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lunes, 28 de enero de 2013

HISTORIAS EXTRAORDINARIAS -TERCERA PARTE

Se establecieron detrás de un médano y prepararon las bebidas. El Misionero se despachó con su especialidad: Fernet en balde metálico.
-Es la Gatorade del momento! –dijo él después de probarlo.
-Cómo la Gatorade del momento?
-Claro… Después del fútbol no hay nada mejor que la Gatorade. Nada. Es exactamente lo que necesitás. Y en este preciso momento, este Fernet es mi Gatorade.
Sin embargo, enseguida la Rubia se despachó con un Fernet Menta totalmente inesperado. Y aunque no era tan refrescante, el suyo era ADICTIVO.
Él probó y no lo pudo creer. Convidó para certificarlo y Chocho tampoco lo pudo creer. Cuando se lo dieron a Pocahontas, descubrieron su naturaleza adictiva.
Ella bajo ninguna circunstancia accedió a devolver el vaso. Primero intentaron con chistes, después con el policía bueno y malo, y por último con amenazas directas.
No hubo caso.
Decidió que Pocahontas sería una heroinómana con pésimo compañerismo, y la tachó de su lista de posibles amigos en caso de convertirse en junkie.

A lo lejos vieron luces raras. Había varios colores: amarillo, rojo, verde, azul. Estaba oscuro y por la distancia no se distinguían bien; pero descartaron la posibilidad de que fueran autos porque las luces se movían individualmente. Como si un grupo de extraterrestres bajara a la playa a explorar con linternas de colores.
Hicieron lo que suele hacerse cuando aterriza un plato volador: se quedaron mirando.
-Qué es eso?
-No, pero fuera de joda, qué es eso?
-En serio, qué es eso?
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se quejó José Paranoico.
Los más valientes empezaron a avanzar lentamente hacia las luces.
Adelante iba una línea formada por Difusa, Experienced Girl y la Rubia. Detrás, en la segunda línea, seguían él, Chocho y el Misionero.
-Las chicas adelante, como debe ser –dijo el Misionero.
-Y sí… imaginate si son extraterrestres. Es una buena táctica: les enviamos mujeres drogadas y contentas. Básicamente, lo mejor que tenemos. Si eso no les gusta, estamos perdidos.
Cuando llegaron, por supuesto, no vieron nada. Las luces habían desparecido.

Decidieron seguir camino y mudarse a la carpa inmensa de los cuatriciclos, en caso de que volviera a llover. Desde ahí también se veían luces raras. Era en la terraza de una casa cercana; salían chispas como si estuvieran haciendo un asado. Pero las chispas eran verdes. ¿Estaban asando a un humano? ¿Eran fuegos artificiales?
-Creo que ya se lo que es –dijo la Rubia, recién llegada a la carpa.
-Si es la del boliche de los bichos ya la pensamos –respondió Chocho.
Los misterios se acumulaban.

Una vez dentro de la carpa, todo lo externo resultaba sospechoso. Él, Chocho y Experienced Girl se quedaron un rato largo al borde del límite de la carpa mirando hacia la orilla. Veían a una figura difusa a unos diez metros de donde estaban parados; pero no era Difusa (ella estaba sentada con Invalid Man).
Los tres veían algo, no quedaban dudas.
-Es un fantasma.
-Es neblina concentrada.
-Es un voyeur.
-Es uno de nosotros que se pregunta si esas tres figuras son fantasmas, neblinas o voyeurs.
En silencio, también se preguntaban si lo estaban inventando.
-Basta, vamos los tres a ver qué es –dijo él-. La sugestión me está matando.
-No, no se puede. Hay que dejarlo ser sin preguntar. No podemos saber nunca –dijo Experienced Girl.
La película había cambiado de género. La última parte de la trilogía ya no era comedia existencialista, sino un thriller sobrenatural.

Para distraerse se quedaron charlando un rato sentados en ronda dentro de la carpa. Después de un tiempo notaron que hacía más de media hora que el Misionero estaba parado en un médano cercano. Lo podían ver desde ahí, pero no llegaban a vislumbrar qué estaba haciendo exactamente. Era imposible que se pasara tanto tiempo meando.
-Parece estar hablando por teléfono.
-Con quién? Tiene novia el Misionero?
-Le pasará algo?
-Para mí que está tirando facha al horizonte.
-Quizás es un espía de los extraterrestres, y está pasandoles nuestras coordenadas.
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se quejó José Paranoico, una vez más.
Esta vez él sí se animó a acercarse. Subió lentamente el médano y lo vio hablando muy concentrado por celular. Le llamó la atención y le preguntó con los dedos gordos si estaba todo Ok.
-Y? Qué le pasa? –le preguntaron a la vuelta.
-Todo bien, dice que ya viene. Está hablando con su contestador.
Todos ríeron, aunque era una de las imágenes más tristes que podían llegar a existir. Un hombre llamando a su contestador para contarse a sí mismo lo bien que la estaba pasando con los chicos y todos los detalles del viaje.
Desolador.

Difusa le hizo puchero a Invalid Man y, a pesar de que la arena todavía estaba mojada, Mr. Barrabrava, el Misionero y Siempre Voluntario se embanderaron en una travesía hacia ninguna parte en busca de troncos secos. Siempre Voluntario no se andaba con chiquitas: su primera aparición era una Misión Imposible.

Ya sin Mr. Barrabrava, los miedos se incrementaron. ¿Y ahora quién iba a defenderlos? Estaban desprotegidos. Cada vez que alguien salía de la carpa, ya sea a hacer pis o mirar el infinito, la película de suspenso volvía a empezar.
-Mirá, ves eso? –señaló él a una figura poco visible a la distancia.
-Si qué pasa?
-Esa es la Tercera Persona. Nadie sabe quién es. Puede ser Chocho meando. Pero también puede ser un asesino, un Alf o un fantasma.
La Tercera Persona empezó a acercarse muy lentamente hacia la carpa. Era una sombra, podía ser cualquier cosa.
-Ahí viene. Seguramente es Chocho, pero ahora una parte de tu respiración se paraliza y pregunta: y si no es Chocho? La sentís a la respiración quietita, preguntando?
La sombra estaba más cerca, ya no había tiempo de escapar.
-Sí –dijeron las chicas.
Chocho llegó y vio una serie de caras de espanto.
-Qué les pasa?
-Nada, que eras la Tercera Persona, pelotudo. Cómo no avisás? –se quejó Pocahontas.
-Chocho no tiene la culpa -lo defendió él-. En un rato voy a ir a hacer pis, y cuando vuelva la Tercera Persona voy a ser yo. Todos vamos a ser la Tercera Persona porque siempre hay alguien externo, al acecho. Y en la oscuridad la Tercera Persona es una incógnita. Hasta que en un momento ya nos vamos a relajer. Y, como ent oda película de terror, cuando eso pase, el que se acerque va a ser alguien inesperado.
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se hubiera quejado José Paranoico si estuviera con ellos. Pero la Tercera Persona en ese momento era justamente J.P.
Estaba arriba de un médano, mirando hacia el mar.
-Voy a hacerme Tercera Persona, ya vuelvo –dijo él, y fue hacia el médano.

José Paranoico estaba en paz, como un Hombre Mirando al Sudeste, pero con malla, sombrero de cowboy y anteojos de sol. Él lo copió y juntos fueron secuela: Hombres Mirando al Sudeste.
Hablaron del resentimiento que uno lleva a todos lados; esa especie de nube negra alrededor de la cabeza que oscurece los pensamientos dejándolos parcialmente nublados. Se dieron cuenta de que en ese momento la nube se había disipado por completo y decidieron recordar lo bien que se sentía no sentirla para tener por siempre la certeza de que era posible vivir sin ella.
El viento le volaba el flequillo. La luna ya se veía en el cielo y desde arriba del médano él se sentía como si todo lo que hubiera abajo, incluyendo el horizonte, fuera suyo.
-Qué cosa esto, no? –dijo -. Es una continuidad de momentos inolvidables.
-Lástima que en la práctica todo se pierde, hasta los momentos inolvidables –dijo J.P -Y más si vienen en continuado. Los aislados son más fáciles de recordar.
-A mí eso me desespera un poco. El dolor que siento cuando se escapa y se pierde un recuerdo… es como si YO fuera el que va desapareciendo de a poco. Creo que por eso me gusta escribir… para atraparlos.
-Es imposible. Aunque los atrapes igual se pierden. No es lo mismo.
-Yo creo que hay una forma de salvarlos. Sólo UNA, y es compartiéndo el momento con alguien. Porque en cada reencuentro los dos pueden recordarlo y revivirlo con sólo verse a los ojos. Y si lo revivís, ese momento sigue existiendo.
-Hasta que uno de los dos muera. Y después el último también se apague, como todo.
Se quedaron en silencio mirando al mar. Parecía que ese era exactamente el lugar para tener ese tipo de conversaciones.
J.P. miró abajo hacia la carpa, donde estaban los demás
-Fijate: nosotros ahora estamos como afuera. Somos los externos, los personajes secundarios.
Él iba a explicarle lo de la Tercera Persona, pero no dijo nada. Para qué, si ya lo había entendido todo.

Bajaron a ser Primeras Personas nuevamente. La ronda de Fernet seguía viva, y todos tuvieron conversaciones que no se recuerdan porque no fueron debidamente registradas. En una película, esta parte los mostraría riendo con música de fondo.

En eso vieron que desde la orilla, a lo lejos, llegaban tres nuevas Terceras Personas, pero aparentemente todos ellos estaban adentro de la carpa. ¿Sería Mr. Barrabrava y compañía? Pero si fueran ellos debían traer troncos y no precisamente del mar.
Nerviosos, todos se lamentaron de la ausencia de Mr. Barrabrava, garantía de seguridad, y de la maldita paradoja de que, cuando regresara Mr. Barrabrava, su regreso iba a ser tan terrorífico como este (si es que este no era efectivamente su regreso).
Las tres Terceras Personas ya estaban más cerca y no cabían dudas de que se dirigían hacia la carpa. Hacia ellos. Ya podían distinguir que venían con palos en las manos y pañuelos tapándoles las caras.
-Hola, quiénes son? –gritó Chocho asustado.
Las tres Terceras Personas no respondieron. Siguieron avanzando con sus palos y pañuelos, imparables, temibles. Sin Mr. Barrabrava ellos eran pan comido.
-Quiénes son? Misionero? Siempre Voluntario? –siguió Experienced Girl.
-Respondan por Dios!
-Dónde está Mr. Barrabrava? Dónde?
Ya estaban dentro del límite de la carpa. Todos se prepararon para lo peor. El más alto de los tres plantó su palo en la arena y se sacó el pañuelo, heróico.
-El Príncipe! –gritó él.
-Y Guitarrista… Duendecilla!
-Hijos de mil putas, por qué no respondieron?
-No los escuchábamos, por los pañuelos.
-Casi nos matan del susto, de dónde vienen con esos palos?
-Del bosque –respondió Duendecilla-, estuvimos todo el tiempo en el bosque. Salimos de ahí hace un ratito. Fue una travesía interminable.
Él se acercó y los abrazó a los tres.
-Bueno, pero lo lograron. Bienvenidos al final de la trilogía. Vamos a terminar con esto de la mejor manera.

Los invitaron a instalarse y tomar del Fernet-Gatorade (el Menta seguía sellado en las garras de Pocahontas). Brindaron e intercambiaron peripecias.
-Vimos unas luces de colores alienígenas –contó J.P.
-Nosotros también las vimos! –dijo Duendecilla-. Pero las vimos del otro lado. Eran seis o siete, de distintos colores… vinieron desde el bosque y fueron a la playa hasta el mar. Después volvieron al bosque y desaparecieron. Eran duendes!
-En serio?
-Duendecilla sabe, deben ser parientes.
-Basta, con eso no se jode –dijo J.P-, en serio eran duendes?
-En realidad no los vimos bien –explicó Guitarrista-, pero para nosotros era una Visita Guiada al Mar para Duendes.
-Ah, entonces no saben. Quizás eran los Hendicitos que querían ver el mar..
-Los qué?
-Nada, los Hendicitos… son de un chiste. No importa.
Una vez aclarados los asuntos incomprobables, se prepararon para lo que venía con buen ánimo. Todo estaba saliendo perfectamente.

Él fue a mear a los médanos y vio el milagro: Mr. Barrabrava avanzaba corriendo arrastrando un árbol entero!
Llevaba un tronco detrás de la cabeza agarrado con ambos brazos como Jesucristo, y de ese tronco salían sogas que se conectaban y ataban a una serie de ramas inmensas detrás de él. Era un hombre de fuerza sobrehumana demostrando su poder.
-Alabado sea Mr. Barrabrava! Y perdónanos tu crucifixión voluntaria...

Detrás de él venían Siempre Voluntario y el Misionero con más ramas. Llegaron con el último suspiro, apoyaron todo en la arena y se sentaron.
-Hacemos el fogón acá? –preguntó Chocho.
-No, vamos allá, donde escribimos “¡Es acá!” –dijo Difusa.
-Pero ahora ¡Es acá! es allá, y allá es acá. No tiene sentido.
-Pero lo habíamos subrayado!
Chocho se acerco a las ramas y notó que estaban mojadas.
-Me parece que esto no va a prender ni en pedo.
Después del esfuerzo, Misionero, Siempre Voluntario y Mr. Barrabrava quedaron mudos y sentados. El resto ya no dependía de ellos. La Misión Imposible estaba cumplida. ¿Qué más querían?
Chocho apiló las ramas de forma rudimentaria e intentó prender el fuego con ramas pequeñas y hojas sueltas.
Era imposible.
-Ya vuelvo –dijo, y salió a buscar alguna solución sin demasiada esperanza.

