.
Ayer volvía hacia mi casa en bici después de medianoche
y a las dos cuadras la vi. Como nunca. Y me detuve.
Era una patata iluminada desde adentro. Tan cerca.
En el medio de la Avenida Cabildo, flotando,
a la altura de los edificios petisos.
.
Me reí solo.
Traté de buscar un cómplice,
una señora que pasara por la calle,
el conductor del automovil vecino,
un perro callejero con sensibilidad exacerbada,
pero no.
Nadie.
.
Todavía no podía creer que esa era la luna.
Nunca había visto a la luna de esa manera.
Amarilla, a medio hacer, redondeada, inclinada,
con todo su contorno a la vista, y sus pozos,
viniendo hacia nosotros, tan cerca, tan patata.
Pasaron tres semáforos y seguía sin saber qué hacer.
Volví.
.
Llegué al Matienzo e insistí para que salieran.
Fui con la Joan Gasper hasta cruzar la avenida y la vimos.
-Esa no es la luna, es un cartel publicitario -dijo.
-¿Flotando en medio de la calle? ¿Con forma de papa?
Es como si los edificios de veredas opuestas la tuvieran entre ceja y ceja. Nunca la vi a esa altura. Nunca la vi tan cerca.
-Pues que esa no es la luna y ya. Es otra cosa.
.
La dejé ahí mismo esperando con su vaso de cerveza y mi bicicleta.
Fui a buscar más testigos. Facu y su amigo se vinieron conmigo.
Cuando llegamos se veía menos. Se había corrido hacia la derecha.
Ahora la tapaba un edificio.
.
Tomé mi bici y salí a buscarla.
Llegué a las dos cuadras y seguía escondiéndose.
Cada vez más.
Cuanto más pedaleaba, más se veía tan solo el resplandor,
su estela cotra un edificio, su sombra hecha luz.
No la vi más.
.
Pedealée las treinta cuadras mirando hacia arriba.
Buscándola. Sea lo que sea que haya sido.
Había visto una película con extraterrestres. Ok.
Pero yo la vi. ¿Alguien más la vio así?
¿Me la tengo que llevar conmigo para siempre?
A veces, compartir es fundamental.
.
Llegué a mi nueva casa y subí a la terraza.
Recorrí las cuatro esquinas del edificio.
Subí una segunda escalera, de fierro, pegada a la pared,
que lleva hasta los tanques de agua.
Desde ahí, me quedé contemplando a la ciudad toda.
Iluminada, estrellada, edificada, completa.
Sin luna.
.
No se qué fue lo que pasó,
pero al menos encontré el lugar
desde donde veré mi ciudad
desde ahora en adelante
en noches así.
.
Para sentirla mía,
aferrado a una escalera.
Para sentime parte,
con el viento en la remera.
Pensando en una luna,
que fue solo mía.
Y que solo ella sabe,
de quién más será.
lunes, 14 de febrero de 2011
jueves, 3 de febrero de 2011
LA VERDAD DE LA MEDIALUNA
.
Señora en la panadería:
Dame diez medialunas.
Un segundo, dos segundos, tres..
Sabés qué? Dame una docena y ya, qué tanto.
.
Comparto la sensación.
No se por qué,
cuando pido facturas,
siento la presión
de pedir por docenas.
.
Si se dividen así,
porque siempre fue así,
debería salir más barato el combo.
Pero pedir doce o diez,
en proporción, es lo mismo.
Sigo sin entenderlo.
Señora en la panadería:
Dame diez medialunas.
Un segundo, dos segundos, tres..
Sabés qué? Dame una docena y ya, qué tanto.
.
Comparto la sensación.
No se por qué,
cuando pido facturas,
siento la presión
de pedir por docenas.
.
Si se dividen así,
porque siempre fue así,
debería salir más barato el combo.
Pero pedir doce o diez,
en proporción, es lo mismo.
Sigo sin entenderlo.
martes, 1 de febrero de 2011
MUDANZA
.
Yo suelo ser más Tyler Durden:
las cosas no me importan,
mi traje no me define.
.
Con esto de la mudanza últimamente
me siento muy Edward Norton.
El disfrute de ver catálogos
y querer eso y eso y eso.
El dolor de poder solo eso.
.
Estuve pensando al respecto.
Teniendo el cuenta el costo
de equipar una casa desde cero
creo que es buen negocio casarme.
¿Voluntarias?
Yo suelo ser más Tyler Durden:
las cosas no me importan,
mi traje no me define.
.
