flúo estaba colgado con un arnés desde la baranda del primer piso. Sacando su lengua larga lanzaba a la marchanta numerosas pelucas multicolores y algunos sombreros de cotillón. La muchachada estiraba los brazos para agarrar los regalos y yo saltaba y saltaba pero seguía hundido en la montonera como un petiso irremediable. Me rodeaban diversos grupos de amigos entrañables que recién se conocían. Festejaban las atrapadas, chocaban los cinco y seguían bailando agitando sus rulos coloridos como si fuera la última despedida de soltero de Roland McDonald.

Antes de que me diera cuenta yo también estaba sacudiendo la cabeza, observando con los ojos cerrados las luces que atravesaban mis párpados, se acomodaban en mi mente y proponían imágenes sobre la marcha. Cuando abrí los ojos me encontré con la sonrisa de una chica paseando frente a mi flequillo mojado. Tomé impulso y le susurré al oído una ocurrencia inolvidable que nunca recordaré. Ella sonrió, dijo que era argentina y me gritó en secreto que se estaba desvirgando electrónicamente esa misma noche.
-A mí en realidad me gusta el punky –explicó un poco pálida, con la transpiración destiñéndole las ojeras violetas. Pero ya me tomé tres pastillas y tengo que aceptar que este DJ es mi Dios. Me lleva, me trae, me sube, me baja. Es mi dueño, le pertenezco… Completamente.

Me dieron ganas de chuparle la frente, pero de pronto la pastilla subió, el efecto se disparó en un segundo y ya no pude seguir conversando. Alguien apretó el botón que se ocultaba detrás de mi nuca y la noche se encendió. Un relámpago iluminó la situación y en un segundo entendí a la música electrónica. Fue como descubrir el dibujo oculto en los libros de 3D: de pronto sintonicé la frecuencia requerida y pude visualizar la tridimensionalidad del sonido. La música era energía y yo fluía dentro de ella, siendo una parte de todos los demás. Tuve que rendirme ante el poder de los DJs y deambular por las cuatro pistas instintivamente, esforzándome para alcanzar a mis pies que se empecinaban en apurar el paso. Cedí los derechos de mi cuerpo a estos héroes perfectos y ellos me manejaron a su antojo, como si fuera su obediente marioneta contenta.

-¿Te recomiendo algo? –me aconsejó una española. Mueve la cabeza de lado a lado a gran velocidad y ponte los ojos bizcos. Venga, que vas a ver cosas que nunca viste.

Hice caso y las líneas desparecieron, ya no encontré límites claros, sólo las luces violetas y rojas que titilaban alargadas, clavándose en mis córneas. Por un segundo tuve miedo de ingresar al mundo de Los Paranoicos. Ellos pierden cuando se preguntan ¿está bien lo que me está pasando?, ¿es esto lo que tengo que sentir? Ese es el camino hacia un territorio doloroso y de difícil escapatoria.

Los Paranoicos suelen ser primerizos con cierta droga y sufren una lucha interna, se agarran la cabeza, piden consejos, piensan en hospitales. Luego de unas horas recuperan la razón y, con el pánico todavía reciente, se dicen ¡Nunca más! Pero más adelante les ofrecen la misma droga en otra fiesta; y ellos dudan, recuerdan el mal momento y piensan: ahora ya sé lo que debo sentir, voy a estar más tranquilo, esta vez me va a gustar. Pero caen en la misma trampa porque al rato se olvidan, y tarde o temprano se preguntan ¿está bien lo que me está pasando?, ¿es esto lo que tengo que sentir? Yo los conozco bien, visité su mundo en varias oportunidades. Por eso ya aprendí a eludirlos: el truco está en desconectar el cerebro y concentrarse en las acciones. Decidí fumar un cigarrillo y encaminarme hacia el inodoro más cercano.