Los tres voluntarios eran testigos del fracaso del fogón. ¿Tanto esfuerzo sin sentido? El sonido de la desilusión es el silencio, y ellos lo estaban practicando.
Cuando alguien muere la gente suele callarse por un minuto, pero en la muerte del fogón el velatorio duró diez veces más. Fueron los primeros diez minutos tristes después de mucho, mucho tiempo.
La felicidad perfecta había sido contaminada, esa era la mayor tristeza.
Hasta que se escuchó un motor.

Nadie tuvo miedo esta vez (Mr. Barrabrava estaba de este lado de la cancha). El motor se oía cada vez más nítido, como una locomotora acercándose a una estación de tren. Y de pronto lo vieron: un cuatricilo iluminaba el velatorio.
Lo manejaba un desconocido, pero atrás suyo iba Chocho, más chocho que nunca, sonriendo con su gran boca chocha bien abierta, abrazado al conductor y agitando al viento un sombrero de cowboy. Fue la entrada estelar de su vida, y la estaba disfrutando como nadie. Chocho: el vaquero heróico. Chocho: el jinete cósmico a caballo del cuatriciclo, rescatando el fogón para limpiar la felicidad perfecta.
-¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
El desconocido del cuatriciclo trajo hojas y gasolina, y el fuego subió como un gran festejo. Sabio de perfil bajo, el desconocido supo ser héroe de incógnito y dejarle los flashes a Chocho. Todos le agradecieron, aunque el nunca supiera cuanto.

A la luz del fuego, los momentos inolvidables continuaron su continuidad.
La Rubia alzó al viento su molino de papel –regalo de Siempre Voluntario de camino a Gesell, para que no moleste- y sus hojas de plástico giraban rodando como si convocaran al pequeño extraterrestre de Mi Amigo Mac. Uiiiuuuu.
Invalid Man repartió las cartas imaginarias y él, Chocho y Experienced Girl jugaron un Chancho Inflado: el último que descubría los cachetes inflados perdía. Fueron las carcajadas más baratas que conocieron.
Después el cielo se abrió en un chasquido de dedos y subió el telón a toda su gama de estrellas. Él y Duendecilla bautizaron Perro Deprimido a un grupo de ellas, y se las guardaron para sí mismos junto con otros detalles que no deben escribirse.
Todo llegaba a su momento. Y ese momento siempre era ahora mismo.

Con el fogón aparecieron las chicas y chicos abstemios, sanos y salvos, entonando canciones de la infancia. Las cantaron de memoria, una tras de otra, con el mismo orden de los fogones del pasado.
Siempre Voluntario y su batucada propuso una canción de alabanza al sol, pero Guitarrista respondió con la canción antisol interpretada por el Polaco Albino amante del vodka y los días nublados.
Y el sol, con su silenciosa canción antipolacos, llegó para despedirlos.

Ya en la casa, él hizo lo posible para soñar, pero la pócima lo hacía imposible. Era como intentar dormir con las luces prendidas.
Finalmente decidió levantarse y bajar a escribir un poco.

Encontró una birome con forma de atrapa mariposas y se puso a cazar momentos. Uno por uno fueron cayendo. Y hasta encontró algunos recuerdos sin estrenar, como una reflexión que escribió sobre una película que todavía no había visto.
La película se llamaba Historias Extraordinarias; había leído sobre ella durante el último Bafici. Las críticas decían que la película iba a contracorriente del cine argentino solemne de historias mínimas, silenciosas, casi imperceptibles. Decía que era una épica de cuatro horas con historias infinitas que se iban contando e iban quedando en el camino para dejarle paso a las siguientes. Como una gran reivindicación de la ficción.
Pensó que la pócima era exactamente como la sinopsis de esa película. Que si se la toma con la gente adecuada, la vida se convierte en una ficción infinita de Historias Extraordinarias que van quedando en el camino.
Pensó que también era como volver a ser niños, porque en la infancia todo se ve con ojos nuevos y la imaginación es tan grande que se inventa ficciones en obras abandonadas, jardines traseros, sótanos, áticos e incluso habitaciones neutras.

Pensó todo eso y lo escribió justo antes de la palabra FINAL.

martes, 22 de enero de 2013

HISTORIAS EXTRAORDINARIAS –SEGUNDA PARTE

Él y Chocho caminaban por una de las callecitas de tierra de Mar Azul. Habían logrado salir del bosque encantador junto con el Hombre Invisible que, arrepentido, también se divorció del Príncipe para ser LIBRE.
Los colores seguían estando. Por todos lados. Y ellos andaban con una liviandad similar a la que se conseguía con aquellas novedosas zapatillas Reebok del Pump it up.

En el camino se les cruzó un hombre. Con una rienda. Atada a un pony. Un pony de cabeza gacha. Con los ojos entrecerrados. Como si no hubiera dormido bien. Y arriba suyo, una niña. Feliz.
Él se sintió identificado con el animal. Estaba… sensible. Y entendía un poco mejor que siempre la verdadera naturaleza del asunto.
-Pobrecito el pony… -se lamentó.
-Por?
-Y… es mucho mejor ser caballo.
Ellos estallaron en risas. Pero él creía que era la pura verdad.
A veces, ser petiso, era contraproducente.

Un par de cuadras más adelante se encontraron con Invalid Man y sus Chicas Superpoderosas. Tenían todo muy organizado. Pocahontas sostenía un paraguas grande y, cuando Invalid Man fumaba, todas se agolpaban ahí dentro. Él exhalaba el humo -que quedaba retenido en el techo del paraguas- y ellas aspiraban el aire como cachorritos compitiendo por alcanzar un pedazo de la teta de mamá. Habían inventado la Pecera* Móvil.
Además, Experienced Girl llevaba dos parlantes portátiles conectados a su iPod en los bolsillos de su saco. Ella daba vueltas alrededor del paraguas pasando música de Pink Floyd con sonido surround, y agregaba efectos de burbuja de agua hechos artesanalmente con su boca. Una maravilla psicodélica.
Tenían la pecera. Tenían el estereo. Era como un auto sin auto. ¡El Auto Invisible!
Él se dio vuelta para preguntarle, pero el Hombre Invisible aseguró que suyo no era.
*Pecera: lugar cerrado donde el humo no escapa y se va tragando en cuotas.

Pasaron por la casa antes de ir hacia la playa. Él buscaba algo en el jardín trasero, pero no recordaba qué. Pocahontas estaba en una situación parecida.
-Di tantas vueltas a la casa que ya perdí la cuenta –contó ella.
-¿Hacemos una vuelta más en carrera de marcha?
-¿Sin correr?
-Sin correr.
Empezó a caminar más rápido, pero dándole cierta ventaja. Pocahontas iba primera cuando atravesaron el jardín delantero, pero él le pisaba los talones. Se dio cuenta de lo divertido que resulta ver a alguien esforzándose por correr lo más rápido que puede sin poder correr. Llegó un punto en que para ella fue inevitable hacer trampa, por la desesperación. Al final él le ganó corriendo, aunque ya se había perdido el espíritu de la competencia.
De todas maneras, siempre era mejor ganar.

Cuando llegaron a la puerta de entrada, todos los hombres estaban listos. Faltaban las mujeres. Pocahontas trajo el paraguas, aunque ya no llovía.
-No lleves paraguas. Los hombres no llevan paraguas. Los hombres se mojan.
-Pero yo no soy hombre.
-¿Para qué llevás el paraguas?
-Por si acaso.
-Por si acaso es de putos.
-Tampoco soy puto.
-¿Querés o no querés ser uno de nosotros?
Ella lo pensó un segundo.
-Quiero -dijo.
-¡Entonces compórtate como un hombre caracho! ¡Dejá el paraguas!
De alguna manera la convencieron.
-Además –agregó él-, nuestra pócima es anticlimática. No importa el tiempo que haga, ella todo lo puede. Es antilluvia. Como si fuera un campo de fuerza que crece en la capa externa de la piel. El agua rebota.
Nadie dijo nada, pero él sintió que estaban de acuerdo.

Ya estaban todos afuera de la casa distribuidos en la calle de tierra. Pero faltaba uno. En la espera, Difusa se divertía haciendo el Periscopio. Consistía en poner las dos manos una delante de la otra, como si fuera un periscopio. Dejando un agujero en el medio y poniendo el ojo en el agujero de entrada, las cosas se ven más grandes. Con todo detalle. Al enfocar toda la atención en ese agujerito pequeño que queda, lo demás pierde sentido y la imagen se ve nítida.
Él lo hizo y comprobó la mentira con la que venden el largavistas. Con las manos también se pueden ver granitos a kilómetros de distancia. Y los que están al lado de uno se ven más lejos, a otra distancia.
Cuando enfocó hacia Difusa, vio por su periscopio que ella lo estaba viendo a unos veinte metros de distancia desde su propio periscopio. Primero pensó que propio periscopio sonaba muy divertido. Después, comenzó la guerra de las miradas.
Desde las ranuras se veían a la perfección. Ella reía allá a lo lejos.
-¡Dejá de verme vos! –grito él.
No le gustaba sentirse observado, pero Difusa no abandonaba. ¿Quién soportaría más?
-¡Basta che! ¡Dejame en paz! –le gritó otra vez.
Esto le estaba afectando. Se sentía encerrado en su ranura, y atravesado por el agujero de enfrente. Decidió perder para no perder la cabeza.

El camino hacia la playa era en bajada. Las chicas iban más adelante, brincando como niñas, bien bien alto. Eran como duendecillas. ¿Dónde estaría duendecilla? ¿Seguría en el bosque con Guitarrista y el Príncipe?
Cuando las alcanzaron, escucharon a Experienced Girl adelantando el futuro:
-Cuando lleguemos a la playa vamos a dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas hasta caer en la arena.

Apenas llegaron a la playa, se dieron cuenta de que estaban divididos en dos grupos: los Coloridos y los Apagados.
Difusa era líder de los Coloridos: con su vestido verde vivo se había transformado en la Chica Fosforescente. Chocho parecía el líder de los Apagados, por su ropa gris y tez morena. Pero había algo raro en el medio. Una Voz llegaba flotando de alguna parte y no la podían distinguir.
--------------------Y entonces el Hombre Invisible se reveló como hombre invisible-------------------------------------------
La Voz dijo estar ahí. Dijo ser parte de ellos, pero de ninguno de los dos grupos. Todos quedaron patidifusos (Chica Fosforescente e Invalid Man más que nadie).
La Voz se describió a sí misma para que pudieran verla. Ellos inclinaron los ojos para seguir su descripción, y casi se mueren del susto cuando lo encontraron.
Estaba ahí, entre todos. Vestido de cepia, con remera de cielo nublado, piel de arena mojada y ni un pelo en su cabeza. Perfectamente camuflado: ¡El Hombre Invisible!
Cada tanto lo perdían, claro. Y él se hacía visible haciendo mortales y rondós fli flás. Coloridos y Apagados charlaban en ronda, de pronto sentían una brisa y de un vistazo les llegaba la imagen pasajera de las volteretas del Hombre Invisible, que se quería hacer ver. Era mágico.

Difusa estaba decidida a encontrar el lugar para hacer el fogón. Lo habían escrito en la arena, con signos de exclamación (¡Es acá!) cuando ellos estaban en el bosque encantador. La lluvia seguramente habría borrado la inscripción.
-¡No! –dijo Dufusa-. Si hasta lo subrayamos.
Entonces Experienced Girl salió corriendo hacia la orilla. Difusa la siguió y los demás se quedaron viéndolas a lo lejos como daban vueltas y vueltas y vueltas y vueltas hasta caer a la arena. Les salió perfecto. Lógico, lo tenían planificado.
-Qué cosa las mujeres, eh. Son otra raza.
-Siempre te sorprenden, siempre es algo nuevo –dijo Invalid Man.
Se dieron cuenta que Pocahontas estaba con ellos.
-¿Y vos qué hacés acá? Alguien que le suelte la correa a esta chica, che.
Todos se fijaron pero nadie la tenía atada. El Hombre Invisible juró que no tenía una correa transparente.
-No traje paraguas –dijo ella-. Ya soy una de los hombres.
-Si llegás a hablar de esto te enterramos.
-Ya hicimos tu tumba. Es justo debajo de un inscripción que dice ¡Es acá!
-Está subrayada.
Ella pareció entender la sugerencia. Era importante que esa pregunta eterna (¿de qué hablan los hombres cuando no están con las mujeres?) nunca encontrara su respuesta.

-El piso es el mejor lugar de todos –dijeron las chicas al volver.
Todos miraron la arena, pero no le vieron nada especial. En su vistazo alrededor, él vio pasar una ráfaga de una mortal atrás del Hombre Invisible. Cuando lo quiso felicitar, ya no estaba. Entonces quiso comprobar si era cierto lo que decían las chicas del piso y decidió llegar a él con la técnica de las medialunas infinitas.
Apuntando a la orilla arrancó su secuencia de medialunas continuadas, una detrás de otra. Llegó a contar veinte hasta que perdió la cuenta junto con la vista y el sentido común. Ya nada era común. El cielo estaba nublado y todo lo demás también: sus manos, el piso, su respiración. No sabía qué era arriba, abajo o al costado. Y cuando finalmente se desplomó, sintió caer hacia arriba.
Desde ahí abajo (o arriba, no estaba seguro) todo giraba y él no sabía si lo que se movía eran sus ojos, el mundo, su cabeza -al estilo exorcista- o su inconsciente. Le pareció que el movimiento era en el sentido de las agujas del reloj, pero también podía ser en el sentido que se repartían las cartas en una mano de poker. Quizás los dos sentidos coincidían (nunca estuvo seguro de cómo se reparten las cartas en el poker).
Hasta que en un momento, recuperó el foco. Y entendió todo.
Eran las nubes. Estaban tan tridimensionales. Crecían en capas de diversas formas y texturas, se apilaban unas sobre otras y parecían acercarse, envolverlo y llevárselo por partes.
Primero, su mente. Se le fue yendo de a poquito y él se dejó hacer.
Paradójicamente, mientras volaba entre las nubes, era su cuerpo el que hacía angelitos en la arena, muy despacito. En paz.
-El piso es el mejor lugar de todos –dijo al volver.

