Javier le dijo a su psicóloga que estaba de-so-la-do porque su novia lo había dejado sin explicarle por qué. Le dijo que a pesar de que le insistió varias veces que replanteara su decisión no hubo caso, y que lo que más le molestaba de la situación era que ella no le había querido decir qué pensaba realmente de él.
Javier le dijo a la psicóloga que la principal razón para la cual se había puesto de novio era que alguien externo a él fuera testigo de su personalidad, así después podría contarle como era él visto desde afuera. Por eso mismo terminar así, sin recibir razones ni detalles de su forma de ser, era como haber desperdiciado la mejor parte de la relación. Y por eso mismo, su relación había sido un fracaso.
Tres meses tirados a la basura.
Javier le dijo a la psicóloga que estaba muy triste por todo eso.
Javier hizo una pausa para hacerle sentir lástima a la psicóloga con su última frase. Se esforzó por llorar en esa pausa pero no lo logró, y debió conformarse con concentrarse en la cara de un cachorro de hush puppie abandonado bajo la lluvia para copiar esa expresión y adaptarla a la versión humana.
Luego de la pausa, Javier contó a la psicóloga que intentó convencer a su ex novia de que le diera una segunda oportunidad, así podría ganar más tiempo para averiguar qué pensaba ella realmente de él. Lograr una confesión por parte de ella, era para Javier como rescatar del tacho de basura los tres meses de relación, algo parecido a gritar un gol en el último minuto.
Para convencerla, Javier le aseguró a su ex novia que era capaz de convertirse en lo que ella quisiera con tal de que no lo dejara. Sacó una birome y un anotador y la alentó a que escribiera una lista con todas las características que no le atraían de él; y le juró que, de esa manera, él inmediatamente haría desaparecer esos adjetivos de su personalidad.
-Se lo juré por nosotros –le dijo Javier a la psicóloga.
-Jurarlo por nosotros ahora mismo no tiene mucho valor que digamos –dijo Javier que le respondió su ex novia.
Sin embargo, Javier insistió. Y subió la apuesta ofreciéndole a su ex novia que agregara en la lista nuevos adjetivos que le gustaría que él adquiriera junto con los nombres de algunos hombres que contuvieran esos adjetivos. Él se comprometía a seguir a esos hombres y estudiarlos hasta lograr incorporar cada uno de los adjetivos escritos en la lista.
Javier estaba dispuesto a cambiar su personalidad entera con tal de que su ex novia le dijera como era él realmente visto desde afuera. Pero ella se negó, sin explicarle que alto, negro y brasilero eran adjetivos muy difíciles de incorporar.
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-¿Y vos qué pensás de todo esto Javier? –le preguntó la psicóloga a Javier.
-No, usted que piensa de esto doctora –le respondió Javier a la psicóloga-. ¿Y qué piensa de mí, ya que estamos? Dígamelo de una vez.
-No, Javier. Decime vos que pensás –retrucó la psicóloga.
-Dígame usted qué pienso doctora. Y qué tengo que pensar si lo que pienso no es lo que debería estar pensando. Para qué le pago sino, atorranta –se enojó Javier.
La psicóloga guardó silencio, apretó el botón de su bolígrafo y escribió en su cuaderno alguna cosa que Javier no llegó a ver. Javier entonces se puso de rodillas en el suelo arrepentido, como si estuviera a punto de proponer matrimonio en una película de Hollywood. A Javier le encantaba hacer cosas como si estuviera en una película. Lo hacía sentirse más normal y, a la vez, más importante.
-Doctora, ya pasaron seis meses de tratamiento –dijo Javier-. Por favor haga de cuenta que tengo amnesia y no recuerdo nada. Dígame quién soy, doctora, se lo ruego.
-No me toques la pollera Javier –respondió la psicóloga-. Y volvé al diván. Si te sentás, te prometo que te lo digo.
Javier soltó a la psicóloga. Luego le alisó la pollera para borrarle las arrugas y tomó asiento en el diván. La doctora se puso nerviosa y lo miró de costado.
-Creo, Javier, que estás obsesionado con saber lo que la gente piensa de vos.
-Ajá, ajá…-dijo Javier, cruzando las piernas.
-Tenés que terminar con esto, porque no te deja funcionar. Es urgente.
-Ajá, ajá… -siguió Javier ahora también con la mano en la pera-. ¿Y usted qué piensa?
-Pienso que tenés que descubrir quién sos vos para vos. No podés guiarte por lo que imaginás que piensan los demás para tomar las decisiones en tu vida. Eso es algo que no se puede saber nunca.
-¿Lo que piensan los demás?
-Exacto. Es imposible saber lo que piensan los demás de vos.
-Saber lo que piensan todos de mí… -dijo Javier.
Javier se quedó unos segundos estudiando la pared con la mirada perdida. En su cabeza se vio como un villano que estaba teniendo una idea fabulosa para conquistar al mundo en una película de clase B. Le gustó esa expresión, por eso la sostuvo lo más que pudo. Se preguntó si los demás también verían su expresión de villano como él se imaginaba que la estaba haciendo, pero como se lo preguntó en voz baja y dentro de su mente, nadie le dijo la respuesta. Siempre que intentó verse con la mirada perdida en el espejo había terminado con dolor de ojos y una intensa sensación de fracaso.
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Javier pensó que era una buena idea inventar una máquina que permitiera intercambiar cuerpos con otra persona por el lapso de unos segundos para poder verse a sí mismo desde afuera. Recordó que había visto algo similar en una película de Steve Martin, y se le ocurrió que, como la película era vieja, quizás después de todo este tiempo alguien la había visto y ya había inventado la máquina.
Javier llamó al Centro Superior de Investigaciones Científicas, pidió habar con un científico y cuando este lo atendió, le preguntó si sabía dónde podía conseguir una máquina de esas que permiten cambiar de cuerpo con otra persona por el lapso de unos segundos. El científico le respondió que todavía no tenían, pero sugirió que se comprara una máquina filmadora para filmarse y después ver el video en la televisión. El científico dijo que era la mejor opción que se le ocurría para que Javier pudiera verse desde afuera. Javier no estuvo de acuerdo, pero le agradeció al científico por la intención y por haber pronunciado la palabra filmadora, ya que al pronunciarla le había dado una idea interesante.
Javier pensó que era una idea interesante fingir su propia muerte. Llamó a su amigo Miguel, que estudiaba cine en la FUC y tenía una filmadora, y le propuso que para su tesis final hiciera un mediometraje sobre todo el proceso. Miguel estuvo de acuerdo y esa misma semana se juntó con Javier para ultimar los detalles.
Miguel y Javier tomaron un café y decidieron que la mejor opción era que Javier se fuera de la ciudad sin avisar durante un par de semanas. Antes, Miguel se encargaría de filmar el secuestro de Javier y su posterior asesinato con una estética realista para formar parte de la ola del Nuevo Cine Argentino. Miguel dijo que después subiría el video en youtube y aseguró que nadie sospecharía de la imbecilidad que debían tener los secuestradores para subir el viedo a youtube después de realizar un asesinato, ya que hoy en día todas las personas tenían la necesidad de mostrarse y los asesinos no eran ajenos a esa tendencia. Miguel dijo que todo iba a salir bárbaro, y que él no iba a descansar hasta convertirse en el nuevo Adrián Caetano. Javier le dijo que era raro que se convirtiera en el nuevo Adrián Caetano mientras el viejo Adrián Caetano seguía vivo. Dijo qué para convertirse en el nuevo Adrián Caetano Miguel tenía que esperar a que el viejo Adrián Caetano muriera. Miguel dijo que no, que con un asesinato ya era suficiente, y que matar a un famoso era más peligroso. Javier le aseguró que Adrián Cateano era famoso de nombre, pero que su cara la conocían sólo unos pocos. Miguel dijo que de todas maneras no valía la pena arriesgarse.
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Esa semana filmaron el video del secuestro y el asesinato en un descampado cerca de la zona de Tigre. Al terminar el rodaje, Miguel acompañó a Javier hasta la terminal de Retiro para que se tomara un tren hasta Mar del Plata. Miguel le dijo a Javier que apenas se fuera llamaría a la familia para darles la noticia así organizaban el velorio lo antes posible.
A Javier le daba un poco de lástima jugar con los sentimientos de sus familiares, pero estaba dispuesto a hacer el sacrificio. Javier recordaba que su abuelo siempre le repetía que en la vida nada se conseguía sin esfuerzo. Que había que sacrificarse. Cuando Javier le preguntaba cuál era el esfuerzo que hacían los ganadores de la lotería, su abuelo siempre le respondía que era un idiota. Por ese tipo de actitudes, Javier quería mucho a su abuelo: era de las pocas personas que le daban un indicio de cómo era su personalidad. Javier decía que él sabía que su abuelo decía la verdad porque había leído en una cita textual de la revista Caras que los niños y los viejos siempre decían la verdad. La diferencia era que había muchos niños que decían la verdad antes de aprender a hablar, y que por no se les entendía y las verdades eran desperdiciadas. Por eso mismo, Javier prefería la opinión de su abuelo antes que la de su sobrino, que tenía un año y medio.
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Por consejo de Miguel, los padres de Javier decidieron organizar el velorio a pesar de que la policía todavía no había podido hallar el cuerpo. Miguel dijo que conocía a una Madre de Plaza de Mayo, y que por la experiencia relatada por ella con respecto a los desaparecidos, había aprendido que lo mejor era hacer el duelo lo más rápido posible. Había que tratar de llorar mucho mucho mucho mucho para descargarse y luego había que aceptarlo y dejar el asunto atrás porque la vida seguía y no tenía sentido desperdiciarla.
El discurso de Miguel fue muy convincente y logró los resultados esperados.
Durante el velorio, Miguel se ocupó de filmar a todos los conocidos de Javier preguntándoles qué pensaban de él. Explicó que estaba preparando un video para enterrarlo junto con el cuerpo así Javier podría descansar en paz con la seguridad de saber quién había sido él en vida, algo que todos sabían que lo había atormentado hasta sus últimos días.
Todos los familiares y amigos contribuyeron, y al final del velorio Miguel contaba con más de treinta testimonios sobre la personalidad de Javier. La ex novia había leído un papel que guardaba de recuerdo con una lista de los adjetivos que menos le atraían de Javier junto con otros adjetivos que le hubiera gustado que tuviera. Lloró un poco después de leerlo y dijo estar arrepentida de no habérselo leído en vida, pero explicó que no lo hizo porque tuvo miedo de que eso le generara a Javier falsas expectativas.
Cuando el velorio terminó, los padres de Javier anunciaron que iban a tirar las cenizas en el lugar preferido de Javier en el mundo, pero al no estar seguros de saber dónde quedaba ese lugar exactamente, querían saber la opinión de los demás. Un tío preguntó de dónde habían sacado las cenizas si la policía no había encontrado el cuerpo. Los padres le explicaron que para seguir el consejo de Miguel, decidieron hacer el duelo lo más rápido posible y quemaron todas las pertenencias de Javier, incluyendo la cama. Los padres dijeron que después guardaron todas las cenizas en una vasija y que, en cierto sentido, para ellos esas cenizas eran las cenizas de Javier.
La ex novia de Javier dijo que a su parecer lo que más le gustaba hacer a Javier en el mundo era ir a la psicóloga. Todos estuvieron de acuerdo y decidieron arrojar las cenizas en la oficina de la psicóloga de Javier. Miguel pidió disculpas por no poder arrojar el video junto con el cuerpo de Javier, porque este, al igual que su tumba, no existía. Dijo que le daba no se qué dejar el video en lo de la psicóloga al alcance de todos sus pacientes, porque según Miguel esa gente está muy conflictuada y es capaz de cualquier cosa. Nadie objetó cuando Miguel propuso guardar el video en su propia casa.
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Un domingo a la tarde de la semana siguiente, Miguel fue a recibir a Javier a la estación de Retiro en su vuelta del viaje a Mar del Plata. Apenas llegó Javier, los dos se abrazaron y enseguida viajaron hacia la casa de Miguel para ver el video. Javier no preguntó detalles de su velorio ni de su funeral, porque estaba demasiado ansioso por descubrir qué es lo que el mundo pensaba realmente de él. Su satisfacción fue inmensa al ver en la filmación de Miguel tantas palabras lindas pronunciadas por sus conocidos más cercanos acerca de su personalidad.
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Aliviado como nunca antes en la vida, Javier decidió seguir siendo exactamente como era hasta ese entonces. Regresó de la muerte contentísimo de saber al pie de la letra la opinión de todos los demás acerca de su persona y explicó que todo había sido una farsa para ayudar a Miguel a realizar su tesis para la FUC.
Desde ese día, todos coincidieron con el abuelo y pensaron que Javier era un idiota.
Menos Javier.
miércoles, 16 de marzo de 2016
lunes, 7 de septiembre de 2015
HACIENDO TRAMPA
Casi siempre sucede en una fiesta familiar. Tipo casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah. El abuelo Tito emerge entre primos y tíos y me dice de jugar al backgammon. O como él le llama: el Taure. El backgammon es nuestra forma de relacionarnos.
Él nunca se cansó de jugar. Al principio me ganaba (siempre fue un tipo de suerte), pero con el tiempo cada tanto vencía yo y, cerca del final, los dos hacíamos fuerza para que ganara él. Así lo veía contento. Su versión contenta era más propensa a regalarme algún vuelto para ir al cine o comprar chocolates. Al terminar el partido nos estrechamos la mano como gerentes de empresas multinacionales.
Pocas cosas son más graciosas como ver al abuelo Tito hacer trampa para ganar. Solía aprovecharse de su alzheimer pasajero descaradamente. Yo a veces lo dejaba hacer y otras le discutía para verlo discutir lo indiscutible. Graciosísimo. Pero lo raro de jugar en esta fiesta -casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah-, es que el abuelo Tito todavía no se de cuenta de que está muerto. Y a mi me da vergüenza avisarle.
Entonces jugamos. Como de costumbre me da a elegir y yo elijo las blancas. Tiramos los dados y él saca un seis (suertudo) que le gana a mi cinco. Empieza él, entonces.
A veces se equivoca en alguna movida y yo le sugiero corregirla. Hay que dejarlo ganar. Otras veces se impacienta al ver que pienso demasiado y mueve las fichas por mí recomendándome la mejor jugada. Igual que antes. Solo que todo este tiempo pienso que al abuelo Tito lo falso enterramos y él volvió para refutarnos a todos los que asumimos su muerte y refregarnos en la cara el año de más que piensa vivir. De alguna manera se que él volvió para vivir un año más. Ni más ni menos. Y que cuando nos acostumbremos a su presencia va a morirse de verdad, por segunda vez. Para irse cuando él quiera. Pienso todo eso mientras el abuelo sigue jugando. Y trato de que no se note la mezcla de susto y culpa que siento por haber ido a su velorio antes de tiempo. Siempre es así. Cada vez que lo sueño.
El abuelo Tito hace como si nada. Sigue jugando. Y nosotros –mis primos, mis tíos y yo- nos miramos a los ojos cómplices en silencio y tampoco decimos nada. Para que no se de cuenta. Pero sabemos que él está haciendo de cuenta. Que se hace el distraído. Que está haciendo trampa. Y es graciosísimo.
Él nunca se cansó de jugar. Al principio me ganaba (siempre fue un tipo de suerte), pero con el tiempo cada tanto vencía yo y, cerca del final, los dos hacíamos fuerza para que ganara él. Así lo veía contento. Su versión contenta era más propensa a regalarme algún vuelto para ir al cine o comprar chocolates. Al terminar el partido nos estrechamos la mano como gerentes de empresas multinacionales.
Pocas cosas son más graciosas como ver al abuelo Tito hacer trampa para ganar. Solía aprovecharse de su alzheimer pasajero descaradamente. Yo a veces lo dejaba hacer y otras le discutía para verlo discutir lo indiscutible. Graciosísimo. Pero lo raro de jugar en esta fiesta -casamiento, fiesta de quince o Bar mitzvah-, es que el abuelo Tito todavía no se de cuenta de que está muerto. Y a mi me da vergüenza avisarle.
Entonces jugamos. Como de costumbre me da a elegir y yo elijo las blancas. Tiramos los dados y él saca un seis (suertudo) que le gana a mi cinco. Empieza él, entonces.
A veces se equivoca en alguna movida y yo le sugiero corregirla. Hay que dejarlo ganar. Otras veces se impacienta al ver que pienso demasiado y mueve las fichas por mí recomendándome la mejor jugada. Igual que antes. Solo que todo este tiempo pienso que al abuelo Tito lo falso enterramos y él volvió para refutarnos a todos los que asumimos su muerte y refregarnos en la cara el año de más que piensa vivir. De alguna manera se que él volvió para vivir un año más. Ni más ni menos. Y que cuando nos acostumbremos a su presencia va a morirse de verdad, por segunda vez. Para irse cuando él quiera. Pienso todo eso mientras el abuelo sigue jugando. Y trato de que no se note la mezcla de susto y culpa que siento por haber ido a su velorio antes de tiempo. Siempre es así. Cada vez que lo sueño.
El abuelo Tito hace como si nada. Sigue jugando. Y nosotros –mis primos, mis tíos y yo- nos miramos a los ojos cómplices en silencio y tampoco decimos nada. Para que no se de cuenta. Pero sabemos que él está haciendo de cuenta. Que se hace el distraído. Que está haciendo trampa. Y es graciosísimo.
miércoles, 24 de junio de 2015
ABUELA SANGUCHITO
La recuerdo con el mismo pulover rojo, yendo y viniendo a la cocina, feliz de la vida de vernos comer sus milanesas. Monitoreaba el almuerzo a la distancia indicando con precisión cuándo y dónde poner mayonesa, cuándo tomar un trago de granadina con soda (siempre al final, para no llenarse antes) y dónde estaba el pionono si veía que no lo tocabas lo suficiente. Eso me hacía rabiar. Comía menos para hacerla rabiar a ella, pero ella a su edad era incorregible. Antes también, claro.
Nunca se sentaba por más de tres minutos consecutivos. Siempre había algo que hacer en la cocina. Y si nos veía hablar mucho, nos callaba a la fuerza. Cuando se come no se habla, repetía enojada. A mi y a mi hermana nos daba risa. Siempre nos dio mucha risa y ganas de abrazar. Era de las pocas personas en este mundo capaces de ponerse genuinamente contentas si le regalaba un portaretratos con una foto mía en su cumpleaños. Y ahora que no está tengo el impulso de abrazar abuelas ajenas por la calle.
Su mantra era una frase de dos palabras idénticas: Cóme, cóme. Las decía en un acento polaco de lo más divertido. Todo lo que era bueno para ella era especial, y si alguien la quería embromar entrecerraba los ojos y decía que era mentira de José. Me daba bizcochos y sándwiches para llevar y se ponía como loca si me descubría compartiéndolos con mis amigos. La bautizamos Abuela Sanguchito.
Ella entendía todo todito, pero se lo callaba por estrategia. Siempre fue muy diplomática. Y como toda abuela era capaz de hacerme ir a su casa para arreglarle el televisor, que estaba desenchufado. Enana como ella sola, caminaba por la vereda en zig zag tambaleándose con los tacos altos. ¿Para qué tacos altos a esa edad, me querés decir? Es extraño, teniendo en cuenta que fue de una generación que no se preocupó por ser popular, sino por sobrevivir. Y ella lo hizo mejor que nadie.
El holocausto le comió siete hermanos, dos padres y un hijo de cuatro años que dejó escondido con los vecinos. Guardaba ampliada la única foto que le quedó de él. Era en blanco y negro y tenía una mirada profunda que siempre me dio escalofríos. Ella se salvó por fuerza y por suerte, y esperó en su pueblo tres meses la milagrosa aparición de su marido como habían acordado. Entonces miró para adelante sin detenerse a pensar nunca en el pasado que le entraba en la cabeza a la noche sin pedir permiso en forma de pesadillas. Está todo escrito en una carta que mandaron a Alemania para recibir la pensión. Eso y más. Pero no todo. Todo es imposible.
A veces invitaba amigos a almorzar en su casa para que vieran con sus propios ojos la estatura de su personaje. A Rochi la saludó contentísima confundiéndola con una amiga de papá que era treinta años máyor. A Diego siempre lo culpó de dejarla sorda por un petardo que tiró y le cayó cerca. A Juan lo obligó a levantarse del sillón de mi living en año nuevo para que apagara la música y se fuera con todos los demás porque esa no era casa de baile. Y eso que festejábamos en casa por mi silla de ruedas.
Un día se cayó y tuvo que aprender a convivir con una gorda que según ella le robaba las bombachas. Cuando se cayó por segunda vez yo estaba en el exterior. Volví un día, pero ella vivía en un geriátrico y ya no era la misma. Hablaba poco y nada, entendía menos, pero yo todavía sentía que me abrazaba un poco con sus ojos brillosos. Después ni siquiera.
Se sorprendió mucho un día, cuando se enteró que estábamos reunidos en el geriátrico para festejarle el cumpleaños. Se sorprendió de no acordarse de su cunpleaños. Por un instante sentí que se dio cuenta de todo. Después lo olvidó.
Ya no había razones para seguir viviendo. Pero ella seguía. Cada vez más desconectada, los huesos contraídos, regresando de a poco a la posición fetal original. Se hacía dificil verla, por mucho tiempo preferimos la culpa de no visitarla. Pero ella seguía. No le quedaba nada, sólo su inmenso instinto de supervivencia. Ella seguía. Y en mi imaginación su cerebro guardaba un único pensamiento; el mismo que le permitió atravesar la peor de las guerras desde el peor de los bandos: Tengo que sobrevivir.
Hablamos de ella el día del padre; nos preguntamos qué estaba esperando. De alguna manera se dio cuenta, y al otro día se fue. Tenía 95 años.
Siempre tuve miedo de que cuando llegara el momento no la lloraría como se lo merecía. Que sería igual que cuando mandaron a mi primer perro al campo y nos avisaron de su muerte seis meses más tarde. Pero cuando papá llamó por teléfono lo supe antes de que lo dijera por el tono con el que pronunció mi nombre. Y ahora ya se en qué pensar cada vez que necesite recurrir a la memoria emotiva, si es que algún día me decido a ser actor. Ahora quisiera tener a ese viejo perro para abrazarlo en silencio y morderle fuerte el cuello peludo.
Los perros son, sin dudas, los mejores compañeros de velatorio.
Nunca se sentaba por más de tres minutos consecutivos. Siempre había algo que hacer en la cocina. Y si nos veía hablar mucho, nos callaba a la fuerza. Cuando se come no se habla, repetía enojada. A mi y a mi hermana nos daba risa. Siempre nos dio mucha risa y ganas de abrazar. Era de las pocas personas en este mundo capaces de ponerse genuinamente contentas si le regalaba un portaretratos con una foto mía en su cumpleaños. Y ahora que no está tengo el impulso de abrazar abuelas ajenas por la calle.