En el trayecto hacia el baño choqué con las sillas masajeadoras y descontracturantes, que se alquilaban a veinte euros los diez minutos. A la izquierda asomaba una majestuosa escultura de hielo con forma de camello. Corrí a abrazarla y lamerle las orejas hasta que me avisaron que eso no estaba permitido. Ya frente a los urinales saludé al DJ residente del toalette, que pinchaba discos exclusivos para los que meaban parados, moviendo las cabezas.

-Estoy acá arriba, arriba de todo –dijo mi vecino de mingitorio. Subí, tomate esto que en treinta minutos llegás. Vení, jugate conmigo. ¡JUGATE YA!

Estuve a punto de cometer el error de agarrar su pastilla, pero Javier apareció en
el momento justo para rescatarme. Tenía las pupilas negras casi por completo. Una sonrisa verdosa le recorría la cara y él giraba la cabeza en círculos, como si buscara la manera de desenredar los nudos de su cuello. Aproveché su falta de reflejos para cachetearlo a mi antojo. Después volvimos a una de las pistas. La oscuridad se iluminaba con destellos de breves caras dislocadas. Un par de diosas en pelotas se agitaban contentas en el escenario, donde un hombre enfundado en un traje de buzo bailaba dentro de una burbuja fosforescente tamaño familiar. La imagen no sorprendía, encajaba con el contexto.

Una chica se tropezó conmigo y gritó llorando casi de rodillas:
-No puedo más. Explicame: ¡¿QUÉ HAGO CON TANTA FELICIDAD?!
-Seguí bailando –le respondí y empecé a rebotar sintiéndome una mosca chocando contra una ventana cerrada.

-¡Esta canción es genial! Es una de las que más me gustan –llegué a leerle en los labios a otra chica que saltaba a mi lado.
-Ah, pero cómo, ¿vos llegás a distinguirlas?

No me respondió, pero agarró mis manos y las puso en sus cachetes rechonchos. Eran las mejillas más suaves y acolchadas que había sentido en mi vida. Si fuese su tío se la hubiera masacrado a pellizcones durante toda su infancia. Yo las acariciaba como si fueran mi mejor juguete y ella cerraba los ojos y sonreía. Hasta que la música subió todavía más y tuvimos que separarnos para seguir flotando cada uno en su lugar. El individualismo nos absorbía, y mi afán de ser el eterno reportero de mi autoanálisis me obligaba a despertar del transe ocasionalmente. En mi fantasía todos estabamos agachados, y cada tanto yo alzaba la cabeza para observar la escena desde arriba y tomar notas mentales del asunto. Después, me agachaba de vuelta y volvía a ser un bicho más.

La lógica del éxtasis está alerta y varía constantemente: sentir la piel, tocarse, moverse rápido, ver el resplandor azul o rojo, sacudir la cabeza, buscar un hielo, pasárselo por la nuca y las mejillas, morderlo con fuerza, helarse los molares, seguir el ritmo, perderlo completamente, ir al baño, hacer pis blanco, encerrarse en el inodoro, sonarse la nariz para adentro, sonarse el cerebro, pasarse los restos del polvo por los dientes, mirarse en el espejo, chapotearse la cara, acomodarse el pelo, volver a la pista, encontrar a alguien, fumar, chamullar con señas, observar el espectáculo, drogarse más y más, para que no decaiga nunca jamás.

Y así se va la noche en un santiamén. El tiempo es fugaz cuando se está tan ocupado, concentrado en el paso siguiente. Siempre hay algo para hacer. ¿Cómo detenerse? Un buen DJ sabe descendernos con suavidad hasta el aterrizaje y por suerte Ibiza cuenta con los pilotos más profesionales del mundo.