Cerca de la ronda, las tres chicas estaban acostadas en la arena como una Santa Trinidad. La cabeza de Pocahontas sobre el estómago de Difusa; la de Difusa sobre la panza de Experienced Girl, y la de ella sobre el ombligo de Pocahontas. Tan felices.
Invalid Man se maravilló con la escena y empezó a sacarles fotos con flash.
-Basta chicos –se quejó Experienced Girl-, flasheen con otra cosa.
Él giró la cabeza hacia la orilla y distinguió al Hombre Invisible sentado en silencio a unos metros de la Santa Trinidad. Estaba tan cepia como siempre, dibujando la situación a la distancia con lápiz en un cuadernito tipo sketchbook.
Él se sintió identificado con su distancia, porque cada tanto también acostumbraba a verse desde afuera. Solo que en vez de dibujar, escribía. Se alejaba un poco para que no lo vieran –por vergüenza-, y se mandaba mensajes de texto con palabras que ayudaran a recordar los momentos para luego salvarlos frente a la computadora.
Palabras como medialunas infinitas, propios periscopios o santa trinidad

Cuando la Santa Trinidad se disolvió, las chicas sintieron una urgencia de conectarse con la Rubia. La Rubia era primeriza en el universo psicodélico e, ingenua, se había encaminado en un viaje a Villa Gesell con el Misionero y Mr. Barrabrava. No los veían desde las cinco de la tarde, cuando todos brindaron con la pócima en cartoncito.
-Hay que llamar a la Rubia.
-Dónde está la Rubia?
-Llamá a la Rubia!
Invalid Man abrió el celular y marcó el teléfono.
–Quién quiere llamar a la Rubia? –respondió un eco cercano.
-La Rubia! –gritaron las tres. Y se abalanzaron corriendo hacia la oscuridad de la playa, hasta que la encontraron y le hicieron montonera de abrazos.

Todo llega en la vida. Sólo hay que saber esperar.
La diferencia es que, con la pócima, todo llega inmediatamente. Esa es su magia.

Con la Rubia, también llegaron el Misionero y Mr. Barrabrava junto con los demás.
También cayó la noche, definitivamente.
Y la secuela moría en trilogía.

domingo, 20 de enero de 2013

HISTORIAS EXTRAORDINARIAS – PRIMERA PARTE

Eran muchos, más de quince. Todos tomaron su ración y se dispersaron. La aventura recién comenzaba.

Él se internó en el bosque junto al Chocho, la Duendecilla, el Guitarrista, el Hombre Invisible y el Príncipe (aunque todavía no se sabía que el Hombre Invisible era hombre invisible ni que el Príncipe era príncipe).
Era un bosque de piso anaranjado debajo de un cielo parcialmente nublado, con probabilidades de lloviznas.
-¿Nunca estuviste en un bosque de Arrayanes?
-No, ¿Cómo es?
-El bosque es naranja por los troncos de los árboles. Parece que es de los únicos bosques de Arrayanes que existen e el mundo; es una de esas razones por las que deberías estar orgulloso de ser argentino. ¿Te sentís orgulloso?
-No.
-Porque no fuiste. Cuando vayas, te vas a sentir. Dicen que ahí fue donde Walt Disney hizo Bambi. Siempre me lo imaginé sentado en el bosque con un caballete dibujando a los bambis que pasaban. Recién ahora me doy cuenta de que la imagen es ridícula.

Miró al piso para ver de cerca la causa del naranja. Era por los miles de residuos que caían de los árboles: especies de pajitas unidas con la forma de los huesitos de la buena suerte del pollo que se sostienen con el dedo chiquito para pedir deseos.
El viaje empezaba en un bosque con piso de deseos. Pensó que era buen augurio, y deseó únicamente que los deseos se cumplan.

Se le ocurrió que alguien una vez deseó con mucha gana que existiera en alguna parte un bosque de deseos; y el pobre todavía no se había enterado que su deseo ya se había cumplido del otro lado del mundo. Acá mismo.
El bosque era un secreto por dos razones:
a) La gente que pide deseos con residuos de árboles que tienen forma de huesito de pollo son minoría.
b) Los que piden deseos después se olvidan de fiscalizar su cumplimiento. Así es que nadie averigua qué métodos para pedir deseos son los que en realidad funcionan; y nadie toma a los verdaderos con la seriedad que se merecen.

Empezó a lloviznar a eso de las seis de la tarde. Habían caminado menos de una hora, pero él ya se sentía perdido. Era una costumbre suya desligarse de la ubicación siempre que estaba rodeado de gente. Creía que su función era la de generar conversaciones. La orientación le correspondía a otro.

La lluvia se hizo fuerte. Chocho sabía volver, pero los demás querían seguir. Había varios caminos por elegir.
----Y entonces El Príncipe empezó a erigirse como príncipe-----.
Caminaba delante de todos, marcando el camino con su buzo rojo agarrado únicamente de la capucha a su cabeza. Le colgaba como capa, con las mangas libres de brazos. Tenía la cara muy Daniel Day Lewis –según como le diera la luz- y un palo de bosque (hermano del alma) para reafirmarle los pasos. Era un líder romántico, soñador, lleno de buenos sentimientos. Lo veían brincar por el sendero y mirarlos cada tanto desde arriba de la ladera para señalarles el camino.

Chocho tenía la certeza de que su camino no los llevaría a ninguna parte o de que, al menos, no los llevaría a la playa, a donde querían llegar. Eso no importaba. Estaban contentos de poder seguir a un Príncipe.
Él nunca había visto a uno tan de cerca.
-Son como nosotros, pero distintos –pensó-. Eso se ve enseguida.

El Príncipe se detuvo frente al cementerio del automóvil. ¿Cómo habría llegado hasta el bosque?
El coche estaba destrozado a un costado del sendero, cubierto por ramas de un árbol caído. El Príncipe se acercó, chequeó que no hubiera sobrevivientes y luego lo golpeó con su palo en el capot, como si lo estuviera bautizando.
-Listo –dijo-, lo acabo de hacer arte.
-Si no fuera por el auto, diría que es una naturaleza muerta.
De pronto, un hombre bien flaco y largo, con barba también larga pasó por el camino a unos metros de ellos. Llevaba de su mano a una niña también flaca y larga larga.
-Shh –dijo el Príncipe agachandose-. Mirá, Duendecilla: fauna!
-Es un yeti! –se asustó él.
El yeti los vio y saludó con la mirada. Ellos sonrieron. Por suerte era un yeti bueno, como el de los Henderson.

Se sentaron sobre unos troncos. El Guitarrista pareció emocionarse. Miraba hacia arriba, a todos lados, y con los ojos llorosos se llevaba la mano al pecho, golpeándose el corazón.
-Vos y yo bosque… vos y yo… de corazón te lo digo eh.
-Si, no? El bosque es otra cosa.
-El bosque es una de las mejores cosas que hay en el mundo –dijo el Guitarrista-. Hay pocas cosas mejores que el bosque… y una de ellas son los ácidos.
Todo rieron. Lo gracioso es que era verdad, por supuesto.
-Además una vez que estás adentro del ecosistema te sentís parte. Como si pertenecieras.
El Príncipe asintió con toda su sabiduría:
-El bosque te envuelve. Pero también te puede llegar a encerrar, como aquellos bosques de las leyendas. Una vez que entrás no podés salir: quedaste atrapado.
-A mí me pasó una vez eso mismo –dijo él-. En un ascensor.

La lluvia se había agotado. O sea, ya no tenía gotas.¿Por qué uno está agotado cuando se siente cansado? Si transpira más.
Él se dio cuenta de esto, pero también se dio cuenta que el piso ahora era de arena. Y que el MEJOR MOMENTO es después de la lluvia. No existe un mejor clima.
Después de la lluvia las plantas despiertan con olores y colores. Después de la lluvia la arena es perfecta para hacer castillos. Después de la lluvia la naturaleza festeja, y si no te das cuenta, es porque no sabés ver. O porque no tomaste la pócima.
Le dieron ganas de hacer una canción que se llame Después de la lluvia, pero pensó que seguramente ya la habría hecho Tolkien, y desistió.

Finalmente El Príncipe los guió hasta el final del camino. La ladera subía, el piso era de arena, no quedaban dudas: del otro lado verían el mar. Subieron corriendo hasta arriba de todo como niños yendo hacia el arenero. Cuando llegaron, vieron que estaban rodeados de árboles por todos lados. El mar no se veía por ningún lado.
-Vení, subí vos también –le gritó el Príncipe a Duendecilla, que se había quedado abajo-. Vas a ver qué decepcionante que es… no te lo podés perder!

Él vio al Príncipe con su palo arriba de la ladera mirando hacia el bosque infinito. Sintió que estaba dentro del final sorpresivo de la primera entrega del Señor de los Anillos.Chocho sintió exactamente lo mismo. Ambos decidieron que era momento de separarse del Príncipe. Necesitaban hacer su propio camino.
Guitarrista, Duendecilla y el Hombre Invisible decidieron quedarse.
-Ya nos veremos en la tercera parte, dondequiera que sea –les dijeron.
Y se fueron. Hacia la secuela.

jueves, 14 de junio de 2012

UN HOMBRE SOLO

Todos los días, a las seis de la mañana, Eric corta yuyos con una faca. Se compró un terreno en la mitad de la sierra, en Córdoba, y de a poco fue construyendo una cabaña con sus propias manos. Ahí vive, sin electricidad ni agua. Y se levanta al amanecer para alisar el terreno.

-Este es mi año sabático. Estoy buscándome a mí mismo.

Es extraño que un hombre que pasó toda su vida en ciudades europeas se encuentre a sí mismo en una sierra de Sudamérica. Pero intuyo que si uno quiere encontrarse a sí mismo primero debe perderse.

El silencio de Traslasierra es un buen lugar para escuchar el propio llamado y seguir la voz de uno mismo hasta enfrentarse. Entonces hacerse las preguntas correctas y aguardar las respuestas. Estas suelen llegar realizando acciones simples, como levantarse a las seis de la mañana a juntar maderas para unirlas en forma de cabaña.

Es la primera cabaña no comercial que conozco y no cuenta con un porche donde sentarse en una mecedora con una escopeta por si a los vecinos se les ocurre venir a visitar. Tiene, en cambio, alguna semejanza con las cuchas altas de los guardavidas en los balnearios. La parte de abajo es utilitaria: un cuartito con estantes y una cocina a gas. Una escalera bien alta lleva a la ventana, que es la puerta. Por ahi´se entra a la única habitación, donde se puede permanecer acostado, sentado o jorobado. El techo es demasiado bajo para una persona de pie. Incluso para mí. Entre ventana y ventana un rayo de luz atraviesa el espacio dejando partículas de polvo girando en el aire. En el piso hay un colchón flaco cubierto con un velo blanco, como si fuera el lecho de un hombre con una enfermedad contagiosa o una pareja de recién casados.

-Es para los mosquitos –me explica-. Acá hago Yoga al despertarme. Es una buena manera de comenzar el día.

Eric disfruta del diálogo como un monje zen que acaba de terminar su voto de silencio. Es delgado, tiene 47 años, pantalones con bolsillos en los costados, borcegos, el pelo de George Clooney, algo de su encanto y una paz singular en los ojos. De la que viene después de la tormenta.

-Yo solía ser fotógrafo de Vogue. Trabajé años para llegar a eso y pensé que era lo que quería: la cima de los fotógrafos. Ya viví la noche, la fama y las modelos. Hasta me pagaban para ir a la discoteca que, después de renunciar a todo, me negó la entrada por usar sandalias.

Despejando la mente en Camboya, sintió que debía construir un comedor para que los niños pudieran ahorrar su paga diaria de un dólar con cincuenta centavos. Regresó a Bélgica decidido a construirle un segundo piso a su casa con la intención de alquilarlo a turistas para financiar el comedor. Pero ser autodidacta en la arquitectura cuesta tiempo y dinero. Demoró cuatro años en finalizar la obra, y ahora el alquiler está pagando el crédito que le pidió al banco para comprar los materiales.

Uno imagina que los niños camboyanos, ahora adolescentes, sabrán esperar. Si no se tiene paciencia en situación de pobreza extrema, la vida puede tornarse algo desesperante. Eric sabe que algún día abrirá ese comedor. Hoy está cortando yuyos pero es largo el camino y ya nadie cuenta los segundos. Los relojes son objetos de otro tiempo. La época de los días que se comían a otros días quedó atrás.

-Todos somos hándicap –me dijo ya sentados en sillas plegables, el arroyo apenas audible, de fondo, angosto, más piedra que agua.
-Yo nunca jugué al golf.
-Handicap quiere decir discapacitado.
-¿Lo decís por mi altura? El doctor me dijo que estoy al límite, pero dentro de lo que se considera normal.
- Todos somos hándicap. Algunos de forma sentimental, otros por cuestiones físicas.

Hablaba de sus heridas, y cómo las sanó trabajando con chicos con síndrome de down. Ayudar le hace bien.

-Es mas lo que te devuelven que lo que das. Ahora quiero aprender a curar gente. Por eso vine a Traslasierra, a estudiar con mi instructor de Yoga. Él me iba a enseñar a curar, pero de momento estamos distanciados. No se debe hacer curaciones por dinero. Lo espiritual no debe mezclarse con el dinero.

A Eric no le gusta hablar de dinero. Decidió que la vida no pasa por ahí, ni por la ambición personal, ni por las mujeres, ni por el éxito. Me hizo bien su compañía. Sentí que lo único necesario para realizar los sueños era poder visualizarlos y trabajar para conseguirlos. Ojalá fuera cierto.