Con esto de la mudanza últimamente
me siento muy Edward Norton.
El disfrute de ver catálogos
y querer eso y eso y eso.
El dolor de poder solo eso.
.
Estuve pensando al respecto.
Teniendo el cuenta el costo
de equipar una casa desde cero
creo que es buen negocio casarme.
¿Voluntarias?
miércoles, 26 de enero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
HEMINGWAY Y LA CHICA QUE ERA ALÉRGICA A LA HEROÍNA
Cata me da un sobre cerrado con cinco mil quinientos dólares en retribución por un cuento que Hemingway me dejó como herencia. Vamos a una fiesta. Una vez ahí ella se retoca la sombra verdefuxia del ojo izquierdo a la vez que me entrega su vaso de plástico color rojo.
-Me parece que lo que me diste de tomar tenía heroína. Y yo soy alérgica a la heroína. Chau, me muero.
Cae desmayada en el acto.
-¡Llamen a una ambulancia! –grito con ella en los brazos.
Dos peruanos emergen de algún lado y me la sacan de los brazos. La levantan sin camilla, uno de los pies, otro de los brazos, y la trasladan. Corremos a toda velocidad, imagino que al hospital, pero luego nos internamos en unas calles oscuras y entiendo en un segundo que fueron ellos quienes la drogaron para sacarle los órganos. Por el momento les sigo la corriente.
Llegamos a un galpón amplio con techo de zinc y goteras. Frente nuestro hay dos chicas atadas a unas sillas. Nos sentamos a esperar. No sé exactamente qué. ¿Al jefe? Cata también está atada a una silla. Sé que si los peleo me dan un tiro en la cabeza. También sé que a Cata la van a vender a un cafiolo para que labure de prostituta porque le acarician la mejilla y le dicen al oído:
-No te preocupes, te va a gustar.
Para sacarles conversación les pregunto a cuánto se vende una chica como ella e, inesperadamente, les hago una oferta mayor con la plata que Hemingway me legó. Les digo que la plata la tengo en el hostel y los convenzo. Vamos hacia allá.
De camino pasamos por las ruinas de Tipón (todo esto lo soñé en Perú). Para bajar hay que saltar de escalón a escalón. Los escalones son cinco rocas grandes cuadradas separadas un trecho de cada una. Es difícil bajar y en un movimiento los empujo como fichas de dominó, se golpean la cabeza y quedan dormiditos.
A esta altura ya me estoy despertando, pero antes de hacerlo quiero escribir la trama del sueño porque a mi entender es brillante. Claro que para escribirlo debo separar los párpados y, como todos saben, cuando amanece la luz por la ranura de los ojos los sueños aprovechan, se deslizan y fuishhh, si me viste no me acuerdo. Por eso decido escribirlo en mi mente, repasándolo.
Intento que el sueño cumpla a rajatabla los mismos pasos pero mientras las compuertas de los párpados están cerradas el inconsciente sigue despierto y se niega a dejar el juego. La historia básicamente es la misma, pero se agregan detalles. Tiene una pequeña participación Juan Roteta, que tiene el sueño de hacer una remera ingeniosa mientras el del melli, su amigo, es que sea económicamente redituable. Lindo conflicto, aunque algo incompatible. Cata ahora también es amiga de Capocha, el millonario hijo de Andreani, y nada por su pileta olímpica. Al verla se que ella tomaba merca en una época, algo que no me gusta. Ya no es tan inocente. La historia tiene grietas insalvables, se me viene abajo.
Trato de repasarla una tercera vez y en la mitad recuerdo que escribir todo en la mente es tan útil como ir al baño en los sueños. A la larga el problema persiste y solo al despertar pueden encontrar la verdadera solución. Decido entonces abrir los ojos con la idea de correr hasta mi cuaderno y escribirlo todo con urgencia.
Apenas lo hago se pierde la mitad del sueño. Los detalles, eso que hace a una historia única, personal, irrepetible. Estoy en la parte superior de una cama marinera y la lapicera y el cuaderno están allá abajo, lejos. Ya voy, ya voy.
Lo que queda es aquel bodoque de ahí arriba. Pura acción berreta de película clase b. Juro que era genial. Yo lo viví. Fue genial.
Por lo menos, en lo que quedó, sigo siendo el héroe.
-Me parece que lo que me diste de tomar tenía heroína. Y yo soy alérgica a la heroína. Chau, me muero.
Cae desmayada en el acto.
-¡Llamen a una ambulancia! –grito con ella en los brazos.