Su mantra era una frase de dos palabras idénticas: Cóme, cóme. Las decía en un acento polaco de lo más divertido. Todo lo que era bueno para ella era especial, y si alguien la quería embromar entrecerraba los ojos y decía que era mentira de José. Me daba bizcochos y sándwiches para llevar y se ponía como loca si me descubría compartiéndolos con mis amigos. La bautizamos Abuela Sanguchito.
Ella entendía todo todito, pero se lo callaba por estrategia. Siempre fue muy diplomática. Y como toda abuela era capaz de hacerme ir a su casa para arreglarle el televisor, que estaba desenchufado. Enana como ella sola, caminaba por la vereda en zig zag tambaleándose con los tacos altos. ¿Para qué tacos altos a esa edad, me querés decir? Es extraño, teniendo en cuenta que fue de una generación que no se preocupó por ser popular, sino por sobrevivir. Y ella lo hizo mejor que nadie.
El holocausto le comió siete hermanos, dos padres y un hijo de cuatro años que dejó escondido con los vecinos. Guardaba ampliada la única foto que le quedó de él. Era en blanco y negro y tenía una mirada profunda que siempre me dio escalofríos. Ella se salvó por fuerza y por suerte, y esperó en su pueblo tres meses la milagrosa aparición de su marido como habían acordado. Entonces miró para adelante sin detenerse a pensar nunca en el pasado que le entraba en la cabeza a la noche sin pedir permiso en forma de pesadillas. Está todo escrito en una carta que mandaron a Alemania para recibir la pensión. Eso y más. Pero no todo. Todo es imposible.
A veces invitaba amigos a almorzar en su casa para que vieran con sus propios ojos la estatura de su personaje. A Rochi la saludó contentísima confundiéndola con una amiga de papá que era treinta años máyor. A Diego siempre lo culpó de dejarla sorda por un petardo que tiró y le cayó cerca. A Juan lo obligó a levantarse del sillón de mi living en año nuevo para que apagara la música y se fuera con todos los demás porque esa no era casa de baile. Y eso que festejábamos en casa por mi silla de ruedas.
Un día se cayó y tuvo que aprender a convivir con una gorda que según ella le robaba las bombachas. Cuando se cayó por segunda vez yo estaba en el exterior. Volví un día, pero ella vivía en un geriátrico y ya no era la misma. Hablaba poco y nada, entendía menos, pero yo todavía sentía que me abrazaba un poco con sus ojos brillosos. Después ni siquiera.
Se sorprendió mucho un día, cuando se enteró que estábamos reunidos en el geriátrico para festejarle el cumpleaños. Se sorprendió de no acordarse de su cunpleaños. Por un instante sentí que se dio cuenta de todo. Después lo olvidó.
Ya no había razones para seguir viviendo. Pero ella seguía. Cada vez más desconectada, los huesos contraídos, regresando de a poco a la posición fetal original. Se hacía dificil verla, por mucho tiempo preferimos la culpa de no visitarla. Pero ella seguía. No le quedaba nada, sólo su inmenso instinto de supervivencia. Ella seguía. Y en mi imaginación su cerebro guardaba un único pensamiento; el mismo que le permitió atravesar la peor de las guerras desde el peor de los bandos: Tengo que sobrevivir.
Hablamos de ella el día del padre; nos preguntamos qué estaba esperando. De alguna manera se dio cuenta, y al otro día se fue. Tenía 95 años.
Siempre tuve miedo de que cuando llegara el momento no la lloraría como se lo merecía. Que sería igual que cuando mandaron a mi primer perro al campo y nos avisaron de su muerte seis meses más tarde. Pero cuando papá llamó por teléfono lo supe antes de que lo dijera por el tono con el que pronunció mi nombre. Y ahora ya se en qué pensar cada vez que necesite recurrir a la memoria emotiva, si es que algún día me decido a ser actor. Ahora quisiera tener a ese viejo perro para abrazarlo en silencio y morderle fuerte el cuello peludo.
Los perros son, sin dudas, los mejores compañeros de velatorio.
martes, 21 de abril de 2015
SI TODO VA BIEN
Siempre pensó primero en sus miedos. Como para empezar por ahí. Y si no me sale, si me sale mal, imaginate si fracaso. Ese tipo de cosas. Hasta que un día empezó a triunfar en todo. Triunfar triunfar triunfar. Tres veces triunfar. Y más.
Tanto tiempo pasó dudando si algún día sería o no sería lo que pensaba que podía llegar a ser, que cuando se convirtió en todo lo que pensó que podía llegar a ser multiplicado por tres no supo qué hacer. En menos de dos años se cumplieron todos sus sueños. Los posibles, y los otros. Cada cosa que hacía terminaba en aplausos. Gente desconocida lo detenía por la calle para mostrarle su dedo pulgar derecho mirando hacia arriba. Y él empezó a ponerse nervioso. Nervioso, nerviososo, nervios, nerv.
Dejó de creer en sí mismo. Estaba convencido de que era una farsa, pero nadie se daba cuenta. Perdió el parámetro. Cada cosa que decía era celebrada por todos, menos por ese tipito gruñón que vivía adentro suyo desde que él era chico y aquel era tipititito.
Se dedicó a buscar. Buscó desesperadamente a alguien que contradiga su éxito. Un detractor absoluto, el presidente de su club de antifans. Buscó en barrios pobres, en barrios cultos, telefoneó a Jorge Rial, le preguntó a snobs, a veganos, a ecologistas, religiosos, extremistas, pesimistas y a esos adolescentes oscuros que se juntan en una esquina a vestirse de negro para repetirse que no están a favor de nada. Resultó que estaban a favor suyo. También ellos.
Decidió cambiar radicalmente, y empezó por la vestimenta. Fue a comprar la ropa más incongruente, se la puso toda junta, turbante incluido, y salió a caminar. Tenía puesto un traje imposible. A la gente le gustó mucho mucho.
Al día siguiente salió nuevamente con su traje imposible. Lo empezaron a felicitar. Palmadas en la espalda. Choque los cinco. Todo eso. Ya había otros que andaban con turbantes propios y le sonreían.
Empezó a sentir un olor. Un olor fuerte, como a huevo podrido, vomito de bebé y fermento de Jorge Formento mezclado en licuadora. Le dieron náuseas. Olió a la gente que lo saludaba, se olió la zapatilla, olió el piso, olió a todo su alrededor. No hubo caso. El origen era invisible. Se dio cuenta que si no encontraba el olor en nadie más, significaba que el olor era suyo.
Volvió a su casa corriendo. Se sacó la ropa en el balcón, la apiló y la quemó toda. Se puso a mirar el fuego hasta que se extinguía y encontró felicidad pasajera en ese ritual. Fue fugaz, pero le renovó el espíritu. Decidió cambiar radicalmente. Otra vez.
Se compró una cartera. No le parecía femenino, sino cómodo. Cambió el turbante por un sombrero a la Indiana Jones para sentirse importante. Se puso botas de cuero con taco alto porque era la mejor forma masculina de aumentar su altura sin convertirse en uno de esos payasos con zancos que reparten volantes en el circo. Y bufandas, a pesar de que era verano. Bufandas, de tres colores distintos. Amarillo, violeta y naranja. Para tapar el moño, que le gustaba usarlo sin que se viera, como si fuera su secreto más íntimo.
Salió decidido a ser otro. Contentísimo, la frente en alto. Su público enloqueció. Obra maestra. Genio del milenio. Avant garde. El adelantado. Y ese olor? Ustedes sienten ese olor? Ese olor insoportable. No se soporta. Pero nadie lo sentía más que él.
Corrió. Y su público detrás. Pero él corrió más rápido, y mientras se sacaba la ropa sus perseguidores se detenían para quedarse las prendas como recuerdos. Llegó a un lago y se tiro de cabeza desnudo. Salió con la cabeza desnuda, limpita. Y la boca como medialuna sacando a respirar a los dientes.
Sus seguidores lo vieron sin nada más que piel y, por fin, se indignaron. Qué verguenza. No tiene tacto. No tiene gusto. El nudismo está re out. A quién se le ocurre? Y él así, al natural. Todos asqueados, cierto, pero ya no sentía el olor. Ya no. Se sentía en paz consigo mismo, peleado con todos los demás.
Se sentía justo como quería ser: un verdadero artista.
Tanto tiempo pasó dudando si algún día sería o no sería lo que pensaba que podía llegar a ser, que cuando se convirtió en todo lo que pensó que podía llegar a ser multiplicado por tres no supo qué hacer. En menos de dos años se cumplieron todos sus sueños. Los posibles, y los otros. Cada cosa que hacía terminaba en aplausos. Gente desconocida lo detenía por la calle para mostrarle su dedo pulgar derecho mirando hacia arriba. Y él empezó a ponerse nervioso. Nervioso, nerviososo, nervios, nerv.
Dejó de creer en sí mismo. Estaba convencido de que era una farsa, pero nadie se daba cuenta. Perdió el parámetro. Cada cosa que decía era celebrada por todos, menos por ese tipito gruñón que vivía adentro suyo desde que él era chico y aquel era tipititito.
Se dedicó a buscar. Buscó desesperadamente a alguien que contradiga su éxito. Un detractor absoluto, el presidente de su club de antifans. Buscó en barrios pobres, en barrios cultos, telefoneó a Jorge Rial, le preguntó a snobs, a veganos, a ecologistas, religiosos, extremistas, pesimistas y a esos adolescentes oscuros que se juntan en una esquina a vestirse de negro para repetirse que no están a favor de nada. Resultó que estaban a favor suyo. También ellos.
Decidió cambiar radicalmente, y empezó por la vestimenta. Fue a comprar la ropa más incongruente, se la puso toda junta, turbante incluido, y salió a caminar. Tenía puesto un traje imposible. A la gente le gustó mucho mucho.
Al día siguiente salió nuevamente con su traje imposible. Lo empezaron a felicitar. Palmadas en la espalda. Choque los cinco. Todo eso. Ya había otros que andaban con turbantes propios y le sonreían.
Empezó a sentir un olor. Un olor fuerte, como a huevo podrido, vomito de bebé y fermento de Jorge Formento mezclado en licuadora. Le dieron náuseas. Olió a la gente que lo saludaba, se olió la zapatilla, olió el piso, olió a todo su alrededor. No hubo caso. El origen era invisible. Se dio cuenta que si no encontraba el olor en nadie más, significaba que el olor era suyo.
Volvió a su casa corriendo. Se sacó la ropa en el balcón, la apiló y la quemó toda. Se puso a mirar el fuego hasta que se extinguía y encontró felicidad pasajera en ese ritual. Fue fugaz, pero le renovó el espíritu. Decidió cambiar radicalmente. Otra vez.
Se compró una cartera. No le parecía femenino, sino cómodo. Cambió el turbante por un sombrero a la Indiana Jones para sentirse importante. Se puso botas de cuero con taco alto porque era la mejor forma masculina de aumentar su altura sin convertirse en uno de esos payasos con zancos que reparten volantes en el circo. Y bufandas, a pesar de que era verano. Bufandas, de tres colores distintos. Amarillo, violeta y naranja. Para tapar el moño, que le gustaba usarlo sin que se viera, como si fuera su secreto más íntimo.
Salió decidido a ser otro. Contentísimo, la frente en alto. Su público enloqueció. Obra maestra. Genio del milenio. Avant garde. El adelantado. Y ese olor? Ustedes sienten ese olor? Ese olor insoportable. No se soporta. Pero nadie lo sentía más que él.
Corrió. Y su público detrás. Pero él corrió más rápido, y mientras se sacaba la ropa sus perseguidores se detenían para quedarse las prendas como recuerdos. Llegó a un lago y se tiro de cabeza desnudo. Salió con la cabeza desnuda, limpita. Y la boca como medialuna sacando a respirar a los dientes.
Sus seguidores lo vieron sin nada más que piel y, por fin, se indignaron. Qué verguenza. No tiene tacto. No tiene gusto. El nudismo está re out. A quién se le ocurre? Y él así, al natural. Todos asqueados, cierto, pero ya no sentía el olor. Ya no. Se sentía en paz consigo mismo, peleado con todos los demás.
Se sentía justo como quería ser: un verdadero artista.
jueves, 29 de mayo de 2014
MOROS EN LA COSTA
El que inventó la frase no hay moros en la costa estaba muy equivocado. Hay una gran cantidad de moros en la costa. Yo los ví, están por todos lados.
Desde hace un tiempo los moros invadieron el Jackpot Ferrer; y con ellos llegaron los desafíos de pool, las cervecitas de más, un olor agrio de transpiración, esos viajes al baño para despertarse los ojos y el barullo de la letra jota.
En un principio me alteraban, me ponían los nervios de punta, pero ya me acostumbré. Las reglas están implícitas y ellos ya se vigilan solos. Tampoco son mala gente. A veces dejan la impresión de ser tan sólo jóvenes divirtiéndose, buscando ganarse la vida fácil. Algunos exageran y se condenan, pero no todos son tan tontos. Viven al filo, pero tienen el filo bien estudiado. Conocen el gusto de las rejas y del demasiado, y juegan a eludirlo.
-Si vienen los moros les partes unos costillos y ya no te van a molestar. Tienes que ser el rey –me había advertido Stefan en mi primera noche en el bar.
El problema fue que Mustafá, el primero en llegar, parecía inofensivo. Era flaquito, moreno y con rulos, como casi todos los marroquíes. Entró pidiendo permiso, tímido, caminando con prudencia hasta la barra.
-Un café, por favor –dijo con voz débil y amable.
Si lo agarraba por sorpresa con la escoba tenía muchas chances de partirle una costilla. Eso hubiera marcado un ejemplo para los demás, Stefan hubiera estado orgulloso. Pero el hombre me combatió con respeto, buenos modales y cara de buena gente. Se quedó sentadito en la barra. Calmo, en silencio, sin molestar a nadie. Si tan solo escupía a algún cliente o al menos comentaba que el café estaba frío me habría dado el pie para iniciar el ataque. Pero Mustafá no me regaló ni una excusa, el muy desconsiderado.
El jefe también me había advertido de los marroquíes:
-Tuve que echar a la chica que trabajaba antes que tú porque los moros le ganaron la confianza, ¿sabes? Ella los dejó entrar y después estaban todo el día aquí, jugando al billar, vendiendo drogas. Esa chica se lió con uno de esos moros y terminó convirtiendo al bar en una casa de putas. Por eso tú tienes que echarlos a la calle. A tomar por culo, ¿entendido?
-Seguro, no hay problema, no se preocupe.
Sn embargo, ahora no era tan sencillo el asunto. Si Mustafá no me daba una buena justificación para romperle las costillas no tenía otra opción más que pedirle amablemente que se retirara. ¿Cómo iba a hacer para explicarle tal cosa?
-Es que sos marroquí, entendeme, el jefe me mandó a discriminar por encargo.
Eso sí que no. Si iba a convertirme en un racista al menos tenía que ser por mis propias razones. Prefería partirle la escoba en el pecho, sería menos insultante. Por eso nunca llegué a ser el rey.
Le serví otro café a Mustafá, le agradecí la propina y lo dejé ir nomás, deseando no terminar como la otra chica: enamorado, sin trabajo y hundido en las drogas.
Las advertencias se fueron cumpliendo y poco a poco el Jackpot Ferrer se transformó definitivamente en La Quintita de los Moros. Las reglas fueron claras y todos estuvieron de acuerdo: se vende y se consume del lado de afuera. Aunque no siempre las cumplen, claro. Tengo que estar atento.
Mustafá sigue siendo el que más me obedece. Físicamente es bien parecido (a los demás marroquíes), pero su conducta es diferente. Nunca discute como los otros, y por eso la Pandilla Mohamed lo considera un referente: El Mediador.
No se si será por su trabajo o porque tiene miedo a las pesadillas, pero Mustafá nunca duerme. Lo veo cuando llego y lo veo cuando me voy. En el medio él va y vuelve. En general hasta la puerta de entrada, donde se pactan las transacciones. Según me contó, hasta el próximo abril debe ser cauto: desde que le partió una botella en la cabeza a un borracho tiene bien presente el año de prisión que lo espera si se manda alguna. Quizás por eso sea tan manso, tranquilo y apacible. Siempre que hay un problema recurro a él, y Mustafá me da la razón, me entiende, los calma. Ojalá fueran todos como él.
Una vez le pregunté quién era su verdadero amigo entre los miembros de La Quintita de los Moros, y me respondió que Jaime. Me cayó bien su respuesta, porque ya sospechaba yo que Jaime era buen tipo. Siempre se lo ve alegre, con la musculosa azul y los pelos al viento, como un surfista de puertas adentro. Y se nota que es transparente. Los otros suelen tener cosas que ocultar. A veces sus risas son estratégicas y las palmadas en la espalda vienen cargadas de segundas intenciones. Pero cuando Jaime dice que está cansado yo le creo, porque lo veo en sus ojos. Y cuando le va bien me doy cuenta, porque se acuerda de la propina y le saca charla a los turistas para practicar su italiano.
Jaime dice que siempre tuvo suerte: de la buena con las mujeres y de la mala con el juego. Hace poco perdió mil euros en la ruleta y se hizo una ampolla en la mano con el cigarrillo para no olvidarse.
En parte creo que se muestra tan contento porque para él estas son una especie de vacaciones, mientras que para los otros es la vida misma. Él ya hizo rancho en Italia, donde lo aguarda su enamorada. Debe ser bonita. ¿Ya le conocerá la cara de espanto, esa que le vi la vez que entró al baño con el hombre de camisa negra y barba candado? Aquella noche pensé que iba a quebrantar la ley del bar; por eso fui hasta la puerta y golpeé dos veces.
-No se puede -me dijeron.
Pero por la rendija llegué a ver que Jaime estaba con los pantalones bajos. Entonces supuse que buscaba el escondite de la bolsita blanca y golpeé de vuelta diciendo:
-No se lo qué están haciendo, pero acá eso no está permitido señores.
Entonces el de camisa negra salió y me mostró su insignia con la estrella dorada.
-Policía secreta –me dijo. Y se quedó pensando un momento. Entonces agregó: Bien hecho, joven.
Y ahí fue que le vi la cara a Jaime. La cara de espanto.
Por suerte le sacaron la bolsita y lo dejaron ir con una advertencia; pero esa no fue la única vez que vi al hombre de camisa negra y barba candado. La segunda vez también estaba Jaime, aunque él era un testigo nomás. El culpable era su compañero; el que es alto y flaco, colorado y argelino, de tez blanca y nariz bien larga. El que parece subnormal.
El barrio no es muy grande y yo al argelino lo tenía visto. Su cara se destacaba del resto, a medio camino entre la lástima y la perversión. A pesar de sus limitaciones, el argelino se las arreglaba para no perder su independencia, para ser su propio dueño. Nadie cuidaba de él. Nadie lo criticaba cuando caminaba zigzagueando por las veredas nocturnas después de meterse lo necesario para olvidar lo que veía cuando se miraba en el espejo. Nadie lo regañaba cuando no tomaba las pastillas que le recetaba su psiquiatra y salía a practicar el arrebato con los turistas de sombreros grandes, esposas arrugadas y licuados carísimos.
Esa vez el argelino estaba molestando a los clientes. Se sentaba al lado de alguno y observaba como giraban las frutillas, naranjas y limones. De vez en cuando acercaba su cabeza a centímetros del jugador y hacía comentarios y recomendaciones con el hilo de saliva oscilando sobre sus labios. Daba pena el argelino, pero igual tuve que pedirle que tomara su cerveza en la barra, que dejara perder a los adictos en paz. Era mi trabajo, después de todo.
Él protestó y me dio diez euros para jugar. Entonces le di sus monedas y me senté a su lado para verificar cómo no jugaba, cómo seguía mirando al de al lado.
-Andate –me dijo.
-Yo soy el encargado, puedo estar donde quiera.
Puso una moneda dentro de la máquina tragamonedas y me miró fijo.
-Ahora andate –dijo.
No me fui.
El argelino hizo caso y bebió tres tragos largos de su cerveza en la barra. Después volvió a la carga, caprichoso, balanceándose hacia el salón de juegos. Yo lo mire con cara de mestascargando? y él dio media vuelta y me obsequió el gesto obsceno, agarrándose los testículos colorados.
Entonces me paré a su lado y lo miré decidido.
-Te tenés que ir, no me podés tratar así –le dije.
Pero se lo dije sereno, amable, sin aires de dictador. Por eso no vi venir la trompada en la oreja. Ni siquiera la imaginé, no se me ocurrió la posibilidad. Todos suelen ser tan previsibles y disciplinados en España...
Gracias a Jaime, que se lo llevaba a los empujones, y a mis buenos reflejos, no llegaron a destino ni sus escupitajos ni las botellas vacías que volaron por el aire. De todas maneras inauguré el botón rojo de emergencia que se esconde debajo del mostrador y diez minutos más tarde saludé de vuelta al hombre de camisa negra y barba candado. Nos llevamos bien, pronto seremos camaradas.
Después de eso nada cambió. Los policías van y vienen, los conflictos se suceden y los moros siguen aquí, jugando al pool. Ya son parte del decorado, meros objetos del local como el microondas o la botella de Martini. Son demasiados para describirlos a todos y no hay tiempo para el detalle; pero están. No se irán nunca.
Ni el francés, con sus cejas paranoicas, que trama todo el tiempo algo que no se. Ni Abdul, con su alegre juventud. Ni el Capitán Bobaraj, con esa extraña habilidad para la bola ocho. Ni Mohamed, ni Moja, ni el otro Mohamed, ni Iazzi. Tampoco hay espacio para los traficantes rumanos. Y es entendible: ellos paran en otro lado. Solo me visitan cuando no hay moros en la costa. Y ya se sabe que eso no pasa casi nunca, porque ellos siempre están acá mismo, en la Quintita de los Moros.
Desde hace un tiempo los moros invadieron el Jackpot Ferrer; y con ellos llegaron los desafíos de pool, las cervecitas de más, un olor agrio de transpiración, esos viajes al baño para despertarse los ojos y el barullo de la letra jota.
En un principio me alteraban, me ponían los nervios de punta, pero ya me acostumbré. Las reglas están implícitas y ellos ya se vigilan solos. Tampoco son mala gente. A veces dejan la impresión de ser tan sólo jóvenes divirtiéndose, buscando ganarse la vida fácil. Algunos exageran y se condenan, pero no todos son tan tontos. Viven al filo, pero tienen el filo bien estudiado. Conocen el gusto de las rejas y del demasiado, y juegan a eludirlo.
-Si vienen los moros les partes unos costillos y ya no te van a molestar. Tienes que ser el rey –me había advertido Stefan en mi primera noche en el bar.