Ante la insistente curiosidad de cómo hace para ganar dinero -una pregunta que hago siempre, tal vez para encontrar la respuesta que no suelo ver -me contó los detalles de su último trabajo free lance:

-El año pasado me contrató un joven millonario para dar la vuelta al mundo en su velero. Quería alguien que sacara fotos para documentar el viaje. A los dos meses se enamoró de una chica en la costa francesa y abandonó el barco. “Sigan ustedes, los alcanzo en avión”. Era tan millonario que tenía más de una vacación a la vez. Se tomaba vacaciones de las vacaciones. Quedamos el capitán y yo, recorriendo el mundo para vivir las vacaciones de otro. Era un hombre serio y seco. Él ansiaba llegar al próximo puerto para encontrarse con una ex novia y yo quería aprovechar una oportunidad única en la vida: la posibilidad de frenar en la mitad del océano un día de sol. Simplemente estar ahí. El agua más lisa que una hoja en blanco. Nadie a millas de distancia. Sólo el sol, el agua, el cielo y nosotros. Pero al capitán la tranquilidad lo inquietaba. Era un hombre de constante movimiento y, tal vez por eso, o porque no había nadie más con quién hacerlo, nos peleamos cuando llegamos a una isla pequeña. Allí vivía una comunidad de pescadores. Durante cuatro meses sus vidas consistían en levantarse al amanecer y pescar hasta el anochecer. Luego volvían a la ciudad y vivían en sociedad por tres meses, antes de regresar. Una comunidad única de personas de manos gruesas, miradas profundas y surcos que marcaban sus caras como si fuera un mapa de lo vivido. Nunca antes había visto gente así. Quería fotografiarlos, pero para hacerlo bien es necesario generar un vínculo de confianza. Eso lleva tiempo. Quise vivir a su manera durante una semana y el capitán no lo toleró. En el próximo puerto le exigió al jefe que ya no fuera parte de la tripulación y tuve que irme.

No pudo mostrarme fotos pero prometió pasarme una página para verlas. Dice que la mejor foto que sacó fue en una campaña de jeans por la cual tuvo que viajar por la ruta 66 en Estados Unidos. Él tenía la idea de alquilar un Mustang y recorrerla de punta a punta, pero el presupuesto no alcanzaba para ese auto. Entonces lo vio, un día, detrás suyo. Un Mustang rojo, descapotable, justo como lo había imaginado. Le dijo al conductor que mantuviera el coche estable, abrió la puerta de atrás y, colgado con la cabeza a centímetros del asfalto, hizo la foto que fue emblema de la campaña. La ruta en primer plano y el Mustang rojo de fondo. Quisiera verla.

-Una vez, yendo a Las Vegas, nos perdimos en la mitad del desierto. Vimos un auto y le hicimos señas pero siguió de largo. No sabíamos dónde estábamos, así que lo seguimos. Estacionó frente a un trailer en la mitad de la nada. Le gritamos por direcciones a cincuenta metros de distancia, por miedo a que sacara una escopeta. Era un redneck auténtico. Probablemente su visión del mundo era la que extraía de la televisión. Detuvo su paso, se dio vuelta y nos miró, a lo lejos, en silencio. No dijo nada, giró y se metió en el trailer. Dimos media vuelta y nos fuimos. Tal vez era mejor seguir perdidos.

Por un momento me transportó a la curiosa realidad de un hombre completamente solo en el mundo. De pronto volví al presente, en una cabaña en la sierra, con otro hombre completamente solo en el mundo. Pero la sensación era distinta. Uno parecía el ser con la mente más cerrada que se te pueda ocurrir, el otro, de momento, con una de las más abiertas. Yo también sentía la apertura.

-Espero que me dure -pensé-. Mañana regreso a la ciudad.

miércoles, 25 de enero de 2012

ANUARIO 2011: ABRIL

8 de abril
Todo esto está pasando.
Uno cruza la calle mal y te levantan por el aire.
Estás sin gravedad, sabiendo la gravedad del asunto: ya estuviste aqui.
Pronto vendrá el asfalto, solo o con imprevistos.
Pudo haber sido cualquier cosa y desconocés las consecuencias.
Resulta una moto y los autos que pasan de un lado y del otro no te aplastan la cabeza.
Te duele la pierna, pero está mirando al lado correcto. Parecés ileso.
Tirada a tu lado, la moto, el muchacho, su dolor, el brazo inmóvil.
Gente que viene y dice no te muevas.
Eso ya lo sabía.
La policía, sus procedimientos, la calle cortada, la espera.
Y después salís rengo, a seguir con tu vida, como si nada.
No es la primera vez.

martes, 3 de enero de 2012

ANUARIO 2011: ENERO

3 de enero
Reunión de reencuentro del viaje a Mendoza.
El Gobierno nos había enviado a capacitar jóvenes sobre el lenguaje audiovisual.
Pasó lo que suponía: aún no estoy capacitado para capacitar.
Tampoco es fácil enseñarle cine en una hora a un chico de 11 años.
Menos si lo que pretenden, en el fondo (de la casa) es que les construyamos una canchita de fútbol 5.
Nos despidieron cantando una canción de cumbia: "Falsas Promesas".
Ahora, con empanadas y cerveza, nos queda el recuerdo.
Y no está mal.

5 de Enero
MI AMOR FREAKIE:
Si en el 2012 se termina el mundo, este es nuestro último año de amor. Mi amor freakie es la norma en un tiempo en que encontrar alguien normal es una hazaña, porque ya nadie quiere serlo. Contagiémonos sin copiarlos.
Busquemos un amor propio, único, irrepetible.
Y si de milagro lo conseguimos, dejémoslo explotar.
Pase lo que pase, que el final nos encuentre abrazados.
Primera peli: HAROLD & MAUDE, de Hal Ashby


6 de Enero
Mi hermano llega de Estados Unidos.
Parece que se casa con su ex mujer.
Ese muchacho es una anécdota caminando.

9 de Enero
MALA SANGRE, de Leos Carax:
El Ojo de Pez casi llora cuando descubrió esta joya.
Nadie se enteró, porque estaba debajo del agua.
Mala Sangre es una película Buena Leche.

10 de Enero
Luego de ver multitud de zapatos Patidifusa dentro del corto Pies en el Festival de Mar del Plata, tengo la epifanía de que debo dedicarme de lleno a vender los zapatos de mi hermana. Me niego rotundamente a mi destino. Decido, en cambio, que la señal es que debo filmar zapatos. ¡Hacer una publicidad de Patidifusa!
Para hacerla completa, la debo filmar con el director del corto Pies.
Le escribí un mail este día, que el puto nunca respondió.
No se pueden meter goles cada vez que pateás al arco.

12 de Enero
SCOTT PILGRIM VS THE WORLD de Edgar Wright:
Scott Pilgrim la ve a Ramona y se EnRamona perdidamente. Pero antes de poder disfrutarla, debe derrotar a sus siete maléficos ex. Ahí empieza una que ni te cuento: videojuego de amor, Juno empastillada y probablemente la película más adictiva para quinceañeros.

19 de Enero
MINNIE AND MOSKOWITZ, de John Cassavetes
Minnie está asqueada de hombres. Moskowitz le dice que es hermosa y, acto serguido, la caga a puteadas. Es tan auténtico que la obliga a ser cien por ciento ella misma. Los demás, como diría Maradona, que la sigan chupando. El amor verdadero es lo único que cuenta.
Moskowitz: "¡Pienso tanto en vos que me olvido de ir al baño!”.
Cassavetes:Como artista siento que debemos probar muchas cosas, pero sobre todo animarnos a fallar”.

20 de Enero
Amigos, pronto me mudaré de mi caja de zapatos.
Estuvimos tan cerca, mi monoambiente y yo,
que le puse su nombre a mi libro como homenaje.
Mi próximo libro se llamará Loft.
Es un duplex de lo más bonito en Villa Urquiza,
que seguramente sacará de mi unos escritos de lo más bacán.
Pero antes de todo eso viene la despedida.
Me gusta vivir mis despedidas intensamente
para luego extrañarlas por siempre.
A las despedidas, quiero decir.
Acá adentro crecí una barbaridad,
lamentablemente no en centímetros,
pero eso ya me lo esperaba.
Sin dudas lo mejor de mi casa es la terraza,
que es como mi perro boxer:
ambos son, objetivamente, los mejores en su rubro.
No conocí a nadie que, tomándose el tiempo de conocerlos,
haya llegado a una conclusión distinta.
En mi terraza me siento millonario.
Con Romi apenas nos sentamos en las reposeras
a tomar sol y ver la ciudad que parecía nuestra
sentimos que estabamos en Beverly Hills.
Luego vimos el cartel de la galería sobre Cabildo
y entendimos que estabamos en Acapulco.
Era la época en que eramos los dueños del edificio
porque no había inquilinos, y si los habían, eran primos.
Ahora llegó el momento de tirar la casa por la terraza.
Pueden caer desde las 16hs y estaremos ahí
hasta que se aburran o venga la policía.
Gracias

26 de Enero
FUCKING AMAL, de Lukas Moodyson:
Amal es una ciudad sueca donde la última moda ya pasó de moda en todas las otras ciudades. Elin:¿Es verdad que sos lesbiana? Si lo sos lo entiendo, porque los chicos son asquerosos. Yo también voy a ser una. Creo”.

29 de Enero
Me mudé! ié!

29 de Enero
LEE MIS LABIOS De Jacques Audiard
Una película que empieza con un disparo y termina con un orgasmo no puede acabar mal.

30 de Enero
Ayer ligué trompada. Ni te cuento.
No quedé como héroe pero tampoco como cobarde.
Creo que eso fue una victoria.
Ella salió corriendo y yo, tranquilito.
Luego patada voladora a la espalda, que no dolió,
y al darme vuelta el chiquilín con los brazos arriba.
Los otros dos más atrás: había tomado carrera para la patada.
Atiné a levantar los brazos sin intención de nada y ligué.
No avisó, el muy turro. Me dio vuelta la cara y salió.
Cosa seria.
Lo positivo:
1-plantarme
2-no caer al piso
3-no sangre
4-la cara no se hinchó
Estoy orgulloso de mi cara.
Y molesto con estos.
Cosas que pasan.
La próxima pego primero.
Decís?
Nah.
No me la creo ni yo.

chau

viernes, 14 de enero de 2011

PAN COMIDO

Esa noche pintaban canguros en las mejillas de los extranjeros. Así eran las cosas en el bar del hostel de Cuzco que, supuestamente, se ponía de noche. Había pizarrones grandes anunciando los tragos en oferta con tizas de colores, una mesa de pool de esas que rebotan las bolas con fuerza contra las bandas y nunca jamás entran, prometían karaoke, australianas, latinos que hablan buen inglés y así. Si anunciaban aventuras, estas eran diseñadas, preconcebidas y programadas al detalle. Yo miraba el resumen de los goles de algún equipo mexicano en la pantalla gigante, todo moderno y bien invertido, y decidí que a la aventura había que salir a buscarla. Agarré la billetera y me fui a comprar porro.

El empedrado brillaba como la vajilla en una publicidad de detergente. Caminé unas vueltas alrededor de la Plaza de Armas convencido de que lo mejor de la religión era su arquitectura. Las iglesias suelen ser más bonitas que las Casas de Gobierno. Algo similar sucede con las mentiras que se anuncian en cada lugar. Como pasa en el Once, donde una cuadra ofrece todas las tiendas de un mismo rubro, acá había una Iglesia en cada esquina. No había tienda de porro a la vista. En las escalinatas de una de las Iglesias encontré un grupo de argentinos con rastas, pulovercitos y chancletas de cuero que me indicaron la calle oficial donde paran los dealers. Dijeron que por 50 soles (70 pesos) te dan más o menos diez porros. No está mal, si pega.

Hacia allá fui, contento de arreglármelas solo, de sentirme adulto. Ya aprendí a ir al baño por mi cuenta, a cruzar la calle, a tomar el bondi, a cocinarme, a cumplir un horario de trabajo y ahora a comprar mis propias drogas. Estaba creciendo un poco todos los días, aunque no se notara, como las plantas. Llegué a la segunda Plaza de Armas y fui en busca de aquella calle angosta. ¿Por qué hay tantas Plazas de Armas en Perú y Bolivia? ¿Cuántas revoluciones hubo en este lugar? Si parecen tan pacíficos. Enfilé directo hacia el pasaje estrecho mirando a los ojos del hombre que me miraba a los ojos. Estaba parado en la esquina, espalda contra la pared. Tenía un cierto parecido al protagonista de Machete luego de haber quedado escuálido para interpretar un papel distinto en su nueva película. Llegué hasta él con la posibilidad de seguir caminando y cambiar de opinión al último minuto. Nunca se sabe. Me extendió la mano y se la di.

-¿Marihuana?
-Sí, por favor.
Dijo que por 50 soles me daba un buen pedazo de cogollo. Todo marchaba de mil maravillas.
-Pero aquí no se puede, por la policía –me dijo.

Quiso que le entregara la plata para que fuera a buscarlo. Tan tonto no soy. Lo esperé ahí mientras iba a su escondite. Punto para mí. Empezó a lloviznar, lo que no era malo teniendo en cuenta el calor y la circunstancia. En vacaciones uno está mucho más predispuesto a mojarse de noche. Me puse a resguardo debajo de un techito y me acordé del noticiero deportivo que había visto en el hostel con la noticia del balazo en la cabeza a Salvador Cabañas, delantero de Paraguay. Balazo en la cabeza. ¡Pumba! Y no se murió. Al defensor Fernando Cáceres también le habían disparado en el ojo ese año y había sobrevivido. Y todos los amigos de Buonanotte fallecieron en su accidente, menos él. Ser famoso tenía sus ventajas. ¿O ser futbolista? Ahora que lo pienso, yo también me salvé de un accidente. Lo sabía. Seré periodista o intento de cineasta, pero pude haber sido futbolista. Es bueno sacarse la duda de una vez. Igual creo que elegí bien. Dicen que es un ambiente jodidísimo y a mí me gusta hacer amigos. Además, demasiadas presiones y el día del después te lo regalo. No me convenía. Dejó de llover.