Dos peruanos emergen de algún lado y me la sacan de los brazos. La levantan sin camilla, uno de los pies, otro de los brazos, y la trasladan. Corremos a toda velocidad, imagino que al hospital, pero luego nos internamos en unas calles oscuras y entiendo en un segundo que fueron ellos quienes la drogaron para sacarle los órganos. Por el momento les sigo la corriente.
Llegamos a un galpón amplio con techo de zinc y goteras. Frente nuestro hay dos chicas atadas a unas sillas. Nos sentamos a esperar. No sé exactamente qué. ¿Al jefe? Cata también está atada a una silla. Sé que si los peleo me dan un tiro en la cabeza. También sé que a Cata la van a vender a un cafiolo para que labure de prostituta porque le acarician la mejilla y le dicen al oído:
-No te preocupes, te va a gustar.
Para sacarles conversación les pregunto a cuánto se vende una chica como ella e, inesperadamente, les hago una oferta mayor con la plata que Hemingway me legó. Les digo que la plata la tengo en el hostel y los convenzo. Vamos hacia allá.
De camino pasamos por las ruinas de Tipón (todo esto lo soñé en Perú). Para bajar hay que saltar de escalón a escalón. Los escalones son cinco rocas grandes cuadradas separadas un trecho de cada una. Es difícil bajar y en un movimiento los empujo como fichas de dominó, se golpean la cabeza y quedan dormiditos.
A esta altura ya me estoy despertando, pero antes de hacerlo quiero escribir la trama del sueño porque a mi entender es brillante. Claro que para escribirlo debo separar los párpados y, como todos saben, cuando amanece la luz por la ranura de los ojos los sueños aprovechan, se deslizan y fuishhh, si me viste no me acuerdo. Por eso decido escribirlo en mi mente, repasándolo.
Intento que el sueño cumpla a rajatabla los mismos pasos pero mientras las compuertas de los párpados están cerradas el inconsciente sigue despierto y se niega a dejar el juego. La historia básicamente es la misma, pero se agregan detalles. Tiene una pequeña participación Juan Roteta, que tiene el sueño de hacer una remera ingeniosa mientras el del melli, su amigo, es que sea económicamente redituable. Lindo conflicto, aunque algo incompatible. Cata ahora también es amiga de Capocha, el millonario hijo de Andreani, y nada por su pileta olímpica. Al verla se que ella tomaba merca en una época, algo que no me gusta. Ya no es tan inocente. La historia tiene grietas insalvables, se me viene abajo.
Trato de repasarla una tercera vez y en la mitad recuerdo que escribir todo en la mente es tan útil como ir al baño en los sueños. A la larga el problema persiste y solo al despertar pueden encontrar la verdadera solución. Decido entonces abrir los ojos con la idea de correr hasta mi cuaderno y escribirlo todo con urgencia.
Apenas lo hago se pierde la mitad del sueño. Los detalles, eso que hace a una historia única, personal, irrepetible. Estoy en la parte superior de una cama marinera y la lapicera y el cuaderno están allá abajo, lejos. Ya voy, ya voy.
Lo que queda es aquel bodoque de ahí arriba. Pura acción berreta de película clase b. Juro que era genial. Yo lo viví. Fue genial.
Por lo menos, en lo que quedó, sigo siendo el héroe.
viernes, 14 de enero de 2011
MUERTE A FIBERTEL
Hola quiero solicitar la baja del servicio.
Nombre: Fernando XXXXXXXX
Nº de cliente: XXXXXXXX
Motivo de la baja:
Hace una semana estoy sin internet.
No se si les avisaron, pero su servicio de atención al cliente es pésimo. Quizás sea porque atan de lengua a sus empleados negándoles las respuestas correctas.
En principio intenté contenerme, ya que siento lástima por la gente que cobra dinero por recibir insultos. Tengo empatía, es una de mis debilidades. A pesar de ser cómplices, los compadezco y les agradezco por no hacer algo más satisfactorio para ganar dinero, como robarle a ancianos.
Al cuarto día ya no pude contenerme y me descargué con una telefonista que tomó con algo de desgano mi malhumor. A sabiendas de que no podía insultarme ni cortar el teléfono le expliqué las razones por las que preferiría ofrecer agrandar un combo antes que hacer su trabajo.
Una de ellas era la teoría de que exponerse a tanta energía negativa por el tiempo suficiente probablemente le genere algún tipo de cáncer en futuro próximo.
También fantaseé las terribles condiciones de su vida personal que la habrían llevado a tomar semejante trabajo y sostenerlo.