Cerca del final del set se formó un grupo alrededor nuestro. Parecía gente buena. Nadie decía nada pero todos entendíamos que estábamos compartiendo algo. Era nuestro momento. Ni hace un rato ni dentro de poco. Ahora mismo: YA. El DJ dejó de golpearnos el pecho y empezó a acariciarnos la piel soltando una melodía de terciopelo. Cerramos los ojos con delicadeza y nos hundimos en esa especie de arrorró musical mientras nuestros cuerpos se balanceaban en cámara lenta formando círculos concéntricos, como si fuéramos pinos de bowling que no se decidían a desplomarse. Sin darme cuenta dejé caer mi peso muerto hacia delante y elongué los aductores. Poco a poco el círculo fue haciéndose más y más chico. Nos atraíamos instintivamente hasta enfundarnos en un abrazo comunitario de ocho participantes. Canalizamos la energía hacia adentro. Fuimos todos uno solo y nos quisimos tanto…

La música se apagó y no quedó otra que aplaudir para agradecer. A nosotros, a él, a la noche.

-¿Te gustó?
-Sí, quiero más.

Lo bueno es que no hay que esperar hasta mañana: primero está la fiesta, después el after, después la matinée, después la fiesta. Eso es lo maravilloso de Ibiza: la posibilidad de lo interminable.

¿Querés venir? Siempre hay lugar para uno más.

viernes, 15 de mayo de 2009

DANI

Dani es alegre, hiperquinético y amigable. También es cheff, y cada noche, cuando termina su turno, se viene para el Jackpot Ferrer a jugar unos partidos de pool mientras descarga su energía en polvo.
En el trabajo todos saben de sus raciones diarias de cocaína. Su jefe en persona es el encargado de dibujar cinco líneas en una mesa antes de abrir el restorán para que sus empleados aspiren al éxito de un gran servicio.
En Ibiza la merca casi nunca es secreto.

Dani es petiso, habla buen inglés y se ríe como el Topo Gigio. Acostumbra llegar a mi bar a las tres de la mañana, cuando sólo quedan un par de jugadores en el salón y los vecinos chinos, que aterrizan después de cerrar su restorán.
A ellos no les molesta que salga de la barra y juegue un rato con Dani. Se conforman con que les preste el teléfono público, llene sus vasos de whisky y encienda la pornografía, así preparan el clima para pasar por el cabaret más adelante.

Cuando agarro una buena racha con las bolas, Dani aprovecha y pone un par de monedas en la tragaperra más cercana. Si gana, invita una ronda. Si pierde, no se hace problema. Sigue hablando solito y sin respirar.
Dani se encarga de las preguntas y también de las respuestas. La conversación es una competencia y él nunca quiere perder el protagonismo.
Yo le dejo ganar. Ya aprendí que dentro del Jackpot Ferrer la mejor estrategia es escuchar primero, y escribir después.

Anoche escuché y esta mañana escribí:

Dani todos los años pasa unos meses en una pequeña casita que se compró en Marruecos. A comienzos de abril viaja hacia allá, justo antes de empezar la temporada en Ibiza. Disfruta de la vida barata, se toma un descanso, y cuando llega el momento de irse agarra un huevo duro de hachís grande como una pelota de tenis, lo envuelve en un preservativo y se lo mete enterito por atrás. O bien compra litros y litros de agua, se traga veinte huevos pequeños, aguanta las arcadas y pasa la aduana. Después, caga en una bolsa y empieza a buscar. Así financia su contrabando para venta limitada y consumo personal.

Ya son las tres de la mañana. Ahí llega Dani, viene hacia la barra con una cara extraña y contenida. Saluda y se queda callado. Pide una cerveza, se acomoda el pelo. Está raro. ¿Será día de abstinencia?
-¿Qué pasa Dani?
-¿Cómo te has dado cuenta? –dice con una frágil mueca de sonrisa.
-Se te ve mal, ¿algún problema?
-Nada –dice, y le tiembla el labio de abajo, y se le ponen los ojos vidriosos. Es mi ex novia.