Machete en ayuno regresó y sin levantar la perdiz, haciendo como quien no quiere la cosa, me pasó la cuestión envuelta en bolsa de nylon y encintada por demás. Dijo que la guardara rápido. Yo traté de abrirla para ver y oler, pero estaba demasiado encintada y él se sobresaltó. Dijo que si la policía lo veía estaba listo.

-Estuve cinco años preso, ahí no vuelvo ni loco. Yo trabajo acá. Esta es mi esquina, todos me conocen. Me llamo Fito, cualquier cosa me encontrás acá –me dio la mano fuerte tres veces, con un saludo de código de amigos de fraternidad.

Parecía honesto y la bolsa tenía la contextura indicada. Decidí confiar. Hay que creer en la gente de vez en cuando. Le di la mano y me fui. Entré en el primer restaurant y pedí de ir al baño para chequear. Hay que desconfiar de la gente de vez en cuando. Desenvolví el paquete como si fuera un regalo de cumpleaños y reaccioné como un nene al que le regalan ropa. ¿Cómo? ¿Esto me trajiste? Parecía pasto. Lo miré dos veces y seguía pareciendo pasto. Lo olí y seguía pareciendo pasto. No necesité buscar una vaca para que lo cate y defina: decidí que efectivamente era pasto.

Salí corriendo hacia la esquina. Fito debía estar ahí, esa era su esquina de toda la vida, pero no. El nuevo papel de Machete era el de estafador y yo era el único estúpido que había pagado entrada para verlo. Di tres vueltas a la manzana volviendo siempre a la misma esquina. Una esquina a la que regresaría siempre que tuviera oportunidad en mis cinco días de estadía en Cuzco. Por si acaso. Una esquina en la que siempre llegaría a la misma conclusión: soy pan comido. Empezó a llover.

martes, 21 de diciembre de 2010

SEÑALES - PARTE 5

Regreso al Ambassador para ver el principio de Pechuga, el corto de Tián. Creo que la pelea viene pareja. Patidifusa patea con fuerza, es cierto, pero el cine está en su salsa, es su festival, y eso se respira. Yo estoy bien dispuesto. Que el Universo disponga; trataré de aceptar los resultados con alegría. Para ser sincero, cruzo los dedos porque mi futuro sea cinematográfico. Será más difícil lograrlo, es cierto, pero si en una de esas funciona la satisfacción será mayor.

Espero no ser más petiso de lo que me siento. Tampoco sé cuánto hay que estirarse para alcanzar algo en este rubro. Si hay que ser tan alto, si no hay que ser tan lento, si hay que tener más talento. Muchos llegan sin altura, por suerte o contacto. No sé cómo soportan el vértigo de estar arriba siendo tan cortos. Otra cosa me inquieta: al ir subiendo el espacio será más estrecho. Habrá que alzar los codos para no caerse de la escalera y yo no soy mañoso para esas trampas. En la planta baja somos todos amigos. Quisiera que eso se mantenga.

Ahora vean esto. Luego de seis cortos desparejos, llega por fin la gallina de Tián a ocupar la pantalla. El corto es mejor de lo que pensaba porque pude pensarlo más de lo que lo había pensado y verdaderamente está bien pensado. Decisiones acertadas. El trabajo sonoro, imágenes conceptuales, la elección de un actor con tremendo parecido a su gallina, pues ella es una extensión de él mismo. Eso no debe haber sido fácil de encontrar. Un hombre parecido a su gallina. O una gallina parecida a su hombre. Todo muy prometedor. Pero entonces, justo en la mitad, Pechuga se prendió fuego.

La cinta se calcinó en el proyector, la pantalla devolvió una película hervida, hecha fuego y globitos. Todos nos llevamos las manos a la cabeza diciendo una misma cosa: ¡UH! Se prendieron las luces de la sala. Listo el pollo, quemada la gallina. ¿Qué estará pensando Tián? ¿Y yo? ¿Qué tendrá que ver esto conmigo? ¿Qué estará pensando el Universo? El cine llevado a cenizas. Un corto muerto. El Universo debe estar mirándome atentamente deseando que lea bien su mensaje. ¿Muerte al cine? ¿Muerte a Tián? ¿Mi miniserie está en malas manos? Esto no es bueno.

Giro la cabeza para buscar a Tián entre la gente y compadecerme ante su cara de espanto. No lo encuentro, pero la veo a Clara. ¡Clara! Hace años que no veo tu cara, Clara, pero justo la semana pasada te envié un mail para ver si tenías algún contacto en canal Siete por mi nueva miniserie. Mi padre me había comentado que ella se cogía a Tristán Bauer, o a un amigo de Tristán Bauer. En fin, que por su chongo estaba entongada con el canal. ¡Es una luz al final del túnel! Una luz Clarita.

Subo unos escalones hacia ella y la veo con su amiga Mariela y su hermana (Ana, me recuerdan). Las saludo y en un nanosegundo les cuento todas mis coincidencias para que me ayuden a descifrar los designios detrás de este nuevo hecho. De hecho, al verlas de cerca, recuerdo unas cuantas señales potentes en nuestro pasado en conjunto.

A ellas las conocí hace unos cinco años en la orilla de una playa con piedritas en el sur. Estábamos todos parados con las bolsas de dormir hasta las tetillas mirando al infinito. Congeniamos. Jugamos carreras de embolsados, hicimos series de medialunas continuadas hasta caer al piso, competimos a ver quién lograba contar más estrellas. Yo conté 214 y me aburrí. A la noche los fideos salieron pegados, los comimos directo de la olla y en el fogón Clara nos sorprendió con sus talentos:

1-Prender fuego la punta de una ramita diminuta; soplarla hasta apagarla y dejar el extremo naranja; mover la ramita con gran rapidez formando figuras efímeras en el aire.
2-Enfocar la linterna dentro de la carpa; poner sus manos delante de la luz; hacer figuras de sombras; contar historias a través de ellas.

Con Mariela compartimos otra cosa. Un silencio a las tres de la mañana, los dos sentados sobre un tronco. Yo de novio, ¿ella dispuesta? No sé. Todavía no lo sé. Esa noche dormí para cumplir cierta regla acerca de la infidelidad: considerarla si surge, pero no generarla. Mariela fue la primera. Tres años después dejé pasar la segunda. Otra chica, otro lugar, mismas circunstancias. Si el Universo habló a través de ellas, con el tiempo aprendí a escucharlo. Siempre que volví de esos viajes mis relaciones murieron (recuerden chicos: Verano Mata Relación) y yo quedé atragantado con lo que pudo haber sido. Dudo que haya un strike tres.

Ahora la coincidencia. Años después del regreso de ese viaje al sur me entero de que Clara es hija de uno de los muchachos. Mi viejo se junta religiosamente todos los sábados a comer en el restorán La Escondida con los muchachos. Luigi, Jorge, Guillermo, Claudio y él. Desde hace treinta años. Clara, parece ser, es hija de Guillermo. Recién hoy la reencuentro después de tanto tiempo y novedad. Y eso no es todo: cinco años antes de que yo conociera a Clara, mi hermano Sebastián había entablado amistad con Martín. También en el sur. Martín resultó ser hijo de Claudio, otro de los muchachos. No sólo eso: vivía a media cuadra de la que por ese entonces era nuestra casa de Vicente López. Ahora Clara y Mariela me cuentan que este año se mudaron a dos cuadras de esa misma casa. ¿De qué sirve todo esto? No sé. ¿Será para contarlo?

Luego de veinte minutos sin corto decidimos salir. Bajando los escalones la veo sentada a Cinthia, ex editora de Haciendo Cine, en la época que yo era redactor. La saludo y me cae la ficha acerca de Ana, hermana de Clara. La recuerdo. Ella me recordaba, lo vi en su mirada, y yo hice de cuenta que también, pero no. Ahora sí. Fue en una fiesta. Me acerqué a hablarle. Dije algo divertido, no me acuerdo qué, pero por algo ella me recordaba. Hasta que me contó que su novio era Esteban, el que pasaba música, al que yo también conocía de la revista. Hoy Esteban es el nuevo editor de Haciendo Cine y yo me siento importante.

Tantas señales. Será como los goles y las mujeres: las coincidencias también vienen en rachas. Una vez que uno les presta atención ellas toman confianza y se mandan en caída libre desde el cielo cual equipo de paracaidistas listos para formar figuras en el aire. ¿Qué figura estarán tratando de formar? ¿Será un zapato? ¿Será un espejo de mí mismo? ¿Será egocéntrico sentir que el Universo me tiene en la mira? Ya no importa tanto qué me quiere decir, bastante es que se decida a hablarme. Es como en los premios Oscar: es un honor estar nominado. Antes de que saquen el sobre con el nombre del ganador, Mariela, Clara, Ana y yo nos vamos a comer.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

SEÑALES - PARTE 4

Ante la ausencia de Jovic decido bajar del tercer piso del cine Ambassador para ir a comer algo al shopping. A la salida emerge de un salto Tián entregándome un volante para la proyección de su corto en Historias Breves VI. Tián, uno de esos tipos queribles que se las arreglan para parecer desarreglados, es uno de los creativos de Nah!, la productora amiga que cree firmemente en mi otra miniserie y trata de venderla. Tián, me corrigieron, no es diminutivo de Sebastián sino de Cristian. A mí me había confundido el acento. El acento en la gramática del nombre. Tián no habla con un acento distintivo de Sebastianes. Tián lleva puesta una barba de náufrago en sus comienzos y esa ropa de superantihéroe que, como buen superhéroe, suele ser un mismo uniforme fácilmente reconocible, y, como buen antihéroe, el uniforme consiste en camisa a cuadros abierta con dos o tres pines enganchados a la altura del corazón, remera simpática colorida, pantalón marroncito y zapatillas de lona turquesa. Tián me cae bien.

Dice que mi miniserie ahora mismo está en Chile presentándose junto a otros proyectos de Nah! como la adaptación del Auto Fantástico a los tiempos modernos: el Celular Fantástico. Pinta bien. Subtexto del Universo: (cine sí). Le comento que vi el final de su corto –me colé a la función y llegué a ver solo la segunda mitad- y que, por lo que llegué a ver, me gustó. No tuve que mentir. Me dice que lo mire entero, insiste con el volante viste, y le prometo tratar. Total prometer tratar no significa nada. Es la promesa más fácil que hice en mi vida. Pero la dije con sinceridad. La próxima vez voy a tratar de prometer, que es más difícil.

Mientras le doy el primer bocado a mi hamburguesa en el shopping y trato de conectarme a internet y pregunto la clave del wifi y como papas fritas tibias y pienso en otras cinco o seis cosas, veo el cartel promocionando la hamburguesa de pollo de Mostaza y me ataca un flashback. En el flashback estoy en la productora Nah! y Tián me adelanta algo de su cortometraje. Lo protagoniza un tipo y su gallina.
-Viví ocho meses con la gallina para entrenarla.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Pechuga.
-Si hay algo que no entiendo es la gente que prefiere pechuga. Quiero uno de esos por favor, ¿pero no lo tiene más seco, aburrido y con menos sabor? Gracias. Si no es por razones dietéticas, es inentendible.
Tián sonrió con la sonrisa de un comediante. Me sentí como un mago tratando de sorprender a otro mago. Esas cosas no se hacen.
-¿Y qué tal Pechuga como mascota? ¿Si la llamabas venía?
-Sí, esos trucos los aprendió. La iba a traer al estreno, pero la tuve que mandar al campo de mi tía un tiempo y se murió allá. La agarró un perro.
-Las gallinas nunca mueren de viejas. Como las ovejas y las vacas, esos animalitos nacen tontos para ser masticados. Son pan comido. Se merecen su suerte. Si se rebelaran un poco, despertaran un poco, me daría culpa. Pero no. Por eso no soy vegetariano.
De nuevo esa sonrisa de comediante. Tengo que dejar de hacer esto.
-Igual es una lástima. Me hubiera interesado saber si Pechuga te reconocía en el campo luego de unos meses sin verte. O si se resentía porque la abandonaras. A mí me pasó con mi perro bóxer, todavía no me perdona. Siempre me mira de reojo, deja que lo acaricien todos menos yo. Está muy dolido. Nunca le pude explicar bien. Los perros entienden todo, menos ese tipo de cosas. ¿Cómo le explico a un bóxer lo que es un monoambiente? Yo lo hice para que tenga una mejor calidad de vida, y él no me lo perdona. Para abrazarlo tengo que traerlo a la fuerza. No es lo mismo.
¿A que no adivinan como me miraba Tián en ese momento? No me acuerdo. Ahí terminaba el flashback. Algo pasó y el presente se hizo presente.