Al quinto día sentí culpa.
Pero el odio persistía.
Seis días sin internet.
En este momento los detesto.
Desearía que desaparezcan y explote la compañía sin que mueran inocentes.
Solo los directivos.
Creo que nunca antes fui adicto a algo tanto como lo soy hoy a internet.
Ustedes me hicieron ver mi problema como si fueran una confrontación.
Y no son mis familiares.
Ahora tengo que convivir con la culpa de no tener ganas de solucionar mi adicción.
Ya no puedo sentirme mejor que los borrachos y adictos al juego.
Soy víctima de mi generación.
Y los detesto.
Septimo día sin internet.
Hoy soy mas Kirchnerista por culpa de ustedes.
Muerte a su primo Clarín, por ser familiares.
Hasta nunca.
Cariños
Fer
Nombre: Fernando XXXXXXXX
Nº de cliente: XXXXXXXX
Motivo de la baja:
Hace una semana estoy sin internet.
No se si les avisaron, pero su servicio de atención al cliente es pésimo. Quizás sea porque atan de lengua a sus empleados negándoles las respuestas correctas.
En principio intenté contenerme, ya que siento lástima por la gente que cobra dinero por recibir insultos. Tengo empatía, es una de mis debilidades. A pesar de ser cómplices, los compadezco y les agradezco por no hacer algo más satisfactorio para ganar dinero, como robarle a ancianos.
Al cuarto día ya no pude contenerme y me descargué con una telefonista que tomó con algo de desgano mi malhumor. A sabiendas de que no podía insultarme ni cortar el teléfono le expliqué las razones por las que preferiría ofrecer agrandar un combo antes que hacer su trabajo.
Una de ellas era la teoría de que exponerse a tanta energía negativa por el tiempo suficiente probablemente le genere algún tipo de cáncer en futuro próximo.
También fantaseé las terribles condiciones de su vida personal que la habrían llevado a tomar semejante trabajo y sostenerlo.
Al quinto día sentí culpa.
Pero el odio persistía.
Seis días sin internet.
En este momento los detesto.
Desearía que desaparezcan y explote la compañía sin que mueran inocentes.
Solo los directivos.
Creo que nunca antes fui adicto a algo tanto como lo soy hoy a internet.
Ustedes me hicieron ver mi problema como si fueran una confrontación.
Y no son mis familiares.
Ahora tengo que convivir con la culpa de no tener ganas de solucionar mi adicción.
Ya no puedo sentirme mejor que los borrachos y adictos al juego.
Soy víctima de mi generación.
Y los detesto.
Septimo día sin internet.
Hoy soy mas Kirchnerista por culpa de ustedes.
Muerte a su primo Clarín, por ser familiares.
Hasta nunca.
Cariños
Fer
PAN COMIDO
Esa noche pintaban canguros en las mejillas de los extranjeros. Así eran las cosas en el bar del hostel de Cuzco que, supuestamente, se ponía de noche. Había pizarrones grandes anunciando los tragos en oferta con tizas de colores, una mesa de pool de esas que rebotan las bolas con fuerza contra las bandas y nunca jamás entran, prometían karaoke, australianas, latinos que hablan buen inglés y así. Si anunciaban aventuras, estas eran diseñadas, preconcebidas y programadas al detalle. Yo miraba el resumen de los goles de algún equipo mexicano en la pantalla gigante, todo moderno y bien invertido, y decidí que a la aventura había que salir a buscarla. Agarré la billetera y me fui a comprar porro.
El empedrado brillaba como la vajilla en una publicidad de detergente. Caminé unas vueltas alrededor de la Plaza de Armas convencido de que lo mejor de la religión era su arquitectura. Las iglesias suelen ser más bonitas que las Casas de Gobierno. Algo similar sucede con las mentiras que se anuncian en cada lugar. Como pasa en el Once, donde una cuadra ofrece todas las tiendas de un mismo rubro, acá había una Iglesia en cada esquina. No había tienda de porro a la vista. En las escalinatas de una de las Iglesias encontré un grupo de argentinos con rastas, pulovercitos y chancletas de cuero que me indicaron la calle oficial donde paran los dealers. Dijeron que por 50 soles (70 pesos) te dan más o menos diez porros. No está mal, si pega.
Hacia allá fui, contento de arreglármelas solo, de sentirme adulto. Ya aprendí a ir al baño por mi cuenta, a cruzar la calle, a tomar el bondi, a cocinarme, a cumplir un horario de trabajo y ahora a comprar mis propias drogas. Estaba creciendo un poco todos los días, aunque no se notara, como las plantas. Llegué a la segunda Plaza de Armas y fui en busca de aquella calle angosta. ¿Por qué hay tantas Plazas de Armas en Perú y Bolivia? ¿Cuántas revoluciones hubo en este lugar? Si parecen tan pacíficos. Enfilé directo hacia el pasaje estrecho mirando a los ojos del hombre que me miraba a los ojos. Estaba parado en la esquina, espalda contra la pared. Tenía un cierto parecido al protagonista de Machete luego de haber quedado escuálido para interpretar un papel distinto en su nueva película. Llegué hasta él con la posibilidad de seguir caminando y cambiar de opinión al último minuto. Nunca se sabe. Me extendió la mano y se la di.
-¿Marihuana?
-Sí, por favor.
Dijo que por 50 soles me daba un buen pedazo de cogollo. Todo marchaba de mil maravillas.
-Pero aquí no se puede, por la policía –me dijo.
Quiso que le entregara la plata para que fuera a buscarlo. Tan tonto no soy. Lo esperé ahí mientras iba a su escondite. Punto para mí. Empezó a lloviznar, lo que no era malo teniendo en cuenta el calor y la circunstancia. En vacaciones uno está mucho más predispuesto a mojarse de noche. Me puse a resguardo debajo de un techito y me acordé del noticiero deportivo que había visto en el hostel con la noticia del balazo en la cabeza a Salvador Cabañas, delantero de Paraguay. Balazo en la cabeza. ¡Pumba! Y no se murió. Al defensor Fernando Cáceres también le habían disparado en el ojo ese año y había sobrevivido. Y todos los amigos de Buonanotte fallecieron en su accidente, menos él. Ser famoso tenía sus ventajas. ¿O ser futbolista? Ahora que lo pienso, yo también me salvé de un accidente. Lo sabía. Seré periodista o intento de cineasta, pero pude haber sido futbolista. Es bueno sacarse la duda de una vez. Igual creo que elegí bien. Dicen que es un ambiente jodidísimo y a mí me gusta hacer amigos. Además, demasiadas presiones y el día del después te lo regalo. No me convenía. Dejó de llover.
Machete en ayuno regresó y sin levantar la perdiz, haciendo como quien no quiere la cosa, me pasó la cuestión envuelta en bolsa de nylon y encintada por demás. Dijo que la guardara rápido. Yo traté de abrirla para ver y oler, pero estaba demasiado encintada y él se sobresaltó. Dijo que si la policía lo veía estaba listo.
-Estuve cinco años preso, ahí no vuelvo ni loco. Yo trabajo acá. Esta es mi esquina, todos me conocen. Me llamo Fito, cualquier cosa me encontrás acá –me dio la mano fuerte tres veces, con un saludo de código de amigos de fraternidad.
Parecía honesto y la bolsa tenía la contextura indicada. Decidí confiar. Hay que creer en la gente de vez en cuando. Le di la mano y me fui. Entré en el primer restaurant y pedí de ir al baño para chequear. Hay que desconfiar de la gente de vez en cuando. Desenvolví el paquete como si fuera un regalo de cumpleaños y reaccioné como un nene al que le regalan ropa. ¿Cómo? ¿Esto me trajiste? Parecía pasto. Lo miré dos veces y seguía pareciendo pasto. Lo olí y seguía pareciendo pasto. No necesité buscar una vaca para que lo cate y defina: decidí que efectivamente era pasto.
Salí corriendo hacia la esquina. Fito debía estar ahí, esa era su esquina de toda la vida, pero no. El nuevo papel de Machete era el de estafador y yo era el único estúpido que había pagado entrada para verlo. Di tres vueltas a la manzana volviendo siempre a la misma esquina. Una esquina a la que regresaría siempre que tuviera oportunidad en mis cinco días de estadía en Cuzco. Por si acaso. Una esquina en la que siempre llegaría a la misma conclusión: soy pan comido. Empezó a llover.
El empedrado brillaba como la vajilla en una publicidad de detergente. Caminé unas vueltas alrededor de la Plaza de Armas convencido de que lo mejor de la religión era su arquitectura. Las iglesias suelen ser más bonitas que las Casas de Gobierno. Algo similar sucede con las mentiras que se anuncian en cada lugar. Como pasa en el Once, donde una cuadra ofrece todas las tiendas de un mismo rubro, acá había una Iglesia en cada esquina. No había tienda de porro a la vista. En las escalinatas de una de las Iglesias encontré un grupo de argentinos con rastas, pulovercitos y chancletas de cuero que me indicaron la calle oficial donde paran los dealers. Dijeron que por 50 soles (70 pesos) te dan más o menos diez porros. No está mal, si pega.
Hacia allá fui, contento de arreglármelas solo, de sentirme adulto. Ya aprendí a ir al baño por mi cuenta, a cruzar la calle, a tomar el bondi, a cocinarme, a cumplir un horario de trabajo y ahora a comprar mis propias drogas. Estaba creciendo un poco todos los días, aunque no se notara, como las plantas. Llegué a la segunda Plaza de Armas y fui en busca de aquella calle angosta. ¿Por qué hay tantas Plazas de Armas en Perú y Bolivia? ¿Cuántas revoluciones hubo en este lugar? Si parecen tan pacíficos. Enfilé directo hacia el pasaje estrecho mirando a los ojos del hombre que me miraba a los ojos. Estaba parado en la esquina, espalda contra la pared. Tenía un cierto parecido al protagonista de Machete luego de haber quedado escuálido para interpretar un papel distinto en su nueva película. Llegué hasta él con la posibilidad de seguir caminando y cambiar de opinión al último minuto. Nunca se sabe. Me extendió la mano y se la di.
-¿Marihuana?
-Sí, por favor.
Dijo que por 50 soles me daba un buen pedazo de cogollo. Todo marchaba de mil maravillas.
-Pero aquí no se puede, por la policía –me dijo.
Quiso que le entregara la plata para que fuera a buscarlo. Tan tonto no soy. Lo esperé ahí mientras iba a su escondite. Punto para mí. Empezó a lloviznar, lo que no era malo teniendo en cuenta el calor y la circunstancia. En vacaciones uno está mucho más predispuesto a mojarse de noche. Me puse a resguardo debajo de un techito y me acordé del noticiero deportivo que había visto en el hostel con la noticia del balazo en la cabeza a Salvador Cabañas, delantero de Paraguay. Balazo en la cabeza. ¡Pumba! Y no se murió. Al defensor Fernando Cáceres también le habían disparado en el ojo ese año y había sobrevivido. Y todos los amigos de Buonanotte fallecieron en su accidente, menos él. Ser famoso tenía sus ventajas. ¿O ser futbolista? Ahora que lo pienso, yo también me salvé de un accidente. Lo sabía. Seré periodista o intento de cineasta, pero pude haber sido futbolista. Es bueno sacarse la duda de una vez. Igual creo que elegí bien. Dicen que es un ambiente jodidísimo y a mí me gusta hacer amigos. Además, demasiadas presiones y el día del después te lo regalo. No me convenía. Dejó de llover.
Machete en ayuno regresó y sin levantar la perdiz, haciendo como quien no quiere la cosa, me pasó la cuestión envuelta en bolsa de nylon y encintada por demás. Dijo que la guardara rápido. Yo traté de abrirla para ver y oler, pero estaba demasiado encintada y él se sobresaltó. Dijo que si la policía lo veía estaba listo.
-Estuve cinco años preso, ahí no vuelvo ni loco. Yo trabajo acá. Esta es mi esquina, todos me conocen. Me llamo Fito, cualquier cosa me encontrás acá –me dio la mano fuerte tres veces, con un saludo de código de amigos de fraternidad.
Parecía honesto y la bolsa tenía la contextura indicada. Decidí confiar. Hay que creer en la gente de vez en cuando. Le di la mano y me fui. Entré en el primer restaurant y pedí de ir al baño para chequear. Hay que desconfiar de la gente de vez en cuando. Desenvolví el paquete como si fuera un regalo de cumpleaños y reaccioné como un nene al que le regalan ropa. ¿Cómo? ¿Esto me trajiste? Parecía pasto. Lo miré dos veces y seguía pareciendo pasto. Lo olí y seguía pareciendo pasto. No necesité buscar una vaca para que lo cate y defina: decidí que efectivamente era pasto.
Salí corriendo hacia la esquina. Fito debía estar ahí, esa era su esquina de toda la vida, pero no. El nuevo papel de Machete era el de estafador y yo era el único estúpido que había pagado entrada para verlo. Di tres vueltas a la manzana volviendo siempre a la misma esquina. Una esquina a la que regresaría siempre que tuviera oportunidad en mis cinco días de estadía en Cuzco. Por si acaso. Una esquina en la que siempre llegaría a la misma conclusión: soy pan comido. Empezó a llover.
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