Según mi cuaderno de anotaciones, su ex novia es argentina, hermosa, posesiva y psicótica. Ella amenazó con denunciarlo cuando eran pareja y él traía las drogas de Marruecos. Lo llamó cien veces para que le explique por qué la dejó. Armó un escándalo en su trabajo, quiso meterse en su auto por la ventana y corrió como loca una cuadra y media después del arranque. Ella es capaz de golpear su cabeza contra una pared para decirle al policía que él la dejó así, que él le pega siempre. ¿Qué había hecho esta vez?

-Es que yo estaba trabajando tranquilo, eso es lo que estaba haciendo. ¿Cómo puede pasar esto?
-¿Pasar qué? –le pregunto mientras le acerco una servilleta de papel.
-Que me llame la Guardia Civil. A mí, al restorán. Porque ella robó el carro de su hermano, tomó unas pastillas y se escapó donde nadie la encuentre.

Dani estaba cocinando pescado esta noche, y no se detuvo a leer el mensaje de texto que llegó a su teléfono celular.
El mensaje decía:
Está todo hecho, ya tomé las pastillas, ya falta poco. Solo quiero saber por qué me dejaste.
Ahora Dani llora.

-Tranquilizate –lo calmo. Contame.
-Ella no atendía su móvil. ¡No atendía ningún llamado de su familia, joder! Había poco tiempo para encontrarla y la Guardia Civil me llamó a mí para que yo la llame, ¿entiendes? Yo tenía que llamarla y convencerla, para que ellos mientras tanto intervinieran su teléfono y lograran localizarla.

A él sí lo atendió y lo escuchó decirle no seas tonta, tú que eres tan linda, que tienes tanto a tu favor, por qué haces esto. A él sí le aceptó el encuentro en un bar para charlar, sólo por un rato.
Ella pudo salir de donde se escondía, aguantar el sueño definitivo y llegar a verlo. Entonces Dani le preguntó por qué, y ella le contestó por qué. Entonces Dani inventó conversaciones para mantenerla despierta, para que no se le apague la vida. Hasta que llegaron los hombres de uniforme y preguntaron ¿Usted es July? ¿Usted se quiere suicidar?. Y dijeron Venga con nosotros.

-Ya pasó Dani, ya pasó lo peor –le digo yo, la persona más cercana que encontró a las tres de la mañana.
Pero por más que lo intenta él parece no poder con su culpa, con sus manos temblorosas.
-Es que es preciosa esa chica, me encanta. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué me hace esto?

Y yo no sé que decirle. Pero él no necesita mis palabras. Sólo busca a alguien que vea sus lágrimas y las haga retroceder, al menos por esta noche. Mañana todo será un tormentoso recuerdo. Día de replanteo y plan a seguir. Hoy sólo queda conseguir dormirse. Así es que lo acompaño hasta la casa. Le ofrezco una invitación de billares, de porros, de lo que salga.
-Gracias Gerardo –dice-, pero creo que me iré a dormir. Gracias por todo.

Se va triste, pero más tranquilo. Se va y me deja esta sincera angustia. Espero haberle sido de ayuda. Es el cocainómano más agradable que tuve la suerte de conocer.

martes, 12 de mayo de 2009

EL FIN DE BUKOWSKI

Terminé de leer "El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco", un diario íntimo de Bukowski en su última etapa de vida. Si bien es algo reiterativo, tiene ilustraciones de Robert Crumb y algo siempre se puede subrayar:

"El mejor lector y el mejor humano son los que me recompensan con su ausencia"

"Yo le tengo respeto al dinero. He tenido muy poco la mayor parte de mi vida. Sé lo que es el banco de un parque y los golpes del casero en la puerta. Con el dinero sólo hay dos problemas: tener demasiado, o tener demasiado poco".

"Mi vida entera ha consistido en luchar por una simple hora para hacer lo que quiero hacer".

"Yo llevo a la muerte en el bolsilo izquierdo. A veces la saco y hablo con ella: Hola nena, qué tal? Cuándo vienes por mí? Estaré preparado".