Chequeando mails (uno puede tener flashbacks y chequear mails mientras tanto; hoy en día uno puede hacer casi cualquier cosa y estar chequeando mails al mismo tiempo) encontré uno que me llamó soberanamente (?) la atención. De: Universo, Para: Ferito. Era un mail que venía esperando desde hacía seis meses. El Ministerio de Educación finalmente dio luz verde al proyecto En Cortos y en Diciembre seré uno de los sesenta capacitadores que viajarán a lo largo y ancho del país a convencer a chicos de que ellos también pueden hacer cortos. Claro que para lograr eso primero tengo que convencerme a mí mismo. Yo puedo, ellos pueden, nosotros podemos. ¿De verdad puedo? Sí, puedo. Creo. ¿Por qué? Sin dudas esta señal es favorable al cine. Y entonces me llega un mensaje de texto al celular que dice: “Vendimos 2600 pesos!”. Es la venta diaria más grande desde el año y medio que llevo manejando calzado. Léase manejar calzado como tener un comercio de zapatos. Yo no tengo auto ni revolver debajo del asiento. El Universo y sus contradicciones. El cine quiere. Y yo quiero que el cine pueda. Pero Patidifusa resiste.

lunes, 13 de diciembre de 2010

SEÑALES -PARTE 3

De vuelta de la playa regresé al cine Ambassador en busca de Jovic, el coautor de mi futura miniserie. A eso vine a Mar del Plata: a acompañarlo en la presentación de su corto fallido y desearle un muy feliz cumpleaños. Es hoy, pero él sigue sin aparecer. Espero su llegada desde hace tres días con el libro envuelto. El libro se titula Muñecas y trata de un solitario enfermizo que deposita su amor en muñecas inflables, pero no es indirecta. Jovic está mejor que un año atrás, cuando expuso en pantalla su corazón roto, catársis humorística y barba de náufrago. Las aventuras de Jovic, su primer corto, fue presentado con éxito en el festival pasado con el protagonismo absoluto de él mismo, de quién más, siempre con anteojos y hablando de usted. Jovic nunca sale de personaje. En algún momento de su vida delinió el personaje que quería ser y desde entonces lo fue. No descansa ni cuando va al baño. Quizás sufrió la gran Alfredo Alcón, que se metió tanto en la cabeza de su personaje para entenderlo e interpretarlo que luego tuvieron que pasar meses y trabajar barbaridad para lograr salir de él. Quizás.

Jovic filmó aquel corto en tono documental buscando ayuda de viejas, chinos y jóvenes desconocidos para que lo aconsejaran sobre el amor y cómo superar el final de su noviazgo con Hollie, la mujer que se negó a ser. Tuvo la inteligencia de reírse de sí mismo y se regaló un final esperanzador, cruzando la vía del tren para darle un chupetín a su nueva chica. No estoy seguro si eso fue realidad o ficción. Hoy, un año después, regresaría al festival con un segundo corto de la mano de la chica cuya ausencia había inspirado el primero. Probablemente. Ese era el plan, al menos. ¿Qué estará haciendo Jovic en este momento?

El hombre hace lo que puede, supongo. A un padre todo se le justifica. Llegar tarde, faltar a su propia presentación, no contestar el teléfono y él podría salir con:
-Tuve a la nena en casa, mamá no la pudo cuidar.
Contra eso no hay respuesta.
Pero cuando el Universo te está mirando todo tiene otro significado. Todavía me niego a tomar esto como una señal en contra de la miniserie porque, como suele ocurrir, lo último que escribimos es lo que más nos gusta. Necesito creer. Además, todos queremos un final feliz y esta era la oportunidad de Jovic de conseguirlo en la vida real. Mi relación con él, Universo de por medio, estaba en un segundo plano.

¿Volvería Jovic a Mar del Plata junto a Hollie? No hay retorno triunfal mayor que ese: filmar un corto con el corazón arruinado por una mujer y volver con ella del brazo un año después a caminar por la alfombra roja. Claro que él no estaba seguro de todo esto. Últimamente estaban yendo al cine seguido con Hollie. Charlaban y reían llevándose mejor que nunca sin besos de por medio. Cada vez que me contaba de sus reencuentros lo sentía como un niño en la parte baja de la pileta con un miedo terrible de avanzar hacia lo hondo. Igual se había jugado: ella era SU invitada al festival y Jovic ya había averiguado lo necesario para confirmar que la habitación del hotel que le cedía la organización del festival tuviera cama matrimonial. Estaba todo dado para el gran final feliz a la medianoche, cuando cumpliera treinta años. Menos él.

¿Dónde estaba él? ¿Y por qué no me contestaba el teléfono? Espero que mi libro de regalo no sea un presagio. Las muñecas inflables pueden ser divertidas al principio, pero con el tiempo deben hacerse algo monótonas. Y a la larga, por h o por b, la relación se terminaría pinchando. ¿Por qué por h o por b? ¿Por qué no por a o por b? ¿O por a o por z? ¿O por h o por ch? No se, che. Pero por J o por Vic yo abandonaba la espera. Mi día, mis señales, mis definiciones e indecisiones seguirían por otra parte.

jueves, 9 de diciembre de 2010

SEÑALES - PARTE 2

El director no aparecía y para no parecer un fan de la versión mejorada de Gloria Carrá caminé unos metros por la vereda y me encontré con mis amigos cinéfilos pasajeros. Verónica se había sentado al lado mío en una función de una película sobre Bukowski. Esa noche le pasé una colección de las películas de mi ciclo de cine con packaging artístico (Chivo: http://ojodepezdvds.tumblr.com/) diciéndole:
-Mirá, esta es mi excusa para conocer desconocidos.
Enseguida llegó su amigo Iván, uno de esos jovencitos frágiles que no deben exponerse a sol. No se qué edad tenía, pero parecía de menos. Ella le mostró mis películas y él le contó que se había enamorado de una chica en la cola del cine, que la había espiado hasta ver en qué sala se metía, que había averiguado a qué hora terminaba su película y que iría a buscarla a la salida. Entonces empezó la función y Bukowski subió a upa a una niña de catorce años en vestidito para sentirle las tetillas.

Eso fue anoche. Ahora Iván estaba nervioso con las manos en el bolsillo. Recién habían proyectado su corto: era uno de los que habían contribuido a mi ataque de mediocridad cinematográfica previa al llamado del Universo. Le dije que me habían gustado los títulos de apertura (eso era verdad) y me puse a hablar con su amigo para no mentirle el resto. El amigo, melena despeinada, ya había filmado su primer largo a los 20 añitos ganando una mención del Jurado en el último Bafici.
-¿Cómo se llama?
-Somos Nosotros.
-Me suena, me suena. Ah, no, la que me suena es Todos Mienten. Debe ser porque ambas tienen dos palabras. ¿De qué va?
-La hicimos acá en Mar del Plata en invierno. Amigos, skates, ciudad vacía. Esa onda.
-Ah, tipo Gus Van Sant.
-No.
-Ah.

Me dejé llevar por los jovencitos. Íbamos hacia el mar sin intenciones de pisar la arena. Eran cinco. Todos estudiantes de cine. Esperanzados, con proyectos y ganas de hacer. Yo prestaba atención a cada detalle. Una vez que el Universo te habla es necesario seguir escuchando; si uno le deja la oración por la mitad puede sacar conclusiones equivocadas y terminar vendiendo zapatos de tacón alto en lugar de usarlos o filmarlos. Todas cosas bien distintas. Debía prestar atención al menos hasta que terminase el día. Quizás los astros me estaban dando nuevas pistas en ese preciso momento y yo no las podía ver. ¿Era una señal estar rodeado de veinteañeros entusiasmados por el cine? ¿Ellos eran quién yo debía haber sido? ¿O quién yo ya no podría ser? Preferí pensar que si ellos podían, yo también. Pero luego llegamos al Meeting Point y no me dejaron entrar. No tenía la credencial del festival colgando alrededor del cuello.

Me senté en un escalón mirando hacia el mar, saqué mi cuaderno de cuentos dibujados (o dibujos escritos) y me puse a copiar el monumento al lobo marino.
Alrededor del dibujo escribí esto de corrido:

Una foca tiene un monumento
y yo no consigo salir en los diarios,
y es que tanto fue inventado
que solo quedan por crearse
granitos de arena,
eso que somos
y terminaremos siendo,
y sin embargo, con microscopio,
somos tanto más, que quizás,
valga la pena cantarle al viento
sin pensar quién esté escuchando,
pues al canto lo irá llevando
el viento como un secreto
que volará sin alas
y regresará un día
dentro de un desconocido
que dejará de serlo
mientras la foca o lobo marino
seguirá de piedra en su tarima
con el orgullo de ser estatua
y de permanecer intacta
para ser la foto de un turista
mientras jóvenes anarquistas
con pintura en aerosol


En ese momento tuve un Deja Vu y me detuve para recordarlo. En mi Deja Vu estaba escribiendo en un cuaderno mirando al mar. Me desconcentraba y abandonaba abruptamente el texto. Traté de recordar el contexto. ¿Había estado haciendo esto mismo en algún otro lugar? No. Entonces era un presagio. Dejé el texto como estaba, cerré el cuaderno y me pregunté si eso significaba algo más. ¿También tenía que dejar de escribir?

NO. El Universo puede hacer sugerencias, pero no tiene el poder de decidir por mí. Al menos en ese pequeño rubro yo soy más poderoso que el Universo. O esa quería creer, porque a fin de cuentas le hice caso. Tenía razón: no estaba inspirado. Estaba fumado. Y por cómo había pegado en ese momento convenía sentir antes que pensar. Así es que guardé el cuaderno en la mochila y fui caminando hacia la arena.

lunes, 29 de noviembre de 2010

SEÑALES - PARTE 1

Estaba viendo cortos argentinos en el Festival de Mar del Plata y me atacó la autocrítica. ¿Y si cuando haga un corto me sale como este? Ese, particularmente, no me gustaba. ¿Y si me sale peor y ni me doy cuenta?

Uno necesita, por lo menos, dos años de distancia para poder evaluar lo que hizo con cierta objetividad. En dos años puede pasar cualquier cosa. Se pierden cientos de oportunidades a cada semana; en especial si uno tarda en darse cuenta. Es imprescindible darse cuenta a tiempo, y para eso los más neuróticos elegimos la filosofía de la autoevaluación constante. No es una filosofía que recomiende, pues cuenta con grandes desventajas si uno disfruta de vivir en el presente. Uno de los efectos secundarios, por ejemplo, es tratar de seguir la trama de un corto y que la mente se te vaya, como un reflejo o un tic nervioso. Aunque el corto tampoco contribuya a mantenerla en el aquí y ahora, es una molestia fijar la vista en una pantalla sin que la mente te corresponda. Yo sentía como si padeciera de un repentino hipo cerebral. Veía los cortos y pensaba en mi futuro. Pero entonces el Universo me habló. Todavía estoy tratando de entender qué quiso decirme.

El Universo nos habla constantemente, incluyendo domingos y feriados, a través de señales. Nosotros lo ponemos en mute para no detenernos a cada paso -hay que seguir corriendo, el tiempo es tan poco y no queremos llegar tarde-; pero él, testarudo, insiste. Por lo general nos amparamos en las casualidades para seguir caminando y sin embargo, muy cada tanto, prestamos atención. Eso puede cambiarte la vida en un segundo. O volverte loco.

Yo vi un zapato. Estaba en la pantalla (era el primer plano del siguiente corto) y lo había hecho mi hermana. Al zapato, no al plano. Mi hermana diseña y hace zapatos, para eso respira, y yo este año abrí un local para que sus zapatos hagan feliz a la gente y la gente haga feliz a mi billetera. Yo, con mi billetera, trataré de hacer feliz a mis amigos y todos los que me conocen. Empezando por mí, que me conozco mejor que nadie. Pero eso todavía no sucedió, y hasta que mi billetera deje de sufrir, los zapatos se roban mi tiempo. Tiempo que podría gastar filmando cortos que, dos años después, serán buenos o malos. Mientras tanto alguien tiene que hacerlos; y yo no los estoy haciendo por los zapatos. Por eso me despertó mi curiosidad ese primer plano de un zapato Patidifusa (ésa es la marca, búsquenla y vacíen sus bolsillos en ella) justo en el climax de mi autocrítica. Estaba dispuesto a tomarlo como un Deja Vu y dejarlo ir, pero entonces vi otro zapato. Patidifusa. Y luego otros cuatro. Y luego un muchacho sentado en uno de los locales de mi hermana justo antes de que aparezca el título del cortometraje: "Pies".

Sobresaltado, miré a ambos lados sin poder creerlo. Casi codeo a mi vecino espectador para explicarle mi sorpresa, pero era una explicación muy larga y no llegaba a verle la expresión de la cara. ¿El Universo también le había hablado a él? ¿O me hablaba solo a mí? ¿Eso me hacía especial? ¿Era el preferido del Universo dentro de esa sala de cine? No. El Universo le habla a todos todo el tiempo. Yo no soy especial. Menos si lo que me estaba diciendo era que deje el cine y me dedique a los zapatos. ¿O no? Porque los zapatos estaban dentro de la pantalla. ¿La pantalla era el marco del mensaje, el medio del mensaje o formaba parte del mensaje? ¿Tenía que filmar zapatos? Sí. La conclusión era clara: Tenía que filmar zapatos.

Salí de la sala entusiasmadísimo. Yo no le era indiferente al Universo. Todo tenía un sentido. El Universo me conocía, había seguido mi trayectoria, y quería que filmara zapatos. O que dejara el cine y me haga comerciante, eso no estaba claro. Vi a la protagonista de Pies fuera del cine -una chica preciosa, posiblemente Gloria Carrá o una versión más joven y mejorada de Gloria Carrá- y le dije canchero que yo era el hermano de la autora de los zapatos que aparecían detrás de su cabeza en el corto. ¿Ella conocía a Patidifusa? No, eso era cuestión del director. Le expliqué en resumen mi encuentro íntimo con el Universo y me prometió que apenas viera al director me lo señalaría. Él me ayudaría a atar cabos sueltos.

domingo, 3 de octubre de 2010

TENGO QUE COMPRARME UN PERRO

Nos juntamos a fumar uno y escribir en el aire. Él y yo. Cada vez menos colegas, cada vez más amigos. Esta vez definimos que nuestro protagonista usa un Ford Sierra, toma viagra y es capaz de cambiar de camisa a la mitad del día para apaliar el chivo.
-¿Querés tomar algo?
-Agua, si tiene.
Abro la heladera para servirle.
-¿No tiene agua tibia?
-¿Tibia?
-Sí, de la canilla está bien. Me gusta tibia.
Le apoyo el vaso sobre el escritorio mientras él chequea sus mensajes en el celular y cambia de expresión en un segundo. Hay un mensaje desesperado de su ex, la madre de su hija, porque se quedó sin luz y se le iba a pudrir toda la compra del supermercado. Él llama, ella no atiende. Por su nueva expresión -terror, manos temblorosas, ¿posible desmayo? -parece que está pasando algo más grave que una leche cortada.
-Usted no la conoce, ella es capaz de cualquier cosa. Me voy a tener que ir.
Le abro la puerta, está nerviosoparonoico.
-¿No me acompañaría?
-¿Yo? ¿Para qué?
-Para asegurarme de que todo esté bien. Es acá cerca.
Tiene miedo en los ojos, no se por qué. ¿Qué estará pensando?
- No se en qué puedo ayudar a ir a lo de tu ex. ¿Para calmarla? ¿Por si quiere atacarte? ¿Para hacer de buffer entre ustedes?
-Me sentiría más tranquilo si viniera.
No se si exagera o algo terrible nos va a suceder. De todas maneras, cuando se pide un favor así por primera vez, hay que hacerlo.
La próxima quedará asentado el antecedente.

