Regreso al Ambassador para ver el principio de Pechuga, el corto de Tián. Creo que la pelea viene pareja. Patidifusa patea con fuerza, es cierto, pero el cine está en su salsa, es su festival, y eso se respira. Yo estoy bien dispuesto. Que el Universo disponga; trataré de aceptar los resultados con alegría. Para ser sincero, cruzo los dedos porque mi futuro sea cinematográfico. Será más difícil lograrlo, es cierto, pero si en una de esas funciona la satisfacción será mayor.
Espero no ser más petiso de lo que me siento. Tampoco sé cuánto hay que estirarse para alcanzar algo en este rubro. Si hay que ser tan alto, si no hay que ser tan lento, si hay que tener más talento. Muchos llegan sin altura, por suerte o contacto. No sé cómo soportan el vértigo de estar arriba siendo tan cortos. Otra cosa me inquieta: al ir subiendo el espacio será más estrecho. Habrá que alzar los codos para no caerse de la escalera y yo no soy mañoso para esas trampas. En la planta baja somos todos amigos. Quisiera que eso se mantenga.
Ahora vean esto. Luego de seis cortos desparejos, llega por fin la gallina de Tián a ocupar la pantalla. El corto es mejor de lo que pensaba porque pude pensarlo más de lo que lo había pensado y verdaderamente está bien pensado. Decisiones acertadas. El trabajo sonoro, imágenes conceptuales, la elección de un actor con tremendo parecido a su gallina, pues ella es una extensión de él mismo. Eso no debe haber sido fácil de encontrar. Un hombre parecido a su gallina. O una gallina parecida a su hombre. Todo muy prometedor. Pero entonces, justo en la mitad, Pechuga se prendió fuego.
La cinta se calcinó en el proyector, la pantalla devolvió una película hervida, hecha fuego y globitos. Todos nos llevamos las manos a la cabeza diciendo una misma cosa: ¡UH! Se prendieron las luces de la sala. Listo el pollo, quemada la gallina. ¿Qué estará pensando Tián? ¿Y yo? ¿Qué tendrá que ver esto conmigo? ¿Qué estará pensando el Universo? El cine llevado a cenizas. Un corto muerto. El Universo debe estar mirándome atentamente deseando que lea bien su mensaje. ¿Muerte al cine? ¿Muerte a Tián? ¿Mi miniserie está en malas manos? Esto no es bueno.
Giro la cabeza para buscar a Tián entre la gente y compadecerme ante su cara de espanto. No lo encuentro, pero la veo a Clara. ¡Clara! Hace años que no veo tu cara, Clara, pero justo la semana pasada te envié un mail para ver si tenías algún contacto en canal Siete por mi nueva miniserie. Mi padre me había comentado que ella se cogía a Tristán Bauer, o a un amigo de Tristán Bauer. En fin, que por su chongo estaba entongada con el canal. ¡Es una luz al final del túnel! Una luz Clarita.
Subo unos escalones hacia ella y la veo con su amiga Mariela y su hermana (Ana, me recuerdan). Las saludo y en un nanosegundo les cuento todas mis coincidencias para que me ayuden a descifrar los designios detrás de este nuevo hecho. De hecho, al verlas de cerca, recuerdo unas cuantas señales potentes en nuestro pasado en conjunto.
A ellas las conocí hace unos cinco años en la orilla de una playa con piedritas en el sur. Estábamos todos parados con las bolsas de dormir hasta las tetillas mirando al infinito. Congeniamos. Jugamos carreras de embolsados, hicimos series de medialunas continuadas hasta caer al piso, competimos a ver quién lograba contar más estrellas. Yo conté 214 y me aburrí. A la noche los fideos salieron pegados, los comimos directo de la olla y en el fogón Clara nos sorprendió con sus talentos:
1-Prender fuego la punta de una ramita diminuta; soplarla hasta apagarla y dejar el extremo naranja; mover la ramita con gran rapidez formando figuras efímeras en el aire.
2-Enfocar la linterna dentro de la carpa; poner sus manos delante de la luz; hacer figuras de sombras; contar historias a través de ellas.
Con Mariela compartimos otra cosa. Un silencio a las tres de la mañana, los dos sentados sobre un tronco. Yo de novio, ¿ella dispuesta? No sé. Todavía no lo sé. Esa noche dormí para cumplir cierta regla acerca de la infidelidad: considerarla si surge, pero no generarla. Mariela fue la primera. Tres años después dejé pasar la segunda. Otra chica, otro lugar, mismas circunstancias. Si el Universo habló a través de ellas, con el tiempo aprendí a escucharlo. Siempre que volví de esos viajes mis relaciones murieron (recuerden chicos: Verano Mata Relación) y yo quedé atragantado con lo que pudo haber sido. Dudo que haya un strike tres.
Ahora la coincidencia. Años después del regreso de ese viaje al sur me entero de que Clara es hija de uno de los muchachos. Mi viejo se junta religiosamente todos los sábados a comer en el restorán La Escondida con los muchachos. Luigi, Jorge, Guillermo, Claudio y él. Desde hace treinta años. Clara, parece ser, es hija de Guillermo. Recién hoy la reencuentro después de tanto tiempo y novedad. Y eso no es todo: cinco años antes de que yo conociera a Clara, mi hermano Sebastián había entablado amistad con Martín. También en el sur. Martín resultó ser hijo de Claudio, otro de los muchachos. No sólo eso: vivía a media cuadra de la que por ese entonces era nuestra casa de Vicente López. Ahora Clara y Mariela me cuentan que este año se mudaron a dos cuadras de esa misma casa. ¿De qué sirve todo esto? No sé. ¿Será para contarlo?
Luego de veinte minutos sin corto decidimos salir. Bajando los escalones la veo sentada a Cinthia, ex editora de Haciendo Cine, en la época que yo era redactor. La saludo y me cae la ficha acerca de Ana, hermana de Clara. La recuerdo. Ella me recordaba, lo vi en su mirada, y yo hice de cuenta que también, pero no. Ahora sí. Fue en una fiesta. Me acerqué a hablarle. Dije algo divertido, no me acuerdo qué, pero por algo ella me recordaba. Hasta que me contó que su novio era Esteban, el que pasaba música, al que yo también conocía de la revista. Hoy Esteban es el nuevo editor de Haciendo Cine y yo me siento importante.