"Lo terrible no es la muerte sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte".

"Hacerse viejo es muy extraño. Lo principal es que te lo tiene que estar repitiendo: soy viejo, soy viejo".

"Me gusta mirar a mis gatos, me relajan. Me hacen sentirme bien. Pero no me metáis en una sala llena de humanos. No me hagáis eso jamás. Especialmente en un día de fiesta. No lo hagáis".

"Yo duermo bocabajo. Una vieja costumbre. He vivido con demasiadas mujeres desquiciadas. Hay que protegerse las partes".

"Yo era un gran escritor. Pero no era buena persona".

"Cuando escribes debes deslizarte. La escritura cuidadosa es escritura muerta".

"Hemingway nunca se reía. Alguien que escribe de pie a las seis de la mañana no puede tener sentido del humor. Quiere derrotar algo".

"Los pobres estaban acostumbrados a las largas colas. Y se ponían en ellas para que les machacaran sus pequeños sueños".

"El otro día estaba pensando en el mundo sin mi. Ahí está el mundo, siguiendo con sus cosas. Y yo on estoy allí. Muy extraño"

"Creo que voy a echar de menos escribir. Escribir es mejor que beber. Y escribir mientras bebes, eso siempre ha hecho que bailen las paredes".

"Un día dirán Bukowski ha muerto, y entonces seré descubierto de verdad y me colgarán de brillantes farolas apestosas. Y qué? La inmortalidad es el estúpido invento de los vivos".

sábado, 9 de mayo de 2009

LOS IMPARABLES

Ellos desayunan con vodka. Caminan la misma cuadra ida y vuelta y de vuelta ida y vueta, dados vuelta, como pelotitas de ping pong rebotando contra la realidad. Ellos no son violentos. Se sientan en la vereda a ver cómo pasa la vida, como vienen las cervezas. Duermen sobre colchones rotos en una suite abierta con piso de arena, techo de estrellas y vista al mar. Ellos son Los Imparables, y viven en mi barrio.

Solo entran al Jackpot Ferrer cuando la caridad los trae de la mano y les invita un trago. Hoy la caridad se llama Marta. Los Imparables se tambalean frente a la barra, mueven los labios murmurando oraciones y las dejan por la mitad. Marta habla por ellos: pide tres chupitos de whisky y paga. Los Imparables liquidan los suyos de un trago y regresan a la calle. Marta se queda, pide otro y me confiesa que la caridad son ellos. Que cuando le tocó estar sola en la calle le prestaron sus mantas sucias y dijeron nosotros no dormimos, seguimos de fiesta, tapate vos. Que a la mañana los vio acurrucados de a cuatro, soportando el frío del rocío, temblando apenas. La caridad son ellos, dice.

Ambos coincidimos en que el más entrañable es Paco, el caso perdido. Paco es gordo, tiene bigotes mexicanos y habla en voz baja un idioma que solo él comprende. En su pierna derecha vive un bulto que late solo, como si tuviera vida propia. Dicen que nació de un hueso mal soldado luego de una de sus tantas caídas.

Recuerdo la primera vez que me vino a ver. Ya me había aprendido su nombre, de tanto verlo pasar.
-Hola, cómo va la noche –pregunté mirando su panza desbordando de la camisa abierta.
-La noche siempre va bien cuando se es joven –alcancé a entenderle.
-¿Todavía sos joven?

La transpiración le chorreaba por toda la cara. Le pasé algunas servilletas de papel y me agradeció con un movimiento de cabeza. Se secó y en segundos volvieron a caerle esas lágrimas del pelo, que lloraba a cántaros.
-Hay que tener cuidado con los fantasmas de la noche –me advirtió entonces.
-¿Te atacan los fantasmas?
-Son peligrosos, pero yo tengo la espada de Dios.
-¿Nunca buscaste trabajo Paco? –le pregunté mientras le acercaba más servilletas.
-Yo soy constructor, pero ando camufláu –sentenció bamboleándose despacio.

