Para practicar el beso lastimadura lo primero es encontrar a una criatura lastimada, del sexo que usted prefiera. Conviene estar atentos a accidentes ocasionales y seguir el rastro de un llanto o algún grito perdido que exija la presencia urgente de una madre. De no hallarlo, la alternativa es buscar un niño sano, y lastimarlo. Algunos buenos métodos para esto son la zancadilla, el tacle o el corte superficial con una navaja.
Luego del tropezón desafortunado llega el llanto, las mejillas coloradas, el ligero dolor de cabeza y un grito: ¡Mamá! ¡Mamá! Duele. El grito no es excluyente, y la persona más cercana puede hacerse cargo del beso lastimadura. Se recomienda empezar acariciando la cabecita y preguntar qué pasa mientras se le dice: shh, ya está, ya está, repetidas veces. Si usted no es la madre, probablemente el aullido se haga más agudo y feroz. Es el momento de acercar la cabeza a la herida y lentamente soplarla. Los gritos aumentarán, pero no se detenga, es tan solo el miedo a la cercanía del tacto. El dolor persiste, y la tradición indica que para calmarlo al chico, se le canta. Una elección popular es la entonación de “sana sana colita de rana si no sana hoy sanará mañana”.El canto finaliza con un beso suave y delicado sobre la lastimadura. Mientras los labios rozan la herida, los ojos deben mirar directo a los del niño. Si el efecto es positivo puede hacerse una repetición de besos cortos intercalados con soplidos. El estiramiento del brazo para acariciar la mejilla mojada y limpiar las lágrimas del pequeñuelo es opcional.
Si el llanto continúa es que se trata de un berrinche, en cuyo caso lo recomendable es pararse, limpiarse los pantalones, salir a encontrarse con amigos a tomar una cerveza y olvidarse por completo del asunto.
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viernes, 18 de julio de 2008
miércoles, 25 de junio de 2008
COMO SER UNA PERSONA SALUDABLE
Los argentinos son más saludables en el exterior. Es la pura verdad.
Imagínese a Carlos, caminando por una calle de Caballito. En eso ve doblar por la esquina a Raúl, aquel detestable ex compañero de secundaria. Para evitar el encuentro Carlos cruza la calle y esconde la nariz en la bufanda. Raúl sigue de largo sin enterarse de nada y Carlos suspira aliviado.
Ahora imagínese a Carlos en una calle de Hong Kong. De pronto divisa la cabeza de Raúl elevándose por sobre una multitud de chinos tamaño estándar. Sin pensarlo Carlos se abre paso a los empujones, generando la caída de algunos chinos en bicicleta, y a los gritos pelados saluda a su ex compañero agitando los brazos desde lejos. Raúl se da vuelta sobresaltado, los dos se enfunden en un abrazo entrañable y deciden ir a tomar un té de jengibre para revivir viejos tiempos.
Esto ocurre en el mundo real. Ya sea por nostalgia de una cultura en común o vaya uno a saber qué cuestión extraña, un argentino siempre será más saludable en Lugano, Suiza, antes que en Villa Lugano, Capital Federal.
Estamos a tiempo de cambiar esa realidad. Antisocial se hace, no se nace. Por eso usted, solitario empedernido, imagínese en Portugal y salga ya mismo a saludar argentinos. Piense que saludarse, es darse salud. Con un poco de trabajo podemos lograr que nosotros mismos, en nuestro propio país, seamos cada día más saludables.
Así que manos a la obra, porque ya lo dijeron porteros y ascensoristas: el trabajo es saludo.
Imagínese a Carlos, caminando por una calle de Caballito. En eso ve doblar por la esquina a Raúl, aquel detestable ex compañero de secundaria. Para evitar el encuentro Carlos cruza la calle y esconde la nariz en la bufanda. Raúl sigue de largo sin enterarse de nada y Carlos suspira aliviado.
Ahora imagínese a Carlos en una calle de Hong Kong. De pronto divisa la cabeza de Raúl elevándose por sobre una multitud de chinos tamaño estándar. Sin pensarlo Carlos se abre paso a los empujones, generando la caída de algunos chinos en bicicleta, y a los gritos pelados saluda a su ex compañero agitando los brazos desde lejos. Raúl se da vuelta sobresaltado, los dos se enfunden en un abrazo entrañable y deciden ir a tomar un té de jengibre para revivir viejos tiempos.
Esto ocurre en el mundo real. Ya sea por nostalgia de una cultura en común o vaya uno a saber qué cuestión extraña, un argentino siempre será más saludable en Lugano, Suiza, antes que en Villa Lugano, Capital Federal.
Estamos a tiempo de cambiar esa realidad. Antisocial se hace, no se nace. Por eso usted, solitario empedernido, imagínese en Portugal y salga ya mismo a saludar argentinos. Piense que saludarse, es darse salud. Con un poco de trabajo podemos lograr que nosotros mismos, en nuestro propio país, seamos cada día más saludables.
Así que manos a la obra, porque ya lo dijeron porteros y ascensoristas: el trabajo es saludo.
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