Tantas señales. Será como los goles y las mujeres: las coincidencias también vienen en rachas. Una vez que uno les presta atención ellas toman confianza y se mandan en caída libre desde el cielo cual equipo de paracaidistas listos para formar figuras en el aire. ¿Qué figura estarán tratando de formar? ¿Será un zapato? ¿Será un espejo de mí mismo? ¿Será egocéntrico sentir que el Universo me tiene en la mira? Ya no importa tanto qué me quiere decir, bastante es que se decida a hablarme. Es como en los premios Oscar: es un honor estar nominado. Antes de que saquen el sobre con el nombre del ganador, Mariela, Clara, Ana y yo nos vamos a comer.
martes, 21 de diciembre de 2010
miércoles, 15 de diciembre de 2010
SEÑALES - PARTE 4
Ante la ausencia de Jovic decido bajar del tercer piso del cine Ambassador para ir a comer algo al shopping. A la salida emerge de un salto Tián entregándome un volante para la proyección de su corto en Historias Breves VI. Tián, uno de esos tipos queribles que se las arreglan para parecer desarreglados, es uno de los creativos de Nah!, la productora amiga que cree firmemente en mi otra miniserie y trata de venderla. Tián, me corrigieron, no es diminutivo de Sebastián sino de Cristian. A mí me había confundido el acento. El acento en la gramática del nombre. Tián no habla con un acento distintivo de Sebastianes. Tián lleva puesta una barba de náufrago en sus comienzos y esa ropa de superantihéroe que, como buen superhéroe, suele ser un mismo uniforme fácilmente reconocible, y, como buen antihéroe, el uniforme consiste en camisa a cuadros abierta con dos o tres pines enganchados a la altura del corazón, remera simpática colorida, pantalón marroncito y zapatillas de lona turquesa. Tián me cae bien.
Dice que mi miniserie ahora mismo está en Chile presentándose junto a otros proyectos de Nah! como la adaptación del Auto Fantástico a los tiempos modernos: el Celular Fantástico. Pinta bien. Subtexto del Universo: (cine sí). Le comento que vi el final de su corto –me colé a la función y llegué a ver solo la segunda mitad- y que, por lo que llegué a ver, me gustó. No tuve que mentir. Me dice que lo mire entero, insiste con el volante viste, y le prometo tratar. Total prometer tratar no significa nada. Es la promesa más fácil que hice en mi vida. Pero la dije con sinceridad. La próxima vez voy a tratar de prometer, que es más difícil.
Mientras le doy el primer bocado a mi hamburguesa en el shopping y trato de conectarme a internet y pregunto la clave del wifi y como papas fritas tibias y pienso en otras cinco o seis cosas, veo el cartel promocionando la hamburguesa de pollo de Mostaza y me ataca un flashback. En el flashback estoy en la productora Nah! y Tián me adelanta algo de su cortometraje. Lo protagoniza un tipo y su gallina.
-Viví ocho meses con la gallina para entrenarla.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Pechuga.
-Si hay algo que no entiendo es la gente que prefiere pechuga. Quiero uno de esos por favor, ¿pero no lo tiene más seco, aburrido y con menos sabor? Gracias. Si no es por razones dietéticas, es inentendible.
Tián sonrió con la sonrisa de un comediante. Me sentí como un mago tratando de sorprender a otro mago. Esas cosas no se hacen.
-¿Y qué tal Pechuga como mascota? ¿Si la llamabas venía?
-Sí, esos trucos los aprendió. La iba a traer al estreno, pero la tuve que mandar al campo de mi tía un tiempo y se murió allá. La agarró un perro.
-Las gallinas nunca mueren de viejas. Como las ovejas y las vacas, esos animalitos nacen tontos para ser masticados. Son pan comido. Se merecen su suerte. Si se rebelaran un poco, despertaran un poco, me daría culpa. Pero no. Por eso no soy vegetariano.
De nuevo esa sonrisa de comediante. Tengo que dejar de hacer esto.
-Igual es una lástima. Me hubiera interesado saber si Pechuga te reconocía en el campo luego de unos meses sin verte. O si se resentía porque la abandonaras. A mí me pasó con mi perro bóxer, todavía no me perdona. Siempre me mira de reojo, deja que lo acaricien todos menos yo. Está muy dolido. Nunca le pude explicar bien. Los perros entienden todo, menos ese tipo de cosas. ¿Cómo le explico a un bóxer lo que es un monoambiente? Yo lo hice para que tenga una mejor calidad de vida, y él no me lo perdona. Para abrazarlo tengo que traerlo a la fuerza. No es lo mismo.
¿A que no adivinan como me miraba Tián en ese momento? No me acuerdo. Ahí terminaba el flashback. Algo pasó y el presente se hizo presente.
Chequeando mails (uno puede tener flashbacks y chequear mails mientras tanto; hoy en día uno puede hacer casi cualquier cosa y estar chequeando mails al mismo tiempo) encontré uno que me llamó soberanamente (?) la atención. De: Universo, Para: Ferito. Era un mail que venía esperando desde hacía seis meses. El Ministerio de Educación finalmente dio luz verde al proyecto En Cortos y en Diciembre seré uno de los sesenta capacitadores que viajarán a lo largo y ancho del país a convencer a chicos de que ellos también pueden hacer cortos. Claro que para lograr eso primero tengo que convencerme a mí mismo. Yo puedo, ellos pueden, nosotros podemos. ¿De verdad puedo? Sí, puedo. Creo. ¿Por qué? Sin dudas esta señal es favorable al cine. Y entonces me llega un mensaje de texto al celular que dice: “Vendimos 2600 pesos!”. Es la venta diaria más grande desde el año y medio que llevo manejando calzado. Léase manejar calzado como tener un comercio de zapatos. Yo no tengo auto ni revolver debajo del asiento. El Universo y sus contradicciones. El cine quiere. Y yo quiero que el cine pueda. Pero Patidifusa resiste.
Dice que mi miniserie ahora mismo está en Chile presentándose junto a otros proyectos de Nah! como la adaptación del Auto Fantástico a los tiempos modernos: el Celular Fantástico. Pinta bien. Subtexto del Universo: (cine sí). Le comento que vi el final de su corto –me colé a la función y llegué a ver solo la segunda mitad- y que, por lo que llegué a ver, me gustó. No tuve que mentir. Me dice que lo mire entero, insiste con el volante viste, y le prometo tratar. Total prometer tratar no significa nada. Es la promesa más fácil que hice en mi vida. Pero la dije con sinceridad. La próxima vez voy a tratar de prometer, que es más difícil.
Mientras le doy el primer bocado a mi hamburguesa en el shopping y trato de conectarme a internet y pregunto la clave del wifi y como papas fritas tibias y pienso en otras cinco o seis cosas, veo el cartel promocionando la hamburguesa de pollo de Mostaza y me ataca un flashback. En el flashback estoy en la productora Nah! y Tián me adelanta algo de su cortometraje. Lo protagoniza un tipo y su gallina.
-Viví ocho meses con la gallina para entrenarla.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Pechuga.
-Si hay algo que no entiendo es la gente que prefiere pechuga. Quiero uno de esos por favor, ¿pero no lo tiene más seco, aburrido y con menos sabor? Gracias. Si no es por razones dietéticas, es inentendible.
Tián sonrió con la sonrisa de un comediante. Me sentí como un mago tratando de sorprender a otro mago. Esas cosas no se hacen.
-¿Y qué tal Pechuga como mascota? ¿Si la llamabas venía?
-Sí, esos trucos los aprendió. La iba a traer al estreno, pero la tuve que mandar al campo de mi tía un tiempo y se murió allá. La agarró un perro.
-Las gallinas nunca mueren de viejas. Como las ovejas y las vacas, esos animalitos nacen tontos para ser masticados. Son pan comido. Se merecen su suerte. Si se rebelaran un poco, despertaran un poco, me daría culpa. Pero no. Por eso no soy vegetariano.
De nuevo esa sonrisa de comediante. Tengo que dejar de hacer esto.
-Igual es una lástima. Me hubiera interesado saber si Pechuga te reconocía en el campo luego de unos meses sin verte. O si se resentía porque la abandonaras. A mí me pasó con mi perro bóxer, todavía no me perdona. Siempre me mira de reojo, deja que lo acaricien todos menos yo. Está muy dolido. Nunca le pude explicar bien. Los perros entienden todo, menos ese tipo de cosas. ¿Cómo le explico a un bóxer lo que es un monoambiente? Yo lo hice para que tenga una mejor calidad de vida, y él no me lo perdona. Para abrazarlo tengo que traerlo a la fuerza. No es lo mismo.
¿A que no adivinan como me miraba Tián en ese momento? No me acuerdo. Ahí terminaba el flashback. Algo pasó y el presente se hizo presente.
Chequeando mails (uno puede tener flashbacks y chequear mails mientras tanto; hoy en día uno puede hacer casi cualquier cosa y estar chequeando mails al mismo tiempo) encontré uno que me llamó soberanamente (?) la atención. De: Universo, Para: Ferito. Era un mail que venía esperando desde hacía seis meses. El Ministerio de Educación finalmente dio luz verde al proyecto En Cortos y en Diciembre seré uno de los sesenta capacitadores que viajarán a lo largo y ancho del país a convencer a chicos de que ellos también pueden hacer cortos. Claro que para lograr eso primero tengo que convencerme a mí mismo. Yo puedo, ellos pueden, nosotros podemos. ¿De verdad puedo? Sí, puedo. Creo. ¿Por qué? Sin dudas esta señal es favorable al cine. Y entonces me llega un mensaje de texto al celular que dice: “Vendimos 2600 pesos!”. Es la venta diaria más grande desde el año y medio que llevo manejando calzado. Léase manejar calzado como tener un comercio de zapatos. Yo no tengo auto ni revolver debajo del asiento. El Universo y sus contradicciones. El cine quiere. Y yo quiero que el cine pueda. Pero Patidifusa resiste.
lunes, 13 de diciembre de 2010
SEÑALES -PARTE 3
De vuelta de la playa regresé al cine Ambassador en busca de Jovic, el coautor de mi futura miniserie. A eso vine a Mar del Plata: a acompañarlo en la presentación de su corto fallido y desearle un muy feliz cumpleaños. Es hoy, pero él sigue sin aparecer. Espero su llegada desde hace tres días con el libro envuelto. El libro se titula Muñecas y trata de un solitario enfermizo que deposita su amor en muñecas inflables, pero no es indirecta. Jovic está mejor que un año atrás, cuando expuso en pantalla su corazón roto, catársis humorística y barba de náufrago. Las aventuras de Jovic, su primer corto, fue presentado con éxito en el festival pasado con el protagonismo absoluto de él mismo, de quién más, siempre con anteojos y hablando de usted. Jovic nunca sale de personaje. En algún momento de su vida delinió el personaje que quería ser y desde entonces lo fue. No descansa ni cuando va al baño. Quizás sufrió la gran Alfredo Alcón, que se metió tanto en la cabeza de su personaje para entenderlo e interpretarlo que luego tuvieron que pasar meses y trabajar barbaridad para lograr salir de él. Quizás.
Jovic filmó aquel corto en tono documental buscando ayuda de viejas, chinos y jóvenes desconocidos para que lo aconsejaran sobre el amor y cómo superar el final de su noviazgo con Hollie, la mujer que se negó a ser. Tuvo la inteligencia de reírse de sí mismo y se regaló un final esperanzador, cruzando la vía del tren para darle un chupetín a su nueva chica. No estoy seguro si eso fue realidad o ficción. Hoy, un año después, regresaría al festival con un segundo corto de la mano de la chica cuya ausencia había inspirado el primero. Probablemente. Ese era el plan, al menos. ¿Qué estará haciendo Jovic en este momento?
El hombre hace lo que puede, supongo. A un padre todo se le justifica. Llegar tarde, faltar a su propia presentación, no contestar el teléfono y él podría salir con:
-Tuve a la nena en casa, mamá no la pudo cuidar.
Contra eso no hay respuesta.
Pero cuando el Universo te está mirando todo tiene otro significado. Todavía me niego a tomar esto como una señal en contra de la miniserie porque, como suele ocurrir, lo último que escribimos es lo que más nos gusta. Necesito creer. Además, todos queremos un final feliz y esta era la oportunidad de Jovic de conseguirlo en la vida real. Mi relación con él, Universo de por medio, estaba en un segundo plano.
¿Volvería Jovic a Mar del Plata junto a Hollie? No hay retorno triunfal mayor que ese: filmar un corto con el corazón arruinado por una mujer y volver con ella del brazo un año después a caminar por la alfombra roja. Claro que él no estaba seguro de todo esto. Últimamente estaban yendo al cine seguido con Hollie. Charlaban y reían llevándose mejor que nunca sin besos de por medio. Cada vez que me contaba de sus reencuentros lo sentía como un niño en la parte baja de la pileta con un miedo terrible de avanzar hacia lo hondo. Igual se había jugado: ella era SU invitada al festival y Jovic ya había averiguado lo necesario para confirmar que la habitación del hotel que le cedía la organización del festival tuviera cama matrimonial. Estaba todo dado para el gran final feliz a la medianoche, cuando cumpliera treinta años. Menos él.
¿Dónde estaba él? ¿Y por qué no me contestaba el teléfono? Espero que mi libro de regalo no sea un presagio. Las muñecas inflables pueden ser divertidas al principio, pero con el tiempo deben hacerse algo monótonas. Y a la larga, por h o por b, la relación se terminaría pinchando. ¿Por qué por h o por b? ¿Por qué no por a o por b? ¿O por a o por z? ¿O por h o por ch? No se, che. Pero por J o por Vic yo abandonaba la espera. Mi día, mis señales, mis definiciones e indecisiones seguirían por otra parte.
Jovic filmó aquel corto en tono documental buscando ayuda de viejas, chinos y jóvenes desconocidos para que lo aconsejaran sobre el amor y cómo superar el final de su noviazgo con Hollie, la mujer que se negó a ser. Tuvo la inteligencia de reírse de sí mismo y se regaló un final esperanzador, cruzando la vía del tren para darle un chupetín a su nueva chica. No estoy seguro si eso fue realidad o ficción. Hoy, un año después, regresaría al festival con un segundo corto de la mano de la chica cuya ausencia había inspirado el primero. Probablemente. Ese era el plan, al menos. ¿Qué estará haciendo Jovic en este momento?
El hombre hace lo que puede, supongo. A un padre todo se le justifica. Llegar tarde, faltar a su propia presentación, no contestar el teléfono y él podría salir con:
-Tuve a la nena en casa, mamá no la pudo cuidar.
Contra eso no hay respuesta.
Pero cuando el Universo te está mirando todo tiene otro significado. Todavía me niego a tomar esto como una señal en contra de la miniserie porque, como suele ocurrir, lo último que escribimos es lo que más nos gusta. Necesito creer. Además, todos queremos un final feliz y esta era la oportunidad de Jovic de conseguirlo en la vida real. Mi relación con él, Universo de por medio, estaba en un segundo plano.
¿Volvería Jovic a Mar del Plata junto a Hollie? No hay retorno triunfal mayor que ese: filmar un corto con el corazón arruinado por una mujer y volver con ella del brazo un año después a caminar por la alfombra roja. Claro que él no estaba seguro de todo esto. Últimamente estaban yendo al cine seguido con Hollie. Charlaban y reían llevándose mejor que nunca sin besos de por medio. Cada vez que me contaba de sus reencuentros lo sentía como un niño en la parte baja de la pileta con un miedo terrible de avanzar hacia lo hondo. Igual se había jugado: ella era SU invitada al festival y Jovic ya había averiguado lo necesario para confirmar que la habitación del hotel que le cedía la organización del festival tuviera cama matrimonial. Estaba todo dado para el gran final feliz a la medianoche, cuando cumpliera treinta años. Menos él.
¿Dónde estaba él? ¿Y por qué no me contestaba el teléfono? Espero que mi libro de regalo no sea un presagio. Las muñecas inflables pueden ser divertidas al principio, pero con el tiempo deben hacerse algo monótonas. Y a la larga, por h o por b, la relación se terminaría pinchando. ¿Por qué por h o por b? ¿Por qué no por a o por b? ¿O por a o por z? ¿O por h o por ch? No se, che. Pero por J o por Vic yo abandonaba la espera. Mi día, mis señales, mis definiciones e indecisiones seguirían por otra parte.
jueves, 9 de diciembre de 2010
SEÑALES - PARTE 2
El director no aparecía y para no parecer un fan de la versión mejorada de Gloria Carrá caminé unos metros por la vereda y me encontré con mis amigos cinéfilos pasajeros. Verónica se había sentado al lado mío en una función de una película sobre Bukowski. Esa noche le pasé una colección de las películas de mi ciclo de cine con packaging artístico (Chivo: http://ojodepezdvds.tumblr.com/) diciéndole:
-Mirá, esta es mi excusa para conocer desconocidos.
Enseguida llegó su amigo Iván, uno de esos jovencitos frágiles que no deben exponerse a sol. No se qué edad tenía, pero parecía de menos. Ella le mostró mis películas y él le contó que se había enamorado de una chica en la cola del cine, que la había espiado hasta ver en qué sala se metía, que había averiguado a qué hora terminaba su película y que iría a buscarla a la salida. Entonces empezó la función y Bukowski subió a upa a una niña de catorce años en vestidito para sentirle las tetillas.
Eso fue anoche. Ahora Iván estaba nervioso con las manos en el bolsillo. Recién habían proyectado su corto: era uno de los que habían contribuido a mi ataque de mediocridad cinematográfica previa al llamado del Universo. Le dije que me habían gustado los títulos de apertura (eso era verdad) y me puse a hablar con su amigo para no mentirle el resto. El amigo, melena despeinada, ya había filmado su primer largo a los 20 añitos ganando una mención del Jurado en el último Bafici.
-¿Cómo se llama?
-Somos Nosotros.
-Me suena, me suena. Ah, no, la que me suena es Todos Mienten. Debe ser porque ambas tienen dos palabras. ¿De qué va?
-La hicimos acá en Mar del Plata en invierno. Amigos, skates, ciudad vacía. Esa onda.
-Ah, tipo Gus Van Sant.
-No.
-Ah.
Me dejé llevar por los jovencitos. Íbamos hacia el mar sin intenciones de pisar la arena. Eran cinco. Todos estudiantes de cine. Esperanzados, con proyectos y ganas de hacer. Yo prestaba atención a cada detalle. Una vez que el Universo te habla es necesario seguir escuchando; si uno le deja la oración por la mitad puede sacar conclusiones equivocadas y terminar vendiendo zapatos de tacón alto en lugar de usarlos o filmarlos. Todas cosas bien distintas. Debía prestar atención al menos hasta que terminase el día. Quizás los astros me estaban dando nuevas pistas en ese preciso momento y yo no las podía ver. ¿Era una señal estar rodeado de veinteañeros entusiasmados por el cine? ¿Ellos eran quién yo debía haber sido? ¿O quién yo ya no podría ser? Preferí pensar que si ellos podían, yo también. Pero luego llegamos al Meeting Point y no me dejaron entrar. No tenía la credencial del festival colgando alrededor del cuello.
Me senté en un escalón mirando hacia el mar, saqué mi cuaderno de cuentos dibujados (o dibujos escritos) y me puse a copiar el monumento al lobo marino.
Alrededor del dibujo escribí esto de corrido:
Una foca tiene un monumento
y yo no consigo salir en los diarios,
y es que tanto fue inventado
que solo quedan por crearse
granitos de arena,
eso que somos
y terminaremos siendo,
y sin embargo, con microscopio,
somos tanto más, que quizás,
valga la pena cantarle al viento
sin pensar quién esté escuchando,
pues al canto lo irá llevando
el viento como un secreto
que volará sin alas
y regresará un día
dentro de un desconocido
que dejará de serlo
mientras la foca o lobo marino
seguirá de piedra en su tarima
con el orgullo de ser estatua
y de permanecer intacta
para ser la foto de un turista
mientras jóvenes anarquistas
con pintura en aerosol
En ese momento tuve un Deja Vu y me detuve para recordarlo. En mi Deja Vu estaba escribiendo en un cuaderno mirando al mar. Me desconcentraba y abandonaba abruptamente el texto. Traté de recordar el contexto. ¿Había estado haciendo esto mismo en algún otro lugar? No. Entonces era un presagio. Dejé el texto como estaba, cerré el cuaderno y me pregunté si eso significaba algo más. ¿También tenía que dejar de escribir?
NO. El Universo puede hacer sugerencias, pero no tiene el poder de decidir por mí. Al menos en ese pequeño rubro yo soy más poderoso que el Universo. O esa quería creer, porque a fin de cuentas le hice caso. Tenía razón: no estaba inspirado. Estaba fumado. Y por cómo había pegado en ese momento convenía sentir antes que pensar. Así es que guardé el cuaderno en la mochila y fui caminando hacia la arena.
-Mirá, esta es mi excusa para conocer desconocidos.
Enseguida llegó su amigo Iván, uno de esos jovencitos frágiles que no deben exponerse a sol. No se qué edad tenía, pero parecía de menos. Ella le mostró mis películas y él le contó que se había enamorado de una chica en la cola del cine, que la había espiado hasta ver en qué sala se metía, que había averiguado a qué hora terminaba su película y que iría a buscarla a la salida. Entonces empezó la función y Bukowski subió a upa a una niña de catorce años en vestidito para sentirle las tetillas.
Eso fue anoche. Ahora Iván estaba nervioso con las manos en el bolsillo. Recién habían proyectado su corto: era uno de los que habían contribuido a mi ataque de mediocridad cinematográfica previa al llamado del Universo. Le dije que me habían gustado los títulos de apertura (eso era verdad) y me puse a hablar con su amigo para no mentirle el resto. El amigo, melena despeinada, ya había filmado su primer largo a los 20 añitos ganando una mención del Jurado en el último Bafici.
-¿Cómo se llama?
-Somos Nosotros.
-Me suena, me suena. Ah, no, la que me suena es Todos Mienten. Debe ser porque ambas tienen dos palabras. ¿De qué va?
-La hicimos acá en Mar del Plata en invierno. Amigos, skates, ciudad vacía. Esa onda.
-Ah, tipo Gus Van Sant.
-No.
-Ah.
Me dejé llevar por los jovencitos. Íbamos hacia el mar sin intenciones de pisar la arena. Eran cinco. Todos estudiantes de cine. Esperanzados, con proyectos y ganas de hacer. Yo prestaba atención a cada detalle. Una vez que el Universo te habla es necesario seguir escuchando; si uno le deja la oración por la mitad puede sacar conclusiones equivocadas y terminar vendiendo zapatos de tacón alto en lugar de usarlos o filmarlos. Todas cosas bien distintas. Debía prestar atención al menos hasta que terminase el día. Quizás los astros me estaban dando nuevas pistas en ese preciso momento y yo no las podía ver. ¿Era una señal estar rodeado de veinteañeros entusiasmados por el cine? ¿Ellos eran quién yo debía haber sido? ¿O quién yo ya no podría ser? Preferí pensar que si ellos podían, yo también. Pero luego llegamos al Meeting Point y no me dejaron entrar. No tenía la credencial del festival colgando alrededor del cuello.
Me senté en un escalón mirando hacia el mar, saqué mi cuaderno de cuentos dibujados (o dibujos escritos) y me puse a copiar el monumento al lobo marino.
Alrededor del dibujo escribí esto de corrido:
Una foca tiene un monumento
y yo no consigo salir en los diarios,
y es que tanto fue inventado
que solo quedan por crearse
granitos de arena,
eso que somos
y terminaremos siendo,
y sin embargo, con microscopio,
somos tanto más, que quizás,
valga la pena cantarle al viento
sin pensar quién esté escuchando,
pues al canto lo irá llevando
el viento como un secreto
que volará sin alas
y regresará un día
dentro de un desconocido
que dejará de serlo
mientras la foca o lobo marino
seguirá de piedra en su tarima
con el orgullo de ser estatua
y de permanecer intacta
para ser la foto de un turista
mientras jóvenes anarquistas
con pintura en aerosol
En ese momento tuve un Deja Vu y me detuve para recordarlo. En mi Deja Vu estaba escribiendo en un cuaderno mirando al mar. Me desconcentraba y abandonaba abruptamente el texto. Traté de recordar el contexto. ¿Había estado haciendo esto mismo en algún otro lugar? No. Entonces era un presagio. Dejé el texto como estaba, cerré el cuaderno y me pregunté si eso significaba algo más. ¿También tenía que dejar de escribir?
NO. El Universo puede hacer sugerencias, pero no tiene el poder de decidir por mí. Al menos en ese pequeño rubro yo soy más poderoso que el Universo. O esa quería creer, porque a fin de cuentas le hice caso. Tenía razón: no estaba inspirado. Estaba fumado. Y por cómo había pegado en ese momento convenía sentir antes que pensar. Así es que guardé el cuaderno en la mochila y fui caminando hacia la arena.
lunes, 29 de noviembre de 2010
SEÑALES - PARTE 1
Estaba viendo cortos argentinos en el Festival de Mar del Plata y me atacó la autocrítica. ¿Y si cuando haga un corto me sale como este? Ese, particularmente, no me gustaba. ¿Y si me sale peor y ni me doy cuenta?
Uno necesita, por lo menos, dos años de distancia para poder evaluar lo que hizo con cierta objetividad. En dos años puede pasar cualquier cosa. Se pierden cientos de oportunidades a cada semana; en especial si uno tarda en darse cuenta. Es imprescindible darse cuenta a tiempo, y para eso los más neuróticos elegimos la filosofía de la autoevaluación constante. No es una filosofía que recomiende, pues cuenta con grandes desventajas si uno disfruta de vivir en el presente. Uno de los efectos secundarios, por ejemplo, es tratar de seguir la trama de un corto y que la mente se te vaya, como un reflejo o un tic nervioso. Aunque el corto tampoco contribuya a mantenerla en el aquí y ahora, es una molestia fijar la vista en una pantalla sin que la mente te corresponda. Yo sentía como si padeciera de un repentino hipo cerebral. Veía los cortos y pensaba en mi futuro. Pero entonces el Universo me habló. Todavía estoy tratando de entender qué quiso decirme.
El Universo nos habla constantemente, incluyendo domingos y feriados, a través de señales. Nosotros lo ponemos en mute para no detenernos a cada paso -hay que seguir corriendo, el tiempo es tan poco y no queremos llegar tarde-; pero él, testarudo, insiste. Por lo general nos amparamos en las casualidades para seguir caminando y sin embargo, muy cada tanto, prestamos atención. Eso puede cambiarte la vida en un segundo. O volverte loco.
Yo vi un zapato. Estaba en la pantalla (era el primer plano del siguiente corto) y lo había hecho mi hermana. Al zapato, no al plano. Mi hermana diseña y hace zapatos, para eso respira, y yo este año abrí un local para que sus zapatos hagan feliz a la gente y la gente haga feliz a mi billetera. Yo, con mi billetera, trataré de hacer feliz a mis amigos y todos los que me conocen. Empezando por mí, que me conozco mejor que nadie. Pero eso todavía no sucedió, y hasta que mi billetera deje de sufrir, los zapatos se roban mi tiempo. Tiempo que podría gastar filmando cortos que, dos años después, serán buenos o malos. Mientras tanto alguien tiene que hacerlos; y yo no los estoy haciendo por los zapatos. Por eso me despertó mi curiosidad ese primer plano de un zapato Patidifusa (ésa es la marca, búsquenla y vacíen sus bolsillos en ella) justo en el climax de mi autocrítica. Estaba dispuesto a tomarlo como un Deja Vu y dejarlo ir, pero entonces vi otro zapato. Patidifusa. Y luego otros cuatro. Y luego un muchacho sentado en uno de los locales de mi hermana justo antes de que aparezca el título del cortometraje: "Pies".
Sobresaltado, miré a ambos lados sin poder creerlo. Casi codeo a mi vecino espectador para explicarle mi sorpresa, pero era una explicación muy larga y no llegaba a verle la expresión de la cara. ¿El Universo también le había hablado a él? ¿O me hablaba solo a mí? ¿Eso me hacía especial? ¿Era el preferido del Universo dentro de esa sala de cine? No. El Universo le habla a todos todo el tiempo. Yo no soy especial. Menos si lo que me estaba diciendo era que deje el cine y me dedique a los zapatos. ¿O no? Porque los zapatos estaban dentro de la pantalla. ¿La pantalla era el marco del mensaje, el medio del mensaje o formaba parte del mensaje? ¿Tenía que filmar zapatos? Sí. La conclusión era clara: Tenía que filmar zapatos.
Salí de la sala entusiasmadísimo. Yo no le era indiferente al Universo. Todo tenía un sentido. El Universo me conocía, había seguido mi trayectoria, y quería que filmara zapatos. O que dejara el cine y me haga comerciante, eso no estaba claro. Vi a la protagonista de Pies fuera del cine -una chica preciosa, posiblemente Gloria Carrá o una versión más joven y mejorada de Gloria Carrá- y le dije canchero que yo era el hermano de la autora de los zapatos que aparecían detrás de su cabeza en el corto. ¿Ella conocía a Patidifusa? No, eso era cuestión del director. Le expliqué en resumen mi encuentro íntimo con el Universo y me prometió que apenas viera al director me lo señalaría. Él me ayudaría a atar cabos sueltos.
Uno necesita, por lo menos, dos años de distancia para poder evaluar lo que hizo con cierta objetividad. En dos años puede pasar cualquier cosa. Se pierden cientos de oportunidades a cada semana; en especial si uno tarda en darse cuenta. Es imprescindible darse cuenta a tiempo, y para eso los más neuróticos elegimos la filosofía de la autoevaluación constante. No es una filosofía que recomiende, pues cuenta con grandes desventajas si uno disfruta de vivir en el presente. Uno de los efectos secundarios, por ejemplo, es tratar de seguir la trama de un corto y que la mente se te vaya, como un reflejo o un tic nervioso. Aunque el corto tampoco contribuya a mantenerla en el aquí y ahora, es una molestia fijar la vista en una pantalla sin que la mente te corresponda. Yo sentía como si padeciera de un repentino hipo cerebral. Veía los cortos y pensaba en mi futuro. Pero entonces el Universo me habló. Todavía estoy tratando de entender qué quiso decirme.
El Universo nos habla constantemente, incluyendo domingos y feriados, a través de señales. Nosotros lo ponemos en mute para no detenernos a cada paso -hay que seguir corriendo, el tiempo es tan poco y no queremos llegar tarde-; pero él, testarudo, insiste. Por lo general nos amparamos en las casualidades para seguir caminando y sin embargo, muy cada tanto, prestamos atención. Eso puede cambiarte la vida en un segundo. O volverte loco.
Yo vi un zapato. Estaba en la pantalla (era el primer plano del siguiente corto) y lo había hecho mi hermana. Al zapato, no al plano. Mi hermana diseña y hace zapatos, para eso respira, y yo este año abrí un local para que sus zapatos hagan feliz a la gente y la gente haga feliz a mi billetera. Yo, con mi billetera, trataré de hacer feliz a mis amigos y todos los que me conocen. Empezando por mí, que me conozco mejor que nadie. Pero eso todavía no sucedió, y hasta que mi billetera deje de sufrir, los zapatos se roban mi tiempo. Tiempo que podría gastar filmando cortos que, dos años después, serán buenos o malos. Mientras tanto alguien tiene que hacerlos; y yo no los estoy haciendo por los zapatos. Por eso me despertó mi curiosidad ese primer plano de un zapato Patidifusa (ésa es la marca, búsquenla y vacíen sus bolsillos en ella) justo en el climax de mi autocrítica. Estaba dispuesto a tomarlo como un Deja Vu y dejarlo ir, pero entonces vi otro zapato. Patidifusa. Y luego otros cuatro. Y luego un muchacho sentado en uno de los locales de mi hermana justo antes de que aparezca el título del cortometraje: "Pies".
Sobresaltado, miré a ambos lados sin poder creerlo. Casi codeo a mi vecino espectador para explicarle mi sorpresa, pero era una explicación muy larga y no llegaba a verle la expresión de la cara. ¿El Universo también le había hablado a él? ¿O me hablaba solo a mí? ¿Eso me hacía especial? ¿Era el preferido del Universo dentro de esa sala de cine? No. El Universo le habla a todos todo el tiempo. Yo no soy especial. Menos si lo que me estaba diciendo era que deje el cine y me dedique a los zapatos. ¿O no? Porque los zapatos estaban dentro de la pantalla. ¿La pantalla era el marco del mensaje, el medio del mensaje o formaba parte del mensaje? ¿Tenía que filmar zapatos? Sí. La conclusión era clara: Tenía que filmar zapatos.
Salí de la sala entusiasmadísimo. Yo no le era indiferente al Universo. Todo tenía un sentido. El Universo me conocía, había seguido mi trayectoria, y quería que filmara zapatos. O que dejara el cine y me haga comerciante, eso no estaba claro. Vi a la protagonista de Pies fuera del cine -una chica preciosa, posiblemente Gloria Carrá o una versión más joven y mejorada de Gloria Carrá- y le dije canchero que yo era el hermano de la autora de los zapatos que aparecían detrás de su cabeza en el corto. ¿Ella conocía a Patidifusa? No, eso era cuestión del director. Le expliqué en resumen mi encuentro íntimo con el Universo y me prometió que apenas viera al director me lo señalaría. Él me ayudaría a atar cabos sueltos.
domingo, 14 de noviembre de 2010
THE PALERMO MANIFESTO
Gran libro de Esteban Schmidt, colaborador de la Rolling Stone. Les dejo unas cuantas frases, otras tantas quedaron afuera, y me las tomo a Mar del Plata.
1.
"La esperanza es un sentimiento demencial, y como la desilusión no mata, el ciclo de ilusión desencanto puede repetirse al infinito"
2.
"Un radical podía dormir, pero no recordar los sueños. Muchos problemas para imaginar. (...) Un radical no construía una balsa ni con palitos de helado. Poca fábrica en el cuero un radical".
3.
"Dios sabe que, si algo valiera la pena en serio, no estaríamos tan dedicados a nosotros mismos".
4.
"Así estamos, entonces. Apretados entre todo lo que no se puede hacer y todo lo que no se puede aguantar, solo nos quedan los deportes y el arte".
5.
"En Caballito, donde arrancó nuestro sueño de salvación de la patria, los chicos todavía recogen el Sugus que se les cayó al suelo, sin el papelito, y se lo meten en la boca. Y lo chupan para sacarle todo el jugo y no se han muerto. (...) Y si los nenes piden helado, compañeros, los padres no le compran. Y si la abuela se muere les dicen: Vestite, la abuela se murió".
6.
"¿Cómo es que deseamos ser uruguayos? Seguramente, el complejo de tenerlo todo, pero no tener ganas de hacer algo con eso".
7.
"Los uruguayos creen que tienen que temer a los argentinos y odiarlos por agrandados, por cancheros, cosas así, pero esta gente es cortona, evidentemente. ¿Sabés, uruguayo, desde dónde habla un croata? Desde un cohete, loco. Están completamente dados vueltas de ego. Se consideran superbananas y, que sepamos, los croatas no llegaron a la luna, no descubrieron la vacuna contra la polio. Quien entre a Wikipedia y escriba Croacia en el search, verá que el sistema le devuelve: quilombo, quilombo, quilombo".
8.
"Y si en una universidad privada pagás las cuotas, se te conceden casi todos los deseos. Un día los argentinos van a tener que hablar de esto, si queda alguien con quien hablar".
9.
"En cuanto se reconoce al famoso se lo niega y el segundo extra que duró el reconocimiento y que el famoso detectó, se lo compensa dedicando, a la vista de todos, un segundo igual a mirar al repartidor de Coca que entró por la puerta de servicio, para que el famoso vea que vos mirás así y que no lo reconocés una mierda, porque sería admitir que mirás televisión y que tenés una idea formada sobre él, y mirar televisión es una desgracia. Todos lo sabemos".
10.
"Los chinos son compañeros prácticos. Por eso no perdonan los centavos. Demuestran que el tremendo sacrificio de la migración y el horario animal de atención valen cada moneda, ni una menos".
11.
"Nosotros vimos sobreactuación absoluta en el macrismo (...) porque la gente rica y de derecha no festeja tanto. Brindan con una sonrisa, unas palmadas, for he´s a jolly good fellow, compañeros. Es gente que gana todos los días. Ganar es el tipo de cosas que le suelen pasar. Lo que se veía era un disparate absoluto: treinta chetos haciendo un pogo descontrolado sobre un escenario (...) por haberle ganado a unos tipos que en términos materialistas históricos han sido y serán siempre sus empleados. No da. No se festeja ganarle a la servidumbre".
12.
"Todos los argentinos nos merecemos un barco (...) Todos queremos tener lo mismo, y solo cien tipos lo pueden tener. La puta que los parió a esos cien".
13.
"A lo mejor lo que más nos irrita de los demás es lo que menos podemos ver en nosotros mismos".
1.
"La esperanza es un sentimiento demencial, y como la desilusión no mata, el ciclo de ilusión desencanto puede repetirse al infinito"
2.
"Un radical podía dormir, pero no recordar los sueños. Muchos problemas para imaginar. (...) Un radical no construía una balsa ni con palitos de helado. Poca fábrica en el cuero un radical".
3.
"Dios sabe que, si algo valiera la pena en serio, no estaríamos tan dedicados a nosotros mismos".
4.
"Así estamos, entonces. Apretados entre todo lo que no se puede hacer y todo lo que no se puede aguantar, solo nos quedan los deportes y el arte".
5.
"En Caballito, donde arrancó nuestro sueño de salvación de la patria, los chicos todavía recogen el Sugus que se les cayó al suelo, sin el papelito, y se lo meten en la boca. Y lo chupan para sacarle todo el jugo y no se han muerto. (...) Y si los nenes piden helado, compañeros, los padres no le compran. Y si la abuela se muere les dicen: Vestite, la abuela se murió".
6.
"¿Cómo es que deseamos ser uruguayos? Seguramente, el complejo de tenerlo todo, pero no tener ganas de hacer algo con eso".
7.
"Los uruguayos creen que tienen que temer a los argentinos y odiarlos por agrandados, por cancheros, cosas así, pero esta gente es cortona, evidentemente. ¿Sabés, uruguayo, desde dónde habla un croata? Desde un cohete, loco. Están completamente dados vueltas de ego. Se consideran superbananas y, que sepamos, los croatas no llegaron a la luna, no descubrieron la vacuna contra la polio. Quien entre a Wikipedia y escriba Croacia en el search, verá que el sistema le devuelve: quilombo, quilombo, quilombo".
8.
"Y si en una universidad privada pagás las cuotas, se te conceden casi todos los deseos. Un día los argentinos van a tener que hablar de esto, si queda alguien con quien hablar".
9.
"En cuanto se reconoce al famoso se lo niega y el segundo extra que duró el reconocimiento y que el famoso detectó, se lo compensa dedicando, a la vista de todos, un segundo igual a mirar al repartidor de Coca que entró por la puerta de servicio, para que el famoso vea que vos mirás así y que no lo reconocés una mierda, porque sería admitir que mirás televisión y que tenés una idea formada sobre él, y mirar televisión es una desgracia. Todos lo sabemos".
10.
"Los chinos son compañeros prácticos. Por eso no perdonan los centavos. Demuestran que el tremendo sacrificio de la migración y el horario animal de atención valen cada moneda, ni una menos".
11.
"Nosotros vimos sobreactuación absoluta en el macrismo (...) porque la gente rica y de derecha no festeja tanto. Brindan con una sonrisa, unas palmadas, for he´s a jolly good fellow, compañeros. Es gente que gana todos los días. Ganar es el tipo de cosas que le suelen pasar. Lo que se veía era un disparate absoluto: treinta chetos haciendo un pogo descontrolado sobre un escenario (...) por haberle ganado a unos tipos que en términos materialistas históricos han sido y serán siempre sus empleados. No da. No se festeja ganarle a la servidumbre".
12.
"Todos los argentinos nos merecemos un barco (...) Todos queremos tener lo mismo, y solo cien tipos lo pueden tener. La puta que los parió a esos cien".
13.
"A lo mejor lo que más nos irrita de los demás es lo que menos podemos ver en nosotros mismos".
sábado, 6 de noviembre de 2010
TURISTA EN MI CIUDAD
Cada tanto fumamos uno que pega de verdad. Así estábamos, esperando el tren a las once de la noche en la estación de Vicente López. En pantalones cortos y camiseta de fútbol.
Pasan tres muchachos en jeans, gorro viscera y botines de fútbol cinco hablando y riendo con una tonada del interior.
-¿Sabés qué me pasa a veces cuando me drogo?
-Qué buena forma de empezar una frase.
-Me siento turista. Como si estuviéramos de vacaciones en una estación de tren en Salta, despreocupados por tener que llegar a algún lado. Mirando a un perro viejo, estudiando el comportamiento de la gente que pasa. Me da la sensación que si camináramos una cuadra hacia cualquier lado podemos encontrar una aventura. ¿No te pasa?
-A veces. Pero en tu lugar no me pasaría ahora mismo. ¿No dijiste que viviste más de veinte años en Vicente López?
-Por eso. Podría caminar por las mismas calles y en una de esas me encuentro a mí mismo jugando a la pelota en medio de la calle. ¡AUTO! Y correrme hasta el cordón en la misma posición para seguir enloquecido apenas pase.
-Con la pepa sí me pasa. Siempre soy extranjero con la pepa. No importa dónde esté.
Nos reímos compartiendo con la mirada dos recuerdos distintos pero exactamente iguales.
El tren no venía. Una señora llegó decidida para ir a cierta parte y al vernos nos preguntó por Avenida Libertador. Le indiqué que fuera hacia el lado contrario con la seguridad de saber dónde estaba parado y a dónde pretendía ir. Me volvi filosófico en un segundo. Suele sucederme.
-A veces me gustaría conformarme con tener un laburito que no demande demasiado. Cumplir horario y luego disfrutar del resto del tiempo. Pero uno pretende cierta cosa de sí mismo. Y eso requiere el esfuerzo de intentar convertirse en esa cosa, con el riesgo de fracasar y resignarse a ser otra. Y hay que ver si con el tiempo uno puede dejar de lamentarse por lo que no fue, y aceptar lo que es con alegría. ¿A vos no te pasa? ¿No te gustaría hacer algo con humor?
-Sí, pero pienso hacerlo en mi tiempo libre.
-¿Y tiene su encanto ser visitador médico?
-No es la alegría de vivir, pero qué se yo. Conocés ciertos personajes. Es como ser defensor. Elegís el puesto para ser titular, porque sino no jugás más de quince minutos. Y después le vas buscando el gustito. Te encariñás con tirarte al piso, putear al nueve y, cada tanto, salir jugando. Encontrás la manera de divertirte... pero en el fondo todos queremos jugar de diez.
Hay risas que uno las hace sonar fuerte porque la gracia llega más profundo, aunque no resulte natural la carcajada. Los dos nos reímos un rato de esa manera. Es como escribir jajajaja cuando algo te hizo reír solo frente a la computadora, con la diferencia que al escribirlo ya se siente falso. Nadie se ríe y escribe al mismo tiempo. Son acciones incompatibles. Por eso no me sale el jajaja. Trato de poner jjj en todo caso, para no ser antipático, pero me cuesta. En vivo es más fácil. La chispa de la risa emerge, y solo hay que darle un empujoncito.
Llegó el tren. Nos pusimos de pie para encaminarnos hacia ese colectivo de estímulos que suele encontrarse ahí dentro cuando te sentís turista. Él se acomodó y yo me senté enfrente suyo.
-Yo voy a seguir luchando para ganarme el puesto. La pregunta es si en algún momento voy a tener la tranquilidad de ser el diez, o estoy eligiendo la lucha eterna.
No supo responderme. El tren arrancó.
Pasan tres muchachos en jeans, gorro viscera y botines de fútbol cinco hablando y riendo con una tonada del interior.
-¿Sabés qué me pasa a veces cuando me drogo?
-Qué buena forma de empezar una frase.
-Me siento turista. Como si estuviéramos de vacaciones en una estación de tren en Salta, despreocupados por tener que llegar a algún lado. Mirando a un perro viejo, estudiando el comportamiento de la gente que pasa. Me da la sensación que si camináramos una cuadra hacia cualquier lado podemos encontrar una aventura. ¿No te pasa?
-A veces. Pero en tu lugar no me pasaría ahora mismo. ¿No dijiste que viviste más de veinte años en Vicente López?
-Por eso. Podría caminar por las mismas calles y en una de esas me encuentro a mí mismo jugando a la pelota en medio de la calle. ¡AUTO! Y correrme hasta el cordón en la misma posición para seguir enloquecido apenas pase.
-Con la pepa sí me pasa. Siempre soy extranjero con la pepa. No importa dónde esté.
Nos reímos compartiendo con la mirada dos recuerdos distintos pero exactamente iguales.
El tren no venía. Una señora llegó decidida para ir a cierta parte y al vernos nos preguntó por Avenida Libertador. Le indiqué que fuera hacia el lado contrario con la seguridad de saber dónde estaba parado y a dónde pretendía ir. Me volvi filosófico en un segundo. Suele sucederme.
-A veces me gustaría conformarme con tener un laburito que no demande demasiado. Cumplir horario y luego disfrutar del resto del tiempo. Pero uno pretende cierta cosa de sí mismo. Y eso requiere el esfuerzo de intentar convertirse en esa cosa, con el riesgo de fracasar y resignarse a ser otra. Y hay que ver si con el tiempo uno puede dejar de lamentarse por lo que no fue, y aceptar lo que es con alegría. ¿A vos no te pasa? ¿No te gustaría hacer algo con humor?
-Sí, pero pienso hacerlo en mi tiempo libre.
-¿Y tiene su encanto ser visitador médico?
-No es la alegría de vivir, pero qué se yo. Conocés ciertos personajes. Es como ser defensor. Elegís el puesto para ser titular, porque sino no jugás más de quince minutos. Y después le vas buscando el gustito. Te encariñás con tirarte al piso, putear al nueve y, cada tanto, salir jugando. Encontrás la manera de divertirte... pero en el fondo todos queremos jugar de diez.
Hay risas que uno las hace sonar fuerte porque la gracia llega más profundo, aunque no resulte natural la carcajada. Los dos nos reímos un rato de esa manera. Es como escribir jajajaja cuando algo te hizo reír solo frente a la computadora, con la diferencia que al escribirlo ya se siente falso. Nadie se ríe y escribe al mismo tiempo. Son acciones incompatibles. Por eso no me sale el jajaja. Trato de poner jjj en todo caso, para no ser antipático, pero me cuesta. En vivo es más fácil. La chispa de la risa emerge, y solo hay que darle un empujoncito.
Llegó el tren. Nos pusimos de pie para encaminarnos hacia ese colectivo de estímulos que suele encontrarse ahí dentro cuando te sentís turista. Él se acomodó y yo me senté enfrente suyo.
-Yo voy a seguir luchando para ganarme el puesto. La pregunta es si en algún momento voy a tener la tranquilidad de ser el diez, o estoy eligiendo la lucha eterna.
No supo responderme. El tren arrancó.
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