Después comenzaron a resbalarle sílabas inconexas de la boca. Yo intentaba traducir el significado a través del movimiento de las manos y los ojos a medio cerrar. Por lo que entendí quería whisky, y me ofrecía un cogollo de marihuana a cambio. Como sólo le serví un chupito, consideró que el intercambio le era desfavorable y se metió la planta en la boca; la mordió fuerte y la partió a la mitad. Me obsequió la mitad con menos saliva. Un trato justo y equitativo. Después extendió la palma de la mano para su acostumbrado choque los cinco, me tiró del brazo e intentó darme un beso en la oreja. Se fue pacífico, y mientras lo acompañaba hasta la puerta amagó a morderme la tetilla.

Marta recuerda cuando Paco le dijo que era la tía más guapa de la ciudad y quiso robarle un beso en cámara lenta, regalándole tiempo de sobra para eludirlo y mirarlo serio. Enseguida levantó las manos y repitió su frase característica:
-Qué pasaaa, qué diceees, qué haceees.
Paco sabía muy bien cómo llegar al perdón. Se hacía difícil odiarlo: sus espontáneos choque los cinco transformaban los insultos en contenidas muecas risueñas.

Todos conocen bien a Los Imparables en el barrio de Figueretas. Saben que se contaminan a sí mismos, pero no al resto. Los policías intentan enderezarlos cuando los ataca el aburrimiento. Aprovechan y los castigan un poco para conseguirles un replanteo. Pero no pueden.

Cuentan que hasta el uniformado más autoritario -el de canas y mala actitud- perdió con Paco. Lo encontró en la playa al mediodía, con una botella de ron a medio llenar.
-Documentos –le pidió, a cara de perro. Su compañero, en silencio, le cubría la retaguardia.
-No los tengo y no los quiero –respondió Paco.
-Cómo que no los tiene. ¿Usted cree que se puede andar indocumentado por la vida?
-Soy de sangre gitana, soy hombre del monte, las reglas de la ciudad no me afectan. Cuál es el problema. Yo se como me llamo, por qué quieres saberlo tú? –dicen que contestó el gordo.
El policía lo miró enojado y observó a su colega en silencio, con expresión de qué hacemos con este. Entonces Paco levantó su mano derecha y la mantuvo alta, dirigiéndose al compañero.
-Qué pasaaaa –le dijo.
Y ellos no pudieron contenerse. Dejaron escapar la sonrisa y le chocaron los cinco.

Ganó Paco. Nadie puede con Los Imparables.

jueves, 7 de mayo de 2009

SÁNCHEZ

Terraza, noche, abrigo, reposera, cigarrito.

-Así que vos sos Sánchez, Nacho?
-Exactamente.

Nacho tenía puesto un pulover violetón con capucha (sí, pulover con capucha) que le envolvía la cabeza manteniéndole el pelo de incógnito. Parecía una figura similar al superhéroe El Fantsama, pero como si el superhéroe también tuviera una madre que le protestara para que se abrigara con este fresco loco que anda haciendo por ahí.

-Y sos familiar de Nico Sánchez, el jugador de River?
-No no.
-De Arantxa? -se sumó Juan.
-Con esa debemos ser primos o algo. Le veo cierto parecido. En los rulos, más que nada.

Nos quedamos pensando en otros Sánchez. Recordamos el no te enganches, pero ese Sánchez era una frase sin cara. A Nacho se lo veía tranquilo. A pesar de ser Sánchez no tenía cara de sentirse uno más. Tenía la ventaja de ser Nacho. Yo siempre quise ser Nacho, pero nunca pude instalarlo como apodo. El gremio de los Nachos no permite Fernandos en su grupo. Hay que ser Ignacio, no queda otra. Al menos como segundo nombre.