El problema fue que Mustafá, el primero en llegar, parecía inofensivo. Era flaquito, moreno y con rulos, como casi todos los marroquíes. Entró pidiendo permiso, tímido, caminando con prudencia hasta la barra.
-Un café, por favor –dijo con voz débil y amable.
Si lo agarraba por sorpresa con la escoba tenía muchas chances de partirle una costilla. Eso hubiera marcado un ejemplo para los demás, Stefan hubiera estado orgulloso. Pero el hombre me combatió con respeto, buenos modales y cara de buena gente. Se quedó sentadito en la barra. Calmo, en silencio, sin molestar a nadie. Si tan solo escupía a algún cliente o al menos comentaba que el café estaba frío me habría dado el pie para iniciar el ataque. Pero Mustafá no me regaló ni una excusa, el muy desconsiderado.
El jefe también me había advertido de los marroquíes:
-Tuve que echar a la chica que trabajaba antes que tú porque los moros le ganaron la confianza, ¿sabes? Ella los dejó entrar y después estaban todo el día aquí, jugando al billar, vendiendo drogas. Esa chica se lió con uno de esos moros y terminó convirtiendo al bar en una casa de putas. Por eso tú tienes que echarlos a la calle. A tomar por culo, ¿entendido?
-Seguro, no hay problema, no se preocupe.
Sn embargo, ahora no era tan sencillo el asunto. Si Mustafá no me daba una buena justificación para romperle las costillas no tenía otra opción más que pedirle amablemente que se retirara. ¿Cómo iba a hacer para explicarle tal cosa?
-Es que sos marroquí, entendeme, el jefe me mandó a discriminar por encargo.
Eso sí que no. Si iba a convertirme en un racista al menos tenía que ser por mis propias razones. Prefería partirle la escoba en el pecho, sería menos insultante. Por eso nunca llegué a ser el rey.
Le serví otro café a Mustafá, le agradecí la propina y lo dejé ir nomás, deseando no terminar como la otra chica: enamorado, sin trabajo y hundido en las drogas.
Las advertencias se fueron cumpliendo y poco a poco el Jackpot Ferrer se transformó definitivamente en La Quintita de los Moros. Las reglas fueron claras y todos estuvieron de acuerdo: se vende y se consume del lado de afuera. Aunque no siempre las cumplen, claro. Tengo que estar atento.
Mustafá sigue siendo el que más me obedece. Físicamente es bien parecido (a los demás marroquíes), pero su conducta es diferente. Nunca discute como los otros, y por eso la Pandilla Mohamed lo considera un referente: El Mediador.
No se si será por su trabajo o porque tiene miedo a las pesadillas, pero Mustafá nunca duerme. Lo veo cuando llego y lo veo cuando me voy. En el medio él va y vuelve. En general hasta la puerta de entrada, donde se pactan las transacciones. Según me contó, hasta el próximo abril debe ser cauto: desde que le partió una botella en la cabeza a un borracho tiene bien presente el año de prisión que lo espera si se manda alguna. Quizás por eso sea tan manso, tranquilo y apacible. Siempre que hay un problema recurro a él, y Mustafá me da la razón, me entiende, los calma. Ojalá fueran todos como él.
Una vez le pregunté quién era su verdadero amigo entre los miembros de La Quintita de los Moros, y me respondió que Jaime. Me cayó bien su respuesta, porque ya sospechaba yo que Jaime era buen tipo. Siempre se lo ve alegre, con la musculosa azul y los pelos al viento, como un surfista de puertas adentro. Y se nota que es transparente. Los otros suelen tener cosas que ocultar. A veces sus risas son estratégicas y las palmadas en la espalda vienen cargadas de segundas intenciones. Pero cuando Jaime dice que está cansado yo le creo, porque lo veo en sus ojos. Y cuando le va bien me doy cuenta, porque se acuerda de la propina y le saca charla a los turistas para practicar su italiano.
Jaime dice que siempre tuvo suerte: de la buena con las mujeres y de la mala con el juego. Hace poco perdió mil euros en la ruleta y se hizo una ampolla en la mano con el cigarrillo para no olvidarse.
En parte creo que se muestra tan contento porque para él estas son una especie de vacaciones, mientras que para los otros es la vida misma. Él ya hizo rancho en Italia, donde lo aguarda su enamorada. Debe ser bonita. ¿Ya le conocerá la cara de espanto, esa que le vi la vez que entró al baño con el hombre de camisa negra y barba candado? Aquella noche pensé que iba a quebrantar la ley del bar; por eso fui hasta la puerta y golpeé dos veces.
-No se puede -me dijeron.
Pero por la rendija llegué a ver que Jaime estaba con los pantalones bajos. Entonces supuse que buscaba el escondite de la bolsita blanca y golpeé de vuelta diciendo:
-No se lo qué están haciendo, pero acá eso no está permitido señores.
Entonces el de camisa negra salió y me mostró su insignia con la estrella dorada.
-Policía secreta –me dijo. Y se quedó pensando un momento. Entonces agregó: Bien hecho, joven.
Y ahí fue que le vi la cara a Jaime. La cara de espanto.
Por suerte le sacaron la bolsita y lo dejaron ir con una advertencia; pero esa no fue la única vez que vi al hombre de camisa negra y barba candado. La segunda vez también estaba Jaime, aunque él era un testigo nomás. El culpable era su compañero; el que es alto y flaco, colorado y argelino, de tez blanca y nariz bien larga. El que parece subnormal.
El barrio no es muy grande y yo al argelino lo tenía visto. Su cara se destacaba del resto, a medio camino entre la lástima y la perversión. A pesar de sus limitaciones, el argelino se las arreglaba para no perder su independencia, para ser su propio dueño. Nadie cuidaba de él. Nadie lo criticaba cuando caminaba zigzagueando por las veredas nocturnas después de meterse lo necesario para olvidar lo que veía cuando se miraba en el espejo. Nadie lo regañaba cuando no tomaba las pastillas que le recetaba su psiquiatra y salía a practicar el arrebato con los turistas de sombreros grandes, esposas arrugadas y licuados carísimos.
Esa vez el argelino estaba molestando a los clientes. Se sentaba al lado de alguno y observaba como giraban las frutillas, naranjas y limones. De vez en cuando acercaba su cabeza a centímetros del jugador y hacía comentarios y recomendaciones con el hilo de saliva oscilando sobre sus labios. Daba pena el argelino, pero igual tuve que pedirle que tomara su cerveza en la barra, que dejara perder a los adictos en paz. Era mi trabajo, después de todo.
Él protestó y me dio diez euros para jugar. Entonces le di sus monedas y me senté a su lado para verificar cómo no jugaba, cómo seguía mirando al de al lado.
-Andate –me dijo.
-Yo soy el encargado, puedo estar donde quiera.
Puso una moneda dentro de la máquina tragamonedas y me miró fijo.
-Ahora andate –dijo.
No me fui.
El argelino hizo caso y bebió tres tragos largos de su cerveza en la barra. Después volvió a la carga, caprichoso, balanceándose hacia el salón de juegos. Yo lo mire con cara de mestascargando? y él dio media vuelta y me obsequió el gesto obsceno, agarrándose los testículos colorados.
Entonces me paré a su lado y lo miré decidido.
-Te tenés que ir, no me podés tratar así –le dije.
Pero se lo dije sereno, amable, sin aires de dictador. Por eso no vi venir la trompada en la oreja. Ni siquiera la imaginé, no se me ocurrió la posibilidad. Todos suelen ser tan previsibles y disciplinados en España...
Gracias a Jaime, que se lo llevaba a los empujones, y a mis buenos reflejos, no llegaron a destino ni sus escupitajos ni las botellas vacías que volaron por el aire. De todas maneras inauguré el botón rojo de emergencia que se esconde debajo del mostrador y diez minutos más tarde saludé de vuelta al hombre de camisa negra y barba candado. Nos llevamos bien, pronto seremos camaradas.
Después de eso nada cambió. Los policías van y vienen, los conflictos se suceden y los moros siguen aquí, jugando al pool. Ya son parte del decorado, meros objetos del local como el microondas o la botella de Martini. Son demasiados para describirlos a todos y no hay tiempo para el detalle; pero están. No se irán nunca.
Ni el francés, con sus cejas paranoicas, que trama todo el tiempo algo que no se. Ni Abdul, con su alegre juventud. Ni el Capitán Bobaraj, con esa extraña habilidad para la bola ocho. Ni Mohamed, ni Moja, ni el otro Mohamed, ni Iazzi. Tampoco hay espacio para los traficantes rumanos. Y es entendible: ellos paran en otro lado. Solo me visitan cuando no hay moros en la costa. Y ya se sabe que eso no pasa casi nunca, porque ellos siempre están acá mismo, en la Quintita de los Moros.
domingo, 9 de febrero de 2014
UNA FABULA DE FÁBULA
Era un dictador como cualquier otro; aunque él quería ser un poco más (como todos los demás). De momento había jugado bien sus cartas, demostrando potencia y potencial y disimulando errores sin excederse en la cantidad de charcos de sangre en la plaza pública. Todavía no había apostado en grande, es cierto, pero tenía tiempo. ¿Cuánto? Eso dependía del hambre de poder, propio y ajeno.
Una noche soñó que se moría, con tanto realismo que creyó despertar muerto. Se levantó de un salto, fue hasta el baño y suspiró al comprobar que su espejo todavía le hacía caso en cada movimiento. Luego llamó a uno de sus criados que juró verlo vivo o, en caso contrario, aseguró que era un muerto muy despierto.
Esa mañana decidió que quería vivir para siempre.
Durante semanas analizó varias opciones para lograrlo.
Descartó la posibilidad de consagrarse como el imperio más grande del mundo, porque sabía por experiencia que tarde o temprano todos los imperios terminaban cayendo. Construir una muralla infinita, inaugurar el primer puente submarino, lograr una cruza de hipopótamo con rinoceronte que resultara mascotable, gobernar el reino de las mujeres de tres tetas… ¿Qué milagro le daría a la eternidad?
La idea que más le entusiasmaba era secuestrar las estrellas para que el único cielo que las mostrara fuera el suyo; pero las cabezas de diez científicos magníficos rodando por el suelo lo convencieron de que, por más que lo intentara, la tecnología actual simplemente tenía sus límites.
Llegó un día que se hizo noche, y esa noche el dictador soñó con mucha gente linda. Por todas partes. En su sueño salió a caminar por su reino a saludar a gente bien y de la otra, y por primera vez pudo estrechar todas las manos sin necesidad de disimular el asco. Los pordioseros eran caballeros, las prostitutas estaban baratas y pitucas, ya no se veían mamarrachos (ni siquiera los borrachos, que caminaban derechos y bien machos). Había maleantes elegantes y mendigos distinguidos, leprosos preciosos, minas divinas; hasta el verdulero tenía los dientes enteros y las mujeres pobres y fuleras de las afueras ya no eran tan feas.
Fue un reino perfecto, profético.
Se despertó contento y resuelto a hacerlo realidad.
Un mes después, su sueño era ley. Desde ese día en adelante, todos los recién nacidos serían juzgados. Los padres de bebés bien feos deberían pagar impuestos horrendos, mientras que los padres de bebotes lindos recibirían preciosos incentivos. Así, el país del gran dictador quedaría marcado en el mapa como la Capital Mundial de la Gente Hermosa.
El truco, como casi siempre, era burocrático. Para obtener los documentos en regla cada recién nacido debía recibir el sello correspondiente en el Juzgado de Belleza. Allí, los Catadores Bisexuales de la Belleza Humana –hombres capacitados para separar a la gente fea de la otra- certificaban con su firma que eso de que sobre gustos no había nada escrito era una tremenda mentira.
El trámite era sencillo: primero los padres daban un paso al frente para ser observados con lupa y diversas luces (ya que hay gente que es bonita o desagradable según la iluminación). Enseguida los bebés eran alzados y, por si acaso, analizados en versiones con diversas expresiones: tristes, taciturnos y contentos. Estas distintas facetas eran logradas gracias a las gracias, o morisquetas, no de los Catadores sino de sus asistentas.
A decir verdad, todo ese acto era nada más que para disimular, porque en ese tipo de trámites es sabido que la primera impresión es la que cuenta. Es cierto que el amor puede llegar tanto de un vistazo como con el tiempo, pero la atracción física siempre es a primera vista.
Finalmente, el pago o cobro definitivo se realizaba al momento de tramitar el documento, mostrando el sello correspondiente.
Así es que, con el tiempo, la gente fea –en general pobres con grandes dificultades para pagar el impuesto horrendo- desistió de tener más de un hijo. Los lindos, por el contrario, solían tener más de tres. La combinación de padre-lindo con madre-fea (o viceversa) significaba un pago de la mitad de impuesto sin ningún incentivo, por lo que a la hora de elegir pareja, la belleza era una condición imprescindible para que los padres estrictos aprobaran el matrimonio.
Muchos feos arriesgados prefirieron mantener a sus hijos como indocumentados, aunque fueron los menos. El documento era un papel necesario, y si un ciudadano no lo tenía era llevado inmediatamente a la frontera con sus efectos personales para ser expulsado del reino. En la aduana, otros Catadores Bisexuales de la Belleza Humana tenían la orden de negar el ingreso a cualquier persona –turista o ciudadano- desagradable a los ojos.
Existieron feos que se dedicaron a la falsificación de documentos, por supuesto. El dictador los venció instalando documentos con hologramas (más difíciles de falsificar). Por otra parte las personas horribles eran fácilmente identificables en la calle, por lo que sus documentos eran analizados ferozmente con máquinas avanzadas para comprobar su legitimidad.
La impotencia por no alcanzar el nivel requerido de estética, impulsó a la aparición de la primera Organización Nacional de Feos (O.N.F), con el objeto de sacudir al sistema y protestar en voz alta. Sin embargo, el emprendimiento no contó con suficientes adeptos ya que muchos se negaban a aceptar públicamente su condición.
Lo cierto es que en una dictadura no tiene sentido quejarse: o se hace la revolución o se calla la boca. Y el dictador todavía no había cosechado suficientes odios como para arriesgar su cuello. Esta era su gran apuesta, a todo o nada. Y, al parecer, estaba funcionando.
Los años pasaron. Y con ellos, los feos fueron aceptando su derrota. Algunos decidieron exiliarse, y muchos otros se conformaron con matar su apellido praticando el placer con las alternativas que ofrece el sexo sin consecuencias (las posiciones no se detallan por ser demasiado burdas para una fábula, pero que las hay las hay).
La población fue cada vez más linda de ver, y la gente estaba contenta por eso. Por otra parte, el turismo en el reino se convirtió en un gran negocio, ya que todo el mundo quería rodearse de hermosura.
Finalmente llegó un día en que el dictador, satisfecho por su logro, se dejó morir. Había creado un lugar de personas rubias, altas y de ojos celestes que tuvo la astucia de llamar Hermosuralandia.
En su entierro, todo su reino lo despidió vitoreándolo con fuegos artificiales. Luego aprovecharon que estaban reunidos para acordar que el nombre era horrendo, paradójicamente, y en votación a mano alzada resolvieron cambiarlo por Suecia.
El tiempo pasó, una vez más, y la belleza se hizo costumbre. Ya nadie sorprendía a nadie. La monotonía visual hizo de Suecia uno de los países con más alta tasa de suicidios del planeta.
Hasta que un día como cualquier otro los Catadores Bisexuales se declararon en huelga definitiva suicidándose en masa. Entonces las aduanas se abrieron para siempre y, de ahí en más, cada latino, moreno o morocho con algo de carisma que pisa el país, deviene en sex symbol.
Muchos turistas ignoran el potencial de su atractivo exótico, pero los más despiertos saben que esto es cierto; como saben que lo que más atrae, lo que más se teme y lo que más se odia, es lo diferente.
Así es que, inteligentes, los latinos valientes que están al tanto, compran pasaje, hacen el viaje, desfilan sus rasgos y se traen del brazo a una modelo sueca -pituca aunque un poco seca-, para pasear a ella y su belleza por la calle, para que la gente decente se vuelva para verlos, queriendo envolverlos y volver a verlos en los diarios, donde periodistas amarillistas tienen la necesidad de escribirlos y describirlos, logrando que por esto se sientan más apuestos, por supuesto, y por sus puestos en el gobierno -que han ganado gracias a esa confianza-, les alcanza para seguir en alza, y sin pausa, decretar que se encuentran en la cresta de una ola, a la que han llegado por la sola, única razón, de haber confiado en sí mismos, y que todos deberían hacer lo mismo; esto mismo: simplismo sin caretaje, ser personas y no personajes, porque en esta vida la persona más atractiva, la que más fuerte pisa, es la que va de frente, creyendo en sí misma con total seguridad. Y esa es la verdad.
Una noche soñó que se moría, con tanto realismo que creyó despertar muerto. Se levantó de un salto, fue hasta el baño y suspiró al comprobar que su espejo todavía le hacía caso en cada movimiento. Luego llamó a uno de sus criados que juró verlo vivo o, en caso contrario, aseguró que era un muerto muy despierto.
Esa mañana decidió que quería vivir para siempre.
Durante semanas analizó varias opciones para lograrlo.
Descartó la posibilidad de consagrarse como el imperio más grande del mundo, porque sabía por experiencia que tarde o temprano todos los imperios terminaban cayendo. Construir una muralla infinita, inaugurar el primer puente submarino, lograr una cruza de hipopótamo con rinoceronte que resultara mascotable, gobernar el reino de las mujeres de tres tetas… ¿Qué milagro le daría a la eternidad?
La idea que más le entusiasmaba era secuestrar las estrellas para que el único cielo que las mostrara fuera el suyo; pero las cabezas de diez científicos magníficos rodando por el suelo lo convencieron de que, por más que lo intentara, la tecnología actual simplemente tenía sus límites.
Llegó un día que se hizo noche, y esa noche el dictador soñó con mucha gente linda. Por todas partes. En su sueño salió a caminar por su reino a saludar a gente bien y de la otra, y por primera vez pudo estrechar todas las manos sin necesidad de disimular el asco. Los pordioseros eran caballeros, las prostitutas estaban baratas y pitucas, ya no se veían mamarrachos (ni siquiera los borrachos, que caminaban derechos y bien machos). Había maleantes elegantes y mendigos distinguidos, leprosos preciosos, minas divinas; hasta el verdulero tenía los dientes enteros y las mujeres pobres y fuleras de las afueras ya no eran tan feas.
Fue un reino perfecto, profético.
Se despertó contento y resuelto a hacerlo realidad.
Un mes después, su sueño era ley. Desde ese día en adelante, todos los recién nacidos serían juzgados. Los padres de bebés bien feos deberían pagar impuestos horrendos, mientras que los padres de bebotes lindos recibirían preciosos incentivos. Así, el país del gran dictador quedaría marcado en el mapa como la Capital Mundial de la Gente Hermosa.
El truco, como casi siempre, era burocrático. Para obtener los documentos en regla cada recién nacido debía recibir el sello correspondiente en el Juzgado de Belleza. Allí, los Catadores Bisexuales de la Belleza Humana –hombres capacitados para separar a la gente fea de la otra- certificaban con su firma que eso de que sobre gustos no había nada escrito era una tremenda mentira.
El trámite era sencillo: primero los padres daban un paso al frente para ser observados con lupa y diversas luces (ya que hay gente que es bonita o desagradable según la iluminación). Enseguida los bebés eran alzados y, por si acaso, analizados en versiones con diversas expresiones: tristes, taciturnos y contentos. Estas distintas facetas eran logradas gracias a las gracias, o morisquetas, no de los Catadores sino de sus asistentas.
A decir verdad, todo ese acto era nada más que para disimular, porque en ese tipo de trámites es sabido que la primera impresión es la que cuenta. Es cierto que el amor puede llegar tanto de un vistazo como con el tiempo, pero la atracción física siempre es a primera vista.
Finalmente, el pago o cobro definitivo se realizaba al momento de tramitar el documento, mostrando el sello correspondiente.
Así es que, con el tiempo, la gente fea –en general pobres con grandes dificultades para pagar el impuesto horrendo- desistió de tener más de un hijo. Los lindos, por el contrario, solían tener más de tres. La combinación de padre-lindo con madre-fea (o viceversa) significaba un pago de la mitad de impuesto sin ningún incentivo, por lo que a la hora de elegir pareja, la belleza era una condición imprescindible para que los padres estrictos aprobaran el matrimonio.
Muchos feos arriesgados prefirieron mantener a sus hijos como indocumentados, aunque fueron los menos. El documento era un papel necesario, y si un ciudadano no lo tenía era llevado inmediatamente a la frontera con sus efectos personales para ser expulsado del reino. En la aduana, otros Catadores Bisexuales de la Belleza Humana tenían la orden de negar el ingreso a cualquier persona –turista o ciudadano- desagradable a los ojos.
Existieron feos que se dedicaron a la falsificación de documentos, por supuesto. El dictador los venció instalando documentos con hologramas (más difíciles de falsificar). Por otra parte las personas horribles eran fácilmente identificables en la calle, por lo que sus documentos eran analizados ferozmente con máquinas avanzadas para comprobar su legitimidad.
La impotencia por no alcanzar el nivel requerido de estética, impulsó a la aparición de la primera Organización Nacional de Feos (O.N.F), con el objeto de sacudir al sistema y protestar en voz alta. Sin embargo, el emprendimiento no contó con suficientes adeptos ya que muchos se negaban a aceptar públicamente su condición.
Lo cierto es que en una dictadura no tiene sentido quejarse: o se hace la revolución o se calla la boca. Y el dictador todavía no había cosechado suficientes odios como para arriesgar su cuello. Esta era su gran apuesta, a todo o nada. Y, al parecer, estaba funcionando.
Los años pasaron. Y con ellos, los feos fueron aceptando su derrota. Algunos decidieron exiliarse, y muchos otros se conformaron con matar su apellido praticando el placer con las alternativas que ofrece el sexo sin consecuencias (las posiciones no se detallan por ser demasiado burdas para una fábula, pero que las hay las hay).
La población fue cada vez más linda de ver, y la gente estaba contenta por eso. Por otra parte, el turismo en el reino se convirtió en un gran negocio, ya que todo el mundo quería rodearse de hermosura.
Finalmente llegó un día en que el dictador, satisfecho por su logro, se dejó morir. Había creado un lugar de personas rubias, altas y de ojos celestes que tuvo la astucia de llamar Hermosuralandia.
En su entierro, todo su reino lo despidió vitoreándolo con fuegos artificiales. Luego aprovecharon que estaban reunidos para acordar que el nombre era horrendo, paradójicamente, y en votación a mano alzada resolvieron cambiarlo por Suecia.
El tiempo pasó, una vez más, y la belleza se hizo costumbre. Ya nadie sorprendía a nadie. La monotonía visual hizo de Suecia uno de los países con más alta tasa de suicidios del planeta.