Bajamos y me dice de tomarnos un taxi.
-¿No era acá nomás?
-Sí, acá. Treinta cuadras.
Me lo quedo mirando. Es de noche, bien tarde, y no se a dónde me está llevando.
-Yo pago la ida y la vuelta.
Sigo mirándolo en silencio. Quiero que me explique por qué me necesita.
-Ni siquiera tiene que bajarse del taxi: salgo, le hago la señal de que está todo ok y se vuelve.
Me subo.

En el viaje no hablamos. Él está imaginando lo que nos encontraremos al llegar, yo miro por la ventana el movimiento de la ciudad. Es un lunes a las dos de la mañana y en la calle hay gente yendo y viniendo para encontrarse. Si estuviéramos en un pueblo habría oscuridad total y algún que otro perro vagabundo. Si estuviéramos en el campo, silencio de muerte y mil estrellas. Si estuviéramos en Europa, frío helado y todo cerrado. Buenos Aires tiene sus ventajas. A veces nos olvidamos.

Llegamos. Me abre la puerta para que baje del taxi, por supuesto.
Vamos al portero del edificio y tocamos timbre.
-El tema es que si no hay luz no le va a sonar el portero.
-¿No trajiste la llave?
-No la tengo.
-¿Y a qué vinimos?
Alguien atiende y dice algo que no llego a escuchar. Él suspira aliviado.
-Ahora baja. Parece que está todo bien. ¿Quiere esperar a media cuadra?
Me lo quedo mirando en silencio por tercera vez esta noche. Voy.

Estoy a media cuadra imaginando a su ex. ¿Estará toda despeinada? ¿Tendrá una bolsa con carne descongelada en la mano? Mientras tanto veo el palier del edificio que está a media cuadra de mi colega y su ex mujer. Hay dos sillones individuales de pana verde, una alfombra roja, una lámpara de pie. Parece un living de abuelos buenos. ¿Quién decora los paliers? ¿Existirá un curso intensivo para decoradores de paliers?
Voy a ver al del edificio de al lado para comparar. Dos sillas metálicas, una mesita alta de vidrio y un jarrón apoyado. Este es un palier de paso; en el otro daban ganas de quedarse un rato con las visitas a tomarse un vermouth. Parecía un palier de otra época incluso. Este es frío, moderno y poco sociable. ¿Así somos ahora? ¿O así es como los decoradores de paliers creen que somos? ¿O así son los decoradores de paliers?
Me dan ganas de ser fotógrafo y hacer una serie de fotos de paliers.

A lo lejos veo acercarse a una mujer de rulos a paso rápido. Inmediatamente pienso en Clara, una chica que vi tres veces en toda mi vida. Me sorprende acordarme de su nombre: yo pocas veces recuerdo los nombres. Pero tengo la habilidad de conversar horas con alguien sin que lo note. Che es una palabra utilísima. Utilísima es una palabra extraña. Es raro que la hayan utilizado para nombrar a un programa popular.
Es Clara nomás. Me reconoce ella también. Y sabe mi nombre. Está bueno que te reconozcan y sepan tu nombre. En el futuro voy a hacer un mayor esfuerzo.

Clara caminaba tambaleándose y confundida escuchando música.
-¿De dónde venís?
-De Matienzo, fui a ver a Alvy Singer. Me vine a pie y acá a dos cuadras un chico me preguntó la hora y nos quedamos charlandocaminando. Me dijo de tomar una cerveza en la casa.
-¿Y le dijiste que no?
-Yo tenía ganas de tomar otra cerveza, pero no quería generar algo que no iba a querer concretar. Ahora cuando llegue a casa quizás me tomo una.
-¿Me estás invitando?
-…
-Está bueno hablar con desconocidos en la calle. Habría que hacerlo más seguido.

Le conté las razones por las que estaba solo frente a un edificio con un palier poco sociable un lunes a las dos de la mañana. Le conté de mi colega y que me había imaginado subiendo a la casa de su ex como policías, tirando la puerta abajo para encontrar a la madre sosteniendo a la hija de nueve años de los talones por fuera de la ventana con los pelos apuntando nueve pisos más abajo.
-Mi amigo es un caso... Tiene 27 años pero habla de usted. Todo el tiempo habla de usted. Yo cuando estoy con él me contagio y no lo tuteo, pero es difícil mantener el personaje todo el tiempo.
-Con el tiempo te acostumbrás. Él seguro ya es personaje sin pensarlo. Yo tengo un amigo igual, quizás es el mismo. ¿El tuyo es el Puma?
- No, no es el Puma.

La llevo al edificio de al lado y le muestro la diferencia de los paliers. Ella dice que el de su edificio parece un telo. Y que su casa también parece un telo. Eso según su mamá. Igual a ella tampoco le gusta. A fin de año se muda.
-¿A vos te gustaban las chicas no?
-Sí, pero ahora mismo no estoy de novia.
-¿Te gustan las chicas a veces o todo el tiempo? Porque cada tanto yo intuyo cierta cosquilla entre nosotros y me agarra la duda. ¿Estás segura?
-Segura segura no se está nunca.

Llega mi colega y los presento. Está tranquilo.
-Me deja solo cinco minutos y ya estoy hablando con una chica, ¿vio? Soy un crack. ¿Cómo estaba la madre de su hija?
-Tranquila por suerte.
-¿Cómo te imaginaste que iba a estar?
-Golpeándose la cabeza contra la pared. Ya me ha sucedido.
-Yo me golpeaba la cabeza contra la pared de chico. Una vez, en realidad, en la primaria.
-¿Por qué?
-Me sacaron del aula por hablar en clase y cuando estaba afuera me choqué la cabeza contra la pared unas cuantas veces para recriminarme. Yo era buen alumno. No lo hice con potencia, pero era la misma pared del aula y del otro lado retumbaba. La maestra salió, me vio y me hizo entrar. Me dijo que no haga eso, que eso mata las neuronas y las neuronas no vuelven a crecer. Eso me quedó grabado. Las neuronas se mueren y en un momento uno puede quedar tonto. Es tonto pensarlo todavía, pero me quedó. Todos en la clase se rieron.

Mi colega dice que su ex es muy loca. Le da mucho miedo lo que pueda hacer con su hija, pero para conseguir la tenencia la madre tiene que ser falopera o algo así.
Además, no quiere que la hija pase por eso.
-¿Antes no era loca?
-Siempre fue loca. A los dieciocho años solía tirarse en la calle. A mi me encantaba eso. Ahora ya no.
-Yo me tiré una vez en la calle. Bueno, en la vereda.
-¿Por qué?
-Mi novia de ese entonces me contó que había comido conejo. Yo tuve conejos de mascota, entonces la acusé de ser comemascotas. Fue una discusión en burla, pero en algún momento ella se la tomó en serio y pretendía que le pidiera perdón. Me tiré en la vereda (tenía una mochila grande que me acolchó la caída) para bajarle el dramatismo. Y funcionó: la hice sonreír. Pero siempre me quedó la duda: ¿Dónde trazamos la línea de las mascotas? ¿Los patos son mascotas? ¿Se puede comer pato sin ser comemascotas?
-Un amigo mío tenía un sapo de mascota -dice Clara.
-¿Y se lo comió su novia?
-No, no tenía novia. Era objetivamente feo.
-Yo tenía un amigo que agarraba cada sapo que veía –dice mi colega-. A mi me dan asco.
-A mí me dan asco los caracoles. De chica me regalaron una caja de zapatos y cuando la abrí estaba llena de caracoles. La tiré al piso y me persiguieron con la caja.
-A mi también me dan asco los caracoles –digo yo-. Me imagino a uno deslizándose por mi brazo y se me eriza a piel. Además no entiendo cómo siendo tan lentos apenas hay humedad aparecen. ¿De dónde salen? ¿Dónde estaban antes? ¿En el campo? ¿Cómo llegaron tan rápido?
-Se materializan ahí mismo. Cae una gota de agua y emerge un caracol.
-No tengo cigarrillos, ¿me acompañan a comprar?

Acompañamos a Clara a comprar cigarrillos a la Shell que queda a dos cuadras. En el trayecto nos cuenta que esta semana le robaron entre cuatro. ¿Con pistola? No, las armas eran sus manos. Pero eran manos largas.
La trataron bien, con respeto. Pero ella les pidió que le dejen los apuntes y se los llevaron.
-¿Para qué? Si están apurados por el robo se entiende, pero sino… qué gente jodida.
-Pasa que si te hacen un favor es el primer paso para hacerse amigos. Después les da lástima robarle a un amigo y en una de esas se arrepienten –dice él.
-A un amigo mío le pasó que le quiso robar un amigo –cuento yo-. Él trabajaba de delivery en una pizzería. Pidieron una de muzzarella y cambio de cien. Cuando llegó a la dirección lo esperaban en la puerta del edificio para robarle el cambio. Era un amigo suyo de la secundaria y se quedaron hablando. Al final, decidieron no robarle.
-¿Vio? No conviene hacerse amigo de la víctima.
-No sé, ¿no te acordás de Por fin me la quité de encima? Gran comedia con Danny De Vito y Bette Midler. Creo que ella se hacía amiga de sus secuestradores y la peli tenía final feliz. Era de Hollywood.
-Yo tengo tres amigos de la secundaria que están en cana.
-¿A qué secundaria fuiste? Así no mando a mis hijos.
-¿Vos también tenés hijos? –pregunta ella.
-No, pero ya los planifiqué. Se exactamente cómo los quiero. Y planifiqué también la decepción al descubrir que al final resultaron ser nada que ver.


Volvemos. En la Shell hay un taxista durmiendo en su asiento con la cabeza para atrás.
-No me gusta la gente que duerme con la boca abierta. Parecen muertos.
Nos separamos de Clara, se va para la casa.
-Si querés cambiar de equipo avisame –le grito.
Parece que no, por su expresión.
Mi colega me pide de volver caminando así se despabila un poco. Me da las gracias por acompañarlo; le pregunto si la exageración es parte de su personalidad.
-No es por mí, es ella. Cuando éramos novios nos peleamos en todas las avenidas. En avenida Libertador, en Cabildo, Cordoba y Callao. Eso deberíamos meterlo en algún capítulo. Una vez una señora se metió y me dijo que no le grite. ¿Usted qué sabe señora? Quizás ella se merece que le griten, le contesté. No sé de dónde salió que las mujeres son el sexo débil, con todo lo que nos hacen sufrir...
-¿Pero qué imagen tenías en la cabeza hoy antes de llegar?
-Policías o bomberos en la puerta del edificio. Ella en la calle con el refrigerador abierto o toda la comida en bolsas. Mi nena de su mano…
-Se nota que le gusta el cine. Querés una vida de película.
-Me gustan las chicas que son cinematográficas.
La noche estaba ideal para caminar. Pienso que hay que salir más a caminar de noche. El tema es buscar la excusa: tengo que comprarme un perro.

En el camino de regreso hablamos de que viene McCartney. McCartney es un genio melódico. Pero es medio tontón. Es un genio tontón. Extraña combinación. ¿Alejandro Lerner es el McCartney argentino? Salvando las distancias, claro. Y más distancia de maratón que de cien metros llanos.

De alguna manera llegamos a la leyenda que cuenta que Bob Dylan les convidó el primer porro a Los Beatles. Es raro que hayan tardado tanto en probar. Concluímos que antes no era tan accesible la marihuana, y la música evolucionaba a la par que se descubrían las nuevas drogas. Enseguida decidimos que Ballad of a thin man es de nuestras canciones favoritas y que Dylan le puso el cerebro al rock. Antes el rock hablaba de salir con chicas y quererse mucho.

Llega su colectivo y me despide con la frase de siempre:
-Chau, después hablamos.

Vuelvo a casa, la compu está encendida. Sobre el escritorio está el vaso de agua. No está tibia. Tomo un trago y me pongo a escribir esto mismo.
Hay noches que merecen ser escritas, aunque no signifiquen demasiado.

jueves, 22 de julio de 2010

TREINTA EN UNA COMBI

Somos treinta en una combi. Vamos colina abajo levantando polvo y eludiendo las rocas del camino de ripio. Al volante, un joven de quince años.

-Hace tres años que tomo Ayahuasca –me cuenta un vecino al escucharme hablar del tema-. Debes saber que en las primeras cinco sesiones te enfrentas a los temores y conflictos que cargas desde la infancia. Hasta que logras superarlos.

La combi frenó al llegar a una calle de cemento.
Un gordo abrió la puerta:
-A la ciudad! Rapidito que vamos! A la ciudad!
No pensé que podía entrar una persona más, pero entraron cinco. El gordo de la puerta tenía una habilidad nata para jugar al tetris con humanos.