-No se me ocurren otros Sánchez famosos che -dijo Juan.
-Y eso que son tantos... se ve que los Sánchez no son muy talentosos. Tendrías que hacer algo para levantar el apellido Nacho. Vos podés!

Nacho no sintió la presión. Estaba relajado, como siempre. Una especie de Gran Lebowski pero sin el aura de vagabundo.

-Marta Sánchez! -grité de repente.
-Eso no se si ayuda demasiado -dijo Juan.
-Igual no hace falta cantidad -aclaró Nacho-. Leí hace poco que Ghandi es un apellido muy común en la India. Así que con que uno de nuestros Sánchez algún día se ponga las pilas, estamos. Alcanza y sobra para eternizar el apellido.
-En serio? Ghandi sonaba tan específico que cuesta pensarlo multiplicado -dijo Juan.
-Es más dificíl ser un líder con un apellido corriente, porque lo baja al nivel de las masas. Vos seguirías a un tipo que se llama como el idiota de tu vecino? -pregunté pensando específicamente en mi vecino.
-Más mérito de Ghandi entonces.
-Sí, y encima siendo pelado.
-Imaginate lo que hubiera sido con la cabellera de Kurt Russell...

Me llegó el cigarrito. Parecía que el tema moría ahí, pero yo me negaba.

-Hace poco me dijeron que Olga en Rusia es como María acá.
-Quién te dijo eso?
-Olga.
-Conocés una Olga?
-Sí. Y no es una señora de chancletas con pañuelo en la cabeza. Me sorprendió mucho eso de ella. Aunque ahora Liniers le hizo muy bien al nombre con su monstruito imaginario que sólo dice Olga!
-Olga!
-Olgaa!

Nos pusimos a practicar la entonación de Olga! del monstruo de Liniers, pero como la tira del comic no venía con sonido nadie estaba seguro de cuál era la forma correcta de pronunciarla. Cada uno defendía la suya.

-Mi papá se apellida Sánchez, pero sabés como se apellida mi mamá?
-Cómo? -preguntamos.
-Sánchez.
-Uh, sos un Sánchez puro!
-Podrías llegar a ser capo Mafia del clan de los Sánchez algún día.. -dije yo.

Acabábamos de ver Buenos Muchachos y una de las reglas de la mafia italiana era que los capos tenían que venir de padres y madres tanos.

-Ahora tenés que casarte con una Sánchez, no vas a ensuciar tu legado, no?
-No sé, no sé.
-Yo que vos busco novia en la guía telefónica. Llamo una por una, hasta que alguien enganche. Mal no te va a ir.

Nacho se lo quedó pensando. Quizás estaba pensando en otra cosa, porque la expresión de estar pensándolo la tenía desde antes de que tirara la idea. Pero para mi lo estaba pensando. Lo estaba pensando seriamente.

martes, 5 de mayo de 2009

PREPARADOS LISTOS YA

Por qué en la Facultad se empieza una Carrera?
Antes simplemente estudiábamos,
y de repente toda esa presión.
Es una competencia acaso?
Yo no le quiero ganar a nadie.
.
Ay, el capitalismo..

viernes, 1 de mayo de 2009

EL MUÑE

El Muñe entró al bar con el ojo derecho a medio cerrar y un aliento con potencia suficiente para emborrachar a un niño a cinco metros de distancia.
-Me voy –dijo. ¿En serio se le acababa la joda?
-Me voy a South Hampton –repitió-, vengo a despedirme.
¿South Hampton? ¿Cómo podía abandonar la isla de la fantasía? ¿Y por un inofensivo pueblito de Inglaterra?

El Muñe no frenaba. Nunca. Nati lo había incorporado al grupo de buscavidas argentinos que, por vivir a unas cuadras del Jackpot Ferrer, ya eran parte de mi nueva vida. El Muñe la había chamullado en una cola de supermercado, a ella le causó gracia su desparpajo y desaparecieron juntos por tres días consecutivos. Nati recién llegaba y quería degustar la Ibiza célebre y salvaje muy a la E! Entertainment Television. Él era un trolebús de alegrones; la gente se turnaba para subirse a su fiesta interminable: hotel con pileta, auto de alquiler, cervezas, speed, pastillas, entradas gratis a Pachá, siempre un gramo encima. Todos los días era sábado a la noche, a toda hora.

Después de setenta y dos horas de gira, Nati decidió dormir la siesta, dar el parte médico de que seguía con vida y pasarle la posta al siguiente. El Muñe siempre estaba dispuesto para las amistades superficiales. Eso sí, después de un tiempo había que intercambiarse: nadie podía seguirle el ritmo por más de setenta y dos horas. Él llevaba más de diez años de experiencia. Era un animal de la noche, a pesar del sol. En Ibiza se puede encontrar la noche al mediodía; disfrutar de una sana locura sin interrupciones. Así es que El Muñe dormía un promedio de tres horas diarias. Nadie podía detenerlo. O al menos eso era lo que yo pensaba.

-Estoy cagado, ¿a vos te parece que hago bien? –me consultó.
Su piel bronceada olía a pánico. Se bajaba de la caravana por una chica. Y tenía miedo.
-¿Tan buena está?
Hizo un gesto definitivo. En un principio parecía ser una más, otra golosa tentada con perseguir el inagotable rastro de cocaína. Pasaron juntos lo que, según él, fueron tres días perfectos. Y ahora un llamado de esa chica desde South Hampton lo convencía de tranquilizarse en Inglaterra. Quizás por ella. Quizás porque si seguía con este ritmo iba a terminar muerto.

Ser un ícono del desenfreno implica ciertos riesgos. Si no sos capaz de frenar, tarde o temprano vas a terminar chocando. El Muñe no era ajeno a la regla; ya había protagonizado dos accidentes de tránsito. El primero en una curva traicionera al borde de la montaña. Se levantó ensangrentado para hacerle señas de auxilio al próximo auto que pasaba y poder desmayarse en paz; y despertó en un hospital con la noticia de que tenían ganas de abrirle el pecho para ver sus pulmones, sólo por si acaso. Ibiza es la capital de la mala praxis. Los suicidas y masoquistas suelen viajar a la isla para someterse a complicadas intervenciones, mientras que los más inteligentes se toman su tiempo y compran pasajes a Madrid para tratarse de sus paros cardíacos de urgencia. El Muñe lo sabía muy bien, por eso aquella vez supo escapar a tiempo del sanatorio.

El segundo choque fue por un descuido: la ligó un taxi mientras él manejaba armando un porro. De todas maneras El Muñe no se hacía problema por los gastos; había vendido su yate y tenía suficiente crédito como para seguir tirando unos meses sin bajar los cambios. ¡Que no decaiga! Eso era lo primordial.

A mi me causaban gracia sus aventuras de autopista, pero también tomaba cierta distancia. Desde chiquito me enseñaron a temerle a la merca. Las otras son peligrosas, me dijeron, pero esa… Quizás exageraban para causar efecto. Por tener diez años de aspiraciones encima no se lo veía tan mal. Hablaba normal, no presentaba ticks nerviosos notorios, se divertía. Y estaba vivo: yo lo comprobé.

¿Entonces qué? Entonces El Muñe me sacó una foto con su celular y me sentí halagado. No era por compromiso: él quería recordarme. Yo también desenfundé mi cámara y me saqué una foto con él. Con El Muñe. Y le di un abrazo de despedida. Parecía un niño asustado, no sabía lo que le deparaba la pradera inglesa. Por primera vez lo ví como a una persona y no como un personaje. Le deseé buena suerte y lo dije en serio.

Ahora sí es un personaje. Ya lo atrapé, como a muchos otros. Está escrito y no puede escapar. A menos que pierda mi cuaderno.