Hasta que un día como cualquier otro los Catadores Bisexuales se declararon en huelga definitiva suicidándose en masa. Entonces las aduanas se abrieron para siempre y, de ahí en más, cada latino, moreno o morocho con algo de carisma que pisa el país, deviene en sex symbol.
Muchos turistas ignoran el potencial de su atractivo exótico, pero los más despiertos saben que esto es cierto; como saben que lo que más atrae, lo que más se teme y lo que más se odia, es lo diferente.
Así es que, inteligentes, los latinos valientes que están al tanto, compran pasaje, hacen el viaje, desfilan sus rasgos y se traen del brazo a una modelo sueca -pituca aunque un poco seca-, para pasear a ella y su belleza por la calle, para que la gente decente se vuelva para verlos, queriendo envolverlos y volver a verlos en los diarios, donde periodistas amarillistas tienen la necesidad de escribirlos y describirlos, logrando que por esto se sientan más apuestos, por supuesto, y por sus puestos en el gobierno -que han ganado gracias a esa confianza-, les alcanza para seguir en alza, y sin pausa, decretar que se encuentran en la cresta de una ola, a la que han llegado por la sola, única razón, de haber confiado en sí mismos, y que todos deberían hacer lo mismo; esto mismo: simplismo sin caretaje, ser personas y no personajes, porque en esta vida la persona más atractiva, la que más fuerte pisa, es la que va de frente, creyendo en sí misma con total seguridad. Y esa es la verdad.
jueves, 14 de marzo de 2013
BLADE RUNNER
Tengo ganas de ver de nuevo esta película, después de leer la novela que la originó: ¿Sueñan los andorides con ovejas eléctricas? Hace tiempo quería leer algo de Philp K. Dick, porque muchas de las películas basadas en sus cuentos me gustaron: A Scanner Darkly, El vengador del futuro, Minority Report.
De lectura fácil y ágil, el libro está lleno de ideas novedosas que pasan de largo porque, ansioso por saber cómo sigue la historia, uno las asume como parte de ese mundo que el escritor supo inventar. Pero algunas oraciones aisladas de lo subrayado queda en claro el alto delirio e inventiva del autor.
1.
Tenemos que ahorrar para poder comprarnos una oveja de verdad que sustituya a la falsa eléctrica que tenemos en la azotea. Para eso llevo todos estos años esforzándome.
2.
-Estaba en una estado de ánimo 382, acababa de marcarlo.
-Marca el 888: el deseo de mirar televisión sin importar lo que pase alrededor.
3.
La fuerte fragancia de la felicidad emanaba aún de él, la sensación de ser, por primera vez en su torpe vida, útil.
4.
Digamos que ponemos el avestruz en un contrato de treinta meses a un interés muy bajo, del seis por ciento al mes.
5.
Se manifestó de nuevo cierto odio hacia su oveja eléctrica, a la que tenía que cuidar y de la que se ocupaba como si estuviera viva. "La tiranía de un objeto -pensó-.No sabe ni que existo". Como los androides carecía de la habilidad de apreciar la existencia de otro.
6.
Los falsos empiezan a parecerse demasiado a los verdaderos. ¿Qué me dice de esos circuitos que incluyen en los nuevos para que finjan enfermedades?
7.
La mayoría de los androides que conozco tienen mayor vitalidad y deseo de vivir que mi esposa.
8.
Lo que pasa con los conejos, señor, es que todo el mundo tiene uno. Me gustaría que ascendiera a la categoría de las cabras, un lugar al que creo que pertenece.
9.
Es la condición esencial de la vida verse requerido a traicionar la propia identidad. Es la maldición de la obra, la maldición que se alimenta de toda la vida. Hasta en el último rincón del universo.
10.
Me gustaría encargar kilo y medio de moscas artificiales que sean capaces de zumbar y volar de verdad, por favor.
De lectura fácil y ágil, el libro está lleno de ideas novedosas que pasan de largo porque, ansioso por saber cómo sigue la historia, uno las asume como parte de ese mundo que el escritor supo inventar. Pero algunas oraciones aisladas de lo subrayado queda en claro el alto delirio e inventiva del autor.
1.
Tenemos que ahorrar para poder comprarnos una oveja de verdad que sustituya a la falsa eléctrica que tenemos en la azotea. Para eso llevo todos estos años esforzándome.
2.
-Estaba en una estado de ánimo 382, acababa de marcarlo.
-Marca el 888: el deseo de mirar televisión sin importar lo que pase alrededor.
3.
La fuerte fragancia de la felicidad emanaba aún de él, la sensación de ser, por primera vez en su torpe vida, útil.
4.
Digamos que ponemos el avestruz en un contrato de treinta meses a un interés muy bajo, del seis por ciento al mes.
5.
Se manifestó de nuevo cierto odio hacia su oveja eléctrica, a la que tenía que cuidar y de la que se ocupaba como si estuviera viva. "La tiranía de un objeto -pensó-.No sabe ni que existo". Como los androides carecía de la habilidad de apreciar la existencia de otro.
6.
Los falsos empiezan a parecerse demasiado a los verdaderos. ¿Qué me dice de esos circuitos que incluyen en los nuevos para que finjan enfermedades?
7.
La mayoría de los androides que conozco tienen mayor vitalidad y deseo de vivir que mi esposa.
8.
Lo que pasa con los conejos, señor, es que todo el mundo tiene uno. Me gustaría que ascendiera a la categoría de las cabras, un lugar al que creo que pertenece.
9.
Es la condición esencial de la vida verse requerido a traicionar la propia identidad. Es la maldición de la obra, la maldición que se alimenta de toda la vida. Hasta en el último rincón del universo.
10.
Me gustaría encargar kilo y medio de moscas artificiales que sean capaces de zumbar y volar de verdad, por favor.
lunes, 4 de marzo de 2013
CICATRICES
Tengo que pedirle disculpas a Juan José Saer, por no haberlo leído antes. Voy a seguir incursionando en él con insistencia, para redimirme. Al leer Cicatrices me dieron ganas de sentarme a escribir.
Acá dejo unas frases que quedaron rebotando de este gran libro:
1.
Hace un frío de la madona. Un frío del carajo hace. En la Antártida, en comparación, uno podría andar en pelotas lo más tranquilo. Es la locura. Aquí uno echa un gallo y cae un cachito de hielo sobre la vereda. Todo el mundo anda escupiendo escarcha. Antes de ayer, sin ir más lejos, un tipo que andaba por calle San Martín abrió la boca para saludar a un amigo que pasaba por la vereda de enfrente y no la pudo volver a cerrar porque se le llenó de escarcha. Tuvieron que aplicarle un soldador para que pudiese volver a cerrarla, porque el frío que le estaba entrando por la boca abierta había empezado a congelarle la sangre.
2.
Vi a mamá contemplándome desde la puerta del dormitorio. Me miraba sorprendida. Yo me había tomado más de media botella. Me puse de pie de un salto.
-Salud -le dije, alzando el vaso hacia ella y mandándome un trago.
Ella estuvo parpadeando durante unos segundos, inmóvil, mirándome de arriba a abajo. Después volvió a entrar en su dormitorio, dando un portazo, sin pagar la luz. Recién cuando estuvo adentro me di cuenta de que yo estaba completamente desnudo y con el pito parado.
3.
Mi padre era un hombre tan insignificante que la más pequeña hormiga del planeta que hubiese muerto en su lugar habría hecho notar más su ausencia que él. Era delgado, pero no demasiado delgado; callado, pero no muy callado; tenía buena letra, pero a veces le temblaba el pulso. No tenía ningún plato preferido, y si alguien le pedía su opinión sobre un asunto cualquiera, él invariablemente respondía: "Hay gente que entiende de eso. Yo no". Pero no había un gramo de humildad en su respuesta, sino absoluta convicción de que ésa era la verdad. De modo que cuando mi padre murió, el único cambio que hubo en mi casa fue que en el lugar que él ocupaba en la cama ahora había aire. Creo que esa fue la modificación más notoria que produjo en su vida: dar espacio. Dejar un espacio libre de un metro setenta y seis de estatura y cierto espesor, de modo que lo que él interrumpía con su cuerpo volviera a convertirse otra vez en sustancia respirable para el beneficio de la humanidad.
4.
Yo estaba jugando al póker desde la noche anterior a la vuelta de mi casa. va el dueño de casa a atender el timbre y vuelve diciéndome: Sergio, es tu abuelo. Le mando a decir que pase. Se inclina hacia mí y me dice al oído: Hijo, dice tu mujer que si no vas antes de media hora, se envenena. Dígale que se envenene, digo yo. Mi abuelo se va y vuelve treinta y cinco minutos después. Se inclina otra vez y me dice al oído: Hijo, se ha envenenado. De modo que pido permiso a la mesa para levantarme antes de la hora fijada, y voy a casa y la encuentro muerta.
5.
Mi corazón se sacudía más que los dados cuando yo agitaba el cubilete y lo volcaba sobre la mesa. No se puede apostar al caos. Y no porque no se pueda ganar, sino porque no es uno el que gana, sino el caos el que consiente.
6.
Había limpiado mi casa enteramente, salvo las manchas oscuras de los gallos pardos de mi abuelo, imborrables, cobrando la mísera suma de tres mil pesos mensuales, sin gastar un centavo durante dieciocho meses, y después me había dado todos sus ahorros para que yo los perdiera en dos horas. Me levanté y le di un beso en la frente.
Que Dios te bendiga, le dije. Que Dios bendiga cada uno de tus cabellos y te tenga en la gloria, por toda la eternidad.
Delicia se echó a reír y después dijo que se iba a dormir la siesta.
7.
Todos los vicios son solitarios. Todos los vicios necesitan de la soledad para ser ejercidos. Asaltan en soledad. Y al mismo tiempo, son también un pretexto para la soledad.
8.
Si uno sabe vaciar la mente del todo, y sobretodo no engañarse, y sentirse capaz de esperar, el pálpito llega.
9.
Le dije que todas las razones eran boludas para caer preso. Que si él se abstenía de sermonearme yo iba a soportar mejor el hecho de estar preso. Marquitos me dijo que yo tenía mala cara.
Perdí la buena al punto y banca, hace tiempo, dije yo.
Te confieso que no entiendo nada de tu vida, dijo Marquitos.
10.
Cuando un tipo no sabe qué hacer para hincharle las pelotas al prójimo, hay que recomendarle que se meta en la policía.
Acá dejo unas frases que quedaron rebotando de este gran libro:
1.
Hace un frío de la madona. Un frío del carajo hace. En la Antártida, en comparación, uno podría andar en pelotas lo más tranquilo. Es la locura. Aquí uno echa un gallo y cae un cachito de hielo sobre la vereda. Todo el mundo anda escupiendo escarcha. Antes de ayer, sin ir más lejos, un tipo que andaba por calle San Martín abrió la boca para saludar a un amigo que pasaba por la vereda de enfrente y no la pudo volver a cerrar porque se le llenó de escarcha. Tuvieron que aplicarle un soldador para que pudiese volver a cerrarla, porque el frío que le estaba entrando por la boca abierta había empezado a congelarle la sangre.
2.
Vi a mamá contemplándome desde la puerta del dormitorio. Me miraba sorprendida. Yo me había tomado más de media botella. Me puse de pie de un salto.
-Salud -le dije, alzando el vaso hacia ella y mandándome un trago.
Ella estuvo parpadeando durante unos segundos, inmóvil, mirándome de arriba a abajo. Después volvió a entrar en su dormitorio, dando un portazo, sin pagar la luz. Recién cuando estuvo adentro me di cuenta de que yo estaba completamente desnudo y con el pito parado.
3.
Mi padre era un hombre tan insignificante que la más pequeña hormiga del planeta que hubiese muerto en su lugar habría hecho notar más su ausencia que él. Era delgado, pero no demasiado delgado; callado, pero no muy callado; tenía buena letra, pero a veces le temblaba el pulso. No tenía ningún plato preferido, y si alguien le pedía su opinión sobre un asunto cualquiera, él invariablemente respondía: "Hay gente que entiende de eso. Yo no". Pero no había un gramo de humildad en su respuesta, sino absoluta convicción de que ésa era la verdad. De modo que cuando mi padre murió, el único cambio que hubo en mi casa fue que en el lugar que él ocupaba en la cama ahora había aire. Creo que esa fue la modificación más notoria que produjo en su vida: dar espacio. Dejar un espacio libre de un metro setenta y seis de estatura y cierto espesor, de modo que lo que él interrumpía con su cuerpo volviera a convertirse otra vez en sustancia respirable para el beneficio de la humanidad.
4.
Yo estaba jugando al póker desde la noche anterior a la vuelta de mi casa. va el dueño de casa a atender el timbre y vuelve diciéndome: Sergio, es tu abuelo. Le mando a decir que pase. Se inclina hacia mí y me dice al oído: Hijo, dice tu mujer que si no vas antes de media hora, se envenena. Dígale que se envenene, digo yo. Mi abuelo se va y vuelve treinta y cinco minutos después. Se inclina otra vez y me dice al oído: Hijo, se ha envenenado. De modo que pido permiso a la mesa para levantarme antes de la hora fijada, y voy a casa y la encuentro muerta.
5.
Mi corazón se sacudía más que los dados cuando yo agitaba el cubilete y lo volcaba sobre la mesa. No se puede apostar al caos. Y no porque no se pueda ganar, sino porque no es uno el que gana, sino el caos el que consiente.
6.
Había limpiado mi casa enteramente, salvo las manchas oscuras de los gallos pardos de mi abuelo, imborrables, cobrando la mísera suma de tres mil pesos mensuales, sin gastar un centavo durante dieciocho meses, y después me había dado todos sus ahorros para que yo los perdiera en dos horas. Me levanté y le di un beso en la frente.
Que Dios te bendiga, le dije. Que Dios bendiga cada uno de tus cabellos y te tenga en la gloria, por toda la eternidad.
Delicia se echó a reír y después dijo que se iba a dormir la siesta.
7.
Todos los vicios son solitarios. Todos los vicios necesitan de la soledad para ser ejercidos. Asaltan en soledad. Y al mismo tiempo, son también un pretexto para la soledad.
8.
Si uno sabe vaciar la mente del todo, y sobretodo no engañarse, y sentirse capaz de esperar, el pálpito llega.
9.
Le dije que todas las razones eran boludas para caer preso. Que si él se abstenía de sermonearme yo iba a soportar mejor el hecho de estar preso. Marquitos me dijo que yo tenía mala cara.
Perdí la buena al punto y banca, hace tiempo, dije yo.
Te confieso que no entiendo nada de tu vida, dijo Marquitos.
10.
Cuando un tipo no sabe qué hacer para hincharle las pelotas al prójimo, hay que recomendarle que se meta en la policía.
lunes, 28 de enero de 2013
HISTORIAS EXTRAORDINARIAS -TERCERA PARTE
Se establecieron detrás de un médano y prepararon las bebidas. El Misionero se despachó con su especialidad: Fernet en balde metálico.
-Es la Gatorade del momento! –dijo él después de probarlo.
-Cómo la Gatorade del momento?
-Claro… Después del fútbol no hay nada mejor que la Gatorade. Nada. Es exactamente lo que necesitás. Y en este preciso momento, este Fernet es mi Gatorade.
Sin embargo, enseguida la Rubia se despachó con un Fernet Menta totalmente inesperado. Y aunque no era tan refrescante, el suyo era ADICTIVO.
Él probó y no lo pudo creer. Convidó para certificarlo y Chocho tampoco lo pudo creer. Cuando se lo dieron a Pocahontas, descubrieron su naturaleza adictiva.
Ella bajo ninguna circunstancia accedió a devolver el vaso. Primero intentaron con chistes, después con el policía bueno y malo, y por último con amenazas directas.
No hubo caso.
Decidió que Pocahontas sería una heroinómana con pésimo compañerismo, y la tachó de su lista de posibles amigos en caso de convertirse en junkie.
A lo lejos vieron luces raras. Había varios colores: amarillo, rojo, verde, azul. Estaba oscuro y por la distancia no se distinguían bien; pero descartaron la posibilidad de que fueran autos porque las luces se movían individualmente. Como si un grupo de extraterrestres bajara a la playa a explorar con linternas de colores.
Hicieron lo que suele hacerse cuando aterriza un plato volador: se quedaron mirando.
-Qué es eso?
-No, pero fuera de joda, qué es eso?
-En serio, qué es eso?
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se quejó José Paranoico.
Los más valientes empezaron a avanzar lentamente hacia las luces.
Adelante iba una línea formada por Difusa, Experienced Girl y la Rubia. Detrás, en la segunda línea, seguían él, Chocho y el Misionero.
-Las chicas adelante, como debe ser –dijo el Misionero.
-Y sí… imaginate si son extraterrestres. Es una buena táctica: les enviamos mujeres drogadas y contentas. Básicamente, lo mejor que tenemos. Si eso no les gusta, estamos perdidos.
Cuando llegaron, por supuesto, no vieron nada. Las luces habían desparecido.
Decidieron seguir camino y mudarse a la carpa inmensa de los cuatriciclos, en caso de que volviera a llover. Desde ahí también se veían luces raras. Era en la terraza de una casa cercana; salían chispas como si estuvieran haciendo un asado. Pero las chispas eran verdes. ¿Estaban asando a un humano? ¿Eran fuegos artificiales?
-Creo que ya se lo que es –dijo la Rubia, recién llegada a la carpa.
-Si es la del boliche de los bichos ya la pensamos –respondió Chocho.
Los misterios se acumulaban.
Una vez dentro de la carpa, todo lo externo resultaba sospechoso. Él, Chocho y Experienced Girl se quedaron un rato largo al borde del límite de la carpa mirando hacia la orilla. Veían a una figura difusa a unos diez metros de donde estaban parados; pero no era Difusa (ella estaba sentada con Invalid Man).
Los tres veían algo, no quedaban dudas.
-Es un fantasma.
-Es neblina concentrada.
-Es un voyeur.
-Es uno de nosotros que se pregunta si esas tres figuras son fantasmas, neblinas o voyeurs.
En silencio, también se preguntaban si lo estaban inventando.
-Basta, vamos los tres a ver qué es –dijo él-. La sugestión me está matando.
-No, no se puede. Hay que dejarlo ser sin preguntar. No podemos saber nunca –dijo Experienced Girl.
La película había cambiado de género. La última parte de la trilogía ya no era comedia existencialista, sino un thriller sobrenatural.
Para distraerse se quedaron charlando un rato sentados en ronda dentro de la carpa. Después de un tiempo notaron que hacía más de media hora que el Misionero estaba parado en un médano cercano. Lo podían ver desde ahí, pero no llegaban a vislumbrar qué estaba haciendo exactamente. Era imposible que se pasara tanto tiempo meando.
-Parece estar hablando por teléfono.
-Con quién? Tiene novia el Misionero?
-Le pasará algo?
-Para mí que está tirando facha al horizonte.
-Quizás es un espía de los extraterrestres, y está pasandoles nuestras coordenadas.
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se quejó José Paranoico, una vez más.
Esta vez él sí se animó a acercarse. Subió lentamente el médano y lo vio hablando muy concentrado por celular. Le llamó la atención y le preguntó con los dedos gordos si estaba todo Ok.
-Y? Qué le pasa? –le preguntaron a la vuelta.
-Todo bien, dice que ya viene. Está hablando con su contestador.
Todos ríeron, aunque era una de las imágenes más tristes que podían llegar a existir. Un hombre llamando a su contestador para contarse a sí mismo lo bien que la estaba pasando con los chicos y todos los detalles del viaje.
Desolador.
Difusa le hizo puchero a Invalid Man y, a pesar de que la arena todavía estaba mojada, Mr. Barrabrava, el Misionero y Siempre Voluntario se embanderaron en una travesía hacia ninguna parte en busca de troncos secos. Siempre Voluntario no se andaba con chiquitas: su primera aparición era una Misión Imposible.
Ya sin Mr. Barrabrava, los miedos se incrementaron. ¿Y ahora quién iba a defenderlos? Estaban desprotegidos. Cada vez que alguien salía de la carpa, ya sea a hacer pis o mirar el infinito, la película de suspenso volvía a empezar.
-Mirá, ves eso? –señaló él a una figura poco visible a la distancia.
-Si qué pasa?
-Esa es la Tercera Persona. Nadie sabe quién es. Puede ser Chocho meando. Pero también puede ser un asesino, un Alf o un fantasma.
La Tercera Persona empezó a acercarse muy lentamente hacia la carpa. Era una sombra, podía ser cualquier cosa.
-Ahí viene. Seguramente es Chocho, pero ahora una parte de tu respiración se paraliza y pregunta: y si no es Chocho? La sentís a la respiración quietita, preguntando?
La sombra estaba más cerca, ya no había tiempo de escapar.
-Sí –dijeron las chicas.
Chocho llegó y vio una serie de caras de espanto.
-Qué les pasa?
-Nada, que eras la Tercera Persona, pelotudo. Cómo no avisás? –se quejó Pocahontas.
-Chocho no tiene la culpa -lo defendió él-. En un rato voy a ir a hacer pis, y cuando vuelva la Tercera Persona voy a ser yo. Todos vamos a ser la Tercera Persona porque siempre hay alguien externo, al acecho. Y en la oscuridad la Tercera Persona es una incógnita. Hasta que en un momento ya nos vamos a relajer. Y, como ent oda película de terror, cuando eso pase, el que se acerque va a ser alguien inesperado.
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se hubiera quejado José Paranoico si estuviera con ellos. Pero la Tercera Persona en ese momento era justamente J.P.
Estaba arriba de un médano, mirando hacia el mar.
-Voy a hacerme Tercera Persona, ya vuelvo –dijo él, y fue hacia el médano.
José Paranoico estaba en paz, como un Hombre Mirando al Sudeste, pero con malla, sombrero de cowboy y anteojos de sol. Él lo copió y juntos fueron secuela: Hombres Mirando al Sudeste.
Hablaron del resentimiento que uno lleva a todos lados; esa especie de nube negra alrededor de la cabeza que oscurece los pensamientos dejándolos parcialmente nublados. Se dieron cuenta de que en ese momento la nube se había disipado por completo y decidieron recordar lo bien que se sentía no sentirla para tener por siempre la certeza de que era posible vivir sin ella.
El viento le volaba el flequillo. La luna ya se veía en el cielo y desde arriba del médano él se sentía como si todo lo que hubiera abajo, incluyendo el horizonte, fuera suyo.
-Qué cosa esto, no? –dijo -. Es una continuidad de momentos inolvidables.
-Lástima que en la práctica todo se pierde, hasta los momentos inolvidables –dijo J.P -Y más si vienen en continuado. Los aislados son más fáciles de recordar.
-A mí eso me desespera un poco. El dolor que siento cuando se escapa y se pierde un recuerdo… es como si YO fuera el que va desapareciendo de a poco. Creo que por eso me gusta escribir… para atraparlos.
-Es imposible. Aunque los atrapes igual se pierden. No es lo mismo.
-Yo creo que hay una forma de salvarlos. Sólo UNA, y es compartiéndo el momento con alguien. Porque en cada reencuentro los dos pueden recordarlo y revivirlo con sólo verse a los ojos. Y si lo revivís, ese momento sigue existiendo.
-Hasta que uno de los dos muera. Y después el último también se apague, como todo.
Se quedaron en silencio mirando al mar. Parecía que ese era exactamente el lugar para tener ese tipo de conversaciones.
J.P. miró abajo hacia la carpa, donde estaban los demás
-Fijate: nosotros ahora estamos como afuera. Somos los externos, los personajes secundarios.
Él iba a explicarle lo de la Tercera Persona, pero no dijo nada. Para qué, si ya lo había entendido todo.
Bajaron a ser Primeras Personas nuevamente. La ronda de Fernet seguía viva, y todos tuvieron conversaciones que no se recuerdan porque no fueron debidamente registradas. En una película, esta parte los mostraría riendo con música de fondo.
En eso vieron que desde la orilla, a lo lejos, llegaban tres nuevas Terceras Personas, pero aparentemente todos ellos estaban adentro de la carpa. ¿Sería Mr. Barrabrava y compañía? Pero si fueran ellos debían traer troncos y no precisamente del mar.
Nerviosos, todos se lamentaron de la ausencia de Mr. Barrabrava, garantía de seguridad, y de la maldita paradoja de que, cuando regresara Mr. Barrabrava, su regreso iba a ser tan terrorífico como este (si es que este no era efectivamente su regreso).
Las tres Terceras Personas ya estaban más cerca y no cabían dudas de que se dirigían hacia la carpa. Hacia ellos. Ya podían distinguir que venían con palos en las manos y pañuelos tapándoles las caras.
-Hola, quiénes son? –gritó Chocho asustado.
Las tres Terceras Personas no respondieron. Siguieron avanzando con sus palos y pañuelos, imparables, temibles. Sin Mr. Barrabrava ellos eran pan comido.
-Quiénes son? Misionero? Siempre Voluntario? –siguió Experienced Girl.
-Respondan por Dios!
-Dónde está Mr. Barrabrava? Dónde?
Ya estaban dentro del límite de la carpa. Todos se prepararon para lo peor. El más alto de los tres plantó su palo en la arena y se sacó el pañuelo, heróico.
-El Príncipe! –gritó él.
-Y Guitarrista… Duendecilla!
-Hijos de mil putas, por qué no respondieron?
-No los escuchábamos, por los pañuelos.
-Casi nos matan del susto, de dónde vienen con esos palos?
-Del bosque –respondió Duendecilla-, estuvimos todo el tiempo en el bosque. Salimos de ahí hace un ratito. Fue una travesía interminable.
Él se acercó y los abrazó a los tres.
-Bueno, pero lo lograron. Bienvenidos al final de la trilogía. Vamos a terminar con esto de la mejor manera.
Los invitaron a instalarse y tomar del Fernet-Gatorade (el Menta seguía sellado en las garras de Pocahontas). Brindaron e intercambiaron peripecias.
-Vimos unas luces de colores alienígenas –contó J.P.
-Nosotros también las vimos! –dijo Duendecilla-. Pero las vimos del otro lado. Eran seis o siete, de distintos colores… vinieron desde el bosque y fueron a la playa hasta el mar. Después volvieron al bosque y desaparecieron. Eran duendes!
-En serio?
-Duendecilla sabe, deben ser parientes.
-Basta, con eso no se jode –dijo J.P-, en serio eran duendes?
-En realidad no los vimos bien –explicó Guitarrista-, pero para nosotros era una Visita Guiada al Mar para Duendes.
-Ah, entonces no saben. Quizás eran los Hendicitos que querían ver el mar..
-Los qué?
-Nada, los Hendicitos… son de un chiste. No importa.
Una vez aclarados los asuntos incomprobables, se prepararon para lo que venía con buen ánimo. Todo estaba saliendo perfectamente.
Él fue a mear a los médanos y vio el milagro: Mr. Barrabrava avanzaba corriendo arrastrando un árbol entero!
Llevaba un tronco detrás de la cabeza agarrado con ambos brazos como Jesucristo, y de ese tronco salían sogas que se conectaban y ataban a una serie de ramas inmensas detrás de él. Era un hombre de fuerza sobrehumana demostrando su poder.
-Alabado sea Mr. Barrabrava! Y perdónanos tu crucifixión voluntaria...
Detrás de él venían Siempre Voluntario y el Misionero con más ramas. Llegaron con el último suspiro, apoyaron todo en la arena y se sentaron.
-Hacemos el fogón acá? –preguntó Chocho.
-No, vamos allá, donde escribimos “¡Es acá!” –dijo Difusa.
-Pero ahora ¡Es acá! es allá, y allá es acá. No tiene sentido.
-Pero lo habíamos subrayado!
Chocho se acerco a las ramas y notó que estaban mojadas.
-Me parece que esto no va a prender ni en pedo.
Después del esfuerzo, Misionero, Siempre Voluntario y Mr. Barrabrava quedaron mudos y sentados. El resto ya no dependía de ellos. La Misión Imposible estaba cumplida. ¿Qué más querían?
Chocho apiló las ramas de forma rudimentaria e intentó prender el fuego con ramas pequeñas y hojas sueltas.
Era imposible.
-Ya vuelvo –dijo, y salió a buscar alguna solución sin demasiada esperanza.
Los tres voluntarios eran testigos del fracaso del fogón. ¿Tanto esfuerzo sin sentido? El sonido de la desilusión es el silencio, y ellos lo estaban practicando.
Cuando alguien muere la gente suele callarse por un minuto, pero en la muerte del fogón el velatorio duró diez veces más. Fueron los primeros diez minutos tristes después de mucho, mucho tiempo.
La felicidad perfecta había sido contaminada, esa era la mayor tristeza.
Hasta que se escuchó un motor.
Nadie tuvo miedo esta vez (Mr. Barrabrava estaba de este lado de la cancha). El motor se oía cada vez más nítido, como una locomotora acercándose a una estación de tren. Y de pronto lo vieron: un cuatricilo iluminaba el velatorio.
Lo manejaba un desconocido, pero atrás suyo iba Chocho, más chocho que nunca, sonriendo con su gran boca chocha bien abierta, abrazado al conductor y agitando al viento un sombrero de cowboy. Fue la entrada estelar de su vida, y la estaba disfrutando como nadie. Chocho: el vaquero heróico. Chocho: el jinete cósmico a caballo del cuatriciclo, rescatando el fogón para limpiar la felicidad perfecta.
-¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
El desconocido del cuatriciclo trajo hojas y gasolina, y el fuego subió como un gran festejo. Sabio de perfil bajo, el desconocido supo ser héroe de incógnito y dejarle los flashes a Chocho. Todos le agradecieron, aunque el nunca supiera cuanto.
A la luz del fuego, los momentos inolvidables continuaron su continuidad.
La Rubia alzó al viento su molino de papel –regalo de Siempre Voluntario de camino a Gesell, para que no moleste- y sus hojas de plástico giraban rodando como si convocaran al pequeño extraterrestre de Mi Amigo Mac. Uiiiuuuu.
Invalid Man repartió las cartas imaginarias y él, Chocho y Experienced Girl jugaron un Chancho Inflado: el último que descubría los cachetes inflados perdía. Fueron las carcajadas más baratas que conocieron.
Después el cielo se abrió en un chasquido de dedos y subió el telón a toda su gama de estrellas. Él y Duendecilla bautizaron Perro Deprimido a un grupo de ellas, y se las guardaron para sí mismos junto con otros detalles que no deben escribirse.
Todo llegaba a su momento. Y ese momento siempre era ahora mismo.
Con el fogón aparecieron las chicas y chicos abstemios, sanos y salvos, entonando canciones de la infancia. Las cantaron de memoria, una tras de otra, con el mismo orden de los fogones del pasado.
Siempre Voluntario y su batucada propuso una canción de alabanza al sol, pero Guitarrista respondió con la canción antisol interpretada por el Polaco Albino amante del vodka y los días nublados.
Y el sol, con su silenciosa canción antipolacos, llegó para despedirlos.
Ya en la casa, él hizo lo posible para soñar, pero la pócima lo hacía imposible. Era como intentar dormir con las luces prendidas.
Finalmente decidió levantarse y bajar a escribir un poco.
Encontró una birome con forma de atrapa mariposas y se puso a cazar momentos. Uno por uno fueron cayendo. Y hasta encontró algunos recuerdos sin estrenar, como una reflexión que escribió sobre una película que todavía no había visto.
La película se llamaba Historias Extraordinarias; había leído sobre ella durante el último Bafici. Las críticas decían que la película iba a contracorriente del cine argentino solemne de historias mínimas, silenciosas, casi imperceptibles. Decía que era una épica de cuatro horas con historias infinitas que se iban contando e iban quedando en el camino para dejarle paso a las siguientes. Como una gran reivindicación de la ficción.
Pensó que la pócima era exactamente como la sinopsis de esa película. Que si se la toma con la gente adecuada, la vida se convierte en una ficción infinita de Historias Extraordinarias que van quedando en el camino.
Pensó que también era como volver a ser niños, porque en la infancia todo se ve con ojos nuevos y la imaginación es tan grande que se inventa ficciones en obras abandonadas, jardines traseros, sótanos, áticos e incluso habitaciones neutras.
Pensó todo eso y lo escribió justo antes de la palabra FINAL.
-Es la Gatorade del momento! –dijo él después de probarlo.
-Cómo la Gatorade del momento?
-Claro… Después del fútbol no hay nada mejor que la Gatorade. Nada. Es exactamente lo que necesitás. Y en este preciso momento, este Fernet es mi Gatorade.
Sin embargo, enseguida la Rubia se despachó con un Fernet Menta totalmente inesperado. Y aunque no era tan refrescante, el suyo era ADICTIVO.
Él probó y no lo pudo creer. Convidó para certificarlo y Chocho tampoco lo pudo creer. Cuando se lo dieron a Pocahontas, descubrieron su naturaleza adictiva.
Ella bajo ninguna circunstancia accedió a devolver el vaso. Primero intentaron con chistes, después con el policía bueno y malo, y por último con amenazas directas.
No hubo caso.
Decidió que Pocahontas sería una heroinómana con pésimo compañerismo, y la tachó de su lista de posibles amigos en caso de convertirse en junkie.
A lo lejos vieron luces raras. Había varios colores: amarillo, rojo, verde, azul. Estaba oscuro y por la distancia no se distinguían bien; pero descartaron la posibilidad de que fueran autos porque las luces se movían individualmente. Como si un grupo de extraterrestres bajara a la playa a explorar con linternas de colores.
Hicieron lo que suele hacerse cuando aterriza un plato volador: se quedaron mirando.
-Qué es eso?
-No, pero fuera de joda, qué es eso?
-En serio, qué es eso?
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se quejó José Paranoico.
Los más valientes empezaron a avanzar lentamente hacia las luces.
Adelante iba una línea formada por Difusa, Experienced Girl y la Rubia. Detrás, en la segunda línea, seguían él, Chocho y el Misionero.
-Las chicas adelante, como debe ser –dijo el Misionero.
-Y sí… imaginate si son extraterrestres. Es una buena táctica: les enviamos mujeres drogadas y contentas. Básicamente, lo mejor que tenemos. Si eso no les gusta, estamos perdidos.
Cuando llegaron, por supuesto, no vieron nada. Las luces habían desparecido.
Decidieron seguir camino y mudarse a la carpa inmensa de los cuatriciclos, en caso de que volviera a llover. Desde ahí también se veían luces raras. Era en la terraza de una casa cercana; salían chispas como si estuvieran haciendo un asado. Pero las chispas eran verdes. ¿Estaban asando a un humano? ¿Eran fuegos artificiales?
-Creo que ya se lo que es –dijo la Rubia, recién llegada a la carpa.
-Si es la del boliche de los bichos ya la pensamos –respondió Chocho.
Los misterios se acumulaban.
Una vez dentro de la carpa, todo lo externo resultaba sospechoso. Él, Chocho y Experienced Girl se quedaron un rato largo al borde del límite de la carpa mirando hacia la orilla. Veían a una figura difusa a unos diez metros de donde estaban parados; pero no era Difusa (ella estaba sentada con Invalid Man).
Los tres veían algo, no quedaban dudas.
-Es un fantasma.
-Es neblina concentrada.
-Es un voyeur.
-Es uno de nosotros que se pregunta si esas tres figuras son fantasmas, neblinas o voyeurs.
En silencio, también se preguntaban si lo estaban inventando.
-Basta, vamos los tres a ver qué es –dijo él-. La sugestión me está matando.
-No, no se puede. Hay que dejarlo ser sin preguntar. No podemos saber nunca –dijo Experienced Girl.
La película había cambiado de género. La última parte de la trilogía ya no era comedia existencialista, sino un thriller sobrenatural.
Para distraerse se quedaron charlando un rato sentados en ronda dentro de la carpa. Después de un tiempo notaron que hacía más de media hora que el Misionero estaba parado en un médano cercano. Lo podían ver desde ahí, pero no llegaban a vislumbrar qué estaba haciendo exactamente. Era imposible que se pasara tanto tiempo meando.
-Parece estar hablando por teléfono.
-Con quién? Tiene novia el Misionero?
-Le pasará algo?
-Para mí que está tirando facha al horizonte.
-Quizás es un espía de los extraterrestres, y está pasandoles nuestras coordenadas.
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se quejó José Paranoico, una vez más.
Esta vez él sí se animó a acercarse. Subió lentamente el médano y lo vio hablando muy concentrado por celular. Le llamó la atención y le preguntó con los dedos gordos si estaba todo Ok.
-Y? Qué le pasa? –le preguntaron a la vuelta.
-Todo bien, dice que ya viene. Está hablando con su contestador.
Todos ríeron, aunque era una de las imágenes más tristes que podían llegar a existir. Un hombre llamando a su contestador para contarse a sí mismo lo bien que la estaba pasando con los chicos y todos los detalles del viaje.
Desolador.
Difusa le hizo puchero a Invalid Man y, a pesar de que la arena todavía estaba mojada, Mr. Barrabrava, el Misionero y Siempre Voluntario se embanderaron en una travesía hacia ninguna parte en busca de troncos secos. Siempre Voluntario no se andaba con chiquitas: su primera aparición era una Misión Imposible.
Ya sin Mr. Barrabrava, los miedos se incrementaron. ¿Y ahora quién iba a defenderlos? Estaban desprotegidos. Cada vez que alguien salía de la carpa, ya sea a hacer pis o mirar el infinito, la película de suspenso volvía a empezar.
-Mirá, ves eso? –señaló él a una figura poco visible a la distancia.
-Si qué pasa?
-Esa es la Tercera Persona. Nadie sabe quién es. Puede ser Chocho meando. Pero también puede ser un asesino, un Alf o un fantasma.
La Tercera Persona empezó a acercarse muy lentamente hacia la carpa. Era una sombra, podía ser cualquier cosa.
-Ahí viene. Seguramente es Chocho, pero ahora una parte de tu respiración se paraliza y pregunta: y si no es Chocho? La sentís a la respiración quietita, preguntando?
La sombra estaba más cerca, ya no había tiempo de escapar.
-Sí –dijeron las chicas.
Chocho llegó y vio una serie de caras de espanto.
-Qué les pasa?
-Nada, que eras la Tercera Persona, pelotudo. Cómo no avisás? –se quejó Pocahontas.
-Chocho no tiene la culpa -lo defendió él-. En un rato voy a ir a hacer pis, y cuando vuelva la Tercera Persona voy a ser yo. Todos vamos a ser la Tercera Persona porque siempre hay alguien externo, al acecho. Y en la oscuridad la Tercera Persona es una incógnita. Hasta que en un momento ya nos vamos a relajer. Y, como ent oda película de terror, cuando eso pase, el que se acerque va a ser alguien inesperado.
-Basta chicos, con eso no se jode… a mi no me vengan con estas historias. Así no –se hubiera quejado José Paranoico si estuviera con ellos. Pero la Tercera Persona en ese momento era justamente J.P.
Estaba arriba de un médano, mirando hacia el mar.
-Voy a hacerme Tercera Persona, ya vuelvo –dijo él, y fue hacia el médano.
José Paranoico estaba en paz, como un Hombre Mirando al Sudeste, pero con malla, sombrero de cowboy y anteojos de sol. Él lo copió y juntos fueron secuela: Hombres Mirando al Sudeste.
Hablaron del resentimiento que uno lleva a todos lados; esa especie de nube negra alrededor de la cabeza que oscurece los pensamientos dejándolos parcialmente nublados. Se dieron cuenta de que en ese momento la nube se había disipado por completo y decidieron recordar lo bien que se sentía no sentirla para tener por siempre la certeza de que era posible vivir sin ella.
El viento le volaba el flequillo. La luna ya se veía en el cielo y desde arriba del médano él se sentía como si todo lo que hubiera abajo, incluyendo el horizonte, fuera suyo.
-Qué cosa esto, no? –dijo -. Es una continuidad de momentos inolvidables.
-Lástima que en la práctica todo se pierde, hasta los momentos inolvidables –dijo J.P -Y más si vienen en continuado. Los aislados son más fáciles de recordar.
-A mí eso me desespera un poco. El dolor que siento cuando se escapa y se pierde un recuerdo… es como si YO fuera el que va desapareciendo de a poco. Creo que por eso me gusta escribir… para atraparlos.
-Es imposible. Aunque los atrapes igual se pierden. No es lo mismo.
-Yo creo que hay una forma de salvarlos. Sólo UNA, y es compartiéndo el momento con alguien. Porque en cada reencuentro los dos pueden recordarlo y revivirlo con sólo verse a los ojos. Y si lo revivís, ese momento sigue existiendo.
-Hasta que uno de los dos muera. Y después el último también se apague, como todo.
Se quedaron en silencio mirando al mar. Parecía que ese era exactamente el lugar para tener ese tipo de conversaciones.
J.P. miró abajo hacia la carpa, donde estaban los demás
-Fijate: nosotros ahora estamos como afuera. Somos los externos, los personajes secundarios.
Él iba a explicarle lo de la Tercera Persona, pero no dijo nada. Para qué, si ya lo había entendido todo.
Bajaron a ser Primeras Personas nuevamente. La ronda de Fernet seguía viva, y todos tuvieron conversaciones que no se recuerdan porque no fueron debidamente registradas. En una película, esta parte los mostraría riendo con música de fondo.
En eso vieron que desde la orilla, a lo lejos, llegaban tres nuevas Terceras Personas, pero aparentemente todos ellos estaban adentro de la carpa. ¿Sería Mr. Barrabrava y compañía? Pero si fueran ellos debían traer troncos y no precisamente del mar.
Nerviosos, todos se lamentaron de la ausencia de Mr. Barrabrava, garantía de seguridad, y de la maldita paradoja de que, cuando regresara Mr. Barrabrava, su regreso iba a ser tan terrorífico como este (si es que este no era efectivamente su regreso).
Las tres Terceras Personas ya estaban más cerca y no cabían dudas de que se dirigían hacia la carpa. Hacia ellos. Ya podían distinguir que venían con palos en las manos y pañuelos tapándoles las caras.
-Hola, quiénes son? –gritó Chocho asustado.
Las tres Terceras Personas no respondieron. Siguieron avanzando con sus palos y pañuelos, imparables, temibles. Sin Mr. Barrabrava ellos eran pan comido.
-Quiénes son? Misionero? Siempre Voluntario? –siguió Experienced Girl.
-Respondan por Dios!
-Dónde está Mr. Barrabrava? Dónde?
Ya estaban dentro del límite de la carpa. Todos se prepararon para lo peor. El más alto de los tres plantó su palo en la arena y se sacó el pañuelo, heróico.
-El Príncipe! –gritó él.
-Y Guitarrista… Duendecilla!
-Hijos de mil putas, por qué no respondieron?
-No los escuchábamos, por los pañuelos.
-Casi nos matan del susto, de dónde vienen con esos palos?
-Del bosque –respondió Duendecilla-, estuvimos todo el tiempo en el bosque. Salimos de ahí hace un ratito. Fue una travesía interminable.
Él se acercó y los abrazó a los tres.
-Bueno, pero lo lograron. Bienvenidos al final de la trilogía. Vamos a terminar con esto de la mejor manera.
Los invitaron a instalarse y tomar del Fernet-Gatorade (el Menta seguía sellado en las garras de Pocahontas). Brindaron e intercambiaron peripecias.
-Vimos unas luces de colores alienígenas –contó J.P.
-Nosotros también las vimos! –dijo Duendecilla-. Pero las vimos del otro lado. Eran seis o siete, de distintos colores… vinieron desde el bosque y fueron a la playa hasta el mar. Después volvieron al bosque y desaparecieron. Eran duendes!
-En serio?
-Duendecilla sabe, deben ser parientes.
-Basta, con eso no se jode –dijo J.P-, en serio eran duendes?
-En realidad no los vimos bien –explicó Guitarrista-, pero para nosotros era una Visita Guiada al Mar para Duendes.
-Ah, entonces no saben. Quizás eran los Hendicitos que querían ver el mar..
-Los qué?
-Nada, los Hendicitos… son de un chiste. No importa.
Una vez aclarados los asuntos incomprobables, se prepararon para lo que venía con buen ánimo. Todo estaba saliendo perfectamente.
Él fue a mear a los médanos y vio el milagro: Mr. Barrabrava avanzaba corriendo arrastrando un árbol entero!
Llevaba un tronco detrás de la cabeza agarrado con ambos brazos como Jesucristo, y de ese tronco salían sogas que se conectaban y ataban a una serie de ramas inmensas detrás de él. Era un hombre de fuerza sobrehumana demostrando su poder.
-Alabado sea Mr. Barrabrava! Y perdónanos tu crucifixión voluntaria...
Detrás de él venían Siempre Voluntario y el Misionero con más ramas. Llegaron con el último suspiro, apoyaron todo en la arena y se sentaron.
-Hacemos el fogón acá? –preguntó Chocho.
-No, vamos allá, donde escribimos “¡Es acá!” –dijo Difusa.
-Pero ahora ¡Es acá! es allá, y allá es acá. No tiene sentido.
-Pero lo habíamos subrayado!
Chocho se acerco a las ramas y notó que estaban mojadas.
-Me parece que esto no va a prender ni en pedo.
Después del esfuerzo, Misionero, Siempre Voluntario y Mr. Barrabrava quedaron mudos y sentados. El resto ya no dependía de ellos. La Misión Imposible estaba cumplida. ¿Qué más querían?
Chocho apiló las ramas de forma rudimentaria e intentó prender el fuego con ramas pequeñas y hojas sueltas.
Era imposible.
-Ya vuelvo –dijo, y salió a buscar alguna solución sin demasiada esperanza.
Los tres voluntarios eran testigos del fracaso del fogón. ¿Tanto esfuerzo sin sentido? El sonido de la desilusión es el silencio, y ellos lo estaban practicando.
Cuando alguien muere la gente suele callarse por un minuto, pero en la muerte del fogón el velatorio duró diez veces más. Fueron los primeros diez minutos tristes después de mucho, mucho tiempo.
La felicidad perfecta había sido contaminada, esa era la mayor tristeza.
Hasta que se escuchó un motor.
Nadie tuvo miedo esta vez (Mr. Barrabrava estaba de este lado de la cancha). El motor se oía cada vez más nítido, como una locomotora acercándose a una estación de tren. Y de pronto lo vieron: un cuatricilo iluminaba el velatorio.
Lo manejaba un desconocido, pero atrás suyo iba Chocho, más chocho que nunca, sonriendo con su gran boca chocha bien abierta, abrazado al conductor y agitando al viento un sombrero de cowboy. Fue la entrada estelar de su vida, y la estaba disfrutando como nadie. Chocho: el vaquero heróico. Chocho: el jinete cósmico a caballo del cuatriciclo, rescatando el fogón para limpiar la felicidad perfecta.
-¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
El desconocido del cuatriciclo trajo hojas y gasolina, y el fuego subió como un gran festejo. Sabio de perfil bajo, el desconocido supo ser héroe de incógnito y dejarle los flashes a Chocho. Todos le agradecieron, aunque el nunca supiera cuanto.
A la luz del fuego, los momentos inolvidables continuaron su continuidad.
La Rubia alzó al viento su molino de papel –regalo de Siempre Voluntario de camino a Gesell, para que no moleste- y sus hojas de plástico giraban rodando como si convocaran al pequeño extraterrestre de Mi Amigo Mac. Uiiiuuuu.
Invalid Man repartió las cartas imaginarias y él, Chocho y Experienced Girl jugaron un Chancho Inflado: el último que descubría los cachetes inflados perdía. Fueron las carcajadas más baratas que conocieron.
Después el cielo se abrió en un chasquido de dedos y subió el telón a toda su gama de estrellas. Él y Duendecilla bautizaron Perro Deprimido a un grupo de ellas, y se las guardaron para sí mismos junto con otros detalles que no deben escribirse.
Todo llegaba a su momento. Y ese momento siempre era ahora mismo.
Con el fogón aparecieron las chicas y chicos abstemios, sanos y salvos, entonando canciones de la infancia. Las cantaron de memoria, una tras de otra, con el mismo orden de los fogones del pasado.
Siempre Voluntario y su batucada propuso una canción de alabanza al sol, pero Guitarrista respondió con la canción antisol interpretada por el Polaco Albino amante del vodka y los días nublados.
Y el sol, con su silenciosa canción antipolacos, llegó para despedirlos.
Ya en la casa, él hizo lo posible para soñar, pero la pócima lo hacía imposible. Era como intentar dormir con las luces prendidas.
Finalmente decidió levantarse y bajar a escribir un poco.
Encontró una birome con forma de atrapa mariposas y se puso a cazar momentos. Uno por uno fueron cayendo. Y hasta encontró algunos recuerdos sin estrenar, como una reflexión que escribió sobre una película que todavía no había visto.
La película se llamaba Historias Extraordinarias; había leído sobre ella durante el último Bafici. Las críticas decían que la película iba a contracorriente del cine argentino solemne de historias mínimas, silenciosas, casi imperceptibles. Decía que era una épica de cuatro horas con historias infinitas que se iban contando e iban quedando en el camino para dejarle paso a las siguientes. Como una gran reivindicación de la ficción.
Pensó que la pócima era exactamente como la sinopsis de esa película. Que si se la toma con la gente adecuada, la vida se convierte en una ficción infinita de Historias Extraordinarias que van quedando en el camino.
Pensó que también era como volver a ser niños, porque en la infancia todo se ve con ojos nuevos y la imaginación es tan grande que se inventa ficciones en obras abandonadas, jardines traseros, sótanos, áticos e incluso habitaciones neutras.
Pensó todo eso y lo escribió justo antes de la palabra FINAL.
martes, 22 de enero de 2013
HISTORIAS EXTRAORDINARIAS –SEGUNDA PARTE
Él y Chocho caminaban por una de las callecitas de tierra de Mar Azul. Habían logrado salir del bosque encantador junto con el Hombre Invisible que, arrepentido, también se divorció del Príncipe para ser LIBRE.
Los colores seguían estando. Por todos lados. Y ellos andaban con una liviandad similar a la que se conseguía con aquellas novedosas zapatillas Reebok del Pump it up.
En el camino se les cruzó un hombre. Con una rienda. Atada a un pony. Un pony de cabeza gacha. Con los ojos entrecerrados. Como si no hubiera dormido bien. Y arriba suyo, una niña. Feliz.
Él se sintió identificado con el animal. Estaba… sensible. Y entendía un poco mejor que siempre la verdadera naturaleza del asunto.
-Pobrecito el pony… -se lamentó.
-Por?
-Y… es mucho mejor ser caballo.
Ellos estallaron en risas. Pero él creía que era la pura verdad.
A veces, ser petiso, era contraproducente.
Un par de cuadras más adelante se encontraron con Invalid Man y sus Chicas Superpoderosas. Tenían todo muy organizado. Pocahontas sostenía un paraguas grande y, cuando Invalid Man fumaba, todas se agolpaban ahí dentro. Él exhalaba el humo -que quedaba retenido en el techo del paraguas- y ellas aspiraban el aire como cachorritos compitiendo por alcanzar un pedazo de la teta de mamá. Habían inventado la Pecera* Móvil.
Además, Experienced Girl llevaba dos parlantes portátiles conectados a su iPod en los bolsillos de su saco. Ella daba vueltas alrededor del paraguas pasando música de Pink Floyd con sonido surround, y agregaba efectos de burbuja de agua hechos artesanalmente con su boca. Una maravilla psicodélica.
Tenían la pecera. Tenían el estereo. Era como un auto sin auto. ¡El Auto Invisible!
Él se dio vuelta para preguntarle, pero el Hombre Invisible aseguró que suyo no era.
*Pecera: lugar cerrado donde el humo no escapa y se va tragando en cuotas.
Pasaron por la casa antes de ir hacia la playa. Él buscaba algo en el jardín trasero, pero no recordaba qué. Pocahontas estaba en una situación parecida.
-Di tantas vueltas a la casa que ya perdí la cuenta –contó ella.
-¿Hacemos una vuelta más en carrera de marcha?
-¿Sin correr?
-Sin correr.
Empezó a caminar más rápido, pero dándole cierta ventaja. Pocahontas iba primera cuando atravesaron el jardín delantero, pero él le pisaba los talones. Se dio cuenta de lo divertido que resulta ver a alguien esforzándose por correr lo más rápido que puede sin poder correr. Llegó un punto en que para ella fue inevitable hacer trampa, por la desesperación. Al final él le ganó corriendo, aunque ya se había perdido el espíritu de la competencia.
De todas maneras, siempre era mejor ganar.
Cuando llegaron a la puerta de entrada, todos los hombres estaban listos. Faltaban las mujeres. Pocahontas trajo el paraguas, aunque ya no llovía.
-No lleves paraguas. Los hombres no llevan paraguas. Los hombres se mojan.
-Pero yo no soy hombre.
-¿Para qué llevás el paraguas?
-Por si acaso.
-Por si acaso es de putos.
-Tampoco soy puto.
-¿Querés o no querés ser uno de nosotros?
Ella lo pensó un segundo.
-Quiero -dijo.
-¡Entonces compórtate como un hombre caracho! ¡Dejá el paraguas!
De alguna manera la convencieron.
-Además –agregó él-, nuestra pócima es anticlimática. No importa el tiempo que haga, ella todo lo puede. Es antilluvia. Como si fuera un campo de fuerza que crece en la capa externa de la piel. El agua rebota.
Nadie dijo nada, pero él sintió que estaban de acuerdo.
Ya estaban todos afuera de la casa distribuidos en la calle de tierra. Pero faltaba uno. En la espera, Difusa se divertía haciendo el Periscopio. Consistía en poner las dos manos una delante de la otra, como si fuera un periscopio. Dejando un agujero en el medio y poniendo el ojo en el agujero de entrada, las cosas se ven más grandes. Con todo detalle. Al enfocar toda la atención en ese agujerito pequeño que queda, lo demás pierde sentido y la imagen se ve nítida.
Él lo hizo y comprobó la mentira con la que venden el largavistas. Con las manos también se pueden ver granitos a kilómetros de distancia. Y los que están al lado de uno se ven más lejos, a otra distancia.
Cuando enfocó hacia Difusa, vio por su periscopio que ella lo estaba viendo a unos veinte metros de distancia desde su propio periscopio. Primero pensó que propio periscopio sonaba muy divertido. Después, comenzó la guerra de las miradas.
Desde las ranuras se veían a la perfección. Ella reía allá a lo lejos.
-¡Dejá de verme vos! –grito él.
No le gustaba sentirse observado, pero Difusa no abandonaba. ¿Quién soportaría más?
-¡Basta che! ¡Dejame en paz! –le gritó otra vez.
Esto le estaba afectando. Se sentía encerrado en su ranura, y atravesado por el agujero de enfrente. Decidió perder para no perder la cabeza.
El camino hacia la playa era en bajada. Las chicas iban más adelante, brincando como niñas, bien bien alto. Eran como duendecillas. ¿Dónde estaría duendecilla? ¿Seguría en el bosque con Guitarrista y el Príncipe?
Cuando las alcanzaron, escucharon a Experienced Girl adelantando el futuro:
-Cuando lleguemos a la playa vamos a dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas hasta caer en la arena.
Apenas llegaron a la playa, se dieron cuenta de que estaban divididos en dos grupos: los Coloridos y los Apagados.
Difusa era líder de los Coloridos: con su vestido verde vivo se había transformado en la Chica Fosforescente. Chocho parecía el líder de los Apagados, por su ropa gris y tez morena. Pero había algo raro en el medio. Una Voz llegaba flotando de alguna parte y no la podían distinguir.
--------------------Y entonces el Hombre Invisible se reveló como hombre invisible-------------------------------------------
La Voz dijo estar ahí. Dijo ser parte de ellos, pero de ninguno de los dos grupos. Todos quedaron patidifusos (Chica Fosforescente e Invalid Man más que nadie).
La Voz se describió a sí misma para que pudieran verla. Ellos inclinaron los ojos para seguir su descripción, y casi se mueren del susto cuando lo encontraron.
Estaba ahí, entre todos. Vestido de cepia, con remera de cielo nublado, piel de arena mojada y ni un pelo en su cabeza. Perfectamente camuflado: ¡El Hombre Invisible!
Cada tanto lo perdían, claro. Y él se hacía visible haciendo mortales y rondós fli flás. Coloridos y Apagados charlaban en ronda, de pronto sentían una brisa y de un vistazo les llegaba la imagen pasajera de las volteretas del Hombre Invisible, que se quería hacer ver. Era mágico.
Difusa estaba decidida a encontrar el lugar para hacer el fogón. Lo habían escrito en la arena, con signos de exclamación (¡Es acá!) cuando ellos estaban en el bosque encantador. La lluvia seguramente habría borrado la inscripción.
-¡No! –dijo Dufusa-. Si hasta lo subrayamos.
Entonces Experienced Girl salió corriendo hacia la orilla. Difusa la siguió y los demás se quedaron viéndolas a lo lejos como daban vueltas y vueltas y vueltas y vueltas hasta caer a la arena. Les salió perfecto. Lógico, lo tenían planificado.
-Qué cosa las mujeres, eh. Son otra raza.
-Siempre te sorprenden, siempre es algo nuevo –dijo Invalid Man.
Se dieron cuenta que Pocahontas estaba con ellos.
-¿Y vos qué hacés acá? Alguien que le suelte la correa a esta chica, che.
Todos se fijaron pero nadie la tenía atada. El Hombre Invisible juró que no tenía una correa transparente.
-No traje paraguas –dijo ella-. Ya soy una de los hombres.
-Si llegás a hablar de esto te enterramos.
-Ya hicimos tu tumba. Es justo debajo de un inscripción que dice ¡Es acá!
-Está subrayada.
Ella pareció entender la sugerencia. Era importante que esa pregunta eterna (¿de qué hablan los hombres cuando no están con las mujeres?) nunca encontrara su respuesta.
-El piso es el mejor lugar de todos –dijeron las chicas al volver.
Todos miraron la arena, pero no le vieron nada especial. En su vistazo alrededor, él vio pasar una ráfaga de una mortal atrás del Hombre Invisible. Cuando lo quiso felicitar, ya no estaba. Entonces quiso comprobar si era cierto lo que decían las chicas del piso y decidió llegar a él con la técnica de las medialunas infinitas.
Apuntando a la orilla arrancó su secuencia de medialunas continuadas, una detrás de otra. Llegó a contar veinte hasta que perdió la cuenta junto con la vista y el sentido común. Ya nada era común. El cielo estaba nublado y todo lo demás también: sus manos, el piso, su respiración. No sabía qué era arriba, abajo o al costado. Y cuando finalmente se desplomó, sintió caer hacia arriba.
Desde ahí abajo (o arriba, no estaba seguro) todo giraba y él no sabía si lo que se movía eran sus ojos, el mundo, su cabeza -al estilo exorcista- o su inconsciente. Le pareció que el movimiento era en el sentido de las agujas del reloj, pero también podía ser en el sentido que se repartían las cartas en una mano de poker. Quizás los dos sentidos coincidían (nunca estuvo seguro de cómo se reparten las cartas en el poker).
Hasta que en un momento, recuperó el foco. Y entendió todo.
Eran las nubes. Estaban tan tridimensionales. Crecían en capas de diversas formas y texturas, se apilaban unas sobre otras y parecían acercarse, envolverlo y llevárselo por partes.
Primero, su mente. Se le fue yendo de a poquito y él se dejó hacer.
Paradójicamente, mientras volaba entre las nubes, era su cuerpo el que hacía angelitos en la arena, muy despacito. En paz.
-El piso es el mejor lugar de todos –dijo al volver.
Cerca de la ronda, las tres chicas estaban acostadas en la arena como una Santa Trinidad. La cabeza de Pocahontas sobre el estómago de Difusa; la de Difusa sobre la panza de Experienced Girl, y la de ella sobre el ombligo de Pocahontas. Tan felices.
Invalid Man se maravilló con la escena y empezó a sacarles fotos con flash.
-Basta chicos –se quejó Experienced Girl-, flasheen con otra cosa.
Él giró la cabeza hacia la orilla y distinguió al Hombre Invisible sentado en silencio a unos metros de la Santa Trinidad. Estaba tan cepia como siempre, dibujando la situación a la distancia con lápiz en un cuadernito tipo sketchbook.
Él se sintió identificado con su distancia, porque cada tanto también acostumbraba a verse desde afuera. Solo que en vez de dibujar, escribía. Se alejaba un poco para que no lo vieran –por vergüenza-, y se mandaba mensajes de texto con palabras que ayudaran a recordar los momentos para luego salvarlos frente a la computadora.
Palabras como medialunas infinitas, propios periscopios o santa trinidad
Cuando la Santa Trinidad se disolvió, las chicas sintieron una urgencia de conectarse con la Rubia. La Rubia era primeriza en el universo psicodélico e, ingenua, se había encaminado en un viaje a Villa Gesell con el Misionero y Mr. Barrabrava. No los veían desde las cinco de la tarde, cuando todos brindaron con la pócima en cartoncito.
-Hay que llamar a la Rubia.
-Dónde está la Rubia?
-Llamá a la Rubia!
Invalid Man abrió el celular y marcó el teléfono.
–Quién quiere llamar a la Rubia? –respondió un eco cercano.
-La Rubia! –gritaron las tres. Y se abalanzaron corriendo hacia la oscuridad de la playa, hasta que la encontraron y le hicieron montonera de abrazos.
Todo llega en la vida. Sólo hay que saber esperar.
La diferencia es que, con la pócima, todo llega inmediatamente. Esa es su magia.
Con la Rubia, también llegaron el Misionero y Mr. Barrabrava junto con los demás.
También cayó la noche, definitivamente.
Y la secuela moría en trilogía.
Los colores seguían estando. Por todos lados. Y ellos andaban con una liviandad similar a la que se conseguía con aquellas novedosas zapatillas Reebok del Pump it up.
En el camino se les cruzó un hombre. Con una rienda. Atada a un pony. Un pony de cabeza gacha. Con los ojos entrecerrados. Como si no hubiera dormido bien. Y arriba suyo, una niña. Feliz.
Él se sintió identificado con el animal. Estaba… sensible. Y entendía un poco mejor que siempre la verdadera naturaleza del asunto.
-Pobrecito el pony… -se lamentó.
-Por?
-Y… es mucho mejor ser caballo.
Ellos estallaron en risas. Pero él creía que era la pura verdad.
A veces, ser petiso, era contraproducente.
Un par de cuadras más adelante se encontraron con Invalid Man y sus Chicas Superpoderosas. Tenían todo muy organizado. Pocahontas sostenía un paraguas grande y, cuando Invalid Man fumaba, todas se agolpaban ahí dentro. Él exhalaba el humo -que quedaba retenido en el techo del paraguas- y ellas aspiraban el aire como cachorritos compitiendo por alcanzar un pedazo de la teta de mamá. Habían inventado la Pecera* Móvil.
Además, Experienced Girl llevaba dos parlantes portátiles conectados a su iPod en los bolsillos de su saco. Ella daba vueltas alrededor del paraguas pasando música de Pink Floyd con sonido surround, y agregaba efectos de burbuja de agua hechos artesanalmente con su boca. Una maravilla psicodélica.
Tenían la pecera. Tenían el estereo. Era como un auto sin auto. ¡El Auto Invisible!
Él se dio vuelta para preguntarle, pero el Hombre Invisible aseguró que suyo no era.
*Pecera: lugar cerrado donde el humo no escapa y se va tragando en cuotas.
Pasaron por la casa antes de ir hacia la playa. Él buscaba algo en el jardín trasero, pero no recordaba qué. Pocahontas estaba en una situación parecida.
-Di tantas vueltas a la casa que ya perdí la cuenta –contó ella.
-¿Hacemos una vuelta más en carrera de marcha?
-¿Sin correr?
-Sin correr.
Empezó a caminar más rápido, pero dándole cierta ventaja. Pocahontas iba primera cuando atravesaron el jardín delantero, pero él le pisaba los talones. Se dio cuenta de lo divertido que resulta ver a alguien esforzándose por correr lo más rápido que puede sin poder correr. Llegó un punto en que para ella fue inevitable hacer trampa, por la desesperación. Al final él le ganó corriendo, aunque ya se había perdido el espíritu de la competencia.
De todas maneras, siempre era mejor ganar.
Cuando llegaron a la puerta de entrada, todos los hombres estaban listos. Faltaban las mujeres. Pocahontas trajo el paraguas, aunque ya no llovía.
-No lleves paraguas. Los hombres no llevan paraguas. Los hombres se mojan.
-Pero yo no soy hombre.
-¿Para qué llevás el paraguas?
-Por si acaso.
-Por si acaso es de putos.
-Tampoco soy puto.
-¿Querés o no querés ser uno de nosotros?
Ella lo pensó un segundo.
-Quiero -dijo.
-¡Entonces compórtate como un hombre caracho! ¡Dejá el paraguas!
De alguna manera la convencieron.
-Además –agregó él-, nuestra pócima es anticlimática. No importa el tiempo que haga, ella todo lo puede. Es antilluvia. Como si fuera un campo de fuerza que crece en la capa externa de la piel. El agua rebota.
Nadie dijo nada, pero él sintió que estaban de acuerdo.
Ya estaban todos afuera de la casa distribuidos en la calle de tierra. Pero faltaba uno. En la espera, Difusa se divertía haciendo el Periscopio. Consistía en poner las dos manos una delante de la otra, como si fuera un periscopio. Dejando un agujero en el medio y poniendo el ojo en el agujero de entrada, las cosas se ven más grandes. Con todo detalle. Al enfocar toda la atención en ese agujerito pequeño que queda, lo demás pierde sentido y la imagen se ve nítida.
Él lo hizo y comprobó la mentira con la que venden el largavistas. Con las manos también se pueden ver granitos a kilómetros de distancia. Y los que están al lado de uno se ven más lejos, a otra distancia.
Cuando enfocó hacia Difusa, vio por su periscopio que ella lo estaba viendo a unos veinte metros de distancia desde su propio periscopio. Primero pensó que propio periscopio sonaba muy divertido. Después, comenzó la guerra de las miradas.
Desde las ranuras se veían a la perfección. Ella reía allá a lo lejos.
-¡Dejá de verme vos! –grito él.
No le gustaba sentirse observado, pero Difusa no abandonaba. ¿Quién soportaría más?
-¡Basta che! ¡Dejame en paz! –le gritó otra vez.
Esto le estaba afectando. Se sentía encerrado en su ranura, y atravesado por el agujero de enfrente. Decidió perder para no perder la cabeza.
El camino hacia la playa era en bajada. Las chicas iban más adelante, brincando como niñas, bien bien alto. Eran como duendecillas. ¿Dónde estaría duendecilla? ¿Seguría en el bosque con Guitarrista y el Príncipe?
Cuando las alcanzaron, escucharon a Experienced Girl adelantando el futuro:
-Cuando lleguemos a la playa vamos a dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas hasta caer en la arena.
Apenas llegaron a la playa, se dieron cuenta de que estaban divididos en dos grupos: los Coloridos y los Apagados.
Difusa era líder de los Coloridos: con su vestido verde vivo se había transformado en la Chica Fosforescente. Chocho parecía el líder de los Apagados, por su ropa gris y tez morena. Pero había algo raro en el medio. Una Voz llegaba flotando de alguna parte y no la podían distinguir.
--------------------Y entonces el Hombre Invisible se reveló como hombre invisible-------------------------------------------
La Voz dijo estar ahí. Dijo ser parte de ellos, pero de ninguno de los dos grupos. Todos quedaron patidifusos (Chica Fosforescente e Invalid Man más que nadie).
La Voz se describió a sí misma para que pudieran verla. Ellos inclinaron los ojos para seguir su descripción, y casi se mueren del susto cuando lo encontraron.
Estaba ahí, entre todos. Vestido de cepia, con remera de cielo nublado, piel de arena mojada y ni un pelo en su cabeza. Perfectamente camuflado: ¡El Hombre Invisible!
Cada tanto lo perdían, claro. Y él se hacía visible haciendo mortales y rondós fli flás. Coloridos y Apagados charlaban en ronda, de pronto sentían una brisa y de un vistazo les llegaba la imagen pasajera de las volteretas del Hombre Invisible, que se quería hacer ver. Era mágico.
Difusa estaba decidida a encontrar el lugar para hacer el fogón. Lo habían escrito en la arena, con signos de exclamación (¡Es acá!) cuando ellos estaban en el bosque encantador. La lluvia seguramente habría borrado la inscripción.
-¡No! –dijo Dufusa-. Si hasta lo subrayamos.
Entonces Experienced Girl salió corriendo hacia la orilla. Difusa la siguió y los demás se quedaron viéndolas a lo lejos como daban vueltas y vueltas y vueltas y vueltas hasta caer a la arena. Les salió perfecto. Lógico, lo tenían planificado.
-Qué cosa las mujeres, eh. Son otra raza.
-Siempre te sorprenden, siempre es algo nuevo –dijo Invalid Man.
Se dieron cuenta que Pocahontas estaba con ellos.
-¿Y vos qué hacés acá? Alguien que le suelte la correa a esta chica, che.
Todos se fijaron pero nadie la tenía atada. El Hombre Invisible juró que no tenía una correa transparente.
-No traje paraguas –dijo ella-. Ya soy una de los hombres.
-Si llegás a hablar de esto te enterramos.
-Ya hicimos tu tumba. Es justo debajo de un inscripción que dice ¡Es acá!
-Está subrayada.
Ella pareció entender la sugerencia. Era importante que esa pregunta eterna (¿de qué hablan los hombres cuando no están con las mujeres?) nunca encontrara su respuesta.
-El piso es el mejor lugar de todos –dijeron las chicas al volver.
Todos miraron la arena, pero no le vieron nada especial. En su vistazo alrededor, él vio pasar una ráfaga de una mortal atrás del Hombre Invisible. Cuando lo quiso felicitar, ya no estaba. Entonces quiso comprobar si era cierto lo que decían las chicas del piso y decidió llegar a él con la técnica de las medialunas infinitas.
Apuntando a la orilla arrancó su secuencia de medialunas continuadas, una detrás de otra. Llegó a contar veinte hasta que perdió la cuenta junto con la vista y el sentido común. Ya nada era común. El cielo estaba nublado y todo lo demás también: sus manos, el piso, su respiración. No sabía qué era arriba, abajo o al costado. Y cuando finalmente se desplomó, sintió caer hacia arriba.
Desde ahí abajo (o arriba, no estaba seguro) todo giraba y él no sabía si lo que se movía eran sus ojos, el mundo, su cabeza -al estilo exorcista- o su inconsciente. Le pareció que el movimiento era en el sentido de las agujas del reloj, pero también podía ser en el sentido que se repartían las cartas en una mano de poker. Quizás los dos sentidos coincidían (nunca estuvo seguro de cómo se reparten las cartas en el poker).
Hasta que en un momento, recuperó el foco. Y entendió todo.
Eran las nubes. Estaban tan tridimensionales. Crecían en capas de diversas formas y texturas, se apilaban unas sobre otras y parecían acercarse, envolverlo y llevárselo por partes.
Primero, su mente. Se le fue yendo de a poquito y él se dejó hacer.
Paradójicamente, mientras volaba entre las nubes, era su cuerpo el que hacía angelitos en la arena, muy despacito. En paz.
-El piso es el mejor lugar de todos –dijo al volver.
Cerca de la ronda, las tres chicas estaban acostadas en la arena como una Santa Trinidad. La cabeza de Pocahontas sobre el estómago de Difusa; la de Difusa sobre la panza de Experienced Girl, y la de ella sobre el ombligo de Pocahontas. Tan felices.
Invalid Man se maravilló con la escena y empezó a sacarles fotos con flash.
-Basta chicos –se quejó Experienced Girl-, flasheen con otra cosa.
Él giró la cabeza hacia la orilla y distinguió al Hombre Invisible sentado en silencio a unos metros de la Santa Trinidad. Estaba tan cepia como siempre, dibujando la situación a la distancia con lápiz en un cuadernito tipo sketchbook.
Él se sintió identificado con su distancia, porque cada tanto también acostumbraba a verse desde afuera. Solo que en vez de dibujar, escribía. Se alejaba un poco para que no lo vieran –por vergüenza-, y se mandaba mensajes de texto con palabras que ayudaran a recordar los momentos para luego salvarlos frente a la computadora.
Palabras como medialunas infinitas, propios periscopios o santa trinidad
Cuando la Santa Trinidad se disolvió, las chicas sintieron una urgencia de conectarse con la Rubia. La Rubia era primeriza en el universo psicodélico e, ingenua, se había encaminado en un viaje a Villa Gesell con el Misionero y Mr. Barrabrava. No los veían desde las cinco de la tarde, cuando todos brindaron con la pócima en cartoncito.
-Hay que llamar a la Rubia.
-Dónde está la Rubia?
-Llamá a la Rubia!
Invalid Man abrió el celular y marcó el teléfono.
–Quién quiere llamar a la Rubia? –respondió un eco cercano.
-La Rubia! –gritaron las tres. Y se abalanzaron corriendo hacia la oscuridad de la playa, hasta que la encontraron y le hicieron montonera de abrazos.
Todo llega en la vida. Sólo hay que saber esperar.
La diferencia es que, con la pócima, todo llega inmediatamente. Esa es su magia.
Con la Rubia, también llegaron el Misionero y Mr. Barrabrava junto con los demás.
También cayó la noche, definitivamente.
Y la secuela moría en trilogía.
domingo, 20 de enero de 2013
HISTORIAS EXTRAORDINARIAS – PRIMERA PARTE
Eran muchos, más de quince. Todos tomaron su ración y se dispersaron. La aventura recién comenzaba.
Él se internó en el bosque junto al Chocho, la Duendecilla, el Guitarrista, el Hombre Invisible y el Príncipe (aunque todavía no se sabía que el Hombre Invisible era hombre invisible ni que el Príncipe era príncipe).
Era un bosque de piso anaranjado debajo de un cielo parcialmente nublado, con probabilidades de lloviznas.
-¿Nunca estuviste en un bosque de Arrayanes?
-No, ¿Cómo es?
-El bosque es naranja por los troncos de los árboles. Parece que es de los únicos bosques de Arrayanes que existen e el mundo; es una de esas razones por las que deberías estar orgulloso de ser argentino. ¿Te sentís orgulloso?
-No.
-Porque no fuiste. Cuando vayas, te vas a sentir. Dicen que ahí fue donde Walt Disney hizo Bambi. Siempre me lo imaginé sentado en el bosque con un caballete dibujando a los bambis que pasaban. Recién ahora me doy cuenta de que la imagen es ridícula.
Miró al piso para ver de cerca la causa del naranja. Era por los miles de residuos que caían de los árboles: especies de pajitas unidas con la forma de los huesitos de la buena suerte del pollo que se sostienen con el dedo chiquito para pedir deseos.
El viaje empezaba en un bosque con piso de deseos. Pensó que era buen augurio, y deseó únicamente que los deseos se cumplan.
Se le ocurrió que alguien una vez deseó con mucha gana que existiera en alguna parte un bosque de deseos; y el pobre todavía no se había enterado que su deseo ya se había cumplido del otro lado del mundo. Acá mismo.
El bosque era un secreto por dos razones:
a) La gente que pide deseos con residuos de árboles que tienen forma de huesito de pollo son minoría.
b) Los que piden deseos después se olvidan de fiscalizar su cumplimiento. Así es que nadie averigua qué métodos para pedir deseos son los que en realidad funcionan; y nadie toma a los verdaderos con la seriedad que se merecen.
Empezó a lloviznar a eso de las seis de la tarde. Habían caminado menos de una hora, pero él ya se sentía perdido. Era una costumbre suya desligarse de la ubicación siempre que estaba rodeado de gente. Creía que su función era la de generar conversaciones. La orientación le correspondía a otro.
La lluvia se hizo fuerte. Chocho sabía volver, pero los demás querían seguir. Había varios caminos por elegir.
----Y entonces El Príncipe empezó a erigirse como príncipe-----.
Caminaba delante de todos, marcando el camino con su buzo rojo agarrado únicamente de la capucha a su cabeza. Le colgaba como capa, con las mangas libres de brazos. Tenía la cara muy Daniel Day Lewis –según como le diera la luz- y un palo de bosque (hermano del alma) para reafirmarle los pasos. Era un líder romántico, soñador, lleno de buenos sentimientos. Lo veían brincar por el sendero y mirarlos cada tanto desde arriba de la ladera para señalarles el camino.
Chocho tenía la certeza de que su camino no los llevaría a ninguna parte o de que, al menos, no los llevaría a la playa, a donde querían llegar. Eso no importaba. Estaban contentos de poder seguir a un Príncipe.
Él nunca había visto a uno tan de cerca.
-Son como nosotros, pero distintos –pensó-. Eso se ve enseguida.
El Príncipe se detuvo frente al cementerio del automóvil. ¿Cómo habría llegado hasta el bosque?
El coche estaba destrozado a un costado del sendero, cubierto por ramas de un árbol caído. El Príncipe se acercó, chequeó que no hubiera sobrevivientes y luego lo golpeó con su palo en el capot, como si lo estuviera bautizando.
-Listo –dijo-, lo acabo de hacer arte.
-Si no fuera por el auto, diría que es una naturaleza muerta.
De pronto, un hombre bien flaco y largo, con barba también larga pasó por el camino a unos metros de ellos. Llevaba de su mano a una niña también flaca y larga larga.
-Shh –dijo el Príncipe agachandose-. Mirá, Duendecilla: fauna!
-Es un yeti! –se asustó él.
El yeti los vio y saludó con la mirada. Ellos sonrieron. Por suerte era un yeti bueno, como el de los Henderson.
Se sentaron sobre unos troncos. El Guitarrista pareció emocionarse. Miraba hacia arriba, a todos lados, y con los ojos llorosos se llevaba la mano al pecho, golpeándose el corazón.
-Vos y yo bosque… vos y yo… de corazón te lo digo eh.
-Si, no? El bosque es otra cosa.
-El bosque es una de las mejores cosas que hay en el mundo –dijo el Guitarrista-. Hay pocas cosas mejores que el bosque… y una de ellas son los ácidos.
Todo rieron. Lo gracioso es que era verdad, por supuesto.
-Además una vez que estás adentro del ecosistema te sentís parte. Como si pertenecieras.
El Príncipe asintió con toda su sabiduría:
-El bosque te envuelve. Pero también te puede llegar a encerrar, como aquellos bosques de las leyendas. Una vez que entrás no podés salir: quedaste atrapado.
-A mí me pasó una vez eso mismo –dijo él-. En un ascensor.
La lluvia se había agotado. O sea, ya no tenía gotas.¿Por qué uno está agotado cuando se siente cansado? Si transpira más.
Él se dio cuenta de esto, pero también se dio cuenta que el piso ahora era de arena. Y que el MEJOR MOMENTO es después de la lluvia. No existe un mejor clima.
Después de la lluvia las plantas despiertan con olores y colores. Después de la lluvia la arena es perfecta para hacer castillos. Después de la lluvia la naturaleza festeja, y si no te das cuenta, es porque no sabés ver. O porque no tomaste la pócima.
Le dieron ganas de hacer una canción que se llame Después de la lluvia, pero pensó que seguramente ya la habría hecho Tolkien, y desistió.
Finalmente El Príncipe los guió hasta el final del camino. La ladera subía, el piso era de arena, no quedaban dudas: del otro lado verían el mar. Subieron corriendo hasta arriba de todo como niños yendo hacia el arenero. Cuando llegaron, vieron que estaban rodeados de árboles por todos lados. El mar no se veía por ningún lado.
-Vení, subí vos también –le gritó el Príncipe a Duendecilla, que se había quedado abajo-. Vas a ver qué decepcionante que es… no te lo podés perder!
Él vio al Príncipe con su palo arriba de la ladera mirando hacia el bosque infinito. Sintió que estaba dentro del final sorpresivo de la primera entrega del Señor de los Anillos.Chocho sintió exactamente lo mismo. Ambos decidieron que era momento de separarse del Príncipe. Necesitaban hacer su propio camino.
Guitarrista, Duendecilla y el Hombre Invisible decidieron quedarse.
-Ya nos veremos en la tercera parte, dondequiera que sea –les dijeron.
Y se fueron. Hacia la secuela.
Él se internó en el bosque junto al Chocho, la Duendecilla, el Guitarrista, el Hombre Invisible y el Príncipe (aunque todavía no se sabía que el Hombre Invisible era hombre invisible ni que el Príncipe era príncipe).
Era un bosque de piso anaranjado debajo de un cielo parcialmente nublado, con probabilidades de lloviznas.
-¿Nunca estuviste en un bosque de Arrayanes?
-No, ¿Cómo es?
-El bosque es naranja por los troncos de los árboles. Parece que es de los únicos bosques de Arrayanes que existen e el mundo; es una de esas razones por las que deberías estar orgulloso de ser argentino. ¿Te sentís orgulloso?
-No.
-Porque no fuiste. Cuando vayas, te vas a sentir. Dicen que ahí fue donde Walt Disney hizo Bambi. Siempre me lo imaginé sentado en el bosque con un caballete dibujando a los bambis que pasaban. Recién ahora me doy cuenta de que la imagen es ridícula.
Miró al piso para ver de cerca la causa del naranja. Era por los miles de residuos que caían de los árboles: especies de pajitas unidas con la forma de los huesitos de la buena suerte del pollo que se sostienen con el dedo chiquito para pedir deseos.
El viaje empezaba en un bosque con piso de deseos. Pensó que era buen augurio, y deseó únicamente que los deseos se cumplan.
Se le ocurrió que alguien una vez deseó con mucha gana que existiera en alguna parte un bosque de deseos; y el pobre todavía no se había enterado que su deseo ya se había cumplido del otro lado del mundo. Acá mismo.
El bosque era un secreto por dos razones:
a) La gente que pide deseos con residuos de árboles que tienen forma de huesito de pollo son minoría.
b) Los que piden deseos después se olvidan de fiscalizar su cumplimiento. Así es que nadie averigua qué métodos para pedir deseos son los que en realidad funcionan; y nadie toma a los verdaderos con la seriedad que se merecen.
Empezó a lloviznar a eso de las seis de la tarde. Habían caminado menos de una hora, pero él ya se sentía perdido. Era una costumbre suya desligarse de la ubicación siempre que estaba rodeado de gente. Creía que su función era la de generar conversaciones. La orientación le correspondía a otro.
La lluvia se hizo fuerte. Chocho sabía volver, pero los demás querían seguir. Había varios caminos por elegir.
----Y entonces El Príncipe empezó a erigirse como príncipe-----.
Caminaba delante de todos, marcando el camino con su buzo rojo agarrado únicamente de la capucha a su cabeza. Le colgaba como capa, con las mangas libres de brazos. Tenía la cara muy Daniel Day Lewis –según como le diera la luz- y un palo de bosque (hermano del alma) para reafirmarle los pasos. Era un líder romántico, soñador, lleno de buenos sentimientos. Lo veían brincar por el sendero y mirarlos cada tanto desde arriba de la ladera para señalarles el camino.
Chocho tenía la certeza de que su camino no los llevaría a ninguna parte o de que, al menos, no los llevaría a la playa, a donde querían llegar. Eso no importaba. Estaban contentos de poder seguir a un Príncipe.
Él nunca había visto a uno tan de cerca.
-Son como nosotros, pero distintos –pensó-. Eso se ve enseguida.
El Príncipe se detuvo frente al cementerio del automóvil. ¿Cómo habría llegado hasta el bosque?
El coche estaba destrozado a un costado del sendero, cubierto por ramas de un árbol caído. El Príncipe se acercó, chequeó que no hubiera sobrevivientes y luego lo golpeó con su palo en el capot, como si lo estuviera bautizando.
-Listo –dijo-, lo acabo de hacer arte.
-Si no fuera por el auto, diría que es una naturaleza muerta.
De pronto, un hombre bien flaco y largo, con barba también larga pasó por el camino a unos metros de ellos. Llevaba de su mano a una niña también flaca y larga larga.
-Shh –dijo el Príncipe agachandose-. Mirá, Duendecilla: fauna!
-Es un yeti! –se asustó él.
El yeti los vio y saludó con la mirada. Ellos sonrieron. Por suerte era un yeti bueno, como el de los Henderson.
Se sentaron sobre unos troncos. El Guitarrista pareció emocionarse. Miraba hacia arriba, a todos lados, y con los ojos llorosos se llevaba la mano al pecho, golpeándose el corazón.
-Vos y yo bosque… vos y yo… de corazón te lo digo eh.
-Si, no? El bosque es otra cosa.
-El bosque es una de las mejores cosas que hay en el mundo –dijo el Guitarrista-. Hay pocas cosas mejores que el bosque… y una de ellas son los ácidos.
Todo rieron. Lo gracioso es que era verdad, por supuesto.
-Además una vez que estás adentro del ecosistema te sentís parte. Como si pertenecieras.
El Príncipe asintió con toda su sabiduría:
-El bosque te envuelve. Pero también te puede llegar a encerrar, como aquellos bosques de las leyendas. Una vez que entrás no podés salir: quedaste atrapado.
-A mí me pasó una vez eso mismo –dijo él-. En un ascensor.
La lluvia se había agotado. O sea, ya no tenía gotas.¿Por qué uno está agotado cuando se siente cansado? Si transpira más.
Él se dio cuenta de esto, pero también se dio cuenta que el piso ahora era de arena. Y que el MEJOR MOMENTO es después de la lluvia. No existe un mejor clima.
Después de la lluvia las plantas despiertan con olores y colores. Después de la lluvia la arena es perfecta para hacer castillos. Después de la lluvia la naturaleza festeja, y si no te das cuenta, es porque no sabés ver. O porque no tomaste la pócima.
Le dieron ganas de hacer una canción que se llame Después de la lluvia, pero pensó que seguramente ya la habría hecho Tolkien, y desistió.
Finalmente El Príncipe los guió hasta el final del camino. La ladera subía, el piso era de arena, no quedaban dudas: del otro lado verían el mar. Subieron corriendo hasta arriba de todo como niños yendo hacia el arenero. Cuando llegaron, vieron que estaban rodeados de árboles por todos lados. El mar no se veía por ningún lado.
-Vení, subí vos también –le gritó el Príncipe a Duendecilla, que se había quedado abajo-. Vas a ver qué decepcionante que es… no te lo podés perder!
Él vio al Príncipe con su palo arriba de la ladera mirando hacia el bosque infinito. Sintió que estaba dentro del final sorpresivo de la primera entrega del Señor de los Anillos.Chocho sintió exactamente lo mismo. Ambos decidieron que era momento de separarse del Príncipe. Necesitaban hacer su propio camino.
Guitarrista, Duendecilla y el Hombre Invisible decidieron quedarse.
-Ya nos veremos en la tercera parte, dondequiera que sea –les dijeron.
Y se fueron. Hacia la secuela.
martes, 1 de enero de 2013
NADIE PERTENECE AQUÍ MÁS QUE TU
Esa sería la traducción a "No one belongs here more than you", el excelente libro de cuentos de la gran Miranda July, autora de "Yo, tú y todos los demás" y "El futuro", dos películas muy recomendables. Acá un link donde publicitó de manera muy original su libro: http://noonebelongsheremorethanyou.com/00025
Yo lo encontré en una reciente visita fatídica para ver a mi hermano y sus nuevos niños en Miami. Haberlo comprado es una de las cosas rescatables del viaje. Sólo ella es capaz de unir palabras tan dispersas como "ternura" y "perversión" con total naturalidad en cada uno de sus cuentos. La soledad es tal vez lo que más recorre las historias. Me gustaría traducir cada uno de ellos pero lamentablemente no tengo ganas. Sí les traduzco algunas frases, como siempre, especialmente para ustedes, quienes quieran que sean.
1.
Vicente tiene una esposa llamada Elena. Es griega y rubia. Teñida. Iba a ser amable y no mencionar que es teñida, pero realmente no creo que le importe que sepan. De hecho, creo que a ella le copa el look teñida, con las raíces negras. ¿Qué pasaría si fueramos amigas cercanas? Si le pidiera prestada ropa y ella dijera, "eso te queda mejor a vos, deberías quedártelo". ¿Qué pasaría si ella me llamara llorando y yo tuviera que ir a su casa y calmarla en la cocina, y Vicente tratara de entrar a la cocina y nosotros le dijésemos "¡Afuera, esto es charla de chicas!". Elena y yo nunca seríamos amigas cercanas porque yo soy la mitad de alta que ella. La gente tiende a relacionarse con los de su propio tamaño porque es más fácil para el cuello. A menos que estén involucrados románticamente, en cuyo caso la diferencia de tamaño es sexy. Significa: estoy dispuesto a recorrer la distancia por vos.
2.
Los Nuevos Hombres están aún más en contacto con sus sentimientos que las mujeres, los Nuevos Hombres lloran. Los Nuevos Hombres quieren tener hijos, quieren parir, así que a veces cuando lloran es porque no pueden hacerlo. Los Nuevos Hombres dan y dan y dan. Vicente es director de arte, y eso es muy Nuevo Hombre.
3.
No sabía mucho de epilepsia, pero me imaginaba más sacudones. Le moví el pelo de la cara. Puse mi mano debajo de su nariz y sentí los gentiles respiros. Apoyé mis labios en su oreja y le susurré: "no es tu culpa". Quizás esto era lo único que quisiera decirle a alguien, y que me lo digan.
4.
Cuando una ballena muere, cae al fondo del océano bien despacio en el transcurso de un día. Todos los otros peces la ven caer como una estatua inmensa, como un edificio, lentamente.
5.
Si hubiera un mapa del sistema solar, pero en lugar de estrellas mostrara a personas y sus grados de separación, mi estrella sería la que tendrías que tardar más años luz para llegar a la de él. Morirías tratando de llegar a él. Sólo podrías esperar que los nietos de tus nietos lleguen a él. Sus hijos serían todos hermosos y de la realeza y mis hijas mujeres de mediana edad trabajando para organizaciones sin fines de lucro. Venimos de largas dinastías de gente destinadas a no conocerse.
6.
Ese día cargué mi sueño a todos lados como un vaso lleno de agua, moviéndome despacio para no perder nada de él.
7.
¿Creés que posiblemente nunca más cojas en la vida? Cuando me dijiste que Carl te dejó, eso es lo primero que me vino a la mente: ella nunca más va a coger.
8.
El año pasado un chico me preguntó qué me hacía a mí la experta, y fui honesta con él. Le dije que tenía más miedo a los terremotos que nadie. Tenés que ser honesto con los niños. Le describí mi pesadilla recurrente de estar asfixiada entre escombros. él puso una mano en mi hombro y me dio una hoja de árbol que casi tenía la forma de un tiburón. Me dijo que era la mejor; me mostró otras de su colección, todas menos tiburonescas. La llevé a casa en mi cartera; la puse en la mesa de la cocina; la miré y me fui a dormir. Y después, a la mitad de la noche, me levanté y la tiré a la basura. Simplemente no tengo lugar en mi vida para una cosa así.
9.
Cuando mi hermana estaba en el college solía llevar a casa a chicos así. Me llamaba a la mañana siguiente:
-Podía verla en sus pantalones, estaba medio dura, pero ya se podía ver que era grande.
-Por favor detente ahora.
-Se la ató con una soga pequeña o algo así y me dijo que me tocara. ¿Alguna vez te dijeron eso? Tocate. Y cuando estaba toda húmeda el pendejo acabó en mi cara antes de metérmela. ¿Podés creerlo? Supongo que nunca antes había visto una conchita blanca.
Y entonces mi hermana hacía una pausa para escuchar el sonido de mi respiración en el teléfono. Ella podía esuchar que había acabado. Así que me decía adiós y yo le decía adiós y cortábamos. Siempre fue así entre nosotras. Siempre cuidó de mí de esta manera. Si pudiera matarla en silencio sin que nadie se enterara, lo haría.
10.
En la pesadilla recurrente todo ya se colapsó y yo estoy debajo. Gateando por días debajo de los escombros. Y mientras me arrastro me doy cuenta de que este fue el Gran Terremoto. El que movió al mundo y todo fue destruido. Pero esta no es la parte que da miedo. Esa parte siempre viene justo antes de despertar. Estoy arrastrándome, y de repente me acuerdo: el terremoto pasó hace años. Este dolor, esta muerte, es normal. Así es la vida. De hecho, me doy cuenta, nunca hubo un terremoto. La vida es simplemente así, rota, y estoy loca por esperar otra cosa.
11.
Este es el problema de mi vida, me apuro en todo, como si me persiguieran. Aún en las cosas cuyo objetivo es ser lentas, como tomarse un té relajante. Cuando tomo un té relajante, lo bebo como si fuera una competencia de quién puede tomar té relajante más rápido. O estoy en un jacuzzi con otra gente y estamos mirando a las estrellas, soy la primera en decir "esto es hermoso". Cuanto antes decís "esto es hermoso" más rápido podés decir "wow, me estoy sobrecalentando, voy a salir".
12.
Odiaba mi trabajo pero me gustaba que podía hacerlo. Solía pensar que era fragil pero no lo era. Era como de repente ser buena en deportes. Contaba largas historias que iban alrededor de mi concha mojada. Abría cada parte de mi cuerpo, les decía a los cientes que los extrañaba y estos clientes se hacían regulares y los regulares se convertían en acosadores.
13.
Theresa Lodeski era muy muy linda, pero tenía una gemela, Pauline, que era infinitamente más linda que ella. Si pusiéras las caras una al lado de la otra y buscaras las diferencias, parte por parte, no podrías encontrarlas. Pero todos sabían. La única razón para ver a Theresa era para chequear si era Pauline. Cuando no lo era, mirabas a otro lado. Cuando era, mirabas un rato más.
14.
Aprendimos a ser discretos. Ayudaba e hecho de que a nadie realmente le importaba nadie más que ellos mismos de todos modos. Se fijan para asegurarse que no estás matando a nadie, nadie que ellos conozcan, y vuelven a a lo que estaban diciendo sobre que piensan que pueden estar teniendo un breakthrough en su relación consigo mismos.
15.
Sentía hambre, la expresión corporal de la esperanza.
16.
Un buen contador haría contaduría en vez de contratar a otro contador un poco más barato y quedarse con la diferencia. Los contadores hacen esto todo el tiempo, y también los restaurantes hindúes. ¿Vegetales al wok? Buena elección. El mozo le da la orden al cocinero, el cocinero al delivery, el delivery corre una cuadra y pide vegetales al wok en el otro restaurante indio, el sucio, sólo delivery. Por eso es que los restaurantes caros tardan en traerte la comida. ¿Por qué alguien haría esto? Tomarse todo el trabajo de fingir ser un contador cuando es tanto más fácil no serlo. Creo que le dijo que era contador en su primera cita.
17.
Volví al trabajo al otro día por curiosidad, como la gente que regresa a sus pueblos después de la guerra para ver lo que quedó. La abrochadora estaba ahí, y estaba mi silla y mi escritorio, y él y su escritorio. Pero todo lo demás había desaparecido. Todas las cosas invisibles no estaban, y en su lugar sólo había un mal contador y su secretaria. Pensé en renunciar ahí mismo. Y en cortarme el pelo, y cortar su pelo, y mezclarlos y prenderlos fuego y después renunciar.
18.
En el octavo día del resto de mi vida me empecé a preguntar si esto realmente era el resto de mi vida o simplemente una continuación de la anterior.
19.
La gente pobre que gana la lotería no se transforma en rica. Se transforma en gente pobre que ganó la lotería.
20.
Todos los días se pedían disculpas sin palabras por no amarse como lo habían planeado.
Yo lo encontré en una reciente visita fatídica para ver a mi hermano y sus nuevos niños en Miami. Haberlo comprado es una de las cosas rescatables del viaje. Sólo ella es capaz de unir palabras tan dispersas como "ternura" y "perversión" con total naturalidad en cada uno de sus cuentos. La soledad es tal vez lo que más recorre las historias. Me gustaría traducir cada uno de ellos pero lamentablemente no tengo ganas. Sí les traduzco algunas frases, como siempre, especialmente para ustedes, quienes quieran que sean.
1.
Vicente tiene una esposa llamada Elena. Es griega y rubia. Teñida. Iba a ser amable y no mencionar que es teñida, pero realmente no creo que le importe que sepan. De hecho, creo que a ella le copa el look teñida, con las raíces negras. ¿Qué pasaría si fueramos amigas cercanas? Si le pidiera prestada ropa y ella dijera, "eso te queda mejor a vos, deberías quedártelo". ¿Qué pasaría si ella me llamara llorando y yo tuviera que ir a su casa y calmarla en la cocina, y Vicente tratara de entrar a la cocina y nosotros le dijésemos "¡Afuera, esto es charla de chicas!". Elena y yo nunca seríamos amigas cercanas porque yo soy la mitad de alta que ella. La gente tiende a relacionarse con los de su propio tamaño porque es más fácil para el cuello. A menos que estén involucrados románticamente, en cuyo caso la diferencia de tamaño es sexy. Significa: estoy dispuesto a recorrer la distancia por vos.
2.
Los Nuevos Hombres están aún más en contacto con sus sentimientos que las mujeres, los Nuevos Hombres lloran. Los Nuevos Hombres quieren tener hijos, quieren parir, así que a veces cuando lloran es porque no pueden hacerlo. Los Nuevos Hombres dan y dan y dan. Vicente es director de arte, y eso es muy Nuevo Hombre.
3.
No sabía mucho de epilepsia, pero me imaginaba más sacudones. Le moví el pelo de la cara. Puse mi mano debajo de su nariz y sentí los gentiles respiros. Apoyé mis labios en su oreja y le susurré: "no es tu culpa". Quizás esto era lo único que quisiera decirle a alguien, y que me lo digan.
4.
Cuando una ballena muere, cae al fondo del océano bien despacio en el transcurso de un día. Todos los otros peces la ven caer como una estatua inmensa, como un edificio, lentamente.
5.
Si hubiera un mapa del sistema solar, pero en lugar de estrellas mostrara a personas y sus grados de separación, mi estrella sería la que tendrías que tardar más años luz para llegar a la de él. Morirías tratando de llegar a él. Sólo podrías esperar que los nietos de tus nietos lleguen a él. Sus hijos serían todos hermosos y de la realeza y mis hijas mujeres de mediana edad trabajando para organizaciones sin fines de lucro. Venimos de largas dinastías de gente destinadas a no conocerse.
6.
Ese día cargué mi sueño a todos lados como un vaso lleno de agua, moviéndome despacio para no perder nada de él.
7.
¿Creés que posiblemente nunca más cojas en la vida? Cuando me dijiste que Carl te dejó, eso es lo primero que me vino a la mente: ella nunca más va a coger.
8.
El año pasado un chico me preguntó qué me hacía a mí la experta, y fui honesta con él. Le dije que tenía más miedo a los terremotos que nadie. Tenés que ser honesto con los niños. Le describí mi pesadilla recurrente de estar asfixiada entre escombros. él puso una mano en mi hombro y me dio una hoja de árbol que casi tenía la forma de un tiburón. Me dijo que era la mejor; me mostró otras de su colección, todas menos tiburonescas. La llevé a casa en mi cartera; la puse en la mesa de la cocina; la miré y me fui a dormir. Y después, a la mitad de la noche, me levanté y la tiré a la basura. Simplemente no tengo lugar en mi vida para una cosa así.
9.
Cuando mi hermana estaba en el college solía llevar a casa a chicos así. Me llamaba a la mañana siguiente:
-Podía verla en sus pantalones, estaba medio dura, pero ya se podía ver que era grande.
-Por favor detente ahora.
-Se la ató con una soga pequeña o algo así y me dijo que me tocara. ¿Alguna vez te dijeron eso? Tocate. Y cuando estaba toda húmeda el pendejo acabó en mi cara antes de metérmela. ¿Podés creerlo? Supongo que nunca antes había visto una conchita blanca.
Y entonces mi hermana hacía una pausa para escuchar el sonido de mi respiración en el teléfono. Ella podía esuchar que había acabado. Así que me decía adiós y yo le decía adiós y cortábamos. Siempre fue así entre nosotras. Siempre cuidó de mí de esta manera. Si pudiera matarla en silencio sin que nadie se enterara, lo haría.
10.
En la pesadilla recurrente todo ya se colapsó y yo estoy debajo. Gateando por días debajo de los escombros. Y mientras me arrastro me doy cuenta de que este fue el Gran Terremoto. El que movió al mundo y todo fue destruido. Pero esta no es la parte que da miedo. Esa parte siempre viene justo antes de despertar. Estoy arrastrándome, y de repente me acuerdo: el terremoto pasó hace años. Este dolor, esta muerte, es normal. Así es la vida. De hecho, me doy cuenta, nunca hubo un terremoto. La vida es simplemente así, rota, y estoy loca por esperar otra cosa.
11.
Este es el problema de mi vida, me apuro en todo, como si me persiguieran. Aún en las cosas cuyo objetivo es ser lentas, como tomarse un té relajante. Cuando tomo un té relajante, lo bebo como si fuera una competencia de quién puede tomar té relajante más rápido. O estoy en un jacuzzi con otra gente y estamos mirando a las estrellas, soy la primera en decir "esto es hermoso". Cuanto antes decís "esto es hermoso" más rápido podés decir "wow, me estoy sobrecalentando, voy a salir".
12.
Odiaba mi trabajo pero me gustaba que podía hacerlo. Solía pensar que era fragil pero no lo era. Era como de repente ser buena en deportes. Contaba largas historias que iban alrededor de mi concha mojada. Abría cada parte de mi cuerpo, les decía a los cientes que los extrañaba y estos clientes se hacían regulares y los regulares se convertían en acosadores.
13.
Theresa Lodeski era muy muy linda, pero tenía una gemela, Pauline, que era infinitamente más linda que ella. Si pusiéras las caras una al lado de la otra y buscaras las diferencias, parte por parte, no podrías encontrarlas. Pero todos sabían. La única razón para ver a Theresa era para chequear si era Pauline. Cuando no lo era, mirabas a otro lado. Cuando era, mirabas un rato más.
14.
Aprendimos a ser discretos. Ayudaba e hecho de que a nadie realmente le importaba nadie más que ellos mismos de todos modos. Se fijan para asegurarse que no estás matando a nadie, nadie que ellos conozcan, y vuelven a a lo que estaban diciendo sobre que piensan que pueden estar teniendo un breakthrough en su relación consigo mismos.
15.
Sentía hambre, la expresión corporal de la esperanza.
16.
Un buen contador haría contaduría en vez de contratar a otro contador un poco más barato y quedarse con la diferencia. Los contadores hacen esto todo el tiempo, y también los restaurantes hindúes. ¿Vegetales al wok? Buena elección. El mozo le da la orden al cocinero, el cocinero al delivery, el delivery corre una cuadra y pide vegetales al wok en el otro restaurante indio, el sucio, sólo delivery. Por eso es que los restaurantes caros tardan en traerte la comida. ¿Por qué alguien haría esto? Tomarse todo el trabajo de fingir ser un contador cuando es tanto más fácil no serlo. Creo que le dijo que era contador en su primera cita.
17.
Volví al trabajo al otro día por curiosidad, como la gente que regresa a sus pueblos después de la guerra para ver lo que quedó. La abrochadora estaba ahí, y estaba mi silla y mi escritorio, y él y su escritorio. Pero todo lo demás había desaparecido. Todas las cosas invisibles no estaban, y en su lugar sólo había un mal contador y su secretaria. Pensé en renunciar ahí mismo. Y en cortarme el pelo, y cortar su pelo, y mezclarlos y prenderlos fuego y después renunciar.
18.
En el octavo día del resto de mi vida me empecé a preguntar si esto realmente era el resto de mi vida o simplemente una continuación de la anterior.
19.
La gente pobre que gana la lotería no se transforma en rica. Se transforma en gente pobre que ganó la lotería.
20.
Todos los días se pedían disculpas sin palabras por no amarse como lo habían planeado.
domingo, 16 de diciembre de 2012
LAS PARTICULAS ELEMENTALES
Curioso haber elegido leer este libro tan lleno de depravaciones alojado en el seno de una familia de ortodoxos religiosos. Mientras leía en el balcón "La punta del pene estaba caliente, hinchada, y la recorrían unos hormigueos terribles; empezaba a formarse una gota", ahí adentro una niña de 16 años jamás besada daba de comer papilla a un bebé. Si se enteraban de lo que leía me echaban de inmediato.
Este es el primer libro que leo de Houellebecq y, tal vez, no sea el último. Luego de un gran comienzo y un buen desarrollo, finalmente sentí que terminó en el "pif" de esas bombas atómicas de dibujos animados que no estallan cuando caen. Pero está bien. Hay mucho por rescatar:
1.
"Podriamos imaginar que el pez, sacando de vez en cuando la cabeza del agua para boquear al aire, percibiera durante unos segundos un mundo aéreo, completamente distinto... paradisíaco. Por supuesto, tendría que regresar enseguida a su universo de algas, donde los peces se devoran. Pero durante unos segundos habría intuido un mundo diferente, un mundo perfecto: el nuestro".
2.
"La moral pura es única y universal. No sufre ninguna alteración en el transcurso del tiempo, ni tampoco ninguna añadidura. No depende de ningún factor histórico, económico, sociológico o cultural; no depende de nada en absoluto. No está determinada y determina. No está condicionada y condiciona. En otras palabras: es un absoluto".
3.
"Las chicas sin belleza son desgraciadas, porque pierden cualquier posibilidad de que las amen. A decir verdad, nadie se burla de ellas ni las trata con crueldad pero parecen transparentes y nadie las mira al pasar. Todo el mundo se siente molesto en su presencia y prefiere ignorarlas. Por el contrario, una belleza extrema, una belleza que sobrepasa por mucho la seductora frescura habitual de las adolescentes, produce un efecto sobrenatural y parece presagiar invariablemente un destino trágico".
4.
"Éste es uno de los principales inconvenientes de la extrema belleza en las chicas: solo los ligones experimentados, cínicos y sin escrúpulos se sienten a su altura; así que los seres más viles son los que suelen conseguir el tesoro de su virginidad".
5.
"Bastaba con abrir una carpeta y apoyársela en los muslos. A veces, si la chica descruzaba las piernas justo cuando él se sacaba la polla ni siquiera le hacía falta tocarse; se corría de golpe al verle las bragas. Solía eyacular en las páginas de la carpeta, sobre las ecuaciones de segundo grado. La chica seguía leyendo una revista".
6.
"No hay ninguna moda venida de Estados Unidos que no haya logrado inundar Europa occidental unos años más tarde".
7.
"¡Si tuviera treinta años me lanzaría de cabeza a alargar penes!".
8.
"para el occidental contemporáneo la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta, puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido".
9.
"En un planeta cercano a la Tierra unas macromoéculas biológicas habían sido capaces de organizarse, de elaborar vagas estructuras autoreproductoras compuestas de un nucleo primitivo y de una membrana poco conocida; después todo se había detenido por culpa de un cambio climático: la reproducción se había vuelto cada vez más difícil y al final se había interrumpido del todo. La historia de la vida en Marte era modesta. Sin embargo este brevísimo relato contradecía violentamente todas las construcciones míticas o religiosas con las que suele deleitarse la humanidad. No había un acto único, grandioso y creador; no había pueblo elegido, ni siquiera especie o planetas elegidos. En el Universo había, un poco por todas partes, tentativas inciertas y en general poco convincentes".
10.
"Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez y mueren bastante deprisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Pero siguen adelante porque no logran reununciar a ser amadas. Son víctimas de esa ilusión hasta el final".
11.
"entre los siete y los doce años el niño es un ser maravilloso, amable, razonable y abierto. Vive lleno de alegría y tiene un juicio perfecto. Está lleno ed amor y se conforma con el amor que quieran darle. Y después todo se echa a perder. Es difícil imaginar algo más estúpido, agresivo, insoportable y rencoroso que un preadolescente, sobretodo cuando está con otros chicos de su edad. El preadolescente es un monstruo mezclado con un imbécil, de un conformismo casi increíble; parece la cristalización súbita y maléfica de lo peor del hombre. ¿Cómo se puede dudar, después de eso, que la sexualidad es una fuerza absolutamente dañina?".
12.
"¿Qué eran un banquero, un ministro o un empresario frente a un actor de cine o una estrella de rock? Financiera y sexualmente y desde todos los puntos de vista, cero".
13.
"Después de agotar los placeres sexuales, era normal que los individuos liberados de las obligaciones morales ordinarias se entregaran a los placeres, más intensos, de la crueldad. Los serial killers de los años noventa eran los hijos bastardos de los hippies de los sesenta. Charles Manson no era ni mucho menos una desviación monstruosa de la experiencia hippie, sino su desenlace lógico".
Este es el primer libro que leo de Houellebecq y, tal vez, no sea el último. Luego de un gran comienzo y un buen desarrollo, finalmente sentí que terminó en el "pif" de esas bombas atómicas de dibujos animados que no estallan cuando caen. Pero está bien. Hay mucho por rescatar:
1.
"Podriamos imaginar que el pez, sacando de vez en cuando la cabeza del agua para boquear al aire, percibiera durante unos segundos un mundo aéreo, completamente distinto... paradisíaco. Por supuesto, tendría que regresar enseguida a su universo de algas, donde los peces se devoran. Pero durante unos segundos habría intuido un mundo diferente, un mundo perfecto: el nuestro".
2.
"La moral pura es única y universal. No sufre ninguna alteración en el transcurso del tiempo, ni tampoco ninguna añadidura. No depende de ningún factor histórico, económico, sociológico o cultural; no depende de nada en absoluto. No está determinada y determina. No está condicionada y condiciona. En otras palabras: es un absoluto".
3.
"Las chicas sin belleza son desgraciadas, porque pierden cualquier posibilidad de que las amen. A decir verdad, nadie se burla de ellas ni las trata con crueldad pero parecen transparentes y nadie las mira al pasar. Todo el mundo se siente molesto en su presencia y prefiere ignorarlas. Por el contrario, una belleza extrema, una belleza que sobrepasa por mucho la seductora frescura habitual de las adolescentes, produce un efecto sobrenatural y parece presagiar invariablemente un destino trágico".
4.
"Éste es uno de los principales inconvenientes de la extrema belleza en las chicas: solo los ligones experimentados, cínicos y sin escrúpulos se sienten a su altura; así que los seres más viles son los que suelen conseguir el tesoro de su virginidad".
5.
"Bastaba con abrir una carpeta y apoyársela en los muslos. A veces, si la chica descruzaba las piernas justo cuando él se sacaba la polla ni siquiera le hacía falta tocarse; se corría de golpe al verle las bragas. Solía eyacular en las páginas de la carpeta, sobre las ecuaciones de segundo grado. La chica seguía leyendo una revista".
6.
"No hay ninguna moda venida de Estados Unidos que no haya logrado inundar Europa occidental unos años más tarde".
7.
"¡Si tuviera treinta años me lanzaría de cabeza a alargar penes!".
8.
"para el occidental contemporáneo la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta, puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido".
9.
"En un planeta cercano a la Tierra unas macromoéculas biológicas habían sido capaces de organizarse, de elaborar vagas estructuras autoreproductoras compuestas de un nucleo primitivo y de una membrana poco conocida; después todo se había detenido por culpa de un cambio climático: la reproducción se había vuelto cada vez más difícil y al final se había interrumpido del todo. La historia de la vida en Marte era modesta. Sin embargo este brevísimo relato contradecía violentamente todas las construcciones míticas o religiosas con las que suele deleitarse la humanidad. No había un acto único, grandioso y creador; no había pueblo elegido, ni siquiera especie o planetas elegidos. En el Universo había, un poco por todas partes, tentativas inciertas y en general poco convincentes".
10.
"Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez y mueren bastante deprisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Pero siguen adelante porque no logran reununciar a ser amadas. Son víctimas de esa ilusión hasta el final".
11.
"entre los siete y los doce años el niño es un ser maravilloso, amable, razonable y abierto. Vive lleno de alegría y tiene un juicio perfecto. Está lleno ed amor y se conforma con el amor que quieran darle. Y después todo se echa a perder. Es difícil imaginar algo más estúpido, agresivo, insoportable y rencoroso que un preadolescente, sobretodo cuando está con otros chicos de su edad. El preadolescente es un monstruo mezclado con un imbécil, de un conformismo casi increíble; parece la cristalización súbita y maléfica de lo peor del hombre. ¿Cómo se puede dudar, después de eso, que la sexualidad es una fuerza absolutamente dañina?".
12.
"¿Qué eran un banquero, un ministro o un empresario frente a un actor de cine o una estrella de rock? Financiera y sexualmente y desde todos los puntos de vista, cero".
13.
"Después de agotar los placeres sexuales, era normal que los individuos liberados de las obligaciones morales ordinarias se entregaran a los placeres, más intensos, de la crueldad. Los serial killers de los años noventa eran los hijos bastardos de los hippies de los sesenta. Charles Manson no era ni mucho menos una desviación monstruosa de la experiencia hippie, sino su desenlace lógico".
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