-Una vez que estás curado puedes seguir el aprendizaje –siguió mi vecino cada vez más cercano; la combi en marcha, mi vista clavada en las manitos del peruano de quince años en el volante-. Ahí fue cuando se me apareció el sapo que habla. Yo le hacía una pregunta y el sapo me guiaba hacia la respuesta. Claro que a mis amigos la planta se les presentó como distintos tipos de animales. Eso es cierto.
-Es normal que maneje un chico tan joven una combi?
-Antes en Perú llegar a manejar un coche era tan difícil como manejar un avión. Pero con Fujimori llegaron los Toyotas.
-Ah.
-Pues sigo. En mi última sesión mi chamán andaba en busca de un amigo suyo que es doctor. Estuvimos en transe un tiempo hasta que empezaron a presentarse frente a nosotros diversas caras que nos atravesaban. Una tras otra, durante quince minutos, hasta que lo encontramos. Entonces nos detuvimos a observar detalles de lo que rodeaba al doctor para tener pistas para encontrarlo en la vida real. Podríamos haberlo sabido de mantenernos en el transe un tiempo más, pero el chamán nos hizo despertar abruptamente. Dijo que se aproximaban espíritus malignos.
-Uh.

No le dije nada pero creí en todo lo que dijo porque coincidía con lo que había leído en libros de Castaneda. ¿Será que él leyó los mismos libros?
Mis monosílabos no signifiicaban falta de interés: en ese momento sentía que si todos nos concentrabamos al mismo tiempo mirando al nene que manejaba para que no se equivocara disminuirían las chances de morirnos en bloque. Odiaría ser un apellido más también en mi muerte.

Por fin el chofer quinceañero frenó apenas entramos en la ciudad de Cuzco y veinticinco personas salimos de ahí. Las puertas quedaron abiertas. Veinticinco personas nos reemplazaron.
-Arriba, arriba, que nos vamos! –gritó el gordo.
Entró el pasajero veintiséis que llegaba tarde, y se fueron.

jueves, 1 de julio de 2010

SAMPI -PARTE 2

Ya estamos dentro de la cabaña sentados en ronda. Son más de las diez de la noche y la ronda está organizada sobre un círculo grande de madera que se alza unos diez centímetros sobre el piso, en el centro de la habitación. Como si fuera una pista de baile.
Sampi revuelve la olla sin dejar de hablar ni sonreír:
-¡Dicen que el San Pedro es adictivo! (niega varias veces con la cabeza) ¡Si sabe como la mierda! Si tuviera gusto a durazno o sandía todavía, porque encima pega... ¡Pero sabe horrible! Lo mejor es tomarlo de un trago. ¡Eso! Un trago largo hasta el final.
Sirve el primer vaso largo largo con agua marrón. Pareciera ser tierra líquida tibia. O diarrea. Lo que te guste menos. Se lo pasa a Xavi, el joven español que entresemana aloja a su amigo chamán (este chamancito chambón) en un cuarto de su casa de Cuzco. Su expresión no es alentadora: asco puro. Su noviecita es la siguiente y la expectativa empeora con un evidente amague de arcadas. Faltan tres turnos para mi. Estoy preocupado. Yo nunca pude dar un trago largo a una petaca sin devolver más de lo que me dieron. Soy demasiado generoso con lo que me desagrada.

Lo que me irrita son los testigos. No me molestaría retorcerme en privado, pero el vomito en público me hace sentir menos hombre. Como si la masculinidad se midiera por el aguante y no por lo que debe ser: el tamaño de los genitales, el largo de la barba y la capacidad de sostener en el tiempo una mirada intensa. Especialmente con una mujer enfrente.
Estos testigos me dan escalofríos. Están atrincherados debajo de la ronda con las peras sobre las manos apoyadas en el círculo de madera. Los diez hijitos de Ricardina, tapados con frazadas de pies a cabeza. Sólo se les ven los ojos. Que nos miran. Y cuchichean. Y nos miran. Malditos espectadores entrometidos, cuchicheando en quechua. ¡Quechuichuiando! Berta, Efrén, Hermógenes y los demás. Nadie los invitó: los invitados somos nosostros. Así que tendremos que convivir con sus miradas y susurros.

El vaso se siente caliente en mis manos. Desde arriba se ven los grumos en la tierra líquida. Peor que la nata en un café con leche. Huelo el contenido y me aguanto la primer arcada. No quiero ser un show en beneficio de los pequeños testigos en trinchera. Me tapo la nariz y doy el trago más largo que puedo dar.
No puede ser... es imposible! Esto es peor que barro derretido. Otro trago. ¡Nada es tan feo en este mundo! ¡Y faltan tres cuartos de vaso!
Respiro hondo, me concentro en controlar el estómago. Yo soy el amo, él es el esclavo. La boca quiere pararse a dar un discruso. ¡Que se calle! Los esclavos no tienen derecho a réplica... ya sabemos lo peligrosa que es la boca del estómago en estos casos. Un trago más; llega la primer árcada. Un segundo, dos segundos: controlada. Otro mini trago. ¡Segunda arcada! Tranquilo. Tranquilidad. Tranquilismo zen. Ignoro las risas tapadas en frazadas. Esas sonrisas dis-frazadas. ¡No les doy el gusto! Seremos sus invitados pero no sus bufones. ¿Otra mininada? ¡Basta señor! El cuartito sobrante se lo dejo de propina.
Gracias por todo. Que pase el que sigue.

Sampi prende unas velas. Pone música y mueve las velas bailando. Giro la cabeza y emerge la cara de Ricardina. Llegó súbita y sigilosamente desde las trincheras para depositar sus arrugas a un centímetro de mi cara.
-Sí, papito. ¿Cómo anda eso papito?
Puede tener treinta u ochenta años. No podría saber la diferencia. Ni por un segundo deja de clavarme la vista. Desde esta distancia deja de ser mujer o chola para ser simplemente un ser. Mati, acostado a mi lado, está pensando que en cualquier momento me transa. Es difícil escuchar sus palabras cuando de fondo, fuera de foco, Sampi danza y canta al fuego de las velas.
Pero más difícil es no escucharla.
-Yo tengo sesenta años, m`hijito, y cosecho la papa. Solita la cosecho a la papa, papito. Puedo cargar hasta cincuenta kilos de papa solita arriba de la montaña desde la mañanita hasta la tarde.
-Ajá, ajá -y oh oh. Empezó a pegar y ella no se me despega.
-Cinco de mis hijos estudiaron, m´hijo, y los otros están terminando la primaria. Todos cosechamos la papa, papito. La papa.

Decidí girar la cabeza, desenfocar completamente y sentir el calor de su mirada en mi mejilla sin ceder a la tentación de devolverle mis ojos. Sampi empezó su monólogo y al tiempo ya no sentí el calor. La chola regresó a la trinchera. Apoyé la espalda contra uno de los palos de madera, tapé mis piernas con una frazada y dejé que su dicurso me llevara de a poco.
Sampi bailaba elásticamente y decía:
El dia que nació el plástico nació el cancer. Fecha de nacimiento, fecha de vencimiento.
Caminaba alrededor del círculo y decía:
Eran cien de la CIA. Inventaron la CIENCIA.
Se detenía en mitad de la ronda y decía:
Antes de hacer el ridículo me quedo quieto. Eso. Quietito quietito.
Acariciaba su barba, fruncía el ceño y decía:
¿Quien dice que estoy hablando solo? ¡Estoy hablando conmigo mismo! Asi que por favor déjenos solos, que no ve que estamos ocupados?

La primer parte de la noche fue una lucha solitaria y silenciosa contra la barriga. ¡Dominarla! Y de fondo, la radio chamánica.
Al rato me sentí mejor y decidí averiguar qué tal era el San Pedro de pie. Agarré mi frazada, me la puse como capa y di una vuelta alrededor de la ronda sonriéndole a los participantes. Cuando llegué al punto de inicio me encontré con la capa de Rochi. Mejor dicho con Rochi en capa. Que no se le suban los humos. Ya bastante teníamos con los grumos.
-Creo que es mejor caminar -le dije-, y si sentís ganas de vomitar no las reprimas, me dijeron que es mejor.
Ella hizo ademán de contestarme, pero cuando parpadeó ya no estaba ahí. Me encontró de rodillas un metro a la derecha, del otro lado de la puerta de vidrio, mirando al pasto con la boca abierta. Los ojos bien grandes, y algunas lágrimas resbalando sin autorización, observaban al barro derretido siendo devuelto a la tierra. Terminado el primer turno di un respiro hondo que hizo sonar mi garganta como un alce en celo, sentí una vez más el gusto del San Pedro en el paladar y repentinamente repetí por segunda vez. Es decir, volví a devolver. O Re Repetí. Y mientras lo hacía me temblaban los dientes. No los de arriba con los de abajo, los dientes temblaban solitos en su lugar.
-Bien, bien. Sacalo todo, que no quede nada -Sampi me tocaba la espalda-. ¿Estás bien? No te preocupes.
Asentí con la cabeza. Mi chamán estaba demente, es cierto, pero cumplía con su trabajo. Me sentí cuidado. Cuidado por un loco. Y eso no estaba seguro de cómo debía hacerme sentir. Lo que sí sabía era que de ahora en más cada vez que quisiera vomitar sólo tenía que recordar el sabor del San Pedro. Meterse los dedos ya fue.

Me puse de pie y fui al baño a mojarme. El aire frío de montaña me hizo bien. No flotaba exactamente, pero mis pies estaban más ligeros. Sin embargo, me movía lentamente. Como por si acaso. Los objetos y paisajes mantenían sus tamaños originales. También los colores pero no era cuestión de desesperar. Algo no estaba del todo normal. San Pedro no era un fiasco.

Regresé a la cabaña. Rochi dijo estar tranquila. Paula apoyaba su cabeza en las piernas de Mati. Me miró y sonrió. Eso pareció suficiente. Mientras tanto, desde algún lugar, Sampi susurraba:
Si lo sabe uno es secreto.
Si lo saben dos es confianza.
Si lo saben tres es tradición.
O cantaba un poco y gritaba:
¡Yo soy autosuficiente! Y sin auto. Suficiente.
Y enseguida se repondía a sí mismo:
¿Yo sinvergüenza? ¡Pues claro! ¿Quién quiere vivir con vergüenza?
Me senté a los pies de Mati. Tenía los ojos cerrados, y al moverme para encontrar una posición cómoda los abrió y me empujó despacio.
-¿Podés alejarte un poco por favor?
-Ok.
Me paré de nuevo y choqué con Sampi, que venía del lado contrario.
-¿Aquí es donde pasa el tren?
-No, por ahí -respondí señalando el lago.
-Pues aviseme cuando venga. ¡Qué gente encantadora! -sonrió- Lo asumo, soy culpable. ¡Cadena perpetua! Pero con gente así...

Me reí por dentro y fui a acostarme en el piso junto a Rochi. Cerré los ojos. Mi inconciente no tenía filtro. Apenas apagué los párpados él encendió un río de lava verde fluorescente que navegó en mi oscuridad. Acercando la vista pude ver que eran tentáculos. Acercando la mente los tentáculos formaron figuras, que formaron criaturitas saludando, que deformaron monstruitos simpáticos con sombreros, que se convirtieron en orugas con paraguas y así.
Si hubiera tenido una cámara de fotos para mi inconciente habría hecho una fortuna vendiéndole los prototipos a Liniers.
En tanto, desde la oscuridad una voz rogaba:
Déjenlo dormir al hombre... que quizás está soñando que es libre... Pero si el hombre es policía, avisa a los compañeros!
Cada minuto que pasaba Sampi me generaba más cariño y lástima. No me olvidaba de sus años en prisión. Nos regalaba su catársis mientras nosotros le prestabamos nuestros oídos. Era un trato justo. Ahora nos ofrecía su infancia:
De niño preguntaba algo y mamá me pegaba. ¡No le digas la verdad a tus hermanos! Y para navidad, me regalaron una ametralladora...
Una mano sacudió a Rochi que se incorporó de inmediato.
-¿Estás despierta? ¿Cuántos litros de agua tomas al día?
-Cinco litros -respondió ella sin dudarlo, como si hubiese estudiado para el examen sorpresa.
-¿Cinco? -se descolocó el che man-. Cinco está bien. Hay que tomar agua, mucha agua, que limpia el cuerpo.
Y se fue. Miró hacia el ventanal que daba al lago y con el dedo meñique y gordo de su mano derecha inventó un teléfono celular que puso en su oreja.
-¿Hola Cuzco?
-¿Hola Machu Pichu? -respondió el celular de su mano izquierda.
-¿Cómo anda la situación ahí? -se preguntó.
-¡Se ha inundado todo! -se contestó- Las casas son canoas. Los techitos toman sol y mojan sus picecitos en el agua.
Vi con mis propios ojos como Sampi perdió la conciencia y recuperó la inconciencia que lo llevó sin previo aviso a un recuerdo de ayahuasca:
-Somos dos en la canoa. Y yo ya me he comido al sapo.
Recuerdé al Don Juan de Castaneda y tomé nota para tomarlo más en serio. Enfoqué la mirada en el cuadro colgado cerca del techo y pude deformar su contorno casi sin esfuerzo. Giré la cabeza y la punta de mi nariz casi le da un beso a la vela encendida. La luz se alargaba a mi voluntad y, agudizando la vista, llegué a ver en detalle el fuego disecado en pequeños puntos de diversos brillos y colores.
Sampi jamás detenía su radio:
Los sueños suben al sol... en la capa de ozono rebotan los malos sueños y caen en forma de rayos UV que se quedan en tu cara en forma de malestar y cancer de piel.
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¿Ese culo sabe dulce? Miralo bien. ¡Es tu hermana!
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Recuerdo esa noche... todos con ayahuasca hasta el culo. ¡Qué tiempos aquellos!... Los mismos que ahora.
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Yo no soy el que era, soy el que sigo siendo.
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¿Que nos vamos a morir todos un día?
¡¿Todos nos vamos a morir?!
¡Es absurdo!

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Estoy de acuerdo.
Es absurdo.
Y me encantaría
que no fuera cierto.
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Entonces cerré los ojos
por última vez